Un regalo del cielo… Amaneció gris y plomizo en Madrid, con nubarrones pesados arrastrándose bajos por el cielo. A lo lejos, se oían los truenos sordos de una tormenta que se aproximaba. Era la primera tormenta de esta primavera. Por fin había terminado el invierno, pero la primavera tampoco se apresuraba a tomar las riendas. Aún hacía frío, los vientos eran racheados y levantaban hojas secas del Retiro, llevándolas de un lado a otro. Solo tímidamente asomaba algo de hierba joven tras la tierra endurecida, y las yemas de los árboles no se decidían aún a revelar sus tesoros. La naturaleza, en espera ansiosa de la lluvia, sufría. El invierno en Castilla había sido seco y ventoso, apenas había nevado, y la tierra, exhausta, no había descansado bajo el manto blanco. Ahora aguardaba con impaciencia esa primera tormenta. La lluvia esperada le daría vida. Solo entonces llegaría la primavera verdadera – generosa, alegre y florida, como una joven madrileña rebosante de amor y ternura. Entonces la tierra alumbraría el verde de la hierba, las flores multicolores, las hojas delicadas y los frutos dulces en los árboles. Las aves cantarían alegres y comenzarían a hacer nidos entre la fronda de los jardines en flor. La vida continúa. —¡Santi, ven a desayunar! —llamó Carmen—. El café se enfría. Desde la cocina llegaba el inconfundible olor a café y a tortilla. Había que levantarse. Después de la amarga conversación de ayer, las lágrimas de Carmen, la noche en vela y las preocupaciones, no le apetecía nada hacerlo. Pero no quedaba más remedio: la vida sigue. Carmen también tenía un aire agotado, los ojos rojos con ojeras. Le ofreció la mejilla para un beso y esbozó una débil sonrisa. —Buenos días, cariño. Parece que va a haber tormenta. ¡Dios mío, cómo deseo que llueva! ¿Cuándo llegará de una vez la primavera de verdad? Mira, amor, me han venido unos versos a la cabeza: Espero la primavera como redención De los fríos invernales, del desamparo, La espero como revelación De los líos y enredos del día a día. Me sigue pareciendo que vendrá, Y de pronto todo se aclarará… Me parece que solo ella Puede hacerlo todo mejor, Más honesto, Más sencillo, Más seguro, Más fiel. ¿Dónde estás, primavera? ¡Llega ya! Santi la abrazó por los hombros estrechos, besó su cabello rubio inclinado por la pena, con aroma a campo y a manzanilla. El corazón se le arrugó de ternura. Mi querida Carmen, ¿por qué Dios nos castiga así? Solo nos quedaba la esperanza, y con ella hemos tirado todos estos años. Pero ayer, el célebre doctor —nuestra esperanza— zanjó todas las ilusiones. —Lo siento mucho, pero ustedes no podrán tener hijos. Tu paso por Palomares, Santi, no ha sido en vano. Lamentablemente, la medicina está atada de manos. Siento decirles que no puedo hacer nada. Carmen se secó las lágrimas con decisión, se pasó la mano por el pelo. —Santi, lo he estado pensando mucho. Tenemos que adoptar. En los hogares de acogida de aquí de Madrid hay tantos niños que necesitan una familia… ¡Vamos a buscar un niño, será nuestro hijo! ¿Estás de acuerdo? Llevamos tanto tiempo esperando… Las lágrimas caían como lluvia. Santi la apretó contra sí y tampoco pudo contenerse. —Por supuesto que sí, amor, no llores. En ese momento, un trueno ensordecedor sacudió la casa, y de repente estalló el aguacero. ¡Por fin el cielo respondía a sus oraciones! La lluvia caía a cántaros, oscureciendo la ciudad casi como si fuese noche. No cesaba ni un instante el retumbar de los truenos, los relámpagos iluminaban los tejados castizos. Santi y Carmen se abrazaron de pie junto a la ventana, el aire fresco y el aroma de la lluvia entraban por la rendija. La oscura pesadumbre, que hasta hacía poco les envolvía el alma, se disipaba, arrastrada por la primera lluvia primaveral. Lo único que deseaban era que nunca dejara de llover. La ansiada lluvia, símbolo de vida, de esperanza y de renacimiento. Pocos días después, estaban ante la puerta de un hogar de acogida en el Barrio de Salamanca. Tenían una cita para conocer al que podría ser su hijo, su hijo tan esperado, su niño, su pequeño Diego… Al que ya querían aunque aún no le habían visto. Le querían con el amor acumulado en sus almas durante años de espera, de sueños por tener un hijo, criarle, educarle, enseñarle. Los corazones les latían con fuerza, apenas podían respirar de la emoción. Santi pulsó el timbre. La puerta se abrió; ya les esperaban. La primera conversación con la directora fue unos días antes, ahora simplemente les llevaban a conocer a varios niños. En la primera sala vieron a una niña sentada en una mantita húmeda. Estaba sucia, el babi pegado a la piel, mocos secos bajo la nariz, unos ojos azules enormes y tristes. Todo en ella reflejaba abandono y olvido. Qué dolorosa es la infancia sin hogar en este Madrid tan próspero a veces pero tan frío otras… Continuaron por varias salas, pasando junto a cunas repletas de bebés bien vestidos, limpias sábanas, las cuidadoras mostrando a cada niño como si fueran escaparates en el Rastro. —Santi, volvamos a ver a la niña de ojos azules —susurró Carmen apretando su hombro. —Hermana, ¿podemos volver a ver a la niña de la primera sala? —Pero… ¡si ustedes buscaban un niño! Esa niña no está preparada para una adopción. —Queremos verla, por favor. A la monja se le veía incómoda —estaba claro que no esperaban eso— pero accedió. Les sentaron en un banco. —Avisaré a la directora. Carmen se abrazó al brazo de Santi. —Santi, siento que esa niña debe ser nuestra. —Yo también. Se parece a ti, esos ojos, ese pelo. ¡Y qué desamparada está! Llegó la directora, preocupada. —Han elegido a una niña muy complicada. No es la más adecuada para ustedes. —¿Por qué? Nos gusta. Además, mire qué parecido con Carmen —Santi se acercó decidido. La habían limpiado, cambiado el babi, el rostro se le veía más alegre. Al verlos, la pequeña sonrió, con hoyuelos en las mejillas, estiró sus bracitos, trató de ponerse en pie… Carmen apretó la mano de Santi. La niña tenía los pies torcidos, apuntando hacia atrás. Santi la cogió en brazos sin pensarlo; la niña se le abrazó con todas sus fuerzas, mojándole la mejilla. Las lágrimas asomaron. Carmen escondió la cara en su hombro, la directora se enjugó los ojos. —A la niña le llamamos Lucía. Nació en un pueblecito de Castilla, hija de una familia numerosa y humilde que la rechazó por su discapacidad. Si quieren llevarla adelante, necesitarán amor, paciencia y recursos. No tomen la decisión a la ligera. Aquí tienen el contacto del cirujano de Sevilla que la ha revisado. Un mes después, la decisión estaba tomada: Lucía sería su hija. El cirujano confirmó que varias operaciones podrían devolverle la funcionalidad y belleza a sus piernas. Habría que vender el coche nuevo y retrasar la mudanza soñada a El Viso, pero ya tendrían tiempo de todo, lo importante era Lucía y su salud. Volvieron al hogar y, tras meses de trámites, la sentencia judicial confirmó la adopción. Carmen dejó su empleo y se volcó en los cuidados y el cariño a su hija. Entre operaciones, clínicas y noches en vela, Lucía fue superando todas las dificultades. Sus andares inseguros desaparecieron, empezó a ir al colegio y a una academia municipal de dibujo en Chamberí. Sus cuadros de paisajes luminosos llenaban de alegría los concursos escolares; todo el mundo se asombraba de su talento. En el colegio, Lucía se convirtió en una líder, excelente estudiante, alegre y amiga de todos, inscrita en la academia de arte y en un grupo de danzas castizas. Donde estaba ella, había risas y luz. Y nadie sospechaba el camino recorrido, el esfuerzo y el amor de sus padres adoptivos. A Santi también le sonrió la fortuna: su pequeña empresa prosperó hasta poder mudarse a un buen piso junto al Retiro. Lucía seguía sobresaliendo, creciendo en belleza y dulzura, la adorada de todos. Un verdadero regalo del cielo—como solían decir sus compañeros y profesores—un don de Dios en su vida madrileña.

Te voy a contar una historia que siempre me emociona y que el otro día no podía sacarme de la cabeza.

Aquel día amaneció gris, con nubes plomizas arrastrándose tan bajas que parecía que rozaban los tejados de las casas de Madrid. Desde lejos se escuchaban los primeros truenos. Se venía encima la tormenta. Era la primera tormenta de la primavera ese año.

El invierno había llegado a su fin, pero la primavera no terminaba de hacerse notar. Aún seguía haciendo frío, el viento soplaba con ganas y levantaba polvo y hojas secas que quedaban del otoño pasado, llevándolas de un lado a otro del barrio. La hierba apenas asomaba por la tierra endurecida, y los brotes de los árboles seguían escondiéndose, como si tuvieran miedo de salir.

Todo parecía esperar la llegada de la lluvia. Aquel invierno había sido seco, especialmente duro y sin apenas nieve. La tierra no había podido descansar ni empaparse lo suficiente bajo su manta blanca y, ahora, ansiaba la tormenta, literalmente sedienta. La lluvia la limpiaría, la reviviría y, solo entonces, comenzaría la verdadera primavera: fértil, generosa, alegre, casi como una joven llena de amor y dulzura.

Y entonces la tierra estallaría en hierbas verdes, flores de todos los colores, hojas vibrantes y frutos dulces en los árboles. Los pájaros cantarían de nuevo y empezarían a construir nidos entre las ramas de los almendros y los cerezos en flor. La vida seguiría.

¡Álvaro, ven a desayunar! llamó Clara desde la cocina. ¡Que se te va a quedar frío el café!

Llegaban hasta el salón los aromas del café recién hecho y de unas tostadas con tomate y aceite de oliva. Había que moverse, aunque después de la noche anterior, tras esa conversación tan dura y el llanto desconsolado de Clara, uno no tenía ninguna gana de levantarse.

Pero no quedaba otra. La vida seguía.

Clara tenía el rostro apagado, los ojos hinchados y unas ojeras oscuras. Le ofreció su mejilla para un beso, sonriendo apenas.

Buenos días, cielo. Va a caer tormenta, lo noto. ¡Dios mío, qué ganas de que llueva! ¿A ver si esta primavera de verdad empieza ya? Oye, me ha venido a la cabeza un poema…

Espero la primavera como alivio
del frío, de la soledad.
La espero como quien busca luz
entre la maraña de la vida.
Siento que cuando llegue
todo será más claro.
Siento que solo ella
puede ordenar el caos,
ponerlo más bonito,
más honesto,
más confiable,
más leal.
¿Dónde estás, primavera? Ven ya…

Álvaro la abrazó por los hombros, le acarició la cabeza con cariño. Su pelo olía a campo y a manzanilla. Sintió un nudo en el pecho. Pobrecita mía, ¿por qué nos hace esto la vida? Este tiempo, al menos, aún les dejaba la esperanza que los había mantenido tantos años.

Pero el día anterior, el prestigioso doctor que tanto admiraban les había destrozado las ilusiones.

Lo siento mucho, pero no podréis tener hijos. Álvaro, tu tiempo en Palomares pasó factura. La medicina tampoco puede hacer nada esta vez. De verdad, lo siento de corazón.

Clara se secó las lágrimas con decisión, se arregló el pelo.

He pensado mucho, Álvaro, y ya sé lo que quiero. Vamos a adoptar un niño. Hay tantos niños solos en los hogares… Cogemos un niño, lo criamos, y será nuestro hijo. ¿Te parece? Llevamos tanto tiempo esperándolo… tanto.

Las lágrimas le corrían a chorro y él la apretaba fuerte contra su pecho, rendido también a la emoción.

Por supuesto que sí. No llores más, cariño.

Y, justo entonces, retumbó un trueno tan fuerte que la casa pareció temblar bajo aquel estruendo solemne. Y la lluvia cayó de pronto como un diluvio. ¡Por fin! Parecía que el cielo escuchaba sus súplicas.

El agua caía sin respiro, oscureciendo el día como si fuera de noche. Los truenos eran casi constantes y los relámpagos parecían iluminar el tejado. Los dos, abrazados frente a la ventana, dejaban que el fresquito y el olor a lluvia que llegaba por la rendija los despejara por dentro.

Y como si aquel aguacero lavase también sus penas, sentían cómo por fin se fundía aquella tristeza tan espesa que habían cargado. Ojalá durase toda la vida esa lluvia, pensaban, símbolo de esperanza, de reinicio y de vida nueva.

Pasaron unos días y allí estaban, delante de la puerta del hogar infantil de Alcalá, esperando la visita programada. Iban a conocer al que sería su hijo, su ansiadísimo hijito, su pequeño Luis, su Luisito. Le querían ya, aunque aún no le habían visto, con ese amor que les creció en el alma durante los años de larga espera.

Entraron. El corazón les latía con tal fuerza que casi no podían ni respirar. Álvaro pulsó el timbre y enseguida les abrieron.

La directora les recibió muy amable, y después de una charla previa, pasaron a conocer a los niños. Todo sucedió muy rápido. En la primera habitación vieron a una niña sentada en una mantita húmeda, con un pijama viejo y el cuerpo sucio. Tenía una camiseta pequeña, mocos resecos bajo la nariz, y unos enormes ojos azules llenos de tristeza. La sensación de abandono calaba hasta los huesos. Aquello era nuestro hogar infantil: refugio de los niños olvidados.

Fueron pasando por las habitaciones, donde los pequeños estaban mucho más presentables, en cunas limpias y bien vestidos. La cuidadora los sacaba de las cunas, los mostraba como si fueran cachorros: edad, historia, origen…

Aquello a Álvaro le parecía el mercado. Solo faltaba preguntar el precio al peso.

Álvaro, volvamos a ver a esa niña tan desdichada, le susurró Clara, muy apretada contra él.

Cuidadora, queremos volver a ver a la niña de los ojos azules, la de la primera habitación.

Pero pedisteis un niño. Esa no os la íbamos a mostrar. No la tenemos preparada.

Por favor, queremos verla de nuevo.

La cuidadora dudó, pero les llevó de vuelta. Mientras les invitaba a esperar, fue a llamar a la directora. Clara se apretó contra el brazo de Álvaro.

Álvaro, tenemos que quedarnos con esa niña, he sentido algo al mirarla.

Y yo igual. Se parece a ti, en los ojos y en el pelo. Y tan desvalida…

Llegaron la cuidadora y la directora, doña Ana Beltrán, muy seria.

Habéis elegido a la niña más complicada. No os conviene.

Pero, ¿por qué? Si se parece tanto a Clara… ¡¡Miradla bien!!

Fueron a la habitación, y ya habían lavado y cambiado a la pequeña. Ahora los ojitos estaban más vivos y el rostro levemente sonrosado. Al verlos, la niña sonrió y en sus mejillas se dibujaron unos hoyuelos. Estiró los brazos hacia ellos e intentó levantarse.

En ese momento, Clara vio sus piernecitas y notó el vuelco en el estómago. Tenía los pies girados hacia atrás. Sin pensarlo, Álvaro la cogió en brazos. La niña le abrazó el cuello y se pegó a él.

Las lágrimas le brotaron y Clara también rompió a llorar. Hasta doña Ana Beltrán se secó los ojos al girarse.

Vengan a mi despacho. Cuidadora, lleva a Lucía a la sala. Y se pusieron todos en marcha.

La historia de la pequeña Lucía era triste. Hija de una pareja mayor, en un pueblecito perdido de León, había nacido con las piernas malformadas. El padre, agotado y sin medios, la rechazó y la madre, desesperada, apenas pudo oponerse. “No podemos hacernos cargo de otra niña así”, dijeron. Y así acabó Lucía en el hogar.

Ahora tenéis que decidir. Esta niña puede crecer normal con muchísimo esfuerzo, operaciones muy costosas, paciencia infinita y todo el amor del mundo. Tenéis un mes para pensarlo. No vengáis a verla antes, porque se ilusionan demasiado y sufren mucho si luego hay cambios. Aquí tenéis el contacto del especialista que la ha evaluado.

Pasó ese mes, y desde el primer día Clara y Álvaro tenían claro que sería su hija. El médico de la clínica de Madrid les explicó que tras varias operaciones, Lucía podría caminar y nadie notaría jamás nada. Haciendo cuentas, les alcanzaba bien el dinero si vendían el coche nuevo y no seguían con la reforma del piso que acababan de comprar. Vivirían en su pequeño apartamento y ya se apañarían después.

Por fin llegó el día, y con nervios y un ramo de peonías en la mano, junto con una bolsa enorme de juguetes, volvieron al hogar para ver a Lucía. A la directora se le humedecieron los ojos y a ellos también. Qué felicidad: una niña más tendría familia.

Salieron juntos hacia donde estaban los pequeños. Lucía había crecido, el pelo rubio en tirabuzones y, aunque aún la sacaban en pantalones largos, el color le volvía a las mejillas y sonreía con chispa. Álvaro la cogió en brazos y la niña se abrazó a su cuello. Luego fue hacia Clara. Parecía que las lágrimas en la casa no iban a terminarse nunca.

Pasaron el día aprendiendo de las cuidadoras y los médicos cómo cuidar y alimentar a la pequeña. Aún quedaban los trámites, y, por consejo de la directora, solicitaron todo por la vía judicial para que los padres biológicos perdieran los derechos, sin vuelta atrás.

Al fin, Lucía llegó a casa. Clara dejó el trabajo y se dedicó a cuidar a su hija. Comenzaron a prepararla para la primera operación en Madrid.

Pasaron un mes en la clínica, y poco después la niña ya demostraba a su padre cómo comía sola, o cómo imitaba el maullido del gato y el balido de la cabra que veía desde la ventana. De sus piernas, mejor no hablar, y solo salía a la calle con pantalones largos. Caminaba torpemente, bamboleándose como un patito; pero era lista, muy habladora y para todo tenía una ocurrencia.

A Álvaro le llamaba “mi papi”tanto le gustaba el sobrenombre que Clara también empezó a usarlo. Lucía se convertía en el sol de su casa.

Un año después, continuaron con operaciones. A Madrid la llevaron varias veces. ¡Madre mía lo que pasó esa pobre niña! Qué aguante tuvieron sus padres… Clara se pasaba las noches enteras en la camita del hospital junto a Lucía. Al final, el triunfo: las piernas de la niña quedaron perfectas, como las de cualquier otra niña de su edad.

A los cinco años, Lucía fue a la guardería. Allí vieron que tenía talento dibujando y les recomendaron apuntarla a clases de dibujo. Al año ya exponía sus obras en el cole: paisajes alegres y escenas llenas de vida. Todo el mundo alucinaba con la edad de la artista.

A los siete, empezó la primaria. Desde el primer día, fue líder en clase: lista, alegre, inquieta, sociable. Se le daban bien las manualidades y la pintura, iba a la escuela de arte y al grupo de danza. Siempre la rodeaban amigos; donde estaba Lucía, había alegría.

Los padres estaban orgullosísimos. Nadie sabía por lo que pasaron esa niña y su familia: no quienes la trajeron al mundo, sino quienes la cuidaban y criaban, rebosando amor y entrega.

La vida también le sonrió al fin a la familia. Después de que Lucía llegara, el pequeño negocio de Álvaro despegó. Finalmente, pudieron mudarse a Madrid capital, comprar un buen piso, y escolarizar a Lucía en un colegio estupendo. Hoy Lucía va ya a sexto, sigue sacando sobresalientes y es una niña guapísima, de ojos azules y gran melena rubia, cariñosa, encantadora, querida por todos. Un auténtico regalo del cielo.

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MagistrUm
Un regalo del cielo… Amaneció gris y plomizo en Madrid, con nubarrones pesados arrastrándose bajos por el cielo. A lo lejos, se oían los truenos sordos de una tormenta que se aproximaba. Era la primera tormenta de esta primavera. Por fin había terminado el invierno, pero la primavera tampoco se apresuraba a tomar las riendas. Aún hacía frío, los vientos eran racheados y levantaban hojas secas del Retiro, llevándolas de un lado a otro. Solo tímidamente asomaba algo de hierba joven tras la tierra endurecida, y las yemas de los árboles no se decidían aún a revelar sus tesoros. La naturaleza, en espera ansiosa de la lluvia, sufría. El invierno en Castilla había sido seco y ventoso, apenas había nevado, y la tierra, exhausta, no había descansado bajo el manto blanco. Ahora aguardaba con impaciencia esa primera tormenta. La lluvia esperada le daría vida. Solo entonces llegaría la primavera verdadera – generosa, alegre y florida, como una joven madrileña rebosante de amor y ternura. Entonces la tierra alumbraría el verde de la hierba, las flores multicolores, las hojas delicadas y los frutos dulces en los árboles. Las aves cantarían alegres y comenzarían a hacer nidos entre la fronda de los jardines en flor. La vida continúa. —¡Santi, ven a desayunar! —llamó Carmen—. El café se enfría. Desde la cocina llegaba el inconfundible olor a café y a tortilla. Había que levantarse. Después de la amarga conversación de ayer, las lágrimas de Carmen, la noche en vela y las preocupaciones, no le apetecía nada hacerlo. Pero no quedaba más remedio: la vida sigue. Carmen también tenía un aire agotado, los ojos rojos con ojeras. Le ofreció la mejilla para un beso y esbozó una débil sonrisa. —Buenos días, cariño. Parece que va a haber tormenta. ¡Dios mío, cómo deseo que llueva! ¿Cuándo llegará de una vez la primavera de verdad? Mira, amor, me han venido unos versos a la cabeza: Espero la primavera como redención De los fríos invernales, del desamparo, La espero como revelación De los líos y enredos del día a día. Me sigue pareciendo que vendrá, Y de pronto todo se aclarará… Me parece que solo ella Puede hacerlo todo mejor, Más honesto, Más sencillo, Más seguro, Más fiel. ¿Dónde estás, primavera? ¡Llega ya! Santi la abrazó por los hombros estrechos, besó su cabello rubio inclinado por la pena, con aroma a campo y a manzanilla. El corazón se le arrugó de ternura. Mi querida Carmen, ¿por qué Dios nos castiga así? Solo nos quedaba la esperanza, y con ella hemos tirado todos estos años. Pero ayer, el célebre doctor —nuestra esperanza— zanjó todas las ilusiones. —Lo siento mucho, pero ustedes no podrán tener hijos. Tu paso por Palomares, Santi, no ha sido en vano. Lamentablemente, la medicina está atada de manos. Siento decirles que no puedo hacer nada. Carmen se secó las lágrimas con decisión, se pasó la mano por el pelo. —Santi, lo he estado pensando mucho. Tenemos que adoptar. En los hogares de acogida de aquí de Madrid hay tantos niños que necesitan una familia… ¡Vamos a buscar un niño, será nuestro hijo! ¿Estás de acuerdo? Llevamos tanto tiempo esperando… Las lágrimas caían como lluvia. Santi la apretó contra sí y tampoco pudo contenerse. —Por supuesto que sí, amor, no llores. En ese momento, un trueno ensordecedor sacudió la casa, y de repente estalló el aguacero. ¡Por fin el cielo respondía a sus oraciones! La lluvia caía a cántaros, oscureciendo la ciudad casi como si fuese noche. No cesaba ni un instante el retumbar de los truenos, los relámpagos iluminaban los tejados castizos. Santi y Carmen se abrazaron de pie junto a la ventana, el aire fresco y el aroma de la lluvia entraban por la rendija. La oscura pesadumbre, que hasta hacía poco les envolvía el alma, se disipaba, arrastrada por la primera lluvia primaveral. Lo único que deseaban era que nunca dejara de llover. La ansiada lluvia, símbolo de vida, de esperanza y de renacimiento. Pocos días después, estaban ante la puerta de un hogar de acogida en el Barrio de Salamanca. Tenían una cita para conocer al que podría ser su hijo, su hijo tan esperado, su niño, su pequeño Diego… Al que ya querían aunque aún no le habían visto. Le querían con el amor acumulado en sus almas durante años de espera, de sueños por tener un hijo, criarle, educarle, enseñarle. Los corazones les latían con fuerza, apenas podían respirar de la emoción. Santi pulsó el timbre. La puerta se abrió; ya les esperaban. La primera conversación con la directora fue unos días antes, ahora simplemente les llevaban a conocer a varios niños. En la primera sala vieron a una niña sentada en una mantita húmeda. Estaba sucia, el babi pegado a la piel, mocos secos bajo la nariz, unos ojos azules enormes y tristes. Todo en ella reflejaba abandono y olvido. Qué dolorosa es la infancia sin hogar en este Madrid tan próspero a veces pero tan frío otras… Continuaron por varias salas, pasando junto a cunas repletas de bebés bien vestidos, limpias sábanas, las cuidadoras mostrando a cada niño como si fueran escaparates en el Rastro. —Santi, volvamos a ver a la niña de ojos azules —susurró Carmen apretando su hombro. —Hermana, ¿podemos volver a ver a la niña de la primera sala? —Pero… ¡si ustedes buscaban un niño! Esa niña no está preparada para una adopción. —Queremos verla, por favor. A la monja se le veía incómoda —estaba claro que no esperaban eso— pero accedió. Les sentaron en un banco. —Avisaré a la directora. Carmen se abrazó al brazo de Santi. —Santi, siento que esa niña debe ser nuestra. —Yo también. Se parece a ti, esos ojos, ese pelo. ¡Y qué desamparada está! Llegó la directora, preocupada. —Han elegido a una niña muy complicada. No es la más adecuada para ustedes. —¿Por qué? Nos gusta. Además, mire qué parecido con Carmen —Santi se acercó decidido. La habían limpiado, cambiado el babi, el rostro se le veía más alegre. Al verlos, la pequeña sonrió, con hoyuelos en las mejillas, estiró sus bracitos, trató de ponerse en pie… Carmen apretó la mano de Santi. La niña tenía los pies torcidos, apuntando hacia atrás. Santi la cogió en brazos sin pensarlo; la niña se le abrazó con todas sus fuerzas, mojándole la mejilla. Las lágrimas asomaron. Carmen escondió la cara en su hombro, la directora se enjugó los ojos. —A la niña le llamamos Lucía. Nació en un pueblecito de Castilla, hija de una familia numerosa y humilde que la rechazó por su discapacidad. Si quieren llevarla adelante, necesitarán amor, paciencia y recursos. No tomen la decisión a la ligera. Aquí tienen el contacto del cirujano de Sevilla que la ha revisado. Un mes después, la decisión estaba tomada: Lucía sería su hija. El cirujano confirmó que varias operaciones podrían devolverle la funcionalidad y belleza a sus piernas. Habría que vender el coche nuevo y retrasar la mudanza soñada a El Viso, pero ya tendrían tiempo de todo, lo importante era Lucía y su salud. Volvieron al hogar y, tras meses de trámites, la sentencia judicial confirmó la adopción. Carmen dejó su empleo y se volcó en los cuidados y el cariño a su hija. Entre operaciones, clínicas y noches en vela, Lucía fue superando todas las dificultades. Sus andares inseguros desaparecieron, empezó a ir al colegio y a una academia municipal de dibujo en Chamberí. Sus cuadros de paisajes luminosos llenaban de alegría los concursos escolares; todo el mundo se asombraba de su talento. En el colegio, Lucía se convirtió en una líder, excelente estudiante, alegre y amiga de todos, inscrita en la academia de arte y en un grupo de danzas castizas. Donde estaba ella, había risas y luz. Y nadie sospechaba el camino recorrido, el esfuerzo y el amor de sus padres adoptivos. A Santi también le sonrió la fortuna: su pequeña empresa prosperó hasta poder mudarse a un buen piso junto al Retiro. Lucía seguía sobresaliendo, creciendo en belleza y dulzura, la adorada de todos. Un verdadero regalo del cielo—como solían decir sus compañeros y profesores—un don de Dios en su vida madrileña.