Un regalo tardío El autobús dio un tirón y doña Ana Pérez se agarró con ambas manos a la barra, not…

Regalo tardío

El bus da un tirón y Ana Fernández se agarra con ambas manos a la barra, notando bajo sus dedos el plástico rugoso que cede levemente. La bolsa con la compra golpea sus rodillas, las manzanas ruedan sordamente en el interior. Está de pie, cerca de la puerta, contando las paradas hasta la suya.

En el oído le susurran los auriculares, pero su nieta ha insistido: Abuela, por si acaso te llamo, no los apagues. El móvil reposa en el bolsillo exterior del bolso, pesado como una piedra. Ana, de todos modos, comprueba que la cremallera está cerrada.

Ya imagina la vuelta a casa: dejará la bolsa sobre el taburete en la entrada, se cambiará los zapatos, colgará el abrigo con cuidado, doblará la bufanda en la balda. Luego repartirá las compras, pondrá el puchero. Por la noche vendrá su hijo a por los tuppers: tiene turno y no le da tiempo a cocinar.

El autobús frena, las puertas se abren. Ana baja con cautela, sujetándose al pasamanos, y sale hacia su bloque en el barrio de Chamberí. En el patio los niños juegan al balón, una niña en patinete esquiva por los pelos su bolsa. De la entrada al portal llega olor a pienso de gato y a tabaco.

En el recibidor deja la compra, se descalza y coloca los zapatos, como siempre, con las puntas contra la pared. El abrigo al perchero, la bufanda doblada. En la cocina reparte: la zanahoria con las demás verduras, el pollo a la nevera, el pan al panero. Llena la olla de agua, hasta tapar el fondo con la palma de la mano.

El teléfono vibra en la mesa. Se seca las manos en el paño y lo acerca.

Dime, Santi dice, inclinándose un poco hacia el auricular, como si así oyera mejor.

Hola, mamá. ¿Qué tal? la voz de su hijo es rápida, de fondo alguien le pregunta algo.

Bien, haciendo caldo. ¿Vas a venir?

Sí, dentro de un par de horas. Oye, mamá, nos han vuelto a pedir dinero en la guardería, para arreglar la clase. ¿Podrías? titubea. Igual que la otra vez.

Ana ya estira la mano hacia el cajón de los papeles, donde guarda su cuaderno gris de los gastos.

¿Cuánto necesitas? pregunta.

Si pudieras, doscientos ochenta euros. Todos colaboran, pero ya sabes suspira. Está la cosa difícil.

Ya lo sé responde ella. Vale, te los doy.

Gracias, mamá. Eres un sol. Paso esta tarde a por ellos. Y me llevo tu caldo.

Cuando cuelga, el agua ya hierve suavemente en la olla. Añade el pollo, sal, laurel. Se sienta y abre el cuaderno. Pensión, suma escrita con buena letra azul. Debajo, luz, medicinas, nietos, imprevistos.

Añade guardería y la cifra, deteniendo el bolígrafo un segundo. Las cuentas bailan levemente, como si se desplazasen solas. Queda menos de lo que le gustaría, pero tampoco es un drama. Bueno, saldremos adelante, se dice y cierra el cuaderno.

Del frigorífico cuelga un imán con un calendario. Abajo, junto a las fechas, un eslogan: Centro Cultural. Abonos de temporada. Música clásica, jazz, teatro. Descuento para jubilados. El imán se lo regaló su vecina Marisa, junto con una empanada por su cumpleaños.

Ana se pilla a menudo leyendo ese anuncio, mientras espera que hierva el agua para el té. Hoy otra vez la mirada se detiene en la palabra abonos. Recuerda cuando, antes de casarse, iba con su amiga a la Filarmónica. Los billetes eran baratos, pero había que esperar cola, se helaban en la acera, bromeaban, reían. Llevaba entonces el pelo largo, recogido, su mejor vestido, los únicos zapatos de tacón.

Ahora imagina el auditorio, no ha pisado uno en años. Los nietos la arrastran a funciones infantiles, pero no es igual: allí gritos, confeti, palmas. Esto otro es distinto. Ni sabe qué conciertos hay ni quién asiste.

Quita el imán, lo gira. Detrás aparecen una web y un número de teléfono. La web no le dice nada, pero el teléfono… Vuelve el imán a su sitio, pero la idea ya está ahí.

Tonterías, se reprocha. Mejor guardar para una cazadora a la niña. Crecen enseguida, todo es caro.

Baja el fuego, regresa a la mesa y saca del cajón un viejo sobre donde guarda dinero por si acaso. Son unos cuantos billetes ahorrados durante meses. No mucho, sirve de colchón para una avería en la lavadora o unos análisis inesperados.

Sus dedos cuentan despacio el dinero, mientras la publicidad del imán da vueltas en su cabeza.

Por la tarde llega su hijo. Cuelga la chaqueta en la silla, saca los tuppers de la bolsa.

¡Uy, cocido! se alegra. ¡Mamá, eres la mejor! ¿Has comido ya?

Ya, ya. Sírvete. El dinero está preparado saca el sobre, cuenta 280 euros cuidadosamente.

Mamá, deberías apuntar lo que te queda la aconseja, cogiendo los billetes. No sea que un día te falte.

Lo apunto contesta ella. Lo llevo todo organizado.

Eres una contable ríe él. Por cierto, ¿el sábado podrías venir otra vez? Tenemos que ir al centro comercial y no tenemos con quién dejar a los pequeños.

Puedo asiente Ana. ¿Qué tengo yo más que hacer?

Él le comenta novedades del trabajo, normas nuevas. Al calzarse en la entrada, se vuelve:

¿Y tú? ¿Te compras algo para ti? Solo piensas en los niños y en nosotros.

No me falta de nada responde. No necesito más.

Él menea la mano:

Bueno, tú sabrás. Paso otro día.

Cuando la puerta se cierra, la casa queda en silencio. Ana friega, limpia la mesa, vuelve a observar el imán. Resuena en su cabeza: ¿Te compras algo para ti?

Por la mañana, al despertar, se queda un rato mirando el techo. Los nietos en el colegio, su hijo en la oficina. Nadie vendrá hasta tarde. El día parece libre, pero está repleto de pequeñas tareas: regar las plantas, barrer, ordenar periódicos.

Hace sus ejercicios, como le enseñó el médico: estira los brazos, se despereza, mueve el cuello. Pone el té, echa hojas al fondo de la taza. Mientras hierve el agua, vuelve a mirar el imán.

Centro Cultural. Abonos…

Toma el teléfono, marca el número diminuto. El corazón se le acelera. El timbre suena varias veces, una voz de mujer contesta:

Centro Cultural, le atiende taquilla.

Buenos días dice Ana, con la boca seca. Llamaba por… los abonos.

Claro, ¿qué ciclo le interesa?

No lo sé. ¿Cuáles hay?

La mujer enumera: orquesta sinfónica, cámara, noches de romanza, infantiles.

Para jubilados hay descuento añade. Son cuatro conciertos por abono.

¿Y si compro entradas sueltas? inquiere Ana.

Se puede, pero sale peor. El abono merece la pena.

Piensa en sus cuentas, el sobre en el cajón. Pregunta el precio y la cantidad le pesa en la cabeza. Podría pagarlo, pero su fondo de emergencia quedaría tiritando.

Piénselo sugiere la taquillera, suelen agotarse.

Gracias cuelga Ana.

El hervidor chilla, sirve el té, se sienta y abre el cuaderno. Escribe: Abono. Al lado, la cifra y: Cuatro conciertos. Hace cálculos mentales: por mes no es tan grave. Puede recortar en dulces, posponer la peluquería, arreglarse ella el flequillo.

Siente la presencia de sus nietos en la cabeza: el pequeño quiere un nuevo Lego desde hace tiempo, la mayor, zapatillas de baile. Su hijo y su nuera suspiran por la hipoteca. Y ahí está su anhelo, incómodo, como si fuera inapropiado desearlo, como si no estuviese permitido.

Cierra el cuaderno, sin decidirse. Limpia suelos, tiende ropa. Pero la imagen de la sala no se va.

Después de comer suena el telefonillo: su vecina Marisa trae un bote de pepinillos en vinagre.

Toma, que no tengo sitio entra en la cocina. ¿Cómo estás?

Bien sonríe Ana. Pensando en algo…

Duda. Le da vergüenza.

¿En qué? Marisa se sienta, saca el ganchillo.

En un concierto musita Ana. Hay abonos en el centro cultural. Yo antes iba a la Filarmónica, de joven. Ahora pienso si comprar uno. Pero es caro.

Marisa alza las cejas.

¿Y para qué me preguntas a mí? Es tu gusto. Si quieres, adelante.

El dinero… empieza Ana.

Bah, el dinero la ataja Marisa. Has ayudado a todos. Al hijo, a los nietos, siempre. Y para ti, ¿qué? Siempre con la misma bufanda, el mismo abrigo. No puedes gastar en música una vez.

No es una vez replica Ana. Antes iba.

Antes… cuando el helado costaba veinte pesetas se ríe la vecina. Ahora es otro tiempo. No les pides a ellos, es tuyo.

Dirán que es tontería susurra Ana. Que mejor para los nietos.

Pues no lo digas Marisa encoge hombros. Si quieres, les dices que fuiste al ambulatorio. Aunque no tienes por qué esconderte. No eres una cría.

Aquello de no eres una cría le duele y le avergüenza a la vez.

Ya voy al ambulatorio bastante admite Ana. Pero me da miedo: que si escaleras, que si el corazón…

Que hay ascensor responde Marisa. Y vas a estar sentada, no bailando. Yo el mes pasado fui al teatro y aquí sigo. Me dolieron los pies, pero el recuerdo compensa.

Charlan de medicinas, precios. Al irse Marisa, Ana toma el teléfono, llama de nuevo a la taquilla y antes de pensar mucho, dice:

Quiero el abono de noches de romanza.

Le explican que debe ir en persona, con DNI. Apunta la dirección y el horario en un papel y lo cuelga con el imán en la nevera. El pulso le tiembla como si hubiese andado deprisa.

Por la tarde, su nuera llama:

Ana, ¿el sábado puedes quedarte seguro con los niños? Tenemos que ir al centro comercial; hay oferta de electrodomésticos.

Claro que sí contesta Ana.

Mil gracias, Ana. Luego te traemos algo: té, toallas, lo que quieras.

No hace falta responde. No necesito nada.

Va a la cocina, mira el papel con la dirección: la taquilla cierra a las seis; tendrá que salir antes para no ir con prisa.

Esa noche sueña con la sala: butacas suaves, luces, gente vestida de oscuro. Ella sentada con el programa en las manos, temiendo moverse para no molestar.

Por la mañana se despierta con un peso en el pecho. ¿Para qué me meto en esto?, piensa. Cuántos líos

Pero el papel sigue en su sitio. Tras desayunar, saca su mejor abrigo del armario, lo sacude, revisa los botones. Elige una bufanda bien cálida y zapatos cómodos. Mete al bolso el DNI, la billetera, las gafas, la medicación y una botellita de agua.

Antes de salir, se sienta un instante en el recibidor a escucharse. No le da vueltas la cabeza, las piernas no tiemblan. Vale, llegaré, se anima, y cierra la puerta.

La parada no está lejos, pero avanza despacio, contando los pasos. El autobús llega rápido. Está lleno, pero un chico le cede el asiento. Ana se sienta junto a la ventana, la bolsa en las rodillas.

El Centro Cultural queda a dos paradas del centro. Es un edificio antiguo, columnas, carteles de colores. Junto a la puerta, dos señoras gesticulan animadas. Dentro huele a polvo, madera vieja y dulces del ambigú.

La taquilla está a la derecha, tras un cristal, una mujer amable de voz dulce. Ana le entrega el DNI, dice cuál ciclo quiere.

Para jubilados hay descuento repite la taquillera. Ha tenido suerte, quedan buenos asientos en el centro.

Le señala el plano. Ana apenas distingue nada, asiente.

El precio le retumba cuando lo oye. Saca los billetes, duda apenas un instante en decir que no, pero tras ella la cola se mueve, alguien tose. Sin mirar, pone el dinero en la ventanilla.

Aquí tiene su abono entrega la cartulina. El primer concierto es en dos semanas. Venga con tiempo.

El abono es bonito: en la portada, foto del escenario; dentro, los títulos. Ana lo guarda con mimo, entre el DNI y una libreta de recetas que lleva siempre.

Al salir, nota las piernas blandas. Se sienta en el banco, bebe agua. Dos muchachos comentan música moderna; la escucha como si fuera otro idioma.

Bueno se dice, ya está comprado. Ahora, no hay marcha atrás.

Dos semanas pasan entre rutinas: los nietos con fiebre, ella de guardería improvisada; pucheros, termómetros. Su hijo trae la compra y los tuppers. Varias veces está a punto de contarle lo del abono, pero cambia de tema a última hora.

El día del primer concierto se levanta temprano. Siente nervios de examen en el estómago. Adelanta la cena para no tener prisas. Llama a su hijo:

Hoy por la tarde no estaré en casa; si hace falta, avisad antes.

¿A dónde vas? pregunta extrañado.

Vacila. No quiere mentir, pero tampoco se atreve a decir la verdad.

Al Centro Cultural. A un concierto.

En el auricular hay un silencio tenso.

¿Qué concierto? Mamá, ¿te hace falta eso? Será todo gente joven, ruido, empujones

No es una disco responde intentando serenidad. Es de romanza.

¿Quién te ha invitado?

Nadie responde. He comprado yo el abono.

Se hace aún más largo el silencio.

¿En serio, mamá? Sabes que ahora estamos justos. Ese dinero

Lo sé lo interrumpe. Pero es mi dinero.

Su voz suena más firme de lo esperado. Aprieta el móvil, esperando que su hijo explote.

Bueno suspira él. Es tuyo. Pero no te quejes si luego te falta. Y no te vayas a resfriar. Y a tu edad

A mi edad se puede estar sentada oyendo música responde. No estoy subiendo el Mulhacén.

Él suspira, más suave:

Vale. Pero llámame cuando vuelvas, ¿eh?

Tranquilo, llamo.

Cuando cuelga, le tiemblan las manos. Se siente como si hubiera hecho algo atrevido, casi indecente. Pero no piensa echarse atrás.

Por la tarde se arregla: vestido azul marino, cuello pulcro, medias, zapatos bajos. Se peina con esmero.

Ya atardece al salir. Las luces de tiendas parpadean en los cristales, la parada se llena de viajeros. Aprieta el bolso, con el abono, el DNI, el pañuelo, las medicinas.

En el bus hay agobio, alguien le pisa y se disculpa. Se agarra fuerte, cuenta las paradas. Al anunciar su destino, se abre paso con cuidado.

En la entrada del Centro Cultural hay gente de todas las edades: matrimonios mayores, mujeres jóvenes, algún chico en vaqueros. Ana respira tranquila: no es la más mayor.

Deja el abrigo, recibe la ficha, queda un instante dudando el rumbo. Ve un cartel: Sala, y avanza.

Dentro, media penumbra; por encima de las filas, pequeñas luces. Una mujer revisa entradas:

Fila seis, asiento nueve le indica. Por allí.

Ana camina entre piernas, pide perdón, alcanza su butaca. Se sienta, coloca el bolso. El corazón le late fuerte, pero es emoción más que miedo.

A su alrededor murmullos, programas en las manos. Ella mira el suyo. No conoce los títulos, pero reconoce, en la letra pequeña, el nombre de un compositor que le sonaba de la radio.

Se apagan las luces. Una presentadora da paso. Ana apenas atiende: lo realmente importante es estar aquí, en esa sala y no en la cocina de casa.

Suena el primer acorde y le recorren escalofríos. La voz de la cantante es profunda, algo rasgada. Las letras sobre el amor, la distancia, el camino parecen de pronto suyas. Recuerda otras salas, otras ciudades, otros tiempos, junto a quien ya no está.

Las lágrimas no llegan, pero la emoción la embarga. Relaja el cuerpo, se iguala su respiración. La música lo llena todo y su vida deja de ser solo ahorros y tareas.

En el descanso le pesan las piernas, se estira en el vestíbulo. Conversaciones sobre música, risas. Se compra una chocolatina, un capricho pequeño y raro para ella.

Está rica dice en voz baja, partiendo un trozo.

Cerca hay una señora de su edad, traje claro.

Buen concierto, ¿verdad? comenta.

Sí sonríe Ana. Hacía años que no iba.

Yo también. Siempre lo dejo por los nietos, el piso… Pero pensé: si no ahora, ¿cuándo?

Charlan un momento hasta sonar la campana.

La segunda parte pasa uniéndose al disfrute. Ya no piensa en el precio de cada canción, solo escucha. Al acabar, el aplauso retumba largo; Ana aplaude hasta sentir dolor en las palmas.

Al salir, el aire fresco le llena de vitalidad. Avanza hasta la parada con las piernas cansadas y el alma templada, leve orgullo silencioso: ha hecho algo para sí misma.

En casa, llama a su hijo:

Ya he vuelto, todo bien.

¿Te gustó? ¿No te has resfriado?

No. Me ha gustado mucho.

Él calla, luego añade:

Lo importante es que estés contenta. Pero no te emociones; hay que ahorrar para arreglos.

Sí, ya lo sé. Pero ya he comprado el abono. Me quedan tres conciertos.

¿Tres? Bueno… ya que está, aprovecha. Pero ten cuidado.

Después cuelga, Ana guarda el abrigo, pone orden. Se prepara un té y deja el abono sobre la mesa, ligeramente doblado. Lo repasa con los dedos, anota en el calendario las fechas y marca un círculo.

La siguiente semana, cuando su hijo vuelve a pedirle dinero para un fondo escolar, ella repasa las cifras y responde:

Solo puedo la mitad. El resto lo necesito.

¿Para qué? pregunta, por inercia.

Ella lo observa, agotado, las ojeras.

Para mí responde tranquila. También tengo mis cosas.

Él quiere replicar, pero lo deja pasar.

Vale, mamá. Como digas.

Ese día Ana, ya a solas, saca un álbum antiguo. Se ve a sí misma, joven, en vestido claro frente a un teatro de otra ciudad, con un programa en mano y sonrisa tímida.

Contempla mucho rato esa imagen, tratando de reconocer en ella su reflejo presente. Después cierra el álbum y lo guarda.

En la nevera, junto al imán, pega un papel: Próximo concierto día 15. Debajo añade: Salir con tiempo.

Nada ha dado la vuelta a su vida. Por la mañana sigue cocinando, limpiando, recogiendo a los nietos. Su hijo sigue pidiendo ayuda, y da lo que puede. Pero, desde algún rincón, sabe que tiene sus propios pequeños planes, tiempo para sí.

A veces, al pasar, toca sin querer el papel del calendario y se reafirma calladamente: sigue viva, conserva el derecho a desear.

Una noche, leyendo el diario gratuito, ve que en la biblioteca municipal abren un taller de inglés para mayores. Es gratis, pero hay que apuntarse pronto.

Recorta la noticia, la deja junto al abono. Prepara un té, sonríe y piensa: ¿no será ya demasiado atrevimiento?

Primero terminaré mis romanzas se dice. Luego ya veré.

Guarda la hoja en el cuaderno, pero la posibilidad de aprender algo nuevo deja de sonar imposible. Ya en la cama, antes de dormir, mira por la ventana; los faroles alumbran la plaza, un chico con auriculares pasa, otro golpea la pelota en la acera.

Ana se apoya en el alféizar, y siente en su pecho una tranquilidad profunda. La vida, con sus límites y rutinas, sigue. Pero entre medias hay sitio para cuatro conciertos y, quién sabe, quizá unas palabras en otro idioma.

Apaga la luz y se acuesta, las sábanas bien estiradas. Mañana será igual: mercado, llamadas, cocina. Pero el círculo en el calendario le recuerda que algo importante ha cambiado, aunque nadie más lo note.

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