Diario de Carmen Ortega
– ¿Carmen, te has quedado dormida? ¡Que los invitados están sentados en la mesa, por si no te has enterado!
La voz de mi suegra atravesó el bullicio de la cocina como un cuchillo cortando una barra de pan gallego. Ni siquiera me sobresalté. Ya estoy curada de espanto. De su voz. De ese tono tan suyo. De ese “por si no te has enterado”.
– Ahora mismo, Rosario, un minuto más.
– ¡¿Un minuto?! ¡Si llevas ya casi cuarenta minutos ahí metida!
Sin contestar, dí la vuelta a las albóndigas en la sartén. Crepitaron, soltaron aromas de cebolla y ajo sofritos. Cerré la tapa, bajé el fuego y miré el reloj. Calculé que faltaban exactamente ocho minutos para servir el plato principal. Todo como lo había planeado. Como siempre.
Las voces se colaban por la puerta entornada. Era un día especial: el trigésimo quinto aniversario de boda de Rosario Martín y Antonio Ortega. Habían venido los dos hijos, las nueras, cuatro nietos, y hasta los vecinos, Fina y Julián, del cuarto. Yo llevaba en pie desde las cinco. Primero el cocido, luego las ensaladillas: rusa y pimientos asados, embutidos para picar, empanada de atún porque a Antonio no le gustan las de carne, después sopa, luego esas albóndigas de toda la vida, con pan del día anterior remojado en leche. Y el pastel. El pastel lo hice anoche, un Milhojas de crema y nata, que es el único que de verdad le gusta a Rosario.
Me quité el delantal, lo colgué en su gancho, me recogí el pelo y llevé la fuente de albóndigas al salón.
– ¡Ya era hora! comentó Rosario, pero no me lo decía a mí, sino, como siempre, al aire, o a la mesa entera.
Los invitados aplaudieron la bandeja al llegar. Fina se sirvió la primera.
– Carmen, ¿y las patatas? soltó mi marido, Javier, sin levantar la vista del móvil.
– Ahora las traigo.
Regresé a la cocina. Serví las patatas en una fuente grande, bien aliñadas con aceite de oliva, un poco de perejil y su toque de ajo. Como le gustan a mi suegro. Como les gustan a todos.
Cuando volví a entrar, estaban riendo con uno de esos chistes que nunca cuentan conmigo.
Acababa de cumplir cincuenta y dos años. Veintisiete de ellos casada con Javier, primero en un pisito de alquiler, luego aquí, en la casa de los Ortega en la calle Mayor, cuando nació Laura. “Así es más fácil, te ayudaremos”, dijeron. Yo mucha ayuda apenas vi. Más bien al revés. Día sí y día también. Cada festivo. Cada domingo.
– Carmen, trae más pan ordenó Rosario.
Fui a por pan.
– Y la mostaza. No la olvides.
Fui a por mostaza.
Comí de pie, junto a la encimera. Porque mi sitio en la mesa siempre era en la esquinita, y total, estaba todo el rato levantándome. Era más sencillo no sentarse.
Después llegó el pastel.
Rosario misma lo cortó, solemnemente, con Antonio sujetándole la mano. Risas y selfies alrededor. Todos asombrados con las capas de hojaldre.
– ¿Esto es de pastelería? preguntó Fina.
– Qué va contestó Rosario con orgullo, es nuestro, casero.
“Nuestro”, pensé, y apuré el té en silencio.
Luego Antonio levantó la copa y brindó: por la familia, por la fidelidad, porque la mayor riqueza son los hijos. Llamó a Rosario “señora de la casa” y “guardiana del hogar”. Rosario sonreía modesta. Todos aplaudieron.
Yo también.
Luego recogí la mesa. Llevé platos a la cocina, guardé las sobras en tuppers, limpié la mesa, fregué la vitrocerámica, saqué la basura. Fin de fiesta como todos.
Javier entró a la cocina pasadas las once, ya solos.
– ¿Todo bien?
– Sí.
– ¿Cansada?
– Un poco.
Asintió, se sirvió un vaso de agua y se fue a ver la tele.
Todo era como siempre. No ocurrió nada. Y sin embargo, algo sí había pasado. Algo pequeño, invisible, como una grieta en un vaso: no se nota hasta que un día el vaso se parte.
Apagué la luz de la cocina. Un rato me quedé en penumbra. El olor de las albóndigas aún flotaba. Olor de cada día.
Luego me metí en la cama.
Las siguientes tres semanas también fueron iguales. Yo hacía desayunos, comidas, cenas. Lavaba, planchaba. Compraba en el mercado. Pensaba menús para la semana según antojos: Javier odia la quinoa, Antonio solo come pescado los viernes, Rosario con dieta (pero solo cuando le apetece). Todo eso lo llevo en la cabeza. Siempre.
Trabajo de contable, media jornada. El resto, la casa.
Aquel viernes empezó la chispa por una tontería.
Preparé pollo al chilindrón para cenar. Receta infalible. Pero justo entonces, Rosario apareció sin avisar, como suele, con una bolsa de manzanas de la huerta.
– Ah, pollo al chilindrón cotilleó. ¿Otra vez salsita? ¿No sabes que a Javier le repite la salsa?
– Es con poca grasa. Me lo pidió él.
– Pues yo lo haría guisado, sin más.
– De acuerdo, Rosario.
Se sentó, móvil en mano.
– Por cierto, ayer hablé con Felisa, la vecina. Dice que su nuera trabaja en un restaurante y que en casa siempre tiene comida rica y fresca.
Esperé la coletilla.
– Digo que igual deberías buscarte un trabajo “de verdad”, ¿no crees? Lo tuyo de tres días ni es una cosa ni la otra. A ver si por lo menos aportas algo más.
Di la vuelta al pollo, la miré.
– Yo también gano mi dinero, Rosario.
– Bueno, tú verás. Yo solo opino.
Ella “solo opinaba”. Sin enfados, ni gritos, ni pelea. Como si hablara del tiempo.
Cerré la tapa y noté esa presión en el pecho. Una vez más. Pero esta vez, apreté más los dientes.
Al día siguiente llamé a mi amiga. A Esperanza, con la que compartí pupitre en el instituto. Vive lejos, trabaja en la biblioteca municipal, divorciada y feliz, o eso decía.
– Espe, ¿todo bien?
– Sí, ¿y tú? Tienes voz rara.
– Bah, nada.
– Carmen.
Me venció el silencio.
– Estoy cansada, Espe. Muy cansada.
No dio sermones ni consejos. Solo preguntó:
– ¿Vienes?
– Algún día iré.
– Ven pronto. Tengo galletas. Tenemos que hablar.
Sonreí. Primera vez en días.
Y llegó aquella cena. La cena.
Fue un sábado. Javier, siempre improvisando, me avisó el viernes:
– ¿Importa si vienen Luis y Marta mañana?
– ¿Para cenar?
– Sobre las siete, supongo.
– Vale.
Me mordí la lengua. El sábado a las ocho estaba en el mercado. Compré solomillo, verduras, patatas, berenjenas. Ideé el menú: asado, ensalada de tomate con ventresca, crema de zanahoria y bizcocho de postre.
A la una ya tenía todo en marcha: el asado en el horno, la crema en la olla. La masa del bizcocho descansando.
A las tres llegó Rosario. De nuevo sin avisar.
– Vaya, ¿hoy reunión y a mí nadie me dice nada?
– Que vienen Luis y Marta asintió Javier.
– Ya veo y a la cocina, como siempre. Destapó el horno. Carmen, ¿has echado especias?
– Sí. Romero y ajo.
– Ay, el romero a Antonio no le gusta, ¿eh?
– Pero Antonio hoy no viene, Rosario. Hoy comemos nosotros.
Silencio. Dos segundos. Rosario me miró como si no me hubiese visto nunca. Se le frunció el ceño.
– Pues nada. Y se fue al salón.
Le oí cuchichear con Javier, bajito, para que yo no escuchara. Javier asintió, y entró luego a la cocina.
– Carmen, ¿qué te pasa?
– Nada, cocinando.
– Has sido muy borde con mi madre.
– No he dicho nada ofensivo, Javier.
– Pero la has hecho sentir mal.
– ¿Por qué?
No contestó. Porque no lo sabía. Pero me miraba como si la culpa fuera mía, porque era lo fácil. Siempre lo fue.
Luis y Marta llegaron a las siete. Alegres, con vino y una caja de bombones de “La Mallorquina”. La cena salió rica. El asado dorado y jugoso, la crema de zanahoria con toque de naranja, todos repitieron.
– Carmen, lo tuyo en la cocina es otro nivel dijo Marta, reclinándose en la silla.
– Gracias.
– En serio, yo ni de lejos. Ojalá supiese.
– Con práctica le contesté.
– Buah, qué pereza rió Marta. Nosotros vivimos de telepizza.
– Vivís a gusto dijo Luis.
– Anda que vosotros, menudo banquete. Carmen se lo curra.
“Se lo curra”, pensaba mientras quitaba platos y ponía los bizcochos y el té.
– Carmen, siéntate ya, deja de corretear protestó Marta.
Me senté. Me serví una infusión y un trozo de bizcocho.
– Oye saltó Luis, ¿es cierto eso que decías de reformar la cocina? Carmen, ¿es idea tuya?
– Es un tema que hemos hablado dije, cauta.
– Mi madre dice que tú quieres cambiarlo todo, pero ella se opone.
– Rosario vive en su casa, y yo aquí. Cocinas distintas.
– Ya, lo más lógico Luis encogió los hombros.
– No te creas saltó Javier. Al fin y al cabo, es su casa.
Lo miré.
– ¿De quién, Javier?
– Pues de mis padres. Lo hicieron a su manera.
– Pero nosotros llevamos aquí veinte años.
– Y qué.
Se hizo un silencio raro, como una sábana sobre la mesa. Marta enredaba la taza. Luis comía bizcocho.
– Está buenísimo comentó Luis.
Nadie más añadió nada.
Esa noche, en la cama, miré al techo. Javier dormía a mi lado, respirando tranquilo. Pensaba en aquellas palabras: “al fin y al cabo, es su casa”. De ella, no nuestro hogar, ni mío. Solo suyo, ajeno.
Veinte años guisando, friendo, horneando, lavando, ordenando, planchando. Veinte años de casa que olía a mis manos. Y siempre era de otros.
A la mañana siguiente me levanté, como siempre. Hice café. Puse la olla para las gachas.
El ciclo continuó dos semanas más.
Y llegó aquel festín. Aniversario de bodas de los suegros. Treinta y cinco años.
Empecé dos días antes. Rosario me hizo la lista: cocido, plato principal, dos ensaladas, empanada gallega de atún (por Antonio), y tarta. Pregunté cuántos seremos. “Catorce, quizá quince, ya lo confirmo”.
El viernes por la noche, aclaró: diecisiete.
Recopilé más ingredientes. Fui al mercado de nuevo.
El sábado, en pie a las cuatro.
Puse el cocido la noche anterior. El caldo había cuajado bien, claro, sabroso.
Después, la masa para la empanada. Siempre me ha gustado ese olor a levadura, sentir la harina viva entre los dedos. Recordé cómo mamá me decía: “La masa te habla. Si la escuchas, te sale bien”.
Mamá llevaba ya ocho años sin estar.
Mientras amasaba, la recordé en la cocina, su bata floreada, harina en los codos, tarareando una copla.
A las diez tenía la empanada lista. A las doce, las ensaladas. A las dos, lo principal al horno. Iba en hora.
Los invitados llegaron a las tres.
Yo recibía, recogía abrigos, ofrecía algo de picar, miraba el horno, controlaba la tetera, charlaba y removía la salsa a la vez.
– Carmen, ¿puedo sacar ya la empanada? me preguntaba en voz baja, porque nadie más lo haría: todos en la mesa.
La puse en la mesa. Felicitaciones.
– ¡Empanada casera! se maravilló una invitada, Matilde.
– Lo ha hecho Carmen contestó Luis.
– Vaya arte dijo Matilde, y enseguida a Rosario: Tienes nuera apañada, ¿eh?
– Va tirando dijo Rosario, quitándole importancia.
Yo a la cocina.
A las cuatro saqué el principal, la bandeja pesada con cuidado; empujé la puerta con la cadera.
– ¡Por fin! exclamó Rosario, en voz bien alta ¡Pensábamos que nos tenías olvidados!
Rieron varios, como si fuera una broma.
Puse la fuente. Me enderecé.
– Qué pinta, hija soltó Antonio, relamiéndose. Muy bien.
– Carmen, ¿has puesto las patatas aparte o con la carne? preguntó Javier.
– Aparte. Ahora las traigo.
De camino a la cocina, oí el comentario. Matilde susurraba algo a Rosario. Se oyó alto y claro en el silencio.
– Oye, ¿y Carmen qué ha estudiado?
– Contabilidad respondió Rosario. Tres días en una asesoría. Pero vamos, lo suyo es la cocina. Si va que chuta
“Lo suyo es la cocina. Si va que chuta”.
Me detuve en seco. De espaldas al salón. Mirando la vitro.
Matilde soltó una risa breve, como de compromiso.
– Alguien tendrá que cocinar.
– Eso, eso rubricó Rosario.
Respiré. Cogí la fuente de patatas y la llevé a la mesa.
– Gracias, Carmen oí que alguien decía.
Asentí. Me senté en mi sitio al borde de la mesa. Me serví agua. No vino. Solo agua.
Comí sin hablar. Contesté lo justo. Sonreí cuando tocaba. Recogí toda la vajilla. Fui la que corta, sirve y retira.
“Lo suyo es la cocina. Si va que chuta.”
Esa noche otra vez sin dormir.
Esas palabras iban y venían por mi cabeza. Sin ira, solo analizando, como quien da la vuelta a una piedra. Veintisiete años en la cocina. A las cinco o las cuatro de la mañana. Manos en harina, en masa, en agua caliente. Manos sirviendo a diecisiete personas. Manos invisibles, solo ves el resultado.
Si va que chuta toda la vida igual.
Javier dormía plácido. Su cara conocida de siempre. Sabía que no soporta el calor. Que le duele el hombro derecho de una vieja lesión. Que odia el arroz a la cubana pero lo come si tiene hambre. Es buena gente. Solo que no mira. Ni ve.
Salí sin hacer ruido. Me puse la bata. Fui a la cocina.
Encendí la luz. Todo ordenado, impoluto, en su sitio. Por mí, con mis manos, esa misma noche.
Me preparé una infusión. Saqué el móvil. Busqué el chat de Espe.
Le escribí: “¿Duermes?”
Cinco minutos después: “No. Estoy leyendo. ¿Qué te pasa?”
Miré la pantalla. Escribí: “Quiero ir a verte. ¿Puedo mañana?”
Contestó: “Por supuesto. Te espero.”
Por la mañana dejé el café preparado. Desayuno hecho. Huevos revueltos, tostadas, tomates frescos. Puse la mesa. Javier apareció.
– Buenos días.
– Buenos días.
Le serví café y lo dejé sobre la mesa. Lo miré.
– Javier, tengo que hablar contigo.
– Ajá ya estaba con la tostada.
– Quiero irme unos días.
– ¿A dónde?
– A casa de Espe.
Levantó la vista.
– ¿Por qué?
– Porque quiero descansar.
Me miró. Encogió los hombros.
– Pues vete. ¿Y yo qué hago?
– Hay albóndigas en el frigorífico. Sobra sopa y tienes croquetas congeladas.
– ¿Y después?
– Apáñate.
Me fui el domingo después de comer. Una maleta pequeña.
Espe me recibió en su puerta y, sin preguntar nada, solo me abrazó.
– Vamos a la cocina me dijo con una sonrisa.
Charlamos hasta la madrugada en su cocinita, pequeña y acogedora, con geranios en la ventana y una lámpara antigua. Me preparó una infusión de hierbaluisa y sacó galletas de limón. Hablé muchísimo, a ratos entrecortada, a ratos perdida.
– ¿Sabes? susurré casi al final. Es que ni rabia tengo. Estoy cansada de ser invisible.
– Te entiendo Espe asintió. Muy bien te entiendo.
– ¿Y ahora qué hago?
– Ni idea. Pero no vuelvas corriendo.
Asentí. Apreté la taza. El calor de la porcelana era reconfortante.
A los tres días me llamó Javier.
– Carmen, ¿cuándo vuelves?
– No lo sé.
– ¿Cómo que no? ¿Y la comida?
– Ve al súper.
Silencio.
– No sé cocinar.
– ¿Unos huevos?
– Eso sí.
– Pues haz huevos.
Colgué. Respiré hondo. Y reí. No sé cuánto hacía que no me reía así.
Al cuarto día, Espe me dijo:
– Oye, una cosa. Una amiga trabaja en una escuela de cocina. Buscan profesora de repostería y cocina tradicional, temporal al principio, pero podría ser más tiempo. ¿Te interesa?
Yo me quedé en shock.
– ¿Yo? Si ni soy profe
– Cocinas mejor que nadie. Y lo sé desde el instituto.
– Seguro que piden títulos.
– Ve a hablar y luego decides.
Dos días después, estaba en un despacho de la Escuela “Sabores”, con la directora, Marina, una mujer decidida de cuarenta y tantos.
– Dice Esperanza que eres buena cocinera. ¿Qué sabes hacer?
Pensé un momento.
– Cocina española tradicional. Repostería, masas fermentadas y hojaldradas, guisos, conservas, mermeladas, sopas, pasta, algo de cocina europea.
– ¿Las masas, de cero?
– Siempre de cero. Nada de preparados.
Marina sonrió.
– Haremos una prueba. Si funciona, contrato.
La clase fue el viernes. Tema: pan de pueblo con masa madre.
No dormí la víspera. Pensaba que era una bobada, que nadie me iba a hacer caso, que qué dirían en casa. Que qué pensaría mi suegra.
Me pregunté por qué seguía importándome.
El viernes llegué al aula. Ocho alumnas, casi todas mujeres, de diferentes edades. Miradas curiosas.
Saludé. Tomé el cuenco. Volqué la harina.
– Empezamos con algo fácil dije. El pan no comienza en la receta. Comienza cuando lo sentís en las manos. Aquí mostré cómo. Este instante en que la masa se despega, se vuelve suave eso es lo importante. No hay temporizador que lo sustituya.
Charlé, amasé, expliqué. Enseñé cómo plegar la masa, cuándo saber que está lista. Por qué importa la temperatura. Por qué no hay que tener prisa.
Una chica preguntó:
– ¿Y si no sale la primera vez?
– A la tercera saldrá respondí serena. La masa nunca se enfada.
Se rieron de verdad.
Marina se asomó en silencio. Al acabar, volvió:
– Se te da bien explicar.
– Nunca lo había pensado.
– Por eso mismo. Si lo piensas mucho, pierdes la frescura. ¿Firmamos?
Firmé el lunes.
Tres tardes a la semana, por horas, bien pagadas. Mejor que la asesoría.
Pedí excedencia en mi trabajo.
Llamé a Javier.
– Javier, encontré trabajo. Doy clases de cocina.
– ¿En serio? ¿Pero cuándo vuelves a casa?
– Aún no lo sé.
– Mi madre pregunta si estás enfadada.
– No estoy enfadada, Javier. Estoy cansada.
– ¿Cansada de qué?
Me costó poner palabras.
– De no existir, Javier. Veintisiete años sin verme. Solo existen las albóndigas, las camisas limpias y la mesa puesta.
Silencio.
– Carmen…
– No te culpo. Solo lo cuento.
No supo qué decir.
– Te llamo otro día dijo.
– Vale.
Pasaron dos semanas. Me quedé en casa de Espe. Ayudaba en la cocina, por costumbre y porque allí, cada “gracias” era sincero.
Un día, Espe lo soltó:
– Estás distinta.
– ¿Sí?
– Sí. Tranquila. Como si ya no fueras la primera voluntaria siempre.
Me quedé pensando.
– Puede ser.
En la escuela fui cogiendo fama. Marina me explicó que varias alumnas venían por recomendación.
– Tienes algo me decía, que la gente nota. Das de ti.
Eso sí sabía hacerlo.
Y ahora lo notaban.
Javier vino a buscarme pasado ese tiempo. Avisó antes. Espe nos dejó solos en su cocina con geranios.
– Carmen, vuelve.
Le miré. Tenía el aspecto cansado, más delgado.
– ¿Para qué?
– Porque te echo de menos. Que vuelvas.
– Javier, tú llevas tres semanas solo. Yo lo estuve veintisiete años.
Miraba la mesa.
– No lo entendía.
– Ya.
– ¿Y entonces? ¿Nos divorciamos?
– No lo sé. A lo mejor no. Pero no volveré a lo de antes. Eso ya no me cabe, no me sirve.
Silencio largo.
– ¿Entonces?
– Si quieres cambiar, empieza por aprender a cocinar un guiso tú solo.
Casi sonrió.
– ¿En serio?
– Sí. No es difícil: cebolla, zanahoria, patata. Yo ahora lo explico bien.
Se quedó callado. Luego:
– ¿Vas a volver?
Me lo pensé de verdad. En el piso de la calle Mayor, el olor de la manteca por las mañanas, la vida compartida, aunque no perfecta, toda esa vida que no se borra.
Que tengo cincuenta y dos años. Ni dieciocho, ni noventa.
– Puede ser le contesté. Pero no ahora. Necesito tiempo.
– ¿Cuánto?
– Lo que me haga falta.
Se fue. Yo me senté a mirar la lluvia caer sobre Madrid.
Fui a la cocina. Saqué harina, mantequilla, huevos. Para hacer una masa, solo para mí, porque sí.
La masa tibia, maleable, suave en las manos.
Amasaba pensando en nada.
Un mes después, Marina me ofreció un contrato fijo.
– Nos haces falta, Carmen. No como suplencia. Como profesora titular. Tres grupos semanales y un taller al mes. Este es el contrato.
Lo leí. Salario digno. No riqueza, pero libertad.
– Lo acepto dije.
Lo firmé. Salí a la calle. Respiré el aire húmedo de otoño.
Llamé a Espe.
– Contrato fijo, Espe.
– ¡Carmen! gritó de alegría. ¡Eso hay que celebrarlo!
– Cocino yo.
– Faltaría más.
Sonreí de verdad.
Con Javier hablamos varias veces. Sin reproches. Iba avanzando. Me llamó dos veces por la receta del potaje. Se atrevió incluso con la de empanada. Preguntaba si el ajo iba al principio, qué hacer si el guiso se pega.
– Me ha salido salado
– Será que has usado sal gruesa.
– Hay dos tipos de sal, ¿no?
Reímos juntos por primera vez en mucho.
A finales de octubre vino otra vez. Trajo flores: crisantemos, de otoño. Siempre me han gustado, nunca me los compró antes.
– Son preciosos dije.
– Sabía que te gustarían.
Charlamos horas, del cole de los nietos, de que Luis y Marta quizá se mudan, de que Antonio tuvo un susto médico pero está mejor.
Al despedirse, me miró muy serio.
– Mi madre quiere hablar contigo.
Guardé silencio.
– Esta vez es de verdad. Ha cambiado algo en ella.
– ¿El qué?
– Que preparó comida por sí sola. Una tarta. No le salió bien, pero lo intentó.
Miré la taza.
– Eso está bien.
– Dice que no debía haberte dejado en evidencia aquel día.
– Me alegra que lo reconozca.
– ¿La verás?
– Cuando me vea capaz. No ahora.
– Lo entiendo.
Por primera vez, Javier no me empujaba ni exigía. Había aprendido o empezaba a aprender a esperar.
En la puerta se detuvo.
– Carmen.
– ¿Sí?
– Tenías razón. Todo este tiempo. Yo no veía nada. Muy mal por mi parte.
– Lo sé.
– Me da pena.
Asentí. No dije que todo estaba bien. Porque no lo estaba. Pero quizá algún día volvería a estarlo.
– Llámame mañana, cuéntame si te sale bien el potaje.
– Hecho.
Cerró la puerta.
Me quedé un momento en el recibidor. Luego a la cocina. Puse el hervidor. Miré Madrid encendiéndose con luces doradas.
Pensaba en el próximo taller: masa quebrada. Se debe hacer con manos frías para que la mantequilla no se derrita. Es ese detalle, justo ese, el que hace que la masa se deshaga en la boca.
Y eso lo sé explicar. Quién lo diría.
El agua hervía. Hice té. Me senté junto a la ventana de Espe.
Por la ciudad, mi vida antigua y la nueva caminaban juntas. No sé si volveré al piso viejo, si acabaré aquí, o en un sitio distinto que aún no imagino.
Pero esa noche, con mi té, mi trabajo y la gente que me escucha, lo sentí auténtico.
Y eso, por ahora, me basta.
Al día siguiente, Javier llamó a mediodía.
– El potaje dijo.
– ¿Qué tal?
– Bastante bueno. Hasta tiene color.
– Eso quiere decir que no lo has recocido.
– No, lo añadí al final, como dijiste.
– Muy bien.
Silencio.
– Carmen, ¿tú cómo estás?
– Bien y esta vez era verdad.





