Un regalo tardío

10 de marzo

El autobús dio un traqueteo brusco al salir del semáforo en la glorieta de Quevedo, y yo, Carmen Valderrama, me aferré con ambas manos a la barra, notando cómo el plástico rugoso cedía apenas bajo mis dedos. La bolsa de la compra chocó contra mis rodillas y sentí cómo las manzanas rodaban sordas en su interior. Me hallaba junto a la puerta, contando mentalmente las paradas que me faltaban hasta mi portal de Chamberí.

Apenas se oía el siseo de los auriculares en mi oído. Abuela, ¡déjalos puestos por si te llamo!, me había insistido mi nieta pequeña, Alejandra. El móvil, un bloque frío y pesado, estaba en el bolsillo exterior del bolso. Aunque sabía que estaba seguro, a cada rato comprobaba la cremallera.

Mientras tanto, ya visualizaba mi llegada a casa: dejar la bolsa sobre el taburete de la entrada, cambiarme los zapatos por las pantuflas, colgar el abrigo en el perchero, plegar cuidadosamente la bufanda en la balda. Luego, repartir la compra: la zanahoria junto a las demás verduras, el pollo a la nevera, el pan a la panera. Sacar la olla y llenarla de agua hasta cubrir el fondo con la mano extendida.

El autobús frenó en la calle García de Paredes. Bajé despacio, agarrándome al pasamanos. El sol brillaba entre las hojas de los plátanos, y en el patio los niños perseguían un balón; una niña en patinete casi me roza, pero giró justo a tiempo. Desde la entrada del portal subía el olor entre rancio y dulzón del pienso de los gatos y el tabaco de algún vecino.

En casa, dejé la bolsa, me descalcé y, como de costumbre, alineé los zapatos contra la pared. El abrigo quedó colgado, la bufanda doblada en la estantería. En la cocina, todo a su sitio: zanahorias con las verduras, el pollo al frigorífico, el pan en la panera. Puse agua en la cazuela. Entonces vibró el móvil sobre la mesa. Lo acerqué y me sequé las manos en el paño.

¿Sí, Marcos?pregunté, inclinándome hacia el teléfono, como si así el timbre del hijo se oyese mejor.

Hola, mamá, ¿qué tal? se le oía nervioso, en el fondo alguien gritaba una pregunta con prisas.

Bien. Haciendo caldo. ¿Vas a pasarte hoy?

Sí, sobre las ocho. Mira, mamá, otra vez nos ha tocado poner dinero en la guardería de Sofía, para reparar la clase. ¿No podrás…, bueno, como la otra vez?

Mientras lo decía, ya abría el cajón de los papeles donde guardo mi cuadernillo gris de cuentas.

¿Cuánto hace falta? pregunté.

Si pudieras, ciento ochenta euros. Ya sabes, todos ponen algo, pero ahora está la cosa fatal…

Lo comprendo le dije. Vale, te lo doy.

Gracias, mamá. Eres de oro. Por la tarde me paso. Y caldo de ese tuyo.

Al colgar, el agua hervía. Eché el pollo, sal, laurel. Me senté con la libreta, revisando la columna de pensión, escrita con letra apretada. Debajo, comunidad, farmacia, nietos, imprevistos.

Apunté ahora guardería y la cantidad, después me quedé con el bolígrafo en alto. No quedaba tanto como me gustaría, pero tampoco era un desastre. Bueno, ya saldremos adelante, pensé, y cerré el cuaderno.

En la puerta del frigorífico colgaba un imán con calendario diminuto. Debajo, publicidad del Centro Cultural del barrio: Abonos de temporada. Música clásica, jazz, teatro. Descuentos para jubilados. Me lo trajo Justa, la vecina del quinto, con una porción de empanada para mi santo.

Me sorprendí otra vez leyendo esa frase de abonos mientras esperaba que hirviera el agua para el té. Imaginé el salón de actos: hace años, antes de casarme, iba con una amiga a la Filarmónica por cuatro duros. Guardábamos cola temblando de frío, pero reíamos y soñábamos. Entonces me peinaba una trenza larga, me ponía mi mejor vestido y los únicos zapatos de tacón que tenía.

Ya nunca iba. Los nietos me arrastran a funciones infantiles, pero aquello es otra cosa: ruido, globos, aplausos. Esto era distinto. Ni recordaba qué conciertos daban ahora, ni qué gente los frecuentaba. Saqué el imán, lo miré por detrás: venía la web y un teléfono. Lo volví a poner. Pero la idea no se borraba.

Qué tontería me dije. Mejor guardarlo para la cazadora de Alejandra. Los niños crecen y todo cuesta un dineral.

Me levanté, bajé el fuego. No volví al cuaderno, sino que rebusqué en el cajón el viejo sobre donde guardo los ahorros para un apuro. Quedaba poco, para arreglar la lavadora si se estropeaba, o algún análisis médico.

Conté el dinero, los dedos pasando los billetes mientras la publicidad del imán zumbaba en mi cabeza.

Por la tarde vino Marcos. Colgó la cazadora en la silla, sacó los tuppers.

¡Sopa castellana!, se alegró. Mamá, como siempre. ¿Has cenado?

Sí, sí, sírvetelo tú. Le di el sobre con el dinero, ciento ochenta euros justos.

Mamá, deberías anotar cuánto te queda. A veces te quedas corta y no lo sabes.

Siempre apunto todo le respondí.

Eres una hacha para las cuentas rió. Por cierto, ¿el sábado podrías quedarte con los peques? A Marta le viene bien para ir de compras.

Claro, no tengo nada.

Me contó historias del trabajo, el jefe, las normas. Cuando se calzaba, preguntó desde la entrada:

Mamá, ¿tú te compras algo para ti? Siempre para los nietos y para nosotros.

Tengo de todo, respondí.

Levantó una mano:

Bueno, tú sabrás. Nos vemos.

Tras la puerta quedó el silencio. Llevé los platos al fregadero. Saqué el imán de la nevera. ¿Te compras algo?, resonó su pregunta.

A la mañana siguiente, me quedé un rato mirando al techo. Los nietos en el colegio, Marcos en la oficina. Tendría el día para mí, pero la lista de quehaceres era larga: regar plantas, fregar el suelo, clasificar periódicos.

Hice gimnasia, como me enseñó el médico: brazos al cielo, estiramientos, giros de cuello. Puse agua a hervir para el té, saqué el imán y marqué el teléfono.

Centro Cultural, taquilla, dígame.

Hola, llamo por los abonos.

¿De qué tipo busca, señora?

No sabría. ¿Cuáles hay?

Explicó ciclos de sinfónica, cámara, noches de zarzuela, infantiles.

Hay descuento para jubilados, pero el abono sigue costando lo suyo. Son cuatro conciertos.

¿No se puede comprar por separado?

Sí, pero le sale peor. Abono es más rentable.

Pregunté el precio. Era una suma seria. Se podía, pero apenas quedaría nada en el sobre.

Piénselo, señora; los abonos vuelan.

Gracias dije, y colgué.

El té estaba listo. Al sentarme, escribí en el cuaderno: Abono. Cuatro conciertos. Calculé mentalmente al mes; no era una locura. Reduje en mi cabeza gastos: menos dulces, pelarme yo en casa.

Me vinieron a la cabeza los nietos: Alex quiere juegos nuevos, Inés zapatillas de baile. Marcos y Marta suspiran por la hipoteca. Mi propio deseo me asustaba, como si fuera una travesura.

Cerré la libreta, sin decidir. Limpié el suelo, doblé ropa, aireé la casa, pero la idea volvía siempre.

Al mediodía llamó Justa, la vecina, con un bote de pepinillos en vinagre.

Cógelo, que me sobra. ¿Cómo andas?

Sobreviviendo le sonreí. Dudé, luego solté:

Estoy pensando en lo del abono para conciertos del centro cultural. Fui mucho antes, y ahora me apetece, pero es caro.

Justa alzó las cejas.

¿Y me preguntas a mí? Si quieres ir, ve.

El dinero empecé.

¡Bah! Siempre te sacrificas por todos. Otra vez has dado dinero, ¿no? A los nietos les compras de todo, ¿y tú? Miras ese chal viejo y el mismo abrigo de siempre. Por una vez gasta para ti.

No es solo una vez; yo antes ya iba

Sí, cuando el cine costaba cinco duros. Es tu dinero. No vas pidiendo. ¿Que lo ven mal? Que les den. No eres una cría, Carmen.

Me pinchó con ese no eres una cría. Sentí enfado y algo de vergüenza.

Me da miedo ir sola… luego las escaleras el corazón.

Anda ya. Hay ascensor. Vas a sentarte. Yo estuve en el teatro el mes pasado. Me dolieron las piernas, pero lo disfruté como nunca.

Hablamos un rato de la vida y las medicinas. Cuando se fue, volví a llamar a la taquilla.

Quiero reservar un abono para las noches de zarzuela.

Tomaron mis datos, debía personarme con DNI. Apunté dirección y horarios y lo colgué con un temblor de nervios.

Por la noche me llamó Marta.

¿Puedes quedarte el sábado seguro? Hay rebajas en El Corte Inglés.

Tranquila, contad conmigo.

¡Mil gracias, Carmen! Te traeré algo, ¿un té, unos paños?

No hace falta, hija, no necesito nada.

Durante la noche soñé con el salón de actos: las luces, la gente charlando, el programa en la mano. Me asustaba molestar.

A la mañana seguiente, tras desayunar, busqué mi abrigo bueno, lo cepillé, revisé que no faltaba ningún botón. Saqué bufanda abrigada y zapatos cómodos. En el bolso, metí DNI, cartera, gafas, la pastilla de la tensión, botella de agua.

Me senté en el taburete del recibidor y me aseguré de no marearme. Aguantaré, me dije, cerrando la puerta.

A la parada me costó poco llegar; caminé despacio, contando pasos. El autobús llegó enseguida y un chico joven me cedió el asiento.

El Centro Cultural estaba a dos paradas de la Gran Vía. Un edificio alto, con columnas y carteles. Dentro olía a madera vieja y a dulces del bar.

La taquilla, a la derecha. Entregué el carnet, elegí ciclo. La mujer me habló de descuentos; tuve suerte, quedaban sitios en el centro.

Cuando me dijo el precio, dudé. Quise echarme atrás, pero la cola era larga. Conté el dinero y pagué, sin mirar a nadie.

Aquí tiene su abono. El primer concierto es en dos semanas. Llegue con tiempo.

Era precioso, en la portada la foto del auditorio. Guardé el abono en el bolso, junto al recetario que siempre llevo.

Al salir, me senté en un banco. Bebí agua. Dos adolescentes discutían de música moderna. Me sentí ajena.

Ya está: lo he comprado. Ya no hay marcha atrás.

Las dos semanas pasaron cuidando nietos con fiebre, haciendo compotas, repartiendo tuppers. Varias veces casi conté a Marcos lo del abono, pero siempre cambié de tema.

El día del concierto me levanté inquieto, como antes de un examen. Deje la cena hecha y avisé:

Esta noche no estaré en casa, por si llamáis.

¿A dónde vas? se sorprendió Marcos.

Dudé con mentir, pero no me salió.

Al Centro Cultural, a un concierto.

Silencio.

¿A un concierto? Mamá, qué necesidad. Estarás allí entre jóvenes, jaleo…

No es un botellón, hijo. Son zarzuelas.

¿Y quién te ha invitado?

Nadie. Lo he comprado yo.

Otra pausa.

Mamá ahora no estamos para caprichos. Ese dinero

Ya lo sé le interrumpí. Pero es mío.

Me sorprendió lo firme que me oí. Esperé bronca.

Vale, madre. Son tuyos, quién soy yo para discutir. Pero no protestes si luego falta. Y no te constipes.

En mi edad se puede sentar una a escuchar música. No voy al Pirineo.

Él suspiró, resignado.

Bueno. Llámame cuando vuelvas.

Te llamo, hijo.

Estuve un rato mirando el abono. Me temblaban las manos, era como una travesura. Pero no quería echarme atrás.

Por la tarde me puse mi vestido azul marino, medias decentes, zapatos bajos. Me peiné con mimo.

Fuera ya oscurecía. En el autobús, apretujada entre gente, me hicieron sitio. Conté bien las paradas, bajé entre empujones.

A la entrada, gente de todas las edades. Matrimonios mayores, mujeres solas, algunos jóvenes. Me tranquilizó no ser la más mayor.

Dejé el abrigo en el ropero, seguí los carteles hacia el salón. La acomodadora buscó mi asiento.

Sexta fila, asiento nueve. Por aquí.

Avancé, pidiendo perdón si molestaba. Me senté, el bolso en el regazo. El corazón me latía, ahora por emoción.

La gente charlaba a mi alrededor. Abrí el programa: apenas reconocía los títulos, pero vi un compositor de mi juventud, que escuchaba en la radio.

Las luces bajaron. Salió la presentadora. Apenas escuchaba las palabras, solo el milagro de estar allí, entre extraños, no en casa.

Sonaron los primeros compases. Sentí un escalofrío. La voz de la cantante, grave, melancólica. Letra de amor, de distancia, de camino. Pensé en otro tiempo, en otra yo.

Se me humedecieron los ojos, pero no lloré. Solo apreté el bolso, escuchando. Poco a poco mi cuerpo se relajó y, por un instante, desaparecieron la fatiga y el cálculo de cada gasto.

En el descanso me dolían las piernas. Salí a estirar en el vestíbulo. La gente comentaba, otros tomaban pastas y té de vaso. Compré una onza de chocolate, un lujo para mí.

Qué rico dije en voz alta.

Buen concierto, ¿verdad? comentó una señora de mi edad.

Sí. Hacía años que no venía.

Yo también. Siempre ocupada. Pero pensé: si no es ahora, ¿cuándo?

Charlamos del programa, de la cantante. Repicó la campana y volvimos a la sala.

La segunda parte pasó volando. Ya no pensaba en el dinero, solo disfruté. Cuando terminó, la ovación fue larga. Yo también aplaudí hasta sentir calor en las manos.

Al salir, el aire fresco me supo a gloria. Caminé a casa despacio, sintiéndome diferente, con una felicidad sorda, íntima. Había hecho algo solo para mí.

Al llegar, llamé a Marcos.

Ya estoy en casa, todo bien.

¿Qué tal? ¿Pasaste frío?

No. Me ha gustado mucho.

Él dudó, luego asintió:

Mientras tú estés contenta Pero no te pases, mamá. Hay que guardar para la casa.

Tranquilo. Pero ya he pagado el abono. Me quedan tres conciertos.

¿Tres? Bueno, disfruta. Pero ve con ojo.

Colgué, colgué el abrigo, guardé el bolso. Preparé té y me senté con el abono. Lo pasé suavemente entre los dedos y anoté las fechas en el calendario de la pared, las rodeé en rojo.

La semana siguiente, cuando Marcos vino a por dinero para una excursión, miré la cuenta y le dije:

Solo puedo darte la mitad. Necesito el resto.

¿Para qué? saltó él.

Le miré: tan cansado, tan agobiado.

Para mí. También lo necesito.

Quiso protestar, pero acabó aceptando.

Esa noche, sola, saqué del aparador el álbum de fotos antiguo. En una, yo de joven, con vestido claro ante la Filarmónica de Salamanca. En las manos el programa, sonrisa tímida.

Contemplé esa chica y mi reflejo actual, tratando de unirlo todo. Guardé el álbum.

Junto al imán pegué un papel: Próximo concierto: 15. Abajo: Sal con tiempo.

La vida no cambió de golpe. Sigo haciendo sopa, llevando a los niños, yendo al ambulatorio, ayudando en lo que puedo. Pero ahora tengo mis pequeños planes, y no tengo que justificarlos.

A veces, al pasar junto al frigorífico, toco el papel. Y siento ese cosquilleo: sigo viva, con derecho a querer.

Hoy, hojeando el periódico, vi un anuncio de clases de inglés en la biblioteca. Gratuitas, hay que apuntarse.

Arranqué la página y la guardé junto al abono. Luego me preparé un té y pensé si no me estaría volviendo demasiado audaz.

Primero acabaré mis conciertos, me dije. Después ya veré.

Guarde el recorte en mi libreta y descubrí que aprender algo nuevo no parecía imposible. Por la noche, al acostarme, me asomé al balcón. Los faroles del patio encendidos, un chaval con auriculares, un niño botando un balón.

Apoyé la mano en el marco, respirando hondo. Todo seguía igual. Hay obligaciones, escasez, cuentas. Pero ya había encontrado un hueco para mis cuatro noches y puede que pronto para mis primeras palabras en inglés.

Apagué la luz, entré en la habitación y me tapé bien. Mañana será todo rutinario: mercado, llamadas, cocina. Pero en el calendario, ahí estaba ese círculo rojo, y eso, aunque nadie lo supiera, cambiaba algo muy profundo.

Hoy, más que nunca, he comprendido que, aunque cueste, uno siempre está a tiempo de regalarse algo solo para sí mismo.

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MagistrUm
Un regalo tardío