Un regalo de Dios… La mañana amaneció gris y plomiza, con nubes pesadas arrastrándose por el cie…

Regalo del cielo…

La mañana amaneció gris en Madrid, con nubes densas que se arrastraban bajando sobre los tejados. Lejanos retumbos de trueno presagiaban una tormenta. Era la primera tormenta de la primavera.

El invierno por fin había terminado, pero la primavera no parecía tener prisa en instalarse. Seguía haciendo frío, soplaban vientos caprichosos que levantaban polvo y hacían bailar las hojas secas del año anterior de un rincón a otro. Por la tierra reseca asomaban tímidamente los primeros brotes de hierba joven. Las yemas de los árboles seguían apretadas, ocultando celosamente sus secretos.

La naturaleza parecía suspirar, esperando la lluvia. Aquel invierno había sido seco, ventoso y duro en la capital. La tierra no había descansado apenas, no recibió el agua suficiente ni disfrutó del abrigo del manto de nieve, y ahora ansiaba la llegada de la tormenta.

La tormenta traería la tan esperada humedad, regaría generosamente la tierra, la limpiaría de polvo y suciedad, la devolvería a la vida. Solo entonces comenzaría la verdadera primavera, generosa y rebosante, como una joven mujer colmada de amor y ternura.

Entonces, la tierra regalaría verdes prados y flores de mil colores, hojas temblorosas y dulces frutos en los árboles. Las aves cantarían felices, empezarían a construir sus nidos entre la hoja fresca de los jardines florecidos. La vida sigue su curso.

¡Álvaro, ven a desayunar! llamó Clara desde la cocina. Se te va a enfriar el café.

El aroma a café y tortilla llenaba la casa. Tocaba levantarse. Pero después de la dura conversación de la noche anterior, los sollozos de Clara, el insomnio y las preocupaciones, levantarse era lo último que le apetecía.

Pero había que hacerlo: la vida seguía.

Clara también tenía mala cara, los ojos enrojecidos, unas ojeras profundas. Le ofreció la mejilla pálida para un beso, esbozando una sonrisa ligera.

¡Buenos días, cariño! Parece que va a caer una tormenta. ¡Ay, cómo deseo que llueva! ¿Cuándo llegará de verdad la primavera? Mira, se me han venido a la cabeza unos versos:

Espero la primavera como salvación
del frío invierno, del desamparo.
La espero como la explicación,
la salida a mis lamentos y enredos.
Me parece que, cuando llegue,
todo se aclarará al instante,
me parece que solo ella
puede ponerlo todo en orden,
honestamente,
más sencillo,
más seguro,
más fiel.
¿Dónde estás, primavera? ¡Ven ya!

Álvaro la abrazó, besando sus rubios cabellos que olían a campo y manzanilla. El corazón se le encogió de ternura. Pobrecita mía, mi querida Clara, ¿por qué nos habrá puesto Dios esta prueba? Al menos había una esperanza, y con ella vivieron todos estos años.

Pero ayer, el famoso doctor, la ilusión en la que sustentaban su esperanza, la desvaneció por completo:

Lo siento mucho, pero no pueden tener hijos. Álvaro, tu paso por la central de Vandellós no fue en vano. Para esto, por desgracia, la medicina poco puede hacer. Siento no poder ayudaros.

Clara, con gesto decidido, se secó las lágrimas, se peinó hacia atrás.

Álvaro, lo he pensado mucho y ya lo he decidido. Tenemos que adoptar un niño de un orfanato. Hay tantos pequeños esperando un hogar Siendo un niño, será nuestro hijo, nuestro hijo tan soñado. ¿Estás de acuerdo? ¡Tantos años esperando un hijo! estalló a llorar. Álvaro la abrazó y tampoco pudo contener las lágrimas.

Por supuesto, mi vida, no llores, no llores.

Entonces, un trueno estremeció la casa con su estrépito solemne, y la lluvia se desató como si el cielo se quebrase. ¡Por fin el Señor escuchó nuestras plegarias!

La lluvia caía a cántaros. Se oscureció el día como si fuese de noche. Los relámpagos y truenos parecían estallar justo encima. Álvaro y Clara, abrazados ante la ventana, dejaron que las frías gotas, arrastradas por el viento a través de la rendija, trajeran el aroma fresco y vivificante del agua.

La sombra que oprimía sus almas comenzó a disiparse, como si esa primera lluvia de primavera barriera todo el sufrimiento. Solo querían que lloviera más y más. El ansiado chaparrón era símbolo de vida, de renacimiento.

Días después, estaban ante la puerta de un orfanato en las afueras de Madrid. Tenían cita para conocer a su hijo. Iban a adoptar por fin, al fin tendrían un hijo, un pequeño tan esperado, el pequeño Tomás, Tomásín, ya le amaban sin haberle visto, con el amor acumulado en tantos años de sueños y espera.

Los corazones les latían deprisa, apenas podían respirar de la emoción. Álvaro pulsó el timbre. Una educadora les recibió. Ya les esperaba.

La entrevista con la directora del centro había sido unos días antes. Ahora les conducían entre habitaciones, presentándoles a niños que podrían ser su hijo. En la primera habitación, vieron a una niña sentada sobre un empapador manchado, con el pijama mojado. Una camisa sucia, legañas en la nariz, enormes ojos azules y tristes, que miraban sin esperanza a los adultos que pasaban. El abandono saltaba a la vista, el desamparo. Se les encogió el corazón. ¡Esta es la realidad del orfanato! Refugio de quienes nadie quiere.

En la siguiente sala, los más pequeños, limpios y bien vestidos, yacían en sus cunas. La auxiliar les iba enseñando a los niños, explicando nombres, edades, breves historias de sus padres. Ella sacaba los bebés de las cunas como si fueran melones en un mercado pensó Álvaro. Y nosotros, los compradores. Ya solo falta preguntar el precio al peso.

Álvaro, regresemos con la niña de antes susurró Clara. Él le apretó el hombro.

Señora, ¿podríamos ver otra vez a la niña de la primera habitación, la de los ojos azules?

Pero, ¡esta niña no es la que buscaban! Querían un niño no la preparamos para mostrarla.

Por favor, queremos volver a verla insistieron.

La asistenta, confusa, asintió y los llevó de nuevo.

Avisaré a doña Teresa. Esperen aquí les indicó.

Clara se apoyó en el hombro de Álvaro.

Álvaro, quiero esa niña, me ha dado un vuelco el corazón al verla.

A mí también. Se parece a ti en los ojos y el pelo. Y está tan desamparada

Doña Teresa, la directora, apareció con la enfermera. Venía preocupada.

Esa niña no es buena elección. No es apropiada para ustedes.

¿Por qué? Nos gusta mucho. Mire, es igualita a Clara Álvaro fue directo hacia la habitación.

A la niña ya le habían cambiado la ropa, la cara lavada, el cachete sonrosado y el brillo en la mirada era otro. Al ver que los adultos la miraban, sonrió y aparecieron hoyuelos en sus mejillas. Nos tendió los bracitos e intentó ponerse en pie Clara apretó la mano de Álvaro. Las piernas de la pequeña estaban giradas, los pies hacia atrás. Álvaro la tomó en brazos sin pensar, la niña apoyó su carita mojada de mocos en su mejilla y se quedó quieta.

Le temblaron los ojos de lágrimas, Clara lloraba pegada a su hombro. Doña Teresa se apartó y se secó los ojos con un pañuelo.

Por favor, vengan a mi despacho. Enfermera, traiga a Inés ordenó Teresa, y se dirigió derecha al despacho. Álvaro y Clara iban tras ella, cogidos de la mano.

La niña había nacido en un pequeño pueblo de Soria, hija de unos padres mayores y con muchos hijos. Todo indicaba un intento de abandono. Nació con malformaciones en las piernas, los pies torcidos y deforme. El padre, cuando la vio, se negó a llevarla a casa, alegando que no tenían recursos para operarla ni voluntad de criar a una niña defectuosa entre tantos hijos.

Así Inés acabó en el orfanato.

Ahora, decidan ustedes. Puede que tenga futuro, pero hará falta mucho esfuerzo, dinero, y sobre todo paciencia y amor. Tómense su tiempo. Les doy el contacto del doctor que la ha visto, para que sepan a lo que se enfrentan si se deciden por Inés. Tienen un mes, no más, para pensarlo bien. Los niños se encariñan, sobre todo estos, tan necesitados. Y si luego se arrepienten Teresa hizo un gesto de impotencia.

Pasó el mes. Álvaro y Clara tardaron un solo día en decidirse: Inés sería su hija. Consultaron al reconocido doctor en Barcelona, quien confirmó que con varias operaciones sucesivas corregirían el daño, que Inés podría correr y saltar como cualquier niña. Álvaro hizo cuentas y vio que podrían costear las operaciones vendiendo el coche nuevo y la casa a medio construir. Se mudarían a su pequeño piso de Lavapiés por un tiempo; lo importante era salvar a su hija.

Esperaron con impaciencia el plazo que impuso la directora.

Volvieron a la puerta conocida, el corazón palpitando. Álvaro con un ramo de peonías rosadas; Clara con una bolsa enorme de juguetes. Teresa tenía las lágrimas en la garganta. Qué felicidad, una niña más tendrá familia.

Entraron juntos a las salas infantiles. Inés había crecido, los rizos rubios tiraban a oro, los cachetes colorados, los dientes asomando. La niña balbuceaba, reía y levantaba sus bracitos. Álvaro la cogió y ella se colgó de su cuello, acurrucándose.

Corrió también a los brazos de Clara, y todos lloraban de emoción. Pasaron allí el día entero, recibiendo consejos de médicos y cuidadoras sobre cuidados y alimentación, aunque aún no se la podían llevar.

Tocaban los trámites oficiales. Siguieron el consejo de Teresa y tramitaron la patria potestad en el juzgado; los padres biológicos fueron privados de derechos y nunca podrían recuperarla.

Por fin, llevaron a Inés a casa. Clara dejó el trabajo para dedicarse completamente a su hija. Pronto la prepararon para la primera operación en la clínica de Barcelona.

Un mes pasaron en hospital, y pronto enseñaba Inés a su papá lo bien que comía la papilla con cuchara, cómo maullaba el gato y cómo embestía la cabra de peluche. Las piernas costaba mirarlas, y solo salía de paseo con pantalones largos. Caminaba torpemente, como un patito. Pero era despierta, sociable, hablaba pronto, llamaba a todos por su nombre. Sobre todo, adoraba a Álvaro. Mi papá, lo llamaba. Incluso Clara empezó a decirle así. Y para Álvaro, Inés era su alegría, su sol, su vida entera.

Al año, volvieron a operar las piernas varias veces en Barcelona. ¡Cuántos sufrimientos asumió esa niña! ¡Cuánto aguantaron sus padres! Clara pasaba noches enteras en vela en el hospital. Pero al fin la recompensa: piernas como las de cualquier niña.

A los cinco años, Inés comenzó el parvulario. Allí notaron que dibujaba de maravilla, aconsejaron potenciar ese don. A los seis entró en la Escuela de Bellas Artes Infantil. Sus cuadros, repletos de color y alegría, empezaron a destacar en concursos; nadie podía creer su corta edad. Tenía, sin duda, un don especial.

A los siete Inés fue al colegio. Desde el primer día se convirtió en líder: aplicada, alegre, espabilada Destacaba en dibujo, seguía en la escuela de arte y entró en el grupo de baile. Siempre rodeada de amigos, allí donde estaba, reinaba la risa. Sus padres se sentían orgullosos y en las reuniones solo oían elogios sobre ella. Nadie suponía el camino que esa niña y sus padres adoptivos, no biológicos, pero sí en amor, habían recorrido juntos.

Pero Dios no se olvidó tampoco de Álvaro y Clara. Desde que Inés llegó a sus vidas, todo les fue mejor. El modesto negocio de Álvaro despegó. Pudo cumplir su sueño de mudarse a Barcelona. Compraron un buen piso y matricularon a Inés en un colegio prestigioso. Hoy Inés cursa sexto, sigue sacando buenas notas y destacando en arte. Es una preciosa niña de ojos azules y melena dorada, cariñosa y alegre, la favorita de todos.

Un verdadero regalo del cielo. Y así lo entiende la familia: a veces, los caminos de la vida no son los que planeamos, pero el amor y la generosidad pueden transformar el dolor en alegría y los sueños en realidad.

Porque lo mejor que recibimos no siempre viene como esperábamos, pero siempre llega como lo necesitamos.

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