El padre de tres hijos nunca imaginó que pasaría su vejez en una residencia de ancianos.
José Manuel todavía no se acostumbraba al nuevo lugar. La vida había resultado traicionera e impredecible. Padre de tres hijos, jamás pensó que en sus últimos días acabaría en un asilo de un pueblo cercano a Toledo. Y, sin embargo, hubo un tiempo en que su vida fue alegre y plena: un trabajo bien pagado, un piso amplio, coche, una esposa cariñosa y tres hijos maravillosos.
José Manuel y su mujer criaron a un hijo ejemplar y a dos hijas encantadoras. Su familia era un modelo a seguir, rodeada de respeto y cariño. Vivían con holgura, sin pasar penurias. Pero, con el tiempo, José Manuel empezó a notar fallos en la crianza de sus hijos. Él y su esposa se esforzaron por educarlos como personas bondadosas y generosas, pero el destino quiso otra cosa. Diez años atrás, su mujer falleció, dejándolo solo frente al vacío.
El tiempo pasó, y el envejecido padre dejó de importarle a nadie. Su hijo, Alejandro, se marchó a trabajar a Argentina hace diez años. Allí se casó, encontró un buen empleo y formó una nueva familia. Visitaba a su padre y hermanas una vez al año, pero, últimamente, las visitas eran cada vez más escasas: el trabajo y las obligaciones se lo impedían.
Sus hijas, que vivían cerca, estaban demasiado ocupadas con propias familias, sus problemas, sus vidas. José Manuel miró por la ventana con melancolía: la nieve caía en copos grandes. Era 23 de diciembre. La gente se preparaba para la Navidad, apresurándose hacia casa con regalos, cargando abetos, mientras él se sentía olvidado. Al día siguiente era su cumpleaños: el primero que pasaría solo.
Cerró los ojos, y los recuerdos del pasado vinieron a él. ¡Cómo disfrutaban celebrando las fiestas en familia! Su esposa lo preparaba todo con esmero: decoraba la casa, cocinaba sus platos favoritos, reunía a los suyos. ¿Y ahora? Nadie se acordaría de él, nadie lo llamaría, ni lo abrazaría. Ya no le importaba a nadie.
Así transcurrió el día, hundido en el silencio y la soledad. A la mañana siguiente, la residencia se llenó de bullicio. Los familiares llegaban para recoger a sus mayores, llevaban dulces, los acompañaban a casa para las fiestas. José Manuel observaba con el corazón apesadumbrado, sabiendo que nadie lo esperaba.
De pronto, llamaron a su puerta.
«Pasa,» dijo con sorpresa, sin esperar visitas.
«¡Feliz Navidad, papá! ¡Y feliz cumpleaños!» —sonó una voz cálida, tan familiar.
José Manuel se quedó paralizado, sin creer lo que escuchaba. Frente a él estaba su hijo mayor, Alejandro. Él corrió hacia su padre y lo abrazó con fuerza. José Manuel no recordaba cuánto tiempo había pasado desde su último encuentro. ¡Qué alto, seguro y maduro se veía!
«¿Alejo? ¿Eres tú? ¿O estoy soñando?» preguntó el padre, ahogado por la emoción.
«Claro que soy yo, papá. Vine ayer, quería darte la sorpresa,» sonrió Alejandro, mirándolo con cariño.
José Manuel no pudo hablar, las lágrimas asomaban en sus ojos.
«¿Por qué no me dijiste que mis hermanas te trajeron aquí?» continuó Alejandro, con la voz temblorosa de indignación. «Yo les mandaba dinero cada mes, buen dinero, para que te cuidaran. ¡Y ellas no dijeron nada! No sabía que estabas aquí.»
El padre solo movió la cabeza, incapaz de responder.
«Papá, haz las maletas. Nos vamos. Esta noche sale nuestro tren, ya tengo los billetes. Primero nos quedaremos con los padres de mi esposa, luego arreglaremos los papeles. Te vienes con nosotros a Argentina. Viviremos juntos.»
«¿Adónde, hijo? ¿A Argentina? ¿No soy demasiado viejo para eso?» José Manuel estaba aturdido.
«No digas tonterías, papá. Mi mujer es una gran persona, lo sabe todo y te espera. ¡Y además tienes que conocer a tu nieta!» Alejandro hablaba con tanta seguridad que las dudas de su padre empezaron a desvanecerse.
«Alejo, yo… no me lo creo. Es como un sueño,» susurró José Manuel, aún sin asimilar lo ocurrido.
«Basta, papá. No mereces esta vejez. Prepara tus cosas y vente conmigo.»
Los demás residentes, testigos de la escena, comentaban en voz baja: «¡Qué hijo ha criado José Manuel! ¡Un hombre de verdad!»
Alejandro se lo llevó a Argentina. Para José Manuel comenzó una nueva vida: entre los suyos, rodeado de calor y cuidado. Y entonces comprendió que el viejo dicho era cierto: solo al final de nuestros días sabemos si hemos criado buenos hijos.







