Tras la marcha de mi padre de casa, mi hija Almudena desarrolló un profundo rechazo hacia él. Aunque él prometió mantener el contacto con regularidad, ella no quería saber nada de su padre. Sin embargo, su abuela, mi madre, insistía una y otra vez en que debía llamarle, recalcándole que seguía siendo su padre y que no debía romper del todo la relación. A Almudena esto le resultaba extraño, más aún viendo que su propia madre, mi exmujer, no cruzaba palabra con él. Aun así, y para evitar disgustos, Almudena accedía de vez en cuando a verse con su padre.
Recuerdo especialmente una ocasión en la que fue sacada del colegio a mitad de su jornada para verse con él. Aquello no le sentó nada bien a su profesora, pero poco pudo hacer cuando fue el propio padre de Almudena quien acudió a buscarla. En casa de su padre, Almudena escuchó a unas compañeras de clase cuchicheando acerca de la supuesta existencia de una hermana. Al principio prefería no creerlo, pero el asunto se hizo evidente cuando vio con sus propios ojos a la nueva familia de su padre: su esposa y la hija pequeña de ambos. La madrastra de Almudena siempre se mostró cordial con ella, preocupándose por sus estudios y mostrando interés en su día a día escolar. Mientras tanto, su padre permanecía ajeno, sumido en su ordenador, apenas prestando atención a sus hijas.
Con el tiempo, su padre empezó a llevarse a Almudena con más frecuencia a su casa y llegó incluso a pedirle que cuidara de su hermanastra pequeña. Aquella responsabilidad le desagradaba profundamente a mi hija; no podía ver a esa niña como parte de su familia. Pero se sentía obligada a aceptar para no romper definitivamente la apariencia de una relación normal con su padre, tal y como deseaban su madre y su abuela.
En una ocasión, cuando le pidieron que se quedara más tiempo en la casa de su padre, Almudena puso excusas, diciendo que tenía muchos deberes por hacer. Pero su padre no se dejó convencer y le sugirió ayudarle para que pudiera cuidar de la pequeña mientras él y su nueva mujer salían a cenar.
Aquel día, Almudena se sintió utilizada y ninguneada, y llegó a un límite. Decidió no volver nunca más a la casa de su padre. Cuando más tarde él la llamó para saber dónde estaba y le recordó la responsabilidad que tenía con su hermanastra, Almudena se negó rotundamente a ser tratada como una niñera gratuita. Le dejó claro que apenas hablaban, ya que sólo la quería allí para que cuidase de su otra hija mientras él se dedicaba a sus propios asuntos. La falta de aprecio y la escasez de cariño le hicieron alejarse totalmente de su padre, rompiendo así la relación.
Ni los intentos posteriores de su padre ni los de su madrastra por recuperar el contacto dieron fruto. Finalmente, Almudena se plantó ante su padre y le pidió una explicación por su comportamiento. Su respuesta fue sincera y dolorosa: reconoció que alguien debía ayudar con el cuidado de la pequeña y ni siquiera se molestó en fingir que echaba de menos a Almudena.
Al final, la relación entre mi hija y su padre quedó rota y sin esperanzas de reconciliación. Las decisiones de él dejaron secuelas irreparables, logrando que Almudena se sintiera despreciada y usada. Al recordar todo esto, comprendo que un padre debe estar presente de verdad, no sólo en apariencia, y dar cariño y tiempo es mucho más importante que imponer obligaciones.






