Regalo tardío
El autobús dio un frenazo y Carmen Fernández se agarró con ambas manos a la barra, notando cómo el plástico rugoso cedía bajo sus dedos. La bolsa de la compra le golpeó las rodillas y las manzanas rodaron con un sonido sordo dentro. Carmen estaba ya junto a la puerta, contando paradas hasta la suya.
En el oído le susurraban los auriculares. Su nieta le había pedido que no los apagara: «Abuela, por si acaso te llamo». El móvil, pesado como un ladrillo, reposaba en el bolsillo exterior del bolso. Carmen comprobó una vez más que la cremallera estuviera cerrada.
Ya se imaginaba entrando en casa, dejando la bolsa en el taburete del recibidor, cambiándose los zapatos, colgando el abrigo con cariño, doblando la bufanda. Colocaría la compra, pondría el caldo a cocer y, al atardecer, su hijo vendría a recoger los tuppers. Con el turno partido, nunca tenía tiempo de cocinar.
El autobús detuvo su marcha y las puertas se abrieron de par en par. Carmen bajó despacito los escalones, agarrándose con prudencia, y salió hacia su portal. En el patio de la comunidad, los críos jugaban a la pelota. Una niña patinaba en monopatín y por poco no se la lleva por delante, pero giró a tiempo. Desde el portal subía el olor envuelto a pienso de gato y cigarro.
Carmen dejó la bolsa, se descalzó y alineó meticulosa los zapatos contra la pared. Colgó el abrigo con destreza y dejó la bufanda en la estantería. En la cocina, clasificó la compra: la zanahoria con las demás verduras, el pollo al frigorífico, el pan a la panera. Sacó la olla y fue llenando agua hasta cubrir el fondo con la palma.
El móvil vibró en el mantel. Carmen se limpió las manos en el trapo y lo acercó.
¿Sí, Alejandro? dijo, inclinándose hacia el auricular, como si así oyese mejor a su hijo.
Hola, mamá. ¿Cómo vas? la voz de su hijo iba rápida y estresada, de fondo alguien le pedía algo.
Bien, estoy haciendo caldo. ¿Te pasas?
Sí, en un par de horas me acerco. Escucha, mamá, en la guardería otra vez piden para arreglar la clase ¿Podrías? hizo una pausa incómoda. Como la otra vez, ya sabes.
Carmen ya había estirado la mano hacia el cajón donde guardaba la libreta gris de los gastos.
¿Cuánto necesitas? preguntó.
Si pudieras, trescientos euros. Claro, todos ponen, pero ya sabes cómo están las cosas suspiró. Ahora mismo vamos justos.
Entiendo dijo ella. Vale, te los doy.
Gracias, mamá. Vales oro. Luego paso y cojo tu caldo.
Cuando colgó, el agua ya hervía. Carmen metió el pollo, echó sal y una hoja de laurel. Se sentó y abrió la libreta. En la columna pensión figuraba una cifra perfectamente subrayada en bolígrafo. Debajo, luz y agua, farmacia, nietos, imprevistos.
Apuntó guardería y la cantidad, dudando ligeramente antes de rubricar los números. Las columnas se replegaron, como si las empujaran desde abajo. No era tanto como le gustaría, pero no era una tragedia. Bueno, se sobrevive, pensó, cerrando la libreta.
En la nevera colgaba un imán con un pequeño calendario. Debajo, en letras minúsculas, se leía: Centro Cultural. Abonos de temporada. Música clásica, jazz, teatro. Descuentos para jubilados. Era regalo de la vecina Isabel, que se plantó con una tarta el día de su cumpleaños.
Carmen se sorprendía leyéndolo casi a diario, mientras esperaba el pitido de la tetera. Hoy de nuevo, sus ojos toparon con el abonos. Recordó cuando, aún antes de casarse, iba a la filarmónica con su mejor amiga. Las entradas costaban dos duros, pero había que hacer cola. Entre risas, tiritaban en la acera, muertas de frío. Todavía llevaba el pelo largo, siempre recogido en un moño, y se ponía su mejor vestido y sus únicos zapatos de tacón.
Ahora se imaginó la sala, un escenario que llevaba años sin ver. Los nietos a veces la llevaban a funciones infantiles, pero aquello era otro mundo: ruido, confeti, palmas. Aquí ni siquiera sabía qué conciertos habría. Ni quiénes irían.
Despegó el imán y leyó el reverso. Había una web y un número de teléfono. La web le sonaba a chino o a inglés, más bien, pero el teléfono Volvió a dejar el imán, aunque la idea comenzó a rondarle.
«Tonterías,» se reprendió. «Mejor guardar el dinero para la chaqueta de la niña, que está creciendo y todo está carísimo».
Se levantó a bajar el fuego. Volvió a sentarse, pero no abrió la libreta. En vez de eso cogió del cajón un sobre viejo donde almacenaba los billetes del por si acaso: la hucha para emergencias. No era mucho, suficiente para un sustito de la lavadora o unas analíticas.
Mientras contaba los billetes volvió a la mente la musiquilla de la publicidad. Por la tarde llegó Alejandro. Dejó la chaqueta en la silla, sacó los tápers.
¡Oo, cocido! se alegró. No fallas, mamá. ¿Has comido?
Ya, ya, sírvete tú. El dinero está aquí, sacó el sobre y contó tres cientos.
Al menos apunta lo que te queda, le advirtió mientras recogía los billetes, que luego no llegas.
Lo apunto todo, aseguró Carmen.
Así me gusta, economista total, rió él. Por cierto, ¿el sábado nos puedes hacer de canguro otra vez? Que tengo que ir con Irene a Carrefour y no sabemos dónde dejar los niños.
Claro, claro, asintió. ¡Qué compromisos tengo yo ya!
Comentaron el trabajo, el jefe, las nuevas normativas. Cuando se puso los zapatos en el pasillo, Alejandro se volvió:
¿Y tú, mamá, te compras algo para ti alguna vez? Siempre para nietos o para nosotros
Si yo lo tengo todo sonrió, ¿para qué quiero más?
En fin tú sabrás, nos vemos luego.
Cuando la puerta se cerró, el piso volvió a oler a silencio. Carmen lavó lo de la cena, limpió la mesa. Luego miró el imán. Resonó la pregunta de su hijo: ¿Te compras tú algo?
Por la mañana, al despertar, estuvo un buen rato mirando el techo. Nietos en el cole y en la guardería, el hijo trabajando, nadie aparecería hasta la tarde. El día parecía libre, aunque se llenaba de quehaceres pequeños: regar plantas, pasar la mopa, clasificar los periódicos viejos.
Hizo la gimnasia recomendada: brazos arriba, estiramientos, cuello. Hizo el té y, mientras el agua hervía, volvió a coger el imán del frigorífico.
Centro Cultural. Abonos
Sacó el móvil, tecleó el número, los latidos acelerados. Tonos, y una voz femenina:
Centro Cultural, taquilla, ¿dígame?
Buenos días dijo Carmen, la boca seca. Llamaba por lo de los abonos.
Por supuesto. ¿Para qué ciclo está interesada?
Pues no lo sé. ¿Cuáles tienen?
La mujer le enumeró: orquesta sinfónica, música de cámara, noches de zarzuela, programas infantiles.
Hay descuento de jubilados añadió. Pero el abono sigue siendo una cantidad Son cuatro conciertos.
¿Y sueltos?
Por separado sale más caro. Sale mejor el abono.
Carmen visualizó las cifras de la libreta y el sobre en el cajón. Pidió precio. La suma (cuatrocientos veinte euros) pesó en su cabeza como una losa. Podría pero la hucha quedaría tiritando.
Piénselo sugirió la taquillera. ¡Vuela rápido!
Gracias colgó.
La tetera ya pitaba. Carmen se preparó el té, abrió la libreta y escribió: Abono. Al lado, la suma. Y luego: 4 conciertos.
«¿Cuánto es al mes si lo divido?» calculó a lápiz. No era para tanto. Podía recortar en dulces. Posponer la peluquería El flequillo se apaña ella sola.
Pensó en los nietos. El pequeño detrás de su nuevo Lego, la mayor suspirando por unas deportivas de baile. El hijo y su mujer obsesionados con la hipoteca. Su propio deseo le parecía casi obsceno, como si quisiera ir a un cabaret y no a un concierto.
Cerró la libreta sin decidirse. Limpiaba, hacía la colada, tendía en la galería. Pero la idea del auditorio no se iba.
Por la tarde, el portero sonó. Era la vecina Isabel con un tarro de aceitunas caseras.
Toma, que no me caben ya en la despensa. ¿Cómo estás?
Sobreviviendo, sonrió Carmen. Pensando en una cosa
Dudó. Le daba cierto apuro.
¿El qué?
En bueno abonos para unos conciertos. Antes, de joven, iba a la filarmónica. Ahora pienso si no podría volver. Pero es dinero.
Isabel arqueó las cejas.
¿Y a mí qué me miras? Es para ti. Si te hace ilusión, pues adelante.
Es que los euros
Bah, toda la vida dándolo todo a los demás. ¿A tu hijo le has dejado hoy dinero? Sí. ¿A los nietos regalos? Por supuesto. ¿Y para ti? Si llevas la misma bufanda de hace dos inviernos y el abrigo parece testigo de la Expo 92. ¿No puedes gastarte por una vez algo en música?
Que no es una vez, fui muchas
Ya, pero entonces el helado valía veinte pesetas, Carmen Que estamos en otra época. Y los euros para ti, bien merecido.
Si se lo digo pensarán que es una tontería Que mejor para los nietos.
Pues no se lo digas. Diles que vas al centro de salud. ¿Acaso tienes diez años? ¡Haz lo que te apetezca!
Las palabras no eres una niña le escocieron. Carmen sintió ofensa y vergüenza a la vez.
Al centro de salud ya voy, refunfuñó. Pero me da miedo: y si no llego, y si hay escaleras, y si el corazón me la juega.
Que tienen ascensor, Carmen, y sólo tienes que sentarte. Yo misma fui el mes pasado al teatro. Acabé con las piernas molidas, pero feliz hasta la próxima temporada.
Estuvieron charlando de medicinas y de lo que subía todo. Cuando se quedó sola, Carmen marcó la taquilla. Antes de arrepentirse, pidió un abono para Noches de Zarzuela.
Le indicaron que tenía que ir en persona, con DNI. Apuntó la dirección y el horario en un papel y lo dejó sujetado por el imán. El corazón le retumbaba como si subiera cuestas.
Por la tarde la llamó la nuera.
Carmen, ¿seguro que puedes venir el sábado? Queremos pasar por El Corte Inglés, tienen descuentos.
Sí, sí, cuenta conmigo.
Te traeremos algo, ¿una caja de té? ¿Unas toallas?
Nada de eso, de verdad.
Colgó, miró el papel con la dirección de la taquilla. Cerraban a las seis. Tendría que salir con tiempo.
Esa noche Carmen soñó con la sala: butacas mullidas, luz, gente arreglada. Ella en el centro, con el programa en las manos, temerosa de molestar.
Por la mañana le pesaba el pecho: «¿En qué lío me he metido?» Menudo follón.
Pero el papel no desapareció. Tras el desayuno sacó su mejor abrigo, lo sacudió y revisó botones. Escogió la bufanda más calentita y zapatos cómodos. Echó al bolso el DNI, la cartera, las gafas, pastillas para la tensión y una botellita de agua.
Antes de salir, se sentó un minuto en el recibidor midiendo sus fuerzas: nada de vértigos, ni flojera en las piernas. Venga, que sí llego, murmuró, y cerró la puerta.
Hasta la parada solo había cuatro portales, pero los caminó despacio, contando pasos. El autobús llegó enseguida. Dentro, un joven le cedió el sitio y ella se sentó con agradecimiento junto a la ventanilla, aferrada al bolso.
El Centro Cultural estaba a dos paradas. Un edificio solemne, de columnas rematadas con pósteres. En la puerta, dos señoras gesticulaban animadas. Dentro olía a polvo, madera antigua y, ligeramente, a bollería.
La taquilla estaba a la derecha; la ocupaba una mujer más simpática al natural que al teléfono. Carmen enseñó el DNI y pidió su ciclo.
Para jubilados, descuento. Y le ha tocado en suerte quedarle sitio en el centro de la sala.
Le enseñó un plano de cuadraditos; Carmen asintió reconociendo poco. Cuando le dijeron la cantidad, la mano le tembló. Sacó el dinero del monedero pensó en irse, en volver otro día. Pero la cola empujaba y alguien tosió detrás. Sin mirar, puso los billetes en el mostrador.
Aquí tiene su abono, dijo la taquillera, entregando una tarjeta gruesa con fechas. El primer concierto, en quince días. Intente venir pronto.
El abono era bonito: fotografía del escenario, letras claras, todos los espectáculos detallados. Carmen lo guardó delicadamente en el bolso, junto al DNI y la libreta de recetas, que siempre llevaba consigo.
Al salir notó debilidad en las piernas. Se sentó en un banco, bebió agua. Dos chavales se quejaban en voz alta de grupos musicales que no conocía. Se sorprendió siguiendo la conversación como si fuera en alemán.
Ya está, pensó. Comprado. Ya no hay marcha atrás.
Las dos semanas volaron entre virus de nietos, compras, tuppers. Varias veces pensó contárselo a Alejandro, pero cambiaba de tema al último momento.
El día del primer concierto despertó nerviosa, con la boca seca. Dejó todo preparado y llamó a su hijo.
Esta tarde no estaré en casa, por si acaso.
¿Dónde vas tú ahora?
Dudó. No quería mentir, pero tampoco decir la verdad.
Al Centro Cultural. Un concierto.
Silencio en la línea.
¿Pero mamá, para qué te metes tú ahí? Eso es para jóvenes, ruido y empujones.
No es una discoteca respondió serena. Es zarzuela.
¿Y quién te ha invitado?
Nadie. Lo he comprado yo.
Pausa monumental.
Mamá Mira que la cosa está complicada. Ese dinero igual
Ya lo sé, interrumpió. Pero es mío.
Sonó firme, le sorprendió incluso a ella. Apoyó fuerte el móvil, esperando bronca.
Bueno, está bien. Tú verás. Luego no digas que no llegas a fin de mes. Ten cuidado. Y mira, a tu edad
A mi edad se puede sentar una a escuchar música. No estoy subiendo el Teide, anda.
Suspiró él, ya más cariñoso.
Vale, vale. Pero llámame al volver.
Prometido.
Se sentó mirando el abono. Las manos temblaban. Se sentía osada, casi inmoral, pero la marcha atrás ya no cabía.
Antes de salir, se puso su mejor vestido azul con cuello blanco, medias sin carreras y zapatos bajos. El pelo, más tiempo del habitual. Cuidó los mechones rebeldes.
Ya era de noche al salir. El neón de las tiendas titilaba en los cristales, la parada llena de gente. Carmen abrazó el bolso, donde el abono, el DNI, pañuelos y pastillas esperaban turno.
En el autobús, apretujón y algún pisotón disculpado. Ella contaba las paradas, atenta. Cuando llegó su destino, fue hacia la entrada, donde veía ancianos, parejas y hasta algún modernito en vaqueros. Sintió alivio: no era la más mayor.
En el guardarropa, dejó el abrigo y recibiéndo el ticket, se quedó indecisa. Una flecha Sala y allá fue, aferrándose a la barandilla.
Oscuridad suave en la sala; lucecitas marcando hileras. Una acomodadora comprobó la tarjeta:
Fila seis, asiento nueve. Por ahí, señora.
Avanzó por la fila, pidiendo perdone entre rodillas. Se sentó y apoyó la bolsa. El corazón a mil, pero de ilusión y no de miedo.
Alrededor, gente hojeando programas. Carmen abrió el suyo: nombres de zarzuelas desconocidas, pero reconoció un compositor de la radio de tiempos mejores.
La sala se oscureció. Apareció la presentadora, dijo cuatro frases. Carmen sólo prestaba atención al hecho de estar allí, con esa gente, lejos de sartenes y rutinas.
Cuando sonaron los primeros acordes, se le erizó la piel. Voces profundas, melodías de amores y despedidas que ahora eran suyas también. Recordó otro tiempo, otro lugar, junto a alguien que ya no estaba.
Sintió lágrimas, pero no lloró abiertamente. Apretaba la mano sobre la bolsa y escuchaba. De pronto, el cuerpo se relajaba, la respiración se suavizaba. La música ocupaba el aire y su vida ya no parecía ser solo cuentas y sacrificios.
En el descanso, las piernas protestaron. Salió al vestíbulo, vio corrillos comentando el programa, pastelitos y cafecitos en vasos de plástico. Compró una chocolatina algo que en casa tachaba de antojo innecesario.
Qué rico, murmuró, rompiendo un trozo.
Junto a ella, una mujer mayor, traje claro.
Buen concierto, ¿verdad? preguntó.
Mucho, Carmen sonrió. Llevaba años sin venir.
A mí igual. Siempre que si los nietos, que si la casa Y de pronto, pensé: mejor hoy que nunca.
Conversaron sobre la obra y la cantante. Luego tocó volver al auditorio.
La segunda parte pasó volando. Carmen ya no pensaba en el dinero ni en qué costaba cada acto. Solo escuchaba. Aplaudió largo, como todos, hasta que le dolieron las palmas.
Al salir, el aire le supo a limpio. Caminó despacio a la parada, piernas cansadas pero el alma cálida. No era euforia ni alegría desbocada, solo la serena certeza de haber hecho algo para sí misma, pequeño pero precioso.
Al llegar a casa, llamó a su hijo.
Estoy en casa. Todo bien.
¿Y cómo fue? ¿No te dio frío?
No, estuvo bien. Muy bien.
Él dudó y finalmente añadió:
Bueno, lo importante es que te guste. Pero no te emociones, que aún nos queda ahorrar para el baño.
No te preocupes. Ya he pagado el abono; me quedan tres más.
¿Tres? Bueno, ya que los tienes, aprovéchalos. Pero con cuidado.
Carmen colgó, colgó el abrigo y el bolso. Se sirvió té. El abono, ligeramente arrugado, descansaba en la mesa. Tomó un bolígrafo y marcó las fechas de los conciertos en el calendario, rodeando cada cita.
La semana siguiente, cuando Alejandro volvió a pedirle dinero para el cole, Carmen revisó la libreta despacio.
Puedo darte solo la mitad. Lo demás lo necesito yo.
¿Para qué?
Carmen lo miró a la cara, tan cansada él, con ojeras.
Para mí respondió tranquila. También tengo mis cosas.
Él quiso recriminar, pero lo dejó estar.
Vale, mamá. Como quieras.
Esa noche, sola, Carmen sacó un álbum de fotos. Allí estaba ella, joven y sonriente, delante de la filarmónica de Valladolid o quizá Salamanca, con el programa en la mano.
Contempló aquel rostro largo rato, averiguando vínculos con su reflejo en el espejo. Cerró el álbum y lo guardó.
En la nevera, junto al imán, pegó otro papel: Próximo concierto, día 15. Y debajo: Salir con tiempo.
Su vida no cambió de la noche a la mañana. Siguió cocinando, limpiando, yendo al ambulatorio, cuidando nietos. Su hijo seguía pidiéndole ayuda, y ella daba lo que podía. Pero en su interior algo había cambiado: había noches en el auditorio reservadas para sí, pequeñas parcelas de ilusión sin necesidad de dar explicaciones.
A veces, al pasar, rozaba con los dedos el papel y sentía ese pulso callado: aún estaba viva, aún podía desear.
Un día, hojeando el diario, encontró un anuncio de un club de inglés para mayores en la biblioteca del barrio. Las clases eran gratis, había que inscribirse pronto.
Recortó el anuncio, dobló el papel y lo guardó junto al abono. Luego se preparó un té y pensó si no se le estaría yendo la cabeza.
«Primero acabaré los conciertos», decidió, «después ya veremos».
Guardó el recorte en la libreta, pero la idea de aprender aún más cosas ya no parecía una locura. Aquella noche, asomada a la ventana, vio los faroles del patio, un joven con auriculares y un niño dándole patadas a una pelota.
Carmen apoyó la mano en el alféizar y respiró hondo. Afuera la vida seguía, llena de rutinas y límites. Pero, entre todas ellas, había conseguido encajar cuatro noches musicales y, quién sabe, quizá alguna palabra en inglés.
Apagó la luz de la cocina y fue al dormitorio. Mañana sería como siempre: recados, llamadas, pucheros. Pero el calendario ya mostraba su pequeño círculo; poco cosa para cualquiera, pero para ella, ahora, significaba todo.







