Un Modelo a Seguir

Lucía miraba a su suegra y pensaba: “¿Qué clase de sumisa hay que ser para quitarle las botas al marido? No solo llega borracho, que no puede ni con su alma, sino que encima ella le toca los dedos de los pies mientras murmura: ‘¡Gracias a Dios! Los pies calientitos, no se han enfriado. Y los calcetines de lana, bien gruesos, los hice yo misma.'”

La sorpresa de la nuera no tenía límites. La suegra levantó a su marido del sofá, lo agarró del brazo y, pegándolo a su lado, lo arrastró lentamente hacia la cama. Lo arropó como a un niño, dejó una jarra grande de tila en la mesilla y se fue, feliz, a tomar su café. Lucía no pudo evitar un comentario sarcástico:

—¿Y dónde están los gritos, el tirar las botas, los zapeos?

En lugar de todo eso, vio el rostro satisfecho de su suegra y la escuchó justificar a su marido, si no alabándolo, al menos excusándolo:

—Hacía tiempo que no bebía, seguro que encontró a algún amigo. Al menos ha descansado un poco, que siempre está trabajando. Claro, se pasó con la copita, el hígado no está para muchos trotes. Pero bueno, la semana que viene lo cuidamos, le daremos algo para el hígado.

Lucía llevaba un año casada con su hijo y ya había notado que su suegra siempre se doblaba ante su marido. Nunca alzaba la voz, todo se lo explicaba con calma, aunque al final hacía lo que ella quería. Y si el suegro se enfermaba, la suegra corría a su alrededor como una gallina clueca.

Una vez le contestó a la nuera que, cuando ella se enfermaba, era fácil curarse, pero con el marido… Ahí no solo había que tratar la enfermedad, sino también sus berrinches, su negativa a tomar pastillas, su enfado por caer enfermo cuando más trabajo había.

Lucía observaba a su suegra y tomaba nota, y ya tenía unas ideas que parecían bigotes de mosquetero. Por ejemplo, a la hora de comer, si su marido sorbió ruidosamente el cocido, ella ponía cara de asco, dejaba la cuchara y lo miraba fijamente. Él, pillando la indirecta, empezaba a comer casi sin respirar, ahogándose con lo caliente. En cambio, la suegra le decía al suyo:

—Tranquilo, que no tienes que mecer al niño ni ordeñar la vaca.

Y si sorbió fuerte, añadía: “Gracias a Dios que está rico, o qué, ¿crees que te lo vamos a quitar?” El suegro, captando el mensaje, comía despacio y en silencio.

Una vez vinieron amigos del suegro, y la suegra rápidamente puso unas tapas en la mesa y se fue a sus quehaceres. Los hombres hablaban, a veces se les escapaba alguna grosería, pero en general se portaban bien, hablando de sus cosas, recordando viejos tiempos. Para Lucía, los invitados se extendieron demasiado. No aguantó más y le preguntó a su suegra:

—¿No es hora de que se vayan? ¿No saben cuándo es suficiente?

A lo que su suegra respondió:

—Ellos decidirán cuándo irse. La puerta se abre de par en par cuando llegan, y cuando se van, no se señala la salida, sino la botella para que brinden por el último trago. Se juntan una vez al año en casa, no en un garaje ni detrás de una valla, déjalos que charlen. Anda, pregúntales si les falta algo.

Efectivamente, los hombres se fueron contentos y tranquilos, y el suegro, además, orgulloso de su mujer, la abrazó y la besó.

Cuando el marido de Lucía llegaba tarde del trabajo, se le veía en la cara que ella estaba nerviosa, enfadada, echando chispas por los ojos. La suegra la calmaba diciendo que no pensara mal, que trabajar no era fácil, que requería tiempo y esfuerzo. O que, si era lo que ella sospechaba, el problema no era la hora, porque un marido infiel llega tarde… o a tiempo, pero con el corazón frío.

Y así fue: el marido había aceptado un trabajo extra. Llegó a casa esperando regaños, pero encontró a una mujer cariñosa y preocupada. Él mismo dijo:

—Pensé que me ibas a poner verde.

Lucía reflexionó: ¿Cómo actuaba ella para que su marido, esforzándose por ganar unos euros más, tuviera miedo de volver a casa?

Un día, la suegra llegó del patio cansada pero satisfecha. Ante la pregunta de la nuera, respondió:

—Ay, ayudé a mi marido. Está solo ahí cargando maderas, quiere arreglar el gallinero.

Lucía se encogió de hombros:

—¿Eso no es trabajo de hombres? Que ayude su hijo.

La suegra, sin ofenderse, sonrió:

—En las tareas del hogar hay que ayudarse. Todo sale mejor si se hace juntos. Como dice el refrán, en una buena familia hay cuatro manos, cuatro pies y una sola lengua; en una mala, dos lenguas. Mientras elegíamos las maderas, recordamos muchas cosas. Claro, eran otros tiempos, después de la guerra, no había para lujos, pero nos aferrábamos el uno al otro. Los maridos entendían que nos costaba, pero ¿qué podían hacer si todo estaba destruido? Mi Iván siempre se echaba la carga al hombro, y yo lo ayudaba como podía. ¡La mujer debe estar al lado de su marido en todo! Él sabe que la parte dura le toca a él, pero le gusta que su mujer valore su esfuerzo y quiera ayudar. Hoy hemos revivido nuestra juventud, y nos alegramos de que vosotros tengáis una vida mejor. Pero el amor siempre es necesario, en cualquier época. ¿Si lo amaba? No sé, pero siempre quise estar a su lado, ayudarlo en todo, cuidarlo y protegerlo. En una familia no hay trabajos de hombres o de mujeres. Claro, en lo duro, él lleva la voz, pero la mujer debe estar ahí.

Efectivamente, al llegar a casa, el suegro le dijo que no hacía falta que se hubiera esforzado tanto, pero se notaba que los dos estaban contentos por haber trabajado juntos.

Lucía lo meditó y admitió que su suegra actuaba con sabiduría, no como ella, que siempre regañaba, se quejaba y no callaba nunca. En realidad, podía ser más paciente y dejar de llevar siempre la contraria.

En las grandes fiestas, la suegra cocinaba muchos platos de carne, siempre los favoritos de los hombres. Y un día le dijo:

—Lucía, por mucho que te enfades, siempre haz la comida para tu marido. Puedes no hablarle, pero sírvele en silencio. Puedes estar rabiosa, pero dale de comer. Un hombre hambriento es una bestia; no razonarás con él hasta que no tenga el estómago lleno. Aliméntalo, dale de beber, y luego, si se ha portado mal, dale tal reprimenda que sepa que su mujer siempre tiene razón… aunque no la tenga. Pero no grites— habla firme y convencida.

Lucía aprendió mucho y entendió que su suegra era una mujer amorosa y sabia. En su casa reinaba el entendimiento, el respeto y el cariño. No dividía las tareas en masculinas y femeninas, todo era cuestión de los dos.

Notaba que su suegra, práctica, siempre preguntaba al marido cómo hacer las cosas para que salieran mejor. Él explicaba, ella asentía en silencio y luego decía:

—Bueno, ya veremos cómo queda, para estropearlo siempre hay tiempo.

Y hacía como ella creía, y el suegro, sin oponerse, daba su aprobación. Con su sonrisa y su voz suave, lo tenía conquistado. Él mandaba en el trabajo pesado, pero en lo cotidiano, la queLucía, al despedirse de su suegra, guardó en el corazón cada lección, prometiéndose ser para su marido lo que esa mujer había sido para el suyo: apoyo, refugio y silenciosa sabiduría.

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