Un regusto amargo — ¡Se acabó, no habrá boda! — exclamó Marina. — Espera, ¿qué ha pasado? — se desconcertó Ilya—. ¡Si todo iba bien! — ¿Bien? — se burló Marina—. Sí, claro… bien. Solo que — tras una pausa, calculando cómo decírselo, soltó la pura verdad— ¡te huelen fatal los calcetines! ¡No estoy dispuesta a respirar eso el resto de mi vida! https://clck.ru/3RMQBT — ¿Eso le dijiste? — se asombró la madre de Marina cuando ésta le anunció que retiraría la solicitud—. ¡Increíble! — ¿Por qué? — se encogió de hombros la exnovia—. Es la verdad. No me digas que tú no lo notabas. — Claro que lo notaba —se apuró la madre—, pero… qué humillante. Pensé que le querías. Es buen chico. Y los calcetines… eso tiene arreglo. — ¿De qué forma? ¿Enseñarle a lavarse los pies, cambiarse los calcetines, usar desodorante? ¡Mamá! ¿Te oyes? Yo quería casarme, no adoptar a un niño grande. — ¿Entonces por qué llegaste hasta aquí? ¿Por qué solicitar la boda? — Por culpa tuya, mamá. “Ilyushka es un buen chico, me gusta mucho” —¿te suena? Y también: “Ya tienes veintisiete. Ya va siendo hora de casarte, de darme nietos”. ¿Ahora te callas? ¿Ves? — Pero, Marianita, no pensé que aún tuvieras dudas. Parecía serio entre vosotros —defendió la madre—. Y mira, me alegro de que al final hayas reflexionado y decidido. Pero hija, eso de “los calcetines apestan”… te has pasado. No te reconozco. — Era intencionado, mamá. Claro y directo. En su idioma. Para que no hubiese vuelta atrás… *** Al inicio, Ilya le pareció a Marina gracioso y algo torpe. Siempre iba en vaqueros y la misma camiseta. No presumía de Picasso, pero podía hablar horas de cine antiguo. Sus ojos brillaban a la mínima. Con él todo era fácil y tranquilo. Precisamente ese sosiego atrajo a Marina, agotada de relaciones intensas y de buscar “el hombre de su vida”. Tras dos meses entre cines y cafeterías, Ilya, tímido, propuso: — ¿Te vienes a mi casa? Te invito a mis pelmeni. ¡Los he hecho yo solo! La invitación sonó tan cálida y familiar, que el corazón de Marina dio un vuelco. Lo de “los he hecho yo” la desarmó. Así que aceptó… *** El piso de Ilya no le gustó nada. No estaba sucio, pero sí desordenado, sin gusto y con aire de caída. Paredes grises sin papel, sofá viejo con solo un rodillo por cojín. En el suelo, montones de cajas, libros y revistas antiguas. Zapatillas en medio. Y ese ambiente, entre polvo y humedad estancada. Parecía un campamento de paso, como a punto de mudarse pero donde nunca se mudaban. — ¿Qué te parece mi fortaleza? — Ilya abrió los brazos, sonriente y sin pizca de vergüenza. Estaba orgulloso y realmente no veía nada raro. Marina sonrió por compromiso; le gustaba el chico y no quería montar lío. Fueron a la cocina. No era mejor: la mesa cubierta de polvo fino, platos sucios en el fregadero, tazas con poso oscuro. La cazuela, hecha polvo. Marina se fijó en la tetera. https://clck.ru/3RMQFL “Me pregunto — pensó— de qué color sería originalmente…” El ánimo se le fue abajo. Marina apenas escuchaba a Ilya, que se esforzaba en hacerla reír. Cuando él le ofreció una ración de pelmeni, ella los rechazó tajante, alegando que estaba a dieta… Probar algo de esa cocina ni pensarlo. De vuelta en casa, analizó la visita. A simple vista, lo visto en el piso era poca cosa: vivía solo, no se apañaba. ¿Y qué? Pero en ese desaliño vio algo mayor y más inquietante: ¿cómo se puede vivir así? No por pereza para limpiar un plato, sino porque… para él, era lo normal. Al final, quedó un regusto amargo… *** Después, Ilya visitó a Marina. Formalizó la propuesta, le regaló el anillo y presentaron la solicitud. Los padres empezaron a preparar la boda. Ser la novia es bonito. Pero cuando Marina se quedaba sola y pensaba en Ilya, que trataba de agradarle, le hacía pelmeni y contaba chistes, solo podía visualizar… ¡la tetera de color indescifrable! Y lo entendía: no era solo una tetera. Era una señal, una pista sobre su actitud hacia la vida, el hogar, sí mismo y, seguramente, ella. Un día imaginó una mañana juntos y se horrorizó. Se levantará, irá a la cocina y verá restos de té y migas. Si pide: “Cariño, ¿puedes limpiar esto?”, él la mirará, extrañado, como ante su vivienda, sin entender. No discutirá ni gritará. Simplemente… no entenderá. Y cada día tendrá ella que explicar, limpiar, recordar. Y el amor se irá extinguiendo con miles de pinchazos invisibles para él. Y su madre, feliz porque va a casarse. *** Casarse… Todo el bienestar y la calidez que Marina sentía junto a Ilya se esfumaron, dando paso a una inquietud pesada. — Marianita— preguntaba Ilya casi a diario, mirándola preocupado —, ¿todo bien entre nosotros? ¿Nos queremos? — Claro — respondía ella, pero sentía romperse por dentro. Al final, Marina no aguantó más y confesó sus miedos a una amiga. — ¿Y qué más da? — se extrañó Katia —. El polvo, la tetera… Mi marido deja la cocina como si pasara un tanque y ni se da cuenta. ¡Los hombres no ven esas cosas! — ¡Exactamente! No ven —susurró Marina—. Y él nunca verá. Pero yo sí. ¡Toda la vida! Y eso me va matando, poco a poco. *** No es que le culpara. No la engañó ni nada. Ilya era sincero. Solo vivía en otro mundo. Para él, un plato sucio era normal. Para ella era señal clara de incomprensión y dejadez. El problema no era la limpieza. Era que miraban el mundo diferente. Aquella fisura se haría un abismo. Mejor cortar ahora, que caer al fondo de ese abismo dentro de unos años, cuando ya sea tarde. Solo faltaba la ocasión… *** Invitaron a Marina e Ilya a una fiesta. Llegaron, se descalzaron en la entrada… Entraron… Un hedor terrible les seguía los pasos. Marina tardó en darse cuenta de dónde venía. Y al notar que no solo ella, sino todos lo percibían, se sintió tan avergonzada que quería desaparecer. Sin decir palabra, salió corriendo, se vistió y se marchó. Ilya fue tras ella. La alcanzó y la agarró por el brazo. Ella se volvió y le soltó a la cara, casi con rabia: — ¡Se acabó! ¡No habrá boda! *** No hubo boda. Marina cree que hizo lo correcto y no se arrepiente. Y Ilya… Aún no entiende cuál era el problema: total, los calcetines huelen… ¡Podría habérselos quitado!

Un sabor amargo

¡Esto se acabó! ¡No va a haber ninguna boda! exclama Carmen.

Pero espera, ¿qué ha pasado? se sorprende Daniel. ¡Si todo estaba bien!

¿Bien? se burla Carmen. Sí, claro… bien. Solo que… calla unos segundos, dudando sobre cómo explicárselo… y al final suelta la verdad más cruda: ¡Tus calcetines huelen fatal! ¡No pienso pasarme la vida respirando eso!

¿De verdad le has dicho eso? se lleva las manos a la cara Matilde, la madre de Carmen, cuando ésta le anuncia que desea retirar la solicitud en el registro. ¡No me lo puedo creer!

¿Y por qué no? se encoge de hombros la ex-novia. Es la pura realidad. No me digas que tú no te has dado cuenta.

Por supuesto que me he dado cuenta admite la madre, algo apurada. Pero… ¡eso es vergonzoso! Pensé que lo querías de verdad. El chico no es mala persona, y lo de los calcetines… eso se puede arreglar.

¿Cómo? ¿Enseñándole a lavarse los pies? ¿A cambiarse los calcetines? ¿A usar desodorante? ¡Madre, escúchate! Yo quería casarme, no adoptar a un niño grandullón.

Entonces, ¿por qué llegaste tan lejos con él? ¿Para qué presentar la solicitud en el registro civil?

¡Por ti, mamá! Daniel es un buen chico, muy amable. Me cae tan bien… ¿no son tus palabras? Y también estas: Ya tienes veintisiete, hija… ya toca casarse y darme nietos. ¿Por qué te quedas callada ahora?

Pero, Carmencita, pensaba que ya no tenías dudas. Parecía todo tan serio… replica Matilde. Y, mira, me alegra ver que finalmente pensaste bien y has tomado la decisión correcta. Solo que, hija, eso de los calcetines huelen me parece demasiado. No te reconozco.

Lo he dicho a propósito, mamá. Así se entiende. Para que no quede opción de volver atrás

***

Al principio, Daniel le pareció a Carmen un chico gracioso, un poco torpe. Siempre iba en vaqueros y con la misma camiseta. No hablaba maravillas de Goya, pero podía pasarse horas contando historias de películas antiguas. En esos momentos, sus ojos brillaban.

Era fácil estar con él y sentir tranquilidad.

Eso, precisamente, atrajo a Carmen, que venía de líos sentimentales y de buscar el amor sin suerte.

Tras dos meses de ir al cine y de tomar algo por los bares, Daniel, muy nervioso, le propuso:

¿Te apetece venir a mi piso? Te hago unas croquetas, ¡las preparo yo mismo!

La invitación sonó tan casera y tierna que el corazón de Carmen dio un vuelco. Lo de “Las preparo yo” la conquistó.

Así que aceptó

***

El piso de Daniel no gustó nada a Carmen.

No había suciedad, pero sí mucho caos, poca gracia y cierto abandono. Paredes grises sin decoración, un sofá viejo con un solo cojín deforme. Libros, cajas y revistas viejas apilados por todas partes. Unas zapatillas en medio del salón. Todo ello acompañado de un aire cargado, oloroso a polvo y humedad.

La sala parecía una estación de paso, un sitio donde nunca nadie se termina de instalar.

¿Qué te parece mi castillo? dice Daniel, abriendo los brazos con orgullo y sin la menor vergüenza. No ve nada raro en su alrededor.

Carmen finge sonreír. Le gusta el chico y no quiere discutir.

Van a la cocina. Tampoco mejora: la mesa cubierta por una fina capa de polvo. En el fregadero, platos sucios y tazas con restos oscuros. Una cazuela vieja sobre los fogones. Carmen se fija en la tetera.

¿De qué color sería originalmente? piensa.

El ánimo se le torció.

Carmen escucha a Daniel distraídamente mientras él intenta hacerla reír contando anécdotas. Cuando le sirve el plato de croquetas, ella se niega con firmeza, alegando una dieta

Ni se le ocurría probar nada que hubiera salido de esa cocina.

Ya en casa, Carmen analiza su visita.

A simple vista, todo lo que vio en el piso de Daniel parecía poca cosa, detalles sin importancia. Vive solo, no sabe llevar la casa, ¿y qué?

Pero detrás del desorden, Carmen ve algo más profundo e inquietante: ¿Cómo puede alguien vivir así y encima pensar que está bien? No es cuestión de pereza para lavar los platos; es porque… para él, esto es lo normal.

Y un regusto desagradable le queda

***

Más tarde, Daniel visita a Carmen. Le pide matrimonio oficialmente y hasta le regala un anillo. Presentan los papeles y los padres empiezan los preparativos para la boda.

Ser la novia, claro, es bonito. Pero, a solas, cuando Carmen piensa en Daniel, que siempre intenta agradarla con sus croquetas y chistes, en su cabeza aparece esa tetera de color indescifrable.

Carmen comprende: no es solo una tetera. Es una prueba. Habla del modo en que Daniel vive, cuida su entorno y, probablemente, de cómo la cuidaría a ella.

Un día imagina su vida juntos y le entra pánico.

Se levanta, entra en la cocina y encuentra restos de té y migas en la encimera. Si le dice: Cariño, ¿puedes limpiar esto?, él la mirará extrañado, como hace siempre, sin entender nada. No discutirá, ni gritará. Simplemente no lo entenderá. Y todos los días será igual: explicar, limpiar, insistir. El amor se irá apagando bajo miles de pequeñas heridas invisibles para él.

Y su madre tan feliz porque se va a casar.

***

Casarse

Toda la ligereza y la calidez que sentía Carmen junto a Daniel se deshacen, sustituidas por una inquietud densa y pegajosa.

Carmencita le pregunta Daniel casi a diario, mirándola de cerca, ¿todo va bien? ¿De verdad nos queremos?

Claro responde ella, notando cómo algo se rompe por dentro.

Al final, Carmen no aguanta más y se lo cuenta todo a su amiga Laura.

Y, ¿qué tiene de malo? pregunta Laura, sorprendida. Polvo, la tetera Mi marido podría dejar la cocina como si hubiera pasado un tanque y ni se inmuta. ¡Eso los hombres ni lo ven!

¡Ahí está! ¡No lo ven! susurra Carmen. Y él nunca lo verá. Pero yo lo veré toda la vida. ¡Eso me irá matando poco a poco!

***

No le culpa. No la ha engañado. Es honesto. Vive en un mundo distinto. Donde un plato sucio está bien. Para ella, es señal de falta de interés y de desinterés total.

No se trata de limpieza, es que miran la vida de forma opuesta. La grieta entre ellos acabará siendo abismo.

Mejor poner fin ahora, antes de caer al fondo cuando todo sea irreversible.

Solo queda esperar el momento

***

Invitan a Carmen y Daniel a una fiesta.

Llegan, se quitan los zapatos en la entrada

Entran en el salón

El olor desagradable les sigue.

Carmen tarda en notar de dónde viene.

Pero cuando lo entiende (y ve que los demás también han caído), le invade una vergüenza tan grande que querría enterrarse viva. Sin decir ni una palabra, corre hacia la entrada, se viste rápido y se marcha.

Daniel corre tras ella. La alcanza, le agarra el brazo. Ella se gira y le suelta a la cara, casi con rabia:

¡Se acabó! ¡No habrá boda!

***

Y boda, efectivamente, no hay.

Carmen está convencida de que hizo lo correcto. No se arrepiente de nada.

Daniel

Él aún no comprende cuál era el problema. Total ¡por unos calcetines que huelen! Si ni siquiera los llevaba puestosUnos días después, Carmen regresa al parque donde solía pasear con Daniel. El aire huele a hierba fresca y luz de verano. Se sienta en un banco de madera y observa a su alrededor: niños jugando, parejas riendo, ancianos caminando de la mano.

Por primera vez en meses, respira hondo y siente alivio en el pecho. Saca su móvil y abre el mensaje que Daniel le mandó:

Te deseo lo mejor, Carmen. Ojalá encuentres a alguien que te haga feliz de verdad.

Ella duda unos instantes, y al final responde:

Gracias, Daniel. Ojalá tú también.

Cierra los ojos y sonríe. El mundo sigue girando, nada se ha caído. Pronto habrá otros parques, otros bancos, otras personas con sus pequeños defectos y grandes virtudes.

Pero ahora sabe algo esencial: el amor nunca consiste en aguantar un sabor amargo para siempre. Hay amores que se quedan en el aire y, cuando se van, dejan limpio el corazón listo, vaya, para poder respirar otra vez.

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MagistrUm
Un regusto amargo — ¡Se acabó, no habrá boda! — exclamó Marina. — Espera, ¿qué ha pasado? — se desconcertó Ilya—. ¡Si todo iba bien! — ¿Bien? — se burló Marina—. Sí, claro… bien. Solo que — tras una pausa, calculando cómo decírselo, soltó la pura verdad— ¡te huelen fatal los calcetines! ¡No estoy dispuesta a respirar eso el resto de mi vida! https://clck.ru/3RMQBT — ¿Eso le dijiste? — se asombró la madre de Marina cuando ésta le anunció que retiraría la solicitud—. ¡Increíble! — ¿Por qué? — se encogió de hombros la exnovia—. Es la verdad. No me digas que tú no lo notabas. — Claro que lo notaba —se apuró la madre—, pero… qué humillante. Pensé que le querías. Es buen chico. Y los calcetines… eso tiene arreglo. — ¿De qué forma? ¿Enseñarle a lavarse los pies, cambiarse los calcetines, usar desodorante? ¡Mamá! ¿Te oyes? Yo quería casarme, no adoptar a un niño grande. — ¿Entonces por qué llegaste hasta aquí? ¿Por qué solicitar la boda? — Por culpa tuya, mamá. “Ilyushka es un buen chico, me gusta mucho” —¿te suena? Y también: “Ya tienes veintisiete. Ya va siendo hora de casarte, de darme nietos”. ¿Ahora te callas? ¿Ves? — Pero, Marianita, no pensé que aún tuvieras dudas. Parecía serio entre vosotros —defendió la madre—. Y mira, me alegro de que al final hayas reflexionado y decidido. Pero hija, eso de “los calcetines apestan”… te has pasado. No te reconozco. — Era intencionado, mamá. Claro y directo. En su idioma. Para que no hubiese vuelta atrás… *** Al inicio, Ilya le pareció a Marina gracioso y algo torpe. Siempre iba en vaqueros y la misma camiseta. No presumía de Picasso, pero podía hablar horas de cine antiguo. Sus ojos brillaban a la mínima. Con él todo era fácil y tranquilo. Precisamente ese sosiego atrajo a Marina, agotada de relaciones intensas y de buscar “el hombre de su vida”. Tras dos meses entre cines y cafeterías, Ilya, tímido, propuso: — ¿Te vienes a mi casa? Te invito a mis pelmeni. ¡Los he hecho yo solo! La invitación sonó tan cálida y familiar, que el corazón de Marina dio un vuelco. Lo de “los he hecho yo” la desarmó. Así que aceptó… *** El piso de Ilya no le gustó nada. No estaba sucio, pero sí desordenado, sin gusto y con aire de caída. Paredes grises sin papel, sofá viejo con solo un rodillo por cojín. En el suelo, montones de cajas, libros y revistas antiguas. Zapatillas en medio. Y ese ambiente, entre polvo y humedad estancada. Parecía un campamento de paso, como a punto de mudarse pero donde nunca se mudaban. — ¿Qué te parece mi fortaleza? — Ilya abrió los brazos, sonriente y sin pizca de vergüenza. Estaba orgulloso y realmente no veía nada raro. Marina sonrió por compromiso; le gustaba el chico y no quería montar lío. Fueron a la cocina. No era mejor: la mesa cubierta de polvo fino, platos sucios en el fregadero, tazas con poso oscuro. La cazuela, hecha polvo. Marina se fijó en la tetera. https://clck.ru/3RMQFL “Me pregunto — pensó— de qué color sería originalmente…” El ánimo se le fue abajo. Marina apenas escuchaba a Ilya, que se esforzaba en hacerla reír. Cuando él le ofreció una ración de pelmeni, ella los rechazó tajante, alegando que estaba a dieta… Probar algo de esa cocina ni pensarlo. De vuelta en casa, analizó la visita. A simple vista, lo visto en el piso era poca cosa: vivía solo, no se apañaba. ¿Y qué? Pero en ese desaliño vio algo mayor y más inquietante: ¿cómo se puede vivir así? No por pereza para limpiar un plato, sino porque… para él, era lo normal. Al final, quedó un regusto amargo… *** Después, Ilya visitó a Marina. Formalizó la propuesta, le regaló el anillo y presentaron la solicitud. Los padres empezaron a preparar la boda. Ser la novia es bonito. Pero cuando Marina se quedaba sola y pensaba en Ilya, que trataba de agradarle, le hacía pelmeni y contaba chistes, solo podía visualizar… ¡la tetera de color indescifrable! Y lo entendía: no era solo una tetera. Era una señal, una pista sobre su actitud hacia la vida, el hogar, sí mismo y, seguramente, ella. Un día imaginó una mañana juntos y se horrorizó. Se levantará, irá a la cocina y verá restos de té y migas. Si pide: “Cariño, ¿puedes limpiar esto?”, él la mirará, extrañado, como ante su vivienda, sin entender. No discutirá ni gritará. Simplemente… no entenderá. Y cada día tendrá ella que explicar, limpiar, recordar. Y el amor se irá extinguiendo con miles de pinchazos invisibles para él. Y su madre, feliz porque va a casarse. *** Casarse… Todo el bienestar y la calidez que Marina sentía junto a Ilya se esfumaron, dando paso a una inquietud pesada. — Marianita— preguntaba Ilya casi a diario, mirándola preocupado —, ¿todo bien entre nosotros? ¿Nos queremos? — Claro — respondía ella, pero sentía romperse por dentro. Al final, Marina no aguantó más y confesó sus miedos a una amiga. — ¿Y qué más da? — se extrañó Katia —. El polvo, la tetera… Mi marido deja la cocina como si pasara un tanque y ni se da cuenta. ¡Los hombres no ven esas cosas! — ¡Exactamente! No ven —susurró Marina—. Y él nunca verá. Pero yo sí. ¡Toda la vida! Y eso me va matando, poco a poco. *** No es que le culpara. No la engañó ni nada. Ilya era sincero. Solo vivía en otro mundo. Para él, un plato sucio era normal. Para ella era señal clara de incomprensión y dejadez. El problema no era la limpieza. Era que miraban el mundo diferente. Aquella fisura se haría un abismo. Mejor cortar ahora, que caer al fondo de ese abismo dentro de unos años, cuando ya sea tarde. Solo faltaba la ocasión… *** Invitaron a Marina e Ilya a una fiesta. Llegaron, se descalzaron en la entrada… Entraron… Un hedor terrible les seguía los pasos. Marina tardó en darse cuenta de dónde venía. Y al notar que no solo ella, sino todos lo percibían, se sintió tan avergonzada que quería desaparecer. Sin decir palabra, salió corriendo, se vistió y se marchó. Ilya fue tras ella. La alcanzó y la agarró por el brazo. Ella se volvió y le soltó a la cara, casi con rabia: — ¡Se acabó! ¡No habrá boda! *** No hubo boda. Marina cree que hizo lo correcto y no se arrepiente. Y Ilya… Aún no entiende cuál era el problema: total, los calcetines huelen… ¡Podría habérselos quitado!