Un regalo del corazón.

El presente regalo del alma

Catalina siempre había sido la mujer más visible del pueblo de Valdeolmos. Aun trabajando sin descanso bajo el sol, cargando torres de leña, cuidando el ganado y el huerto, su rostro permanecía impecable hasta la vejez. Después de tantos años de vida rural, no había perdido su porte.

En su adolescencia, Catalina había deslumbrado a varios pueblos vecinos con su aspecto: cuerpo redondeado, cabellos oscuros y rizados que formaban una trenza gruesa, ojos verdes ligeramente entrecerrados y labios naturalmente carnosos. Muchísimos jóvenes, incluso los aventureros de aldeas cercanas, intentaban conquistarla. Sus padres, modestos pero acomodados, no la apresuraron a casarse; la enviaron a Madrid a estudiar para ser maestra, y cada verano, al volver a la casa paterna, fingía que elegía a un pretendiente del lugar.

Una mañana, mientras caminaba adornada por la calle del pueblo, un chico apareció como surgido de la nada, ajustándose los pantalones sin roturas y limpiándose la nariz con un manojo de carbón. Sonrió descaradamente, guiñó un ojo y se plantó frente a ella como si fuera una barrera invisible.

Catalina, ven al salón esta noche, habrá bailes y yo te llevaré a casa. ¡Te vas a divertir!

Catalina negó con la cabeza, esquivó al “pretendiente” y, al llegar a casa, contó a su madre los últimos intentos de galanes.

Hoy el hijo mayor de los Selivanovich volvió a acercarse, ¡qué tonto! Ayer, sin embargo, llegó un joven de la ciudad en el Seat León de mi padre, se paseó desde la tienda hasta mi puerta, se jactó de ser amigo íntimo del alcalde y dijo que pronto trabajaría bajo su mando…

Hija, ¿no habrá nadie que te agrade? Cuando termines los estudios tendrás que elegir

Todos son vacíos, madre, presuntuosos hasta el hartazgo. Se creen héroes, pero yo sólo quiero que dejen de alardear

Serge, el hermano mayor de Catalina, observaba en silencio desde la puerta de su casa humilde. Al principio nunca se atrevió a hablar de amor; pero un día, cuando la primavera llenó el aire de cantos y flores, Catalina pasó radiando una luz casi celestial.

Al verteñarse la cabeza, Serge decidió conseguir el favor de Catalina a cualquier costo. Fue a preguntar a su madre cómo no ser ridiculizado ni enviado al primer tren del olvido. La madre, tras mirarlo, sacudió la cabeza y, con una sonrisa cansada, le respondió:

Hijo, mírate en el espejo y busca en el bolsillo; eres buen hombre, amable, pero no pareces el rey de los cuentos, ni mucho menos un galán de postal. Los demás pretendientes que la rodean son como sombras.

Yo sé mis defectos, pero dime, ¿qué escogerías tú si fueras una muchacha joven y bonita?

No me preguntaste mucho, sólo entregaste mi hermano a un buen matrimonio. Si tuviera que elegir, buscaría a quien me diera un regalo del corazón, algo que no cueste tres vacas en el mercado, sino que sea dulce para el alma, imposible de comprar en el almacén

¿Qué será eso, madre?, preguntó Serge, sin saber que la respuesta estaba a punto de aparecer como un susurro en medio del establo.

¡Vamos, hijo! exclamó la madre. Mira lo que me ha traído la vecina del pueblo: dos piezas de una barra de jabón tan grande que sólo ellas pueden lavarse. Huele como el campo después de la lluvia.

¡Qué maravilla! dijo Serge, sorprendido. ¿Así que todo se lava con eso? ¡Qué cosa más!

La madre, con el jabón envuelto en un periódico viejo, lo colocó en una repisa como si fuera el tesoro más preciado. Pensó que, al día de la próxima visita al baño, probaría aquel milagro y, si funcionaba, ahorraría en detergentes; los ratones del granero no se atreverían a roerlo, y los dioses del hogar quedarían satisfechos.

¡Qué lástima que no se vende en las tiendas! lamentó la madre.

Serge, observando a su madre, comprendió que aquel jabón era la cosa que alegraría el alma; en la tienda del pueblo no había nada semejante, y, según la abuela, quien se bañara con él rejuvenecerá y volverá más guapo. Ese era el regalo perfecto para Catalina.

Los aldeanos se preguntaban cómo una beldad como Catalina había escogido a Serge, un hombre tan sencillo, bajo de estatura, delgado, de rostro pálido como la cera y cubierto de pecas que parecían granos de maíz. Además, era pobre, como una ratón de iglesia; su padre había muerto joven y su madre criaba a tres hijos sola.

Con el tiempo, la gente dejó de murmurar y, envidiosos, recordaba la familia feliz y ruidosa que había surgido de aquel matrimonio. La historia se fue transmitiendo de generación en generación, hasta la vejez de los vecinos.

Yo solo veo a Serge llegar a mí con tal pompa, como si llevara una bandera en la Plaza Mayor y sonriera con una cara que podría romper el cielo

Catalina, aturdida, nunca había visto a un pretendiente ofrecerle una corona de esmeraldas, sino un simple trozo de jabón con la inscripción «Doméstico». El chico, con los ojos brillantes, la entregó como si fuera un tesoro.

Mira, Cata, un regalo del corazón. Servirá para proteger tu belleza hasta la vejez, y si lo deseas, iré a buscarte otra caja de ese jabón.

Catalina quedó perpleja, girando el papel entre sus dedos, sin saber qué decir. Se contuvo para no ofender al joven, pero de pronto comprendió que ninguno de los muchos pretendientes había pensado en un obsequio que viniera del alma, todo lo demás era palabrería. Nadie había imaginado lo que ella realmente deseaba.

Así, al observar la naturaleza amable y alegre de Serge, decidió que vivir a su lado nunca sería aburrido; él la cuidaría, la haría reír y la acompañaría en los momentos difíciles.

No se equivocó. En los años venideros, ambos se amaron con la sencillez de los campesinos que se apoyan mutuamente. Serge no se tumbó en la cama como los demás; siempre ayudó con los niños, con las tareas del hogar, sin avergonzarse de tomar el trabajo de su mujer cuando ella lo necesitaba. Así vivieron en armonía durante mucho tiempo.

Los vecinos, a veces, se maravillaban de cómo Catalina conservaba su hermosura, atrapando miradas de los hombres aun en la vejez. Otros recordaban la historia y reían con cariño.

Sí, ella se lava con jabón doméstico; ese es su secreto.

Y así, en la alborada de los recuerdos, quedó la leyenda del regalo del alma que, como un sueño raro, surgió de la espuma de un jabón y cambió la vida de una chica del campo.

Rate article
MagistrUm
Un regalo del corazón.