Regalo del destino
Anochecía cuando llegué a casa de mi madre en Madrid. Como de costumbre, no pareció sorprenderse por mi tardanza. Desde el divorcio, vivo solo y mi hijo Miguelito se queda con su madre casi siempre.
Miguelito te estuvo esperando. Dijiste que lo llevarías a la pista de hielo. Se ha dormido hace nada, no le despiertes. Ven, te caliento la cena y luego te acomodas a dormir.
Después de cenar, entré al cuarto de Miguel y me acosté junto a él. No conseguía dormir; sin saber por qué, empecé a recordar a mi primera esposa, Lucía. Después de ella hubo dos matrimonios más, pero nada fue como con ella.
A Lucía nunca la olvidé. Desde pequeños fuimos inseparables: jugábamos en el parque de El Retiro, vivíamos puerta con puerta, fuimos juntos al colegio y luego a la universidad Complutense. Y así, casi sin darnos cuenta, nos casamos. Nuestras familias estaban encantadas, nos tenían asumidos como pareja casi desde la infancia.
Todos admiraban lo bien que encajábamos. Vivimos bien, en un piso que Lucía heredó de su abuela en el barrio de Chamberí. Desgraciadamente, nuestra felicidad conjunta estaba empañada por una frustración: Lucía no conseguía quedarse embarazada. Todo lo demás lo teníamos, estábamos sanos, pero el hijo nunca llegó.
A Lucía le ofrecieron tratamientos en la costa, en un balneario de Alicante. Pero yo, aferrado a mis inseguridades, me negué.
Solo faltaba que vuelvas con un crío que no sea mío le dije.
¿No confías en mí, Antonio? me respondió entre lágrimas.
Nuestros padres nos sugirieron adoptar a un niño de algún centro de acogida, pero mi respuesta era siempre la misma:
Yo quiero a mi hijo, no a uno de otro.
El décimo aniversario de bodas lo celebrábamos en casa con todos los seres queridos reunidos. Esperaban mi llegada, pero yo no aparecí. Al final, los invitados se marcharon cabizbajos, y la mesa quedó intacta.
Esa noche no volví. Lucía pasó la noche llorando y sintiéndose más sola que nunca. Últimamente yo había cambiado mucho. Volví a la mañana siguiente para darle una noticia inesperada: que había pasado la noche en casa de otra mujer, madre de dos niños, y que ella iba a tener un hijo mío y, además, nos lo daría para criar.
¿Se puede saber en qué estabas pensando, Antonio? sollozaba Lucía. ¿Por qué no hablaste esto conmigo antes? No te perdono la traición. Márchate… No, espera, ayúdame primero a adoptar un niño del centro de menores.
¿Y para qué? ¿Para que le pongas mi apellido y me pidas pensión?
Lucía lo pasó mal, tuvo que reconstruirse con la ayuda de la familia, amigos y compañeros de trabajo. Quería acoger a un niño, pero como mujer sola, las puertas estaban cerradas. Cerró la puerta de nuestra casa para siempre. Diez años de espera, de esperanzas, de fármacos, consultas y ese silencio que cada día pesaba más. Me fui en silencio, casi con indiferencia.
Perdona, Lucía. Estoy agotado.
A los seis meses me contaron que tuve un hijo. El mundo no se derrumbó para Lucía; simplemente se desdibujó, como una foto descolorida.
Durante un año vivió de manera automática: trabajo, casa, noches sin dormir. Una tarde lluviosa, refugiándose en una cafetería de Malasaña, vio a Óscar, un viejo amigo, alma de las fiestas, siempre alegre antaño. Ahora era solo un hombre cansado, ausente, jugando con una taza vacía.
¡Óscar! saludó Lucía, acercándose. ¿No me reconoces?
Levantó la vista, la vio, y esbozó una sonrisa triste.
¡Lucía! Vaya, cuánto tiempo… ¿Qué tal?
La charla fluyó sola, quebrando el silencio de años:
Me separé de Beatriz… Tú sabes cómo era, siempre pendiente del dinero. Mi mecánica se quemó, luego las deudas, y me echó a la calle. No me queda familia, me quedé solo.
Ven a mi casa, le propuso Lucía, para sorpresa de ambos.
No fue pena, fue pura voluntad de ayudar. No se trataba de amor ni redención, sino de dar la mano a alguien que estaba aún peor que uno mismo.
¿Pero estás segura? ¿Y Antonio?
No sabes nada, Óscar: Antonio me dejó, porque no pude darle un hijo… Se fue con quien pudo.
Óscar no salía de su asombro.
Perdona, Lucía. La vida ha jugado sus cartas, parece.
Ya ni me sorprende.
Óscar ocupó el sofá. Al principio pidió perdón incluso por un trozo de pan. Poco a poco fue recuperándose: arregló el grifo que perdía agua, montó la estantería que se caía, cocinó algunas comidas. Era atento, sereno. En su presencia el silencio dejó de pesar: era cálido.
Cada noche charlaban. Lucía le consiguió trabajo en su oficina. Óscar se alegró mucho. Así, paso a paso, reconstruyeron su vida juntos. Al tiempo, se casaron.
Un día se toparon de frente con Beatriz, la ex de Óscar. Los miró de arriba abajo y soltó una pulla sarcástica:
Bueno, disfrútalo, que ya no lo quiero para nada… Igual te hace un hijo.
Ignorando la provocación, Lucía respondió con calma:
Ojalá. Gracias por tus buenos deseos.
Junto a Óscar, Lucía volvió a sentirse querida y cuidada. Volvía a reír de verdad, no por educación. Por fin dejaba de sobrevivir para empezar a vivir: planes a medias, cafés de mañana, disputas por películas.
Un día, hablando muy en serio, Óscar la miró a los ojos:
Lucía, ¿te gustaría que adoptáramos un niño?
Lucía no podía creerlo, lo miraba perpleja.
Claro, mujer, ¿te has quedado sin habla? Óscar le sonreía.
Al fin, volviendo en sí, Lucía contestó:
Sería lo más bonito del mundo. Siempre he soñado con adoptar. Óscar, no sé cómo agradecértelo, llevaba tiempo queriendo proponértelo pero temía que no quisieras. Gracias por adelantarte…
Óscar se sintió feliz de haber dado esa alegría.
Entonces, no dilatemos más; mañana llamamos e informamos de todos los trámites.
Eres lo mejor que me ha pasado dijo Lucía entre risas. Se sentía la persona más afortunada del mundo.
Iniciaron la recolección de papeles, esperaron la aprobación y empezaron a visitar centros de menores. Un mes después, Lucía empezó a notar algo diferente en su cuerpo, y fue a la farmacia en secreto. El test mostró dos rayas: positivo. Esas rayas parecían decirle, con sorna y cariño: Este sí es tu camino.
Todavía incrédula, fue corriendo donde Óscar:
Óscar, no te lo vas a creer, ¡pero vamos a tener un bebé!
¡Madre mía, Lucía, no puede ser! Mañana mismo al médico…
El doctor confirmó el embarazo. De pronto, su vida era una fiesta. Lucía llevaba catorce años esperando ese milagro.
Óscar se volvía aún más detallista, no la dejaba cargar ni una bolsa, aparecía con dulces y flores, compraba todo lo que ella quisiera.
Su tesoro llegó en primavera: una niña, Inés, de ojos claros y salud de hierro. Óscar no ocultó las lágrimas al tomar a su hija por primera vez a la salida del hospital:
Por fin vamos a casa. Ahora empieza una vida larga y alegre, con nuestro pequeño tesoro.
La casa se llenó de sonidos nuevos: llantos, risas, olor a colonia y noches en vela, que pasaban juntos, cogidos de la mano. La felicidad no era perfecta: había cansancio, discusiones, retos… Pero era firme y sincera, como un roble entre las rocas.
Un día de verano, paseando por el parque del Oeste con el carrito de Inés, vimos de frente a Antonio. Estaba solo, más envejecido, con la mirada apagada y una lata de cerveza en la mano. Nos detuvimos un instante.
Hola acertó a decir Antonio.
Su mirada recorrió la escena: Lucía radiante, Óscar, el carrito.
He oído que todo os va bien.
Sí contestó Lucía, sin darle más vueltas. Estamos muy bien. ¿Y tú?
Encogió los hombros, mirando al suelo.
Bueno… Me casé dos veces más. Tampoco funcionó. El niño vive con su madre; los visito. Sigo solo… No tengo suerte.
No notamos rencor, solo una resignación amarga. Miró a Óscar, pareció recordarlo, sonrió con nostalgia y se alejó.
Óscar rodeó a Lucía con el brazo:
Vamos, cariño susurró. Inés se despertará pronto, es hora de volver.
Lucía cogió el carrito y seguimos nuestro rumbo, hacia ese hogar imperfecto pero real, construido no sobre sueños rotos, sino sobre la vida misma. Porque eso es la felicidad verdadera: la que brota de los rescoldos.
Hoy, al repasar todo esto en mi diario, sé que la vida no da regalos porque sí. A veces nos retira algo solo para enseñarnos el valor de empezar de nuevo. Eso aprendí: la felicidad se forja con lo que queda y con quien se queda a tu lado cuando todo lo demás parece perdido.







