Un sabor amargo
¡Esto se acabó! ¡No va a haber ninguna boda! exclama Carmen.
Pero espera, ¿qué ha pasado? se sorprende Daniel. ¡Si todo estaba bien!
¿Bien? se burla Carmen. Sí, claro… bien. Solo que… calla unos segundos, dudando sobre cómo explicárselo… y al final suelta la verdad más cruda: ¡Tus calcetines huelen fatal! ¡No pienso pasarme la vida respirando eso!
¿De verdad le has dicho eso? se lleva las manos a la cara Matilde, la madre de Carmen, cuando ésta le anuncia que desea retirar la solicitud en el registro. ¡No me lo puedo creer!
¿Y por qué no? se encoge de hombros la ex-novia. Es la pura realidad. No me digas que tú no te has dado cuenta.
Por supuesto que me he dado cuenta admite la madre, algo apurada. Pero… ¡eso es vergonzoso! Pensé que lo querías de verdad. El chico no es mala persona, y lo de los calcetines… eso se puede arreglar.
¿Cómo? ¿Enseñándole a lavarse los pies? ¿A cambiarse los calcetines? ¿A usar desodorante? ¡Madre, escúchate! Yo quería casarme, no adoptar a un niño grandullón.
Entonces, ¿por qué llegaste tan lejos con él? ¿Para qué presentar la solicitud en el registro civil?
¡Por ti, mamá! Daniel es un buen chico, muy amable. Me cae tan bien… ¿no son tus palabras? Y también estas: Ya tienes veintisiete, hija… ya toca casarse y darme nietos. ¿Por qué te quedas callada ahora?
Pero, Carmencita, pensaba que ya no tenías dudas. Parecía todo tan serio… replica Matilde. Y, mira, me alegra ver que finalmente pensaste bien y has tomado la decisión correcta. Solo que, hija, eso de los calcetines huelen me parece demasiado. No te reconozco.
Lo he dicho a propósito, mamá. Así se entiende. Para que no quede opción de volver atrás
***
Al principio, Daniel le pareció a Carmen un chico gracioso, un poco torpe. Siempre iba en vaqueros y con la misma camiseta. No hablaba maravillas de Goya, pero podía pasarse horas contando historias de películas antiguas. En esos momentos, sus ojos brillaban.
Era fácil estar con él y sentir tranquilidad.
Eso, precisamente, atrajo a Carmen, que venía de líos sentimentales y de buscar el amor sin suerte.
Tras dos meses de ir al cine y de tomar algo por los bares, Daniel, muy nervioso, le propuso:
¿Te apetece venir a mi piso? Te hago unas croquetas, ¡las preparo yo mismo!
La invitación sonó tan casera y tierna que el corazón de Carmen dio un vuelco. Lo de “Las preparo yo” la conquistó.
Así que aceptó
***
El piso de Daniel no gustó nada a Carmen.
No había suciedad, pero sí mucho caos, poca gracia y cierto abandono. Paredes grises sin decoración, un sofá viejo con un solo cojín deforme. Libros, cajas y revistas viejas apilados por todas partes. Unas zapatillas en medio del salón. Todo ello acompañado de un aire cargado, oloroso a polvo y humedad.
La sala parecía una estación de paso, un sitio donde nunca nadie se termina de instalar.
¿Qué te parece mi castillo? dice Daniel, abriendo los brazos con orgullo y sin la menor vergüenza. No ve nada raro en su alrededor.
Carmen finge sonreír. Le gusta el chico y no quiere discutir.
Van a la cocina. Tampoco mejora: la mesa cubierta por una fina capa de polvo. En el fregadero, platos sucios y tazas con restos oscuros. Una cazuela vieja sobre los fogones. Carmen se fija en la tetera.
¿De qué color sería originalmente? piensa.
El ánimo se le torció.
Carmen escucha a Daniel distraídamente mientras él intenta hacerla reír contando anécdotas. Cuando le sirve el plato de croquetas, ella se niega con firmeza, alegando una dieta
Ni se le ocurría probar nada que hubiera salido de esa cocina.
Ya en casa, Carmen analiza su visita.
A simple vista, todo lo que vio en el piso de Daniel parecía poca cosa, detalles sin importancia. Vive solo, no sabe llevar la casa, ¿y qué?
Pero detrás del desorden, Carmen ve algo más profundo e inquietante: ¿Cómo puede alguien vivir así y encima pensar que está bien? No es cuestión de pereza para lavar los platos; es porque… para él, esto es lo normal.
Y un regusto desagradable le queda
***
Más tarde, Daniel visita a Carmen. Le pide matrimonio oficialmente y hasta le regala un anillo. Presentan los papeles y los padres empiezan los preparativos para la boda.
Ser la novia, claro, es bonito. Pero, a solas, cuando Carmen piensa en Daniel, que siempre intenta agradarla con sus croquetas y chistes, en su cabeza aparece esa tetera de color indescifrable.
Carmen comprende: no es solo una tetera. Es una prueba. Habla del modo en que Daniel vive, cuida su entorno y, probablemente, de cómo la cuidaría a ella.
Un día imagina su vida juntos y le entra pánico.
Se levanta, entra en la cocina y encuentra restos de té y migas en la encimera. Si le dice: Cariño, ¿puedes limpiar esto?, él la mirará extrañado, como hace siempre, sin entender nada. No discutirá, ni gritará. Simplemente no lo entenderá. Y todos los días será igual: explicar, limpiar, insistir. El amor se irá apagando bajo miles de pequeñas heridas invisibles para él.
Y su madre tan feliz porque se va a casar.
***
Casarse
Toda la ligereza y la calidez que sentía Carmen junto a Daniel se deshacen, sustituidas por una inquietud densa y pegajosa.
Carmencita le pregunta Daniel casi a diario, mirándola de cerca, ¿todo va bien? ¿De verdad nos queremos?
Claro responde ella, notando cómo algo se rompe por dentro.
Al final, Carmen no aguanta más y se lo cuenta todo a su amiga Laura.
Y, ¿qué tiene de malo? pregunta Laura, sorprendida. Polvo, la tetera Mi marido podría dejar la cocina como si hubiera pasado un tanque y ni se inmuta. ¡Eso los hombres ni lo ven!
¡Ahí está! ¡No lo ven! susurra Carmen. Y él nunca lo verá. Pero yo lo veré toda la vida. ¡Eso me irá matando poco a poco!
***
No le culpa. No la ha engañado. Es honesto. Vive en un mundo distinto. Donde un plato sucio está bien. Para ella, es señal de falta de interés y de desinterés total.
No se trata de limpieza, es que miran la vida de forma opuesta. La grieta entre ellos acabará siendo abismo.
Mejor poner fin ahora, antes de caer al fondo cuando todo sea irreversible.
Solo queda esperar el momento
***
Invitan a Carmen y Daniel a una fiesta.
Llegan, se quitan los zapatos en la entrada
Entran en el salón
El olor desagradable les sigue.
Carmen tarda en notar de dónde viene.
Pero cuando lo entiende (y ve que los demás también han caído), le invade una vergüenza tan grande que querría enterrarse viva. Sin decir ni una palabra, corre hacia la entrada, se viste rápido y se marcha.
Daniel corre tras ella. La alcanza, le agarra el brazo. Ella se gira y le suelta a la cara, casi con rabia:
¡Se acabó! ¡No habrá boda!
***
Y boda, efectivamente, no hay.
Carmen está convencida de que hizo lo correcto. No se arrepiente de nada.
Daniel
Él aún no comprende cuál era el problema. Total ¡por unos calcetines que huelen! Si ni siquiera los llevaba puestosUnos días después, Carmen regresa al parque donde solía pasear con Daniel. El aire huele a hierba fresca y luz de verano. Se sienta en un banco de madera y observa a su alrededor: niños jugando, parejas riendo, ancianos caminando de la mano.
Por primera vez en meses, respira hondo y siente alivio en el pecho. Saca su móvil y abre el mensaje que Daniel le mandó:
Te deseo lo mejor, Carmen. Ojalá encuentres a alguien que te haga feliz de verdad.
Ella duda unos instantes, y al final responde:
Gracias, Daniel. Ojalá tú también.
Cierra los ojos y sonríe. El mundo sigue girando, nada se ha caído. Pronto habrá otros parques, otros bancos, otras personas con sus pequeños defectos y grandes virtudes.
Pero ahora sabe algo esencial: el amor nunca consiste en aguantar un sabor amargo para siempre. Hay amores que se quedan en el aire y, cuando se van, dejan limpio el corazón listo, vaya, para poder respirar otra vez.







