Un regalo tardío

Regalo tardío

El autobús aceleró de nuevo al salir del semáforo, y yo me agarré con ambas manos a la barra, notando el plástico rugoso ceder levemente bajo mis dedos. La bolsa llena de la compra chocó contra mis rodillas y escuché las manzanas rodar pesadas por dentro. De pie junto a la puerta de salida, contaba mentalmente las paradas hasta llegar a la mía.

En el oído zumbaban suavemente los auriculares, pero mi nieta me había pedido que no los apagase: Abuela, por si acaso te llamo. El teléfono reposaba en el bolsillo exterior del bolso, pesado como una piedra. Aun así, comprobé que la cremallera estuviera cerrada.

Ya me imaginaba entrando en casa, dejando la compra sobre el taburete del recibidor, cambiando de zapatos, quitándome el abrigo, colgando con cuidado la bufanda en la percha. Después, distribuiría los víveres, pondría a cocer el caldo para la sopa. Por la tarde vendría mi hijo a recoger los tuppers. Con sus turnos, apenas le quedaba tiempo para cocinar.

El autobús frenó, se abrieron las puertas de golpe. Bajé las escaleras con tiento, sujetándome bien, y salí directa a la plaza de mi portal. En el patio unos chavales jugaban al fútbol, una niña en patinete pasó rozándome pero giró justo a tiempo. El olor a pienso de gato y el humo de algún cigarro llegaban desde el zaguán.

Ya en el recibidor, dejé la bolsa y, con la costumbre de siempre, metí los zapatos bajo el banco con la punta hacia la pared. Colgué el abrigo en el gancho y doblé la bufanda sobre el estante.

En la cocina fui colocando todo en su sitio: zanahorias junto al resto de verduras, pollo en la nevera, pan en la panera. Saqué la cazuela y la llené de agua, hasta que el fondo quedó cubierto bajo mi palma.

El teléfono vibró encima de la mesa. Me sequé rápido las manos en el trapo y lo acerqué:

Sí, Pablo, respondí acercándome al aparato como si así pudiera oír mejor a mi hijo.

Hola, mamá. ¿Qué tal todo? su voz sonaba apresurada, de fondo alguien preguntaba algo más.

Bien, aquí estoy cociendo la sopa. ¿Vienes a por ella?

Sí, llegaré en un par de horas. Oye, mamá, que otra vez en la guardería han pedido dinero para arreglar el aula. ¿Podrías? dudó, como la otra vez.

De inmediato, mi mano iba ya al cajón de los papeles, donde guardo mi vieja libreta gris de gastos.

¿Cuánto necesitas? pregunté sin más.

Si pudieras, ciento ochenta euros. Todos aportan, ya sabes suspiró. Está todo difícil ahora.

Lo sé. No te preocupes, te lo doy.

Gracias, mamá. Lo que no haríamos sin ti. Pasaré luego. Y me llevo tu sopa favorita.

Al colgar, el agua hervía. Eché el pollo, añadí sal y laurel. Me senté y abrí la libreta. En la fila de pensión estaba el ingreso, escrito con letra clara de bolígrafo. Debajo, luz y agua, medicinas, nietos, imprevistos. Escribí guardería y la cantidad, deteniendo la mano un segundo. Las cifras bailaban, como si alguien las empujase desde abajo. No quedaba tanto como me gustaría, pero tampoco era un desastre. No pasa nada, seguiremos adelante, pensé cerrando la libreta.

En la nevera colgaba el imán de un calendario pequeño. Debajo de las fechas, anunciaba: Casa de la Cultura. Suscripciones temporada: música clásica, jazz, teatro. Descuento pensionistas. Me lo trajo la vecina Carmen con el roscón el día de mi santo.

Más de una vez me sorprendí leyendo esa publicidad mientras hervía el agua para el té. Hoy otra vez la mirada se detuvo en la palabra abonado. Recordé cuando, antes de casarme, iba con mi amiga a la Filarmónica. Las entradas costaban apenas unas pesetas, pero había que hacer cola y soportar el viento, siempre riendo y temblando de frío. Por entonces llevaba el pelo largo recogido en moño, el mejor vestido y los únicos zapatos de tacón.

Ahora me imaginaba el auditorio, no había vuelto en muchos años. Si acaso, mis nietos me llevaban a festivales infantiles, pero eso no es igual: mucho bullicio y caramelos por el aire. Aquí Ni siquiera sé los conciertos que habrá ahora. Ni quién va.

Retiré el imán y miré el reverso: tenía una web y un número de teléfono impresos. La web no me decía nada, pero el número Volví a colocar el imán, aunque el pensamiento siguió allí.

Tonterías me dije. Mejor reservar por si la niña necesita chaquetón. Crecen tan deprisa y todo cuesta.

Me levanté, bajé el fuego, pero no reabrí la libreta. En su lugar saqué del cajón un sobre antiguo donde guardo los billetes por si acaso. Allí estaban los ahorros de meses recientes, no demasiados, aunque bastaría en caso de que la lavadora se estropeara o necesitara análisis de sangre.

Conté el dinero, los dedos repasaban los billetes mientras la frase del imán rondaba por mi cabeza.

Por la tarde llegó mi hijo. Dejó la chaqueta sobre la silla, sacó los tuppers.

¡Uy, cocido! se entusiasmó. Mamá, lo de siempre. ¿Has comido?

Sí, sí. Sírvete. El dinero lo tengo preparado saqué el sobre y conté los ciento ochenta euros.

Mamá, al menos apunta lo que te queda, me dijo recogiendo los billetes. Que luego no te falte.

Lo apunto todo. Lo llevo en orden.

Eres la economista de la casa, bromeó. ¿El sábado te vendrás? A Laura y a mí nos toca compra de ropa, y no hay con quién dejar a los niños.

Iré, claro. ¿Qué otra cosa haría?

Me puso al día de su trabajo, del jefe, de nuevos controles. Al calzarse, ya en el recibidor, insistió:

¿Y para ti, mamá? ¿Te compras algo? Siempre todo para los demás.

Lo tengo todo, hijo. ¿Qué quiero yo ya?

Hizo un gesto resignado:

Bueno, lo que tú digas. Paso en la semana.

Al irse, la casa se quedó otra vez callada. Lavé los platos, limpié la mesa, y volví a mirar el imán. Oí en mi mente la pregunta: ¿Y para ti, compras algo?

Por la mañana me quedé largo rato en la cama, mirando el techo. Los nietos estaban en el cole y la guardería, Pablo en la oficina. Nadie vendría hasta tarde. El día estaba lleno de cosas pequeñas: regar, fregar, ordenar papeles.

Me levanté, hice unos ejercicios que me enseñó el médico: despacio subí los brazos, estiré el cuello. Puse agua a hervir mientras echaba el té en la taza. De nuevo fui al imán.

Casa de la Cultura. Suscripciones

Cogí el teléfono y marqué el número, el corazón un poco acelerado. Un par de timbrazos, contestó una voz suave:

Casa de la Cultura, taquilla, ¿le atiendo?

Buenas, contesté yo, sintiendo la boca seca. Llamaba por los abonos.

Sí, claro. ¿Para qué ciclo le interesa?

Pues no sé. ¿Qué ofrecen?

Me enumeró orquesta sinfónica, música de cámara, noches de romanza, ciclos infantiles.

Para jubilados damos descuento añadió . Pero el abono son cuatro conciertos.

¿Y por separado?

Sale más caro. El abono compensa.

Me imaginé los números en la libreta, el sobre. Pregunté el precio: la suma retumbó en mi mente. Podía, pero me quedaría el fondo de emergencias más justito.

Piénselo sin prisa dijo la taquillera. Vuelan rápido.

Gracias, murmuré antes de colgar.

La tetera silbaba. Eché el agua hirviendo y, sentada ante mi libreta, escribí: Abono concierto. A su lado la suma. Calculé: dividida al mes ya no parecía tanto. Pude dejar de comprar dulces, ir menos a la peluquería. La cabeza volvió a los nietos: el pequeño quiere un puzzle, la mayor unas zapatillas para baile. Pablo y Laura resoplando por la hipoteca. Pensar en gastar para mí se me antojaba hasta indecente, más aún en algo inútil.

Tapé la libreta. Empecé a fregar, ordenar ropa, pero la idea del auditorio no me abandonó.

Después de comer, sonó el telefonillo: era Carmen con un bote de pepinillos en vinagre.

Toma, que me sobra pasó derecha a la cocina. ¿Qué tal?

Bien sonreí. Pensando

¿En qué piensas, mujer? se colocó con su labor de punto.

Pues mira, en los conciertos del abono. ¿Tú has ido alguna vez? En la juventud iba yo… Ahora pienso si pagarme uno, pero es caro.

Frunció el ceño.

¿Y qué me preguntas a mí? Si quieres, ve. ¡Ya tienes edad de elegir!

Es por el dinero susurré.

¡El dinero, claro! agitó la mano. Si llevas la vida entera ayudando. Otra vez has dado a Pablo, regalos a los niños ¿Y para ti? ¿Acaso está prohibido gastarte un poco en música?

Es que antes iba

Sí, pero entonces el tranvía valía una peseta rió Carmen. Hoy es otra cosa. Son tus ahorros.

Se quejarán, dirán que derrocho protesté bajito. Mejor para los niños.

Pues que no se enteren aconsejó . Diles que fuiste al centro de salud. Aunque, sinceramente, ¿qué importa lo que piensen? No eres una cría.

Eso me dolió: No eres una cría. Un nudo de vergüenza y algo de rabia me recorió por dentro.

Ya voy suficiente a la consulta Da miedo, Carmen. Y si me canso, y si hay escaleras, y si el corazón.

Hay ascensor, y te sientas tranquila. Yo fui el mes pasado al teatro. Las piernas acaban hechas polvo, pero la cabeza, renovada.

Charlamos sobre todo: noticias, medicinas. Al despedirse, me decidí. Llamé de nuevo a la taquilla y, sin dejar tiempo a la duda entre timbrazos, pedí:

Quiero un abono para las noches de romanza.

Me explicaron: debía ir en persona con DNI. Apunté la dirección y el horario en un papel y lo pegué con el imán. Aquello me dejó el corazón revolucionado.

Por la noche llamó Laura:

Manuela, ¿este sábado seguro que puedes? preguntó . Hay rebajas en el centro comercial.

Por supuesto, respondí.

¡Mil gracias! Te llevaremos algo, si quieres té o toallas.

No hace falta nada, no te preocupes.

Tras colgar, miré el papel en la nevera. La taquilla cerraba a las seis. Tendría que prepararlo todo sin prisa.

Tuve un sueño raro esa noche: un teatro, butacas rojas, luces, un programa entre mis dedos, el temor a moverme para no molestar.

Al despertar, el pecho pesado: ¿A qué viene meterme en más líos? Pero el papel seguía ahí.

Tras desayunar, saqué mi mejor abrigo, lo espolsé y revisé los botones. Cogí bufanda, zapatos cómodos, metí DNI, cartera, gafas, pastillas y una botellita de agua en el bolso.

Me senté un minuto antes de salir, comprobando que ni mareo ni flojera. Vamos, llegaré bien, me animé al cerrar la puerta.

La parada estaba cerca, pero fui despacio, contando los pasos. Atascado el bus, pero un chico joven me cedió el asiento. Le di las gracias; me senté, bolso abrazado a las rodillas.

La Casa de la Cultura estaba a dos paradas del centro. Edificio alto, columnas, carteles por doquier. Dos señoras charlaban en la entrada, mucho movimiento. Dentro olía a polvo, madera envejecida y pastelillos del bar.

La taquilla estaba justo a la derecha. La taquillera, con voz afable, pidió el DNI y anotó el ciclo elegido.

Con descuento jubilado sonrió . Quedan sitios estupendos en el centro.

Señaló el plano; no entendí nada, asentí.

La cantidad me hizo temblar los dedos: saqué el dinero, dudé un segundo en decir ya vendré otro día. Pero la cola gruñía tras de mí; fui firme, deposité los billetes.

Su abono la mujer me entregó la tarjeta rígida con fechas . El primer concierto es en dos semanas.

Era preciosa: fotografía del auditorio y los textos muy cuidados. Guardé el abono entre el DNI y la libreta de recetas, que siempre llevo.

Al salir, las piernas flojas. Me senté en el banco de la entrada, bebí agua despacio. Unos chavales con cigarrillos discutían de música que no conocía; escuché sus palabras como si fueran otro idioma.

Pues ya está. Comprado. Ya no hay marcha atrás.

Las dos semanas pasaron en medio de rutinas. Los nietos enfermaron: los atendí, cociendo compotas, tomando la temperatura. Pablo trajo víveres y se llevó los tuppers. Más de una vez estuve a punto de contarle lo del abono, pero nunca me atreví.

El día del primer concierto me levanté nerviosa, como si tuviera examen. Dejé todo preparado para la cena. Llamé a Pablo.

Esta noche no estaré en casa, le avisé . Si necesitáis algo, que sea antes.

¿Dónde vas tú ahora? preguntó perplejo.

Titubeé. No quería mentir.

Voy a la Casa de la Cultura. Al concierto.

Se hizo el silencio.

¿Concierto? ¿Y eso? ¿Hace falta, mamá? Eso es para jóvenes, mucho jaleo

No es una discoteca, hijo. Es noche de romanza.

¿Y quién te lleva?

Nadie. Lo he comprado yo.

Otra pausa.

¿De verdad? Sabes que andamos apretados ese dinero

Lo sé le corté , pero es mío.

Sorprendida hasta yo por mi seguridad. Apoyé el teléfono, conteniendo el temblor.

Bueno suspiró . Es tuyo, y punto. No te quejes luego si falta para algo. Cuídate, abrígate. A tu edad

A mi edad se puede ir a escuchar música sentado. No me voy a hacer el Camino.

Otra vez suspiró, más suave.

Cuídate y avísame cuando llegues.

Te llamo.

Me quedé un rato inmóvil, mirando el abono. Temblaban los dedos: parecía algo atrevido, casi indecente. Pero no me arrepentía.

Por la tarde me arreglé: el mejor vestido azul marino, cuello bien planchado, medias sin carreras, zapatos bajos. Tardé en peinarme lo suyo.

En la calle ya anochecía; en los escaparates titilaban luces y la parada rebosaba gente. El bolso firmemente agarrado: el abono, el DNI, el pañuelo, las pastillas.

El bus iba repleto; alguien me pisó, se disculpó. Me agarré fuerte, calculando paradas. Cuando llegó la mía, me las apañé para bajar, procurando no molestar.

Frente a la Casa de la Cultura, gente de todas las edades. Matrimonios mayores, jóvenes en vaqueros, señoras de mi edad. Me aflojé de golpe. No era la más anciana.

En el guardarropa entregué el abrigo. Dudé un instante, buscando orientarme. Seguía la flecha Sala por el pasillo, aferrada a la barandilla.

Dentro penumbra y lucecitas. La acomodadora comprobó el abono.

Fila seis, asiento nueve. Por allí.

Fui pidiendo disculpas, hasta ocupar mi sitio. Me senté, el bolso sobre las rodillas, el corazón no ya de miedo, sino de expectación.

Conversaciones a mi alrededor, programas abriéndose. También abrí el mío, repasando los títulos. No reconocía mucho, pero abajo aparecía el nombre de un compositor cuyas canciones oía de joven en la radio.

Se apagan las luces, sube la presentadora. Escucho, sin entender, solo consciente de estar allí, no en casa, no al fuego.

El primer acorde me eriza la piel. Voz grave, cálida, letras de amor y despedida que de repente me suenan propias. Recuerdo otro auditorio, otra ciudad, de la mano de quien ya no está.

El nudo en la garganta, pero no lloro. Me limito a sostener el bolso y escuchar. Mi cuerpo se relaja, respiro. La música llena el aire, y por un rato mi vida deja de ser solo faena y cuentas.

En el descanso, me duelen piernas y espalda. Salgo al vestíbulo, estiro. Todos comentan; algunos toman té, otros dulces. Yo me compro una onza de chocolate, pese a considerarlo normalmente un lujo.

Qué bueno, me digo bajito, rompiendo un trozo.

A mi lado, una señora sonriente.

¿Verdad que está bien el concierto? pregunta.

Sí, asiento . Hacía siglos que no iba.

A mí me pasa ríe , todo el día entre nietos y recados. Pero uno piensa: si no es ahora, ¿cuándo?

Charlamos un poco y, al sonar el timbre, volvemos a la sala.

La segunda parte pasa volando. Ya no pienso en el precio. Solo estoy allí. La ovación final me llega hondo; aplaudo hasta que me duelen las manos.

Afuera el aire es fresco, casi frío. Bajo hacia la parada. Cansancio en los pies, pero por dentro un calor atento, sereno: he hecho algo para mí, aunque sea pequeño.

Al llegar a casa, llamo enseguida a Pablo.

Ya estoy digo . Todo bien.

¿Y qué tal? pregunta . ¿No cogiste frío?

Nada, estuvo muy bien.

Me alegro, mamá. Pero ojo, no te subas a la parra. Que seguimos ahorrando.

Lo sé. Pero ya tengo mi abono. Quedan tres conciertos.

¿Tres? Bueno, ya que está hecho, aprovéchalo. Pero a cuidarse.

Colgué, guardé el abrigo, dejé el bolso. Preparé un té y me senté. El abono algo arrugado, deslicé el dedo sobre él, luego apunté las fechas en el calendario de la pared y las rodeé.

A la semana siguiente, cuando Pablo pidió dinero para otra colecta, abrí la libreta y miré largo rato las cifras.

Solo puedo darte la mitad dije calmada. El resto lo necesito yo.

¿Para qué? preguntó en automático.

Lo miré: cansado, ojeroso.

Para mí. Tengo mis cosas.

Pensó contestar, pero se rindió.

Está bien, mamá. Como digas.

Esa noche, sola, saqué el álbum de fotos. Me encontré joven, con vestido claro, frente a otra filarmónica, en otra ciudad. Sujetaba un programa y sonreía tímida.

Me quedé mucho rato contemplando a aquella chica, intentando identificarla en mi reflejo. Guardé el álbum.

En la nevera, junto al imán, coloqué otro papel grande: Próximo concierto: 15. Debajo: Sal con tiempo.

La vida no cambió de raíz. Sigo cocinando cada mañana, lavando ropa, yendo al ambulatorio, cuidando nietos. Sigo ayudando a Pablo en lo que puedo. Pero ahora hay dentro una certeza: mi propio hueco, planes que ya no tengo que justificar.

A veces, al pasar por la cocina, toco el papel con las fechas. Y siento, tranquila, testaruda: sigo viva, sigo teniendo derecho a desear algo.

Una tarde, hojeando el periódico, vi un anuncio de Inglés para mayores en la biblioteca del barrio. Gratuito, solo había que inscribirse.

Arranqué la página y la guardé junto al abono. Me serví el té y pensé si no sería demasiado atrevimiento.

Primero terminaré mis conciertos de romanza decidí . Luego veremos.

Guardé el recorte en la libreta. Pero ya la idea de aprender algo nuevo no me parecía imposible. Al anochecer, me puse junto a la ventana, aparté la cortina. En el patio brillaban las farolas, un chaval escuchaba música, otro botaba un balón.

Me apoyé en el alféizar y sentí que el pecho se me llenaba de una calma serena. La vida seguía, plagada de rutinas y apreturas, pero entre todo eso cabían mis cuatro noches en la sala y, quizás, nuevas palabras en idioma extraño algún día.

Apagué la luz, me acosté, arropándome con mimo. Mañana sería igual que siempre: mercado, recados, cocina. Pero en el calendario ya brillaba un círculo pequeño, y eso lo cambiaba todo para mí, aunque nadie más lo notara.

Supongo que la lección es sencilla pero honda: uno debe estar para los suyos, sí, pero también buscar, de vez en cuando, ese regalo propio, aunque llegue tarde.

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MagistrUm
Un regalo tardío