Un placer carísimo
¿Otra vez, Blanca? resopló Pablo, dejando caer el tabique de la lista de la compra. ¡Ya está bien! ¡Trabajo solo para tu gato!
El gato, al que Blanca intentaba sin éxito meter en el transportín, se le escapó de los brazos, cayó de golpe al suelo y se atrincheró en la esquina de la entrada, aullando desde las entrañas con auténtico pesar. A juzgar por su pose trágica, aquel gato, al que Blanca bautizó hace muchos años con el poético nombre de Quevedo, había decidido vender cara su, según Pablo, poco gloriosa vida.
Hace años de aquel día, porque Queve, como lo llamaba Blanca con mucho cariño, lleva en casa unos diez años. Blanca nunca ha sabido con certeza su edad; lo recogió en la calle, y no precisamente siendo un cachorrito. Ya entonces, como dijeron en la clínica veterinaria a la madre de Blanca, Queve era todo un adulto, aunque todavía joven.
Aquel viaje a la clínica lo hizo su madre, Amalia, apretando contra el pecho al gato envuelto en una antigua mantita de bebé. Se plantó ante la veterinaria, que nada más verlo torció el gesto.
¿Y eso de dónde lo habéis sacado? torció el morro la chica. ¡Si parece salido del contenedor!
¿Qué importa de dónde sale? ¡Es mi gato! ¡Ayúdale, por favor! ¿No ves que está fatal, la pobre criatura? ¿Acaso mi dinero vale menos que el de los que vienen aquí con gatos de pedigrí?
A Amalia nadie le tosía. Mujer tenaz como pocas. A ver, criad a una hija sola, cuidad de dos abuelos y subsistid con el sueldo de una educadora de infantil y, si salís con menos colmillo, avisáis.
Cuidar de sí misma y de los suyos, Amalia sabía, y a la vez era la bondad en persona. Adoraba a los niños, a los gatos y, a ratos, incluso a los perros, aunque de pequeña les tenía miedo. No dejaba que nadie la ninguneara, ni a los extraños ni a las vecinas ni a los padres de los niños de su clase. Eso sí, sin perder las formas, solo pillando a la gente por donde les dolía para que el conflicto se derritiera como un azucarillo.
Pero, ay, el talento solo funcionaba con desconocidos. Con los de casa, no había manera.
Al poco de casarse, su marido salió huyendo. Su madre, entre risas, solía decir que le sorprendía que hubiera aguantado tanto. Digno de estudio, sin duda, pensaba Amalia, pero bueno, al menos de ese «incidente» nació Blanca.
El embarazo la tranquilizó. Mujer era; y, más importante aún, madre. Criar a una niña sola y plegarse a los vaivenes de la vida no es sencillo, pero Amalia nunca fue de dar la espalda.
Su madre, Adelina, no estaba muy a favor, dicho elegantemente.
¿Para qué te metes en este lío, Amalia? Con lo joven que eres, y ahora, a criar tú sola… Vas a acabar a sopas y arroz día sí, día también. Los hijos, hija mía, son un lujo caro, aunque ahora todavía no lo veas.
Pero, mamá, ¿acaso no hemos vivido nosotras así?
Justo, y nada hay de bueno en ello
Aquella vez, todo su interior se rebeló. Si no tenía esa niña, sentía que la invadía la oscuridad. Al final, la sentencia llegó de la abuela. Un buen día apareció en Madrid con su pañuelo estrafalario y dijo:
¡Tira palante, Amalia! Yo te ayudo.
Abuela, ¿y el abuelo, qué?
Tranquila, que ese todavía aguanta. Y si se cansara, nos lo traemos también. Ya está.
Sobre la mesa dejó un hatillo cuco, envuelto en un paño bordado. Era el dinero de la venta de la casa del pueblo, todo lo que tenía la abuela. Suficiente para comprar un piso pequeño en Alcorcón, pero ¡oye! Piso propio.
Abuela, no puedo
Puedes, claro que puedes. No es ya por ti, sino por la niña. Tú misma.
Y ahí se lió la monumental discusión con su madre, que no aceptaba ni a tiros ese «regalo de la suerte».
La abuela, después de dejarlo claro, la echó fuera de la conversación para hablar con Amalia en privado. A la madre de Amalia, aquella bondad y esa suerte, le costaba un mundo digerirlas: casa, apoyos y compañía. ¡Ni el Gordo de Navidad daba tanto!
Nunca comprendió Amalia qué fue lo tan incorrecto que hizo, pero la abuela lo vio claro: Cuando una mula no anda, la culpa es del carro y del arriero. Y no le faltaba razón.
Así, con ese empujón, Amalia estrenó piso. Eso sí, tras una obra que la abuela gestionó cual directora de una ópera, ablandando primero a la inmobiliaria y luego supervisando a unos albañiles gitanos que la temían más a ella que a la grúa.
La primera noche, entrando en la habitación con la cunita montada, Amalia lloró como una Magdalena y la abuela, firme, le secó los mocos:
Deja el llanto, boba. ¡A estrenar cocina!
Blanca nació antes de lo esperado, pero sana y tranquila. Amalia, escarmentada con aquel vinagre materno, juró que no le iba a meter nunca semejante picante a sus conversaciones con su hija.
La abuela te tiene en un altar. ¡Claro! Te ayuda, te cuida, ¡y yo aquí, sin enterarme!
Ven cuando quieras, pero sin montar escenas, mamá, que asustas a la niña.
Ay, por favor que la crío hablando alto y se asusta.
No hablas alto, mamá Gritas a Amalia se le encogía el alma.
Ya veremos cuando la tuya te responda igual.
No responderá. Gracias, mamá, por enseñarme qué errores no debo cometer.
¡Qué sarta de tonterías!
En la cabeza de Amalia solo cabía una idea: «¡Yo no voy a ser así de madre!».
Decirlo es fácil. Hacerlo, una odisea.
Y aún así, Blanca, sin ser caprichosa, tenía una personalidad digna de un relato.
Mamá, ¿puedo un caramelo?
Blanquita, después de comer.
¿Nada de nada?
Nada.
Bueno, ¿y después me das dos si como todo?
Su madre se partía de risa y, tras recoger el plato vacío, le daba dos caramelos.
Así, tanto Amalia como la abuela, aprendieron a negociar y hasta la abuela se relajaba cuando Blanca la convencía de que lo que más envejece es enfadarse.
Con el tiempo, la familia halló la paz y Blanca creció rodeada de abuelos sabios y una madre coraje. Todo se complicó cuando la abuela enfermó. Entonces, fue cuando Blanca se topó con Quevedo.
Lo rescató al salir del instituto, lo encontró hecho un trapo, casi no respiraba y, sin pensarlo dos veces, lo envolvió en la mantita de su infancia y corrió a casa justo cuando su madre estaba a un paso de llamar a la policía por su tardanza.
¿Estás bien? preguntó Amalia, temiendo lo peor.
¡Que a mí no me pasa nada! Pero él, mamá, ¡él está fatal!
Y salieron pitando a la clínica. Por suerte, el susto fue mayor que el daño real. Sí, alguna mordedura de perro, un revolcón, pero salvable. Lo peor fue la factura.
Madre del amor hermoso musitó Amalia, mirando el total. Por ese precio, me compro dos persas y una mofeta, pero bueno.
Al llegar a casa, cuadró números: medicinas, la abuela, el cumpleaños de Blanca, la nevera pendiente de rellenar Ya el mes asomaba a negativo.
Esa noche, Blanca entró sigilosa en la cocina y la abrazó.
Mamá, no quiero regalos. Solo quiero quedarme a Queve. Es mi mejor regalo.
Amalia miró al gato de pelaje arrugado pero entrañable y no pudo negarse. Que se quede, pensó. Y así fue como aquel títere de felpa se hizo hueco en casa.
Hubiera dicho que los gatos de la calle jamás se adaptan, pero Quevedo, erre que erre, pronto decidió que la vida burguesa le sentaba fenomenal; ni una travesura, ni un cristal roto, y colgado de la abuela como si fuera su novia de juventud.
Y, de una extraña manera, empezó a cambiarles la vida a todos. Tras pagar el veterinario, Amalia dijo basta. No más supervivencia a base de salario mísero y pensión de los abuelos. Así que se metió a niñera por recomendación de una amiga. Allí, de casa a casa, sus honorarios crecieron y pronto era un tesoro buscado.
Por las noches, acariciaba a Quevedo el lomo y le susurraba:
Gracias, si no es por ti
Queve ronroneaba, tocándole la mano con la pata, echando una mirada a Blanca, su protegida. La niña y el gato, uña y carne. Solo se despegaba de ella si la abuela lo requería para una siesta de sofá y telenovela.
El gato estuvo con Blanca durante el instituto, en los deberes (sujeta cuadernos profesional), en los peores trances (las despedidas a la abuela y, poco después, al abuelo), y en los mejores: la llegada del primer amor, el paso a la universidad.
Amalia rehízo su vida inesperadamente, encontró a un hombre decente, se casó por segunda vez y esta vez, sí, la felicidad entró por la puerta y nadie la echó. Su madre la de Amalia, la abuela hasta se reconcilió con su yerno cuando este le dejó su propio coche con chófer para las excursiones al pueblo.
Mi yerno ya ha venido. Me lleva a la parcela presumía delante de las vecinas, y ya nadie rechistaba.
Por aquel entonces, Blanca, estudiante ya de magisterio, decidió quedarse sola en el piso donde había crecido. Allí llevó a su novio, Sergio.
¡Vaya, Blanca, esto es un palacio!
Exagerado
¡Y tanto espacio! Uy ¿y esto qué es?
Un gato refunfuñón y rechoncho salió disparado de la habitación y, postura de tigre desdentado, se lanzó sobre el zapato de Sergio.
¡Quita eso, quíta eso!
Quevedo, con sus manías de portero de discoteca, no podía con el pobre novio, al que cazaba por sistema. Blanca pacificaba, pero el roce entre los dos era una guerra fría continua. Sergio no le tenía paciencia y, cuando Blanca no miraba, alguna patadilla con disimulo sí que se llevaba.
Pasó un año, y boda al canto. Pero algo empezó a ir a destiempo. Sergio, con sus comentarios ácidos, le recordaba a Amalia exactamente al primer marido:
¿Eso es comida? Eso ni gazpacho ni ná. A ver cuándo aprendes a cocinar
En la cocina, Blanca era una crack gracias a la abuela, y llamar «inútil» a quien con diez años ya hacía ella sola el cocido, era para nota. Pero Sergio se contentaba con pinchar, hasta que Quevedo le dio motivo.
¿Que el veterinario qué cobra? al ver la cuenta, casi se atraganta. ¡Ni yo pago tanto por ir al fisio, mujer! ¡Por un… una bola de pelo!
Queve no es solo una bola de pelo, es familia.
¿Familia? ¡Será la tuya! Yo no mantengo bichos.
Vas pasao, Sergio
Lo que has oído. Otra y lo tiro a la calle.
Blanca esa mañana había descubierto que iba a ser madre, pero prefirió no convertir aquello en drama. Ya hablarán, pensó. Pero Quevedo, ya mayor, volvió a hacer de las suyas y a la siguiente visita a la clínica, la conversación saltó por los aires.
Sergio, adicto al running y a la dieta paleo, lanzó la zapatilla contra la pared y decretó sentencia:
¡Basta! A este animal le queda un telediario y yo no pienso pagar ni un euro más. ¡A la calle!
Pues yo con él, así que ya puedes buscarte tú quien te aguante.
¡Eso, lárgate!
Algo se rompió, definitivamente. Blanca, que siempre había procurado buscar la armonía, supo entonces que la familia perfecta nunca iba a salir de aquello. Y que el gato no era el problema real.
Sin decir nada a Sergio, tomó las llaves de él, abrió la puerta, le miró con dignidad inusitada y dijo, suave pero firme:
Estoy embarazada. Necesito paz, no discusiones. El gato lo entiende, tú no. Por favor, vete. Ahora. Cuando estés más tranquilo, hablamos, pero lo nuestro se acabó. Quien tira a un gato, tira cualquier cosa. Si no te importa lo que yo quiero, ¿qué te va a importar mañana? Tenías cosas buenas, pero ahora solo pesan las malas. Llévate tus cosas luego. Tengo que llevar a Queve al veterinario. Se acabó.
Sergio, sin más, metió cuatro cosas en la mochila y desapareció dando un portazo. Lo del embarazo, ni se enteró; iba demasiado ofuscado con el señor felino.
Blanca, más en calma de lo que esperaba, soltó el transportín en el suelo.
¿Listo? ¡Nos vamos! Hora de cambiar cosas, empezando por tu salud.
Quevedo se curó, claro, aunque la edad era la que era y no le perdonaba viajes a la clínica. A partir de entonces, la pequeña Victoria, hija de Blanca, sería su cómplice absoluta: la única persona en el universo con derecho a estrujarle el rabo, hacerle de almohada y convertirlo en guardián nocturno.
Y así, entre cenas, deberes y meriendas con gato, madre e hija pusieron la vida al derecho. Hubo quien aconsejó llamar a la niña como la abuela, pero Amalia, sabia, le dijo:
Habla con Sergio, que aunque no sigáis juntos, la niña será vuestra toda la vida. Por ella, os toca madurar.
Blanca lo consultó y a Sergio le pilló el asunto en fuera de juego.
Jamás te había notado tan cuerda.
Cosas de la vida, mira tú.
Pues mira, gracias… Por anteponer a la niña a cualquier tontería. Quiero estar presente, Blanca.
Y lo estuvo. Victoria creció de casa en casa, dos camitas, dos conejos de peluche, una abuela Amalia y una abuela Palmira por parte de Sergio; mucho amor y ni un gramo de rencor. Victoria, como hacía su madre de niña, tejía hilos invisibles que curaban los resquemores y tejían, poco a poco, una familia peculiar pero compacta.
Y solo Quevedo sabía del todo quién era esa niña. Pero no necesitaba contarlo; estaba clarísimo para cualquiera: si la mamá gata es buena, los gatitos salen igual de cariñosos.
A Victoria le sobró amor y le sobrará. El día que acune a su propio hijo, le pasará la mano por la mejilla con la misma ternura heredada, y le dirá:
Bienvenido, pequeñito, cuánto te he esperadoCon los años, Quevedo envejeció despacio, como hacen los gatos sabios que saben que son amados. Victoria aprendió a leer sentada junto a él, y a guardar secretos en su pelaje ajado, mientras Blanca la espiaba desde el umbral, pensando en todas las cosas hermosas y complicadas de las que estaba hecha la vida.
Un invierno, Queve ya no pudo subir al sofá. Victoria le fabricó una escalera de almohadas y, entre juegos, le tejió una bufanda de lana roja. Fue su último regalo y, a la vez, el primero que tejió sola. Cuando, por fin, Quevedo cerró sus ojos para dormir una larga siesta, la familia lo despidió entre lágrimas pero sonriendo, sabiendo que el amor no termina cuando alguien se va.
Un día cualquiera, tras dejar flores en el ficus que Blanca convirtió en su pequeño árbol de vida, Victoria encontró una nota olvidada, escrita por su madre años atrás: A veces, lo más caro no es lo que se paga con dinero, sino lo que cuesta cuidar, proteger y decidir a quién se ama. Pero ese precio, hija mía, nunca se lamenta.
Victoria la guardó entre sus libros y años más tarde, cuando le preguntaron por la receta de la felicidad, respondió:
Es simple. En mi casa no nos faltó de nada importante: siempre hubo una madre valiente, un lugar al que volver y un gato con nombre de poeta enseñándonos a querer con todo el corazón.
Y la historia siguió, como hacen las buenas familias: entre risas, abrazos, y la promesa de que el amor, si se cuida, siempre regresa, aunque a veces lleve bigotes y ronronee en sueños.




