Un milagro en Nochevieja: ¿Cómo pudiste olvidarlo, Petri? – Acláramelo, que te lo recordé mil veces esta mañana y hasta te mandé un mensaje – reprochaba Ana a su marido, quien entraba en la cocina encogiéndose de hombros y con cara de culpable. —¡Ni siquiera revisaste el móvil! —Tenía prisa por el dichoso coche… —No te olvidaste de comprar la batería nueva, pero sí el regalo para nuestra hija bajo el árbol… La tensión crece en la familia, y la ilusión de Masha por su regalo de los Reyes Magos parece tambalearse… Pero, cuando peor parece todo, una inesperada visita en la puerta transforma la noche: un vagabundo y un pequeño gato blanco llegan para dar un giro mágico y auténticamente español a la Nochevieja. Porque en España, donde los milagros también ocurren entre cuencos de ensaladilla, uvas y corazones abiertos, a veces el mejor regalo no lleva lazo, pero sí felicidad para todos.

Milagro en Nochevieja

Pedro, explícame, por favor, ¿cómo has podido olvidarlo? ¡Si esta mañana te lo recordé varias veces, y hasta te mandé un mensaje! dijo con reproche Ana a su marido.
Él, apurado, se quedó en el umbral de la cocina, encogiéndose de hombros.
No lo sé, Anuca Me salió de la cabeza, nada más intentó justificarse Pedro.
¿Y el móvil?
Ese ni lo saqué del bolsillo, así que ni vi tu mensaje
Ana empezaba a hervir por dentro.
O sea, la batería nueva para el coche no se te olvidó, pero que había que comprarle un regalo de Reyes a la niña, eso sí lo olvidaste.
Pues sí Es que la tienda de repuestos cerraba a las ocho, y fui de prisa, y se me pasó todo lo demás. Perdona.
A veces pienso, Pedro, que ese trasto de coche, que se te avería cada mes, te importa más que Leonor Ana se dejó caer en el taburete, suspirando y mirando el reloj.
Marcaba las once menos cinco.
Ya era tarde, la noche bien entrada, y arreglarlo era imposible. Esta impotencia hacía todo aún más amargo.
Ana, no digas tonterías, por favor. Sabes lo mucho que quiero a Leonor. Simplemente, se me fue ¿a quién no le pasa?
A mí no me pasa, Pedro y aunque deseaba gritarle, lo decía en susurros, para no despertar a la niña.
Pedro quiso abrazar a su mujer, calmar la tormenta que se gestaba, pero ella se apartó, se volvió y…
…empezó a servir la ensaladilla rusa.
Casi medio día me he pasado preparando la comida para alegrarle, y él él ha olvidado el regalo de nuestra hija.
Ya sentía yo que debía haberme ocupado yo misma de todo Ana protestaba en voz baja. Pero no, confié en ti, Pedro. Creí que eras responsable.
Ana, sé que me he equivocado, pero si lo piensas, tampoco es tan grave replicó Pedro. Mira, no habrá regalo bajo el árbol. Podemos decirle a Leonor que
¿Que qué, Pedro? ¿Qué le decimos? ¿Que su padre ya tiene memoria de jubilado con treinta y cinco? ¿O que comprar la batería era más importante?
Le decimos que los Reyes Magos este año van muy ocupados y vendrán mañana con su regalo. Y entonces yo se lo daré como si fuera de ellos.
¿Y dónde lo vas a comprar? Mañana casi todo estará cerrado, salvo algún ultramarinos. Ay, Pedro, Pedro
El disgusto de Ana era comprensible.
Con el nacimiento de Leonor, en su casa nació también una nueva tradición: la noche del 5 al 6 de enero, tras las campanadas, toda la familia acudía al árbol de Navidad y…
…encontraban regalos allí.
Era la delicia de Leonor, que, como todos los niños de su edad, creía en los Reyes Magos, la magia y los milagros de Nochevieja. Qué alegría tan sincera mostraba al abrir la cajita esperada, envuelta con cinta de colores.
Hoy mismo había mirado ya varias veces bajo el árbol (por si el regalo aparecía antes de medianoche), contándole a su madre lo mucho que esperaba el presente de los Reyes.
¿Qué me traerán este año, mamá? soñaba en voz alta la niña. Me encantaría tener una bicicleta, como Pablo el del portal de al lado. Pero incluso unos patines me harían ilusión.
Ana, sonriendo, la escuchaba: justo le había pedido a Pedro que trajera unos patines.
Generalmente, siempre era ella la que elegía el regalo, pero hoy llamaron a Pedro de urgencia al trabajo y Ana pensó que él, volviendo a casa, podía pasar por la tienda.
Pedro llegó pasadas las ocho y, cuando Ana empezó a poner la mesa y le preguntó por el regalo, él recordó de pronto que nada había comprado
Ana, no estropeemos la noche, por favor insistió Pedro, intentando abrazarla para calmarla. De verdad que no fue aposta. Si quieres, hablo yo misma con Leonor y se lo explico, seguro que lo entiende.
Ana no respondió, limitándose a continuar poniendo la mesa entre lágrimas. ¿Cómo se le puede olvidar el regalo de su propia hija?
Hasta el último momento, Ana esperaba que Pedro hubiera escondido el regalo en algún rincón, aguardando el instante de colocarlo bajo el árbol. Pero ya era tarde, las tiendas cerradas no había remedio.
¿Te ayudo en algo? preguntó Pedro, inseguro, viendo cómo Ana colocaba los platos.
Gracias, has hecho suficiente No hace falta.
En ese momento, Leonor entró corriendo y radiante tras haber visto todos los dibujos navideños de la tele:
¡Mamá, papá! ¡Quedan menos de dos horas para el Año Nuevo! ¡Pronto vendrán los Reyes!
Ana fulminó a Pedro con la mirada, pero enseguida se volvió para que la niña no sospechara nada, no quería aguarle la fiesta.
Además, Ana ya había ideado un plan de emergencia: dejaría bajo el árbol un sobre con dinero y, escrito, Para que Leonor se compre sus patines.
No era lo mismo que encontrar el regalo envuelto, pero mejor eso que nada.
Quizás se solucionara todo
*****
A las once en punto, reunida la familia en la mesa festiva, llamaron a la puerta.
Pedro, ¿has invitado tú a alguien? preguntó Ana, intrigada. Porque desde luego yo no.
Tampoco, quizá algún vecino. Voy a ver, servíos zumo mientras respondió Pedro, marchando al recibidor.
Al abrir la puerta, Pedro se topó con un hombre barbudo, cubierto por un viejo abrigo rojo. No tenía el aspecto de Melchor precisamente, más bien parecía un sintecho. Lo dejaba claro su ropa y su olor a todo menos perfume.
¿Qué quiere? ¿Se ha confundido de piso o viene a pedir dinero? Ya le digo que no le daré ni una peseta. Igual va directo para vino.
No, no, no vengo a pedirle, no padezco necesidad contestó el desconocido con sorprendente ánimo.
¿No padece necesidad? Pedro contuvo la risa.
Él nunca había menospreciado a los sin hogar; es más, les tenía aprecio. Pero esa frase tan fuera de sitio le resultó cómica. Era obvio que no tenía nada, y aún así, insistía.
Entonces, ¿a qué viene? inquirió Pedro, saliendo al descansillo y cerrando tras de sí, para que no entraran olores indeseados.
Verá he encontrado este gatito en la escalera, mire qué monada sacó un ovillo blanco de debajo de la chaqueta. ¿No será suyo, verdad? ¿Se le ha perdido?
Pedro sonrió con sorna.
Vaya, ya veo: no le dan monedas, así que va puerta a puerta intentando endosar el gato.
Perdone, nunca lo he visto antes. Y en casa, jamás hemos tenido animales.
¿No quieren adoptarlo? Mire qué gracia hace. Seguro que a su hija le encantaría.
Ya lo sabía, ahora quiere venderme el gato pensó Pedro, negando con la cabeza.
No, no queremos. Gracias.
Bueno el hombre suspiró, visiblemente decepcionado. Entonces tendré que dejarlo en el contenedor
Ya se disponía a irse, ocultando el minino bajo el abrigo, cuando Pedro lo detuvo con un gesto.
Oiga, espere ¿Cómo que va a tirarlo? ¿Por qué dejar a un cachorrito a su suerte? Déjelo en el portal al menos.
De todas formas, lo acabarán echando. En los cubos, por lo menos, hay cajas de cartón donde defenderse, y algo de comida.
Pedro nunca había sentido especial ternura por los animales, pero en ese instante, no pudo evitar compadecer al inocente cachorro.
Solo, en la noche, muerto de frío y hambre
Quizás, de haber tenido tiempo, lo hubiera meditado mejor. Pero no lo había: le esperaban Ana y la niña en la mesa, el hombre se iba
¡Déme aquí! le arrebató el gato al barbudo. No lo tire al contenedor.
Como usted mande respondió el desconocido con una sonrisa amable, antes de marcharse al rellano.
*****
Al entrar en casa, Ana y Leonor asomaron inquietas desde la cocina.
¿Por qué tardaste tanto? ¿Ha pasado algo?
No, no, todo bien sonrió Pedro, escondiendo al gato a la espalda y rezando que no maullara.
Si Ana se enteraba de a quién acababa de meter en casa, lo mismo echaba al animal o a él. Estaba claro que tarde o temprano lo descubriría, pero necesitaba tiempo para prepararla.
Y, de paso, justificarse por haber traído un gato callejero justo antes del Año Nuevo, sin consultar.
¿Quién era? Ana lo miraba, desconfiada. ¿Qué se trae ahora?.
Nada, era nuestro vecino José, el del quinto. Preguntaba por la batería del coche.
Vaya, experto en baterías resultaste ser. Bueno, ve a lavarte y vente, que ya es casi medianoche.
Cinco minutos y voy.
Cuando Ana y la niña volvieron a la cocina, Pedro recorrió la casa buscando dónde esconder el gatito.
No podía ir a la terraza, hacía mucho frío. Al baño, peligroso: cualquiera podía entrar. Ni en el dormitorio ni en la habitación de la niña. Solo quedaba el salón
Pedro, ¿vienes o no? gritó Ana, impaciente. ¿Cuánto vas a tardar?
¡Voy, voy!
Sin pensarlo más, abrió el armario, colocó al gato en la balda de abajo y entrecerró la puerta para que entrara aire. Luego, corrió a la cocina.
*****
¡Feliz año nue-vooo! se oía desde los balcones.
Pedro abrazó a Ana y Leonor, deseando salud y dicha para el nuevo año.
Mientras brindaba, Leonor dejó el zumo y corrió al salón. Al ver que Ana lo notaba y de repente recordaba el sobre que no había preparado, le lanzó otra mirada de reproche a Pedro: ¡ahora te toca a ti calmarla!
Pero Leonor no se disgustó en absoluto. Al contrario, pocos minutos después gritó de alegría.
Tan fuerte, que ni el bullicio exterior pudo tapar su alarido.
¡Mamá, papá! ¡Venid corriendo! ¡Mirad lo que han dejado los Reyes bajo el árbol!
Pedro y Ana entraron de golpe al salón y se quedaron de piedra. Allí estaba Leonor, feliz, junto al árbol, abrazando un pequeño gatito blanco.
Llevaba tanto tiempo pidiendo un gato, ¡y los Reyes me lo han traído! Se va a llamar Nieve decía, casi llorando de emoción.
La niña apretaba con fuerza al animalito, mientras Ana se llevó aparte a Pedro.
¿Pero esto qué es? ¿De dónde ha salido? ¿Has sido tú?
Ana, no te enfades, ¿vale? Te lo explico ahora
¿Enfadarme? ¿De qué hablas?
Ana miró a la niña.
Fíjate qué feliz está Leonor. Aunque mira podías haber avisado, en vez de llevarte todas mis broncas esta tarde y lo abrazó, besándolo en la mejilla.
Pedro se quedó atónito. No podía creer que todo se arreglara tan fácilmente.
Sí que es verdad eso de que, en Nochevieja, suceden milagros. Su hija feliz, su mujer tranquila.
Y todo gracias a un pequeño gato blanco y
Recordó de repente al sintecho.
Ana, tengo que contarte una cosa
Susurró algo en su oído, ella lo miró sorprendida, y asintió.
*****
Bueno, Eusebio dijo el barbudo dándole una palmada al compañero; ya hemos colocado todos los gatitos, gracias a Dios. Podemos volver al sótano antes de que cierren.
Sí, lo logramos a tiempo, Severiano. Y fue una buena idea eso del contenedor sonrió el otro.
¿Tú crees? Temí que me echaran escaleras abajo
Quizá, pero solo quien de verdad siente lástima por el animal, lo acepta y no lo deja a su suerte.
Así es…
En fin, han ido a buenas manos todos, y no les faltará nada. No estuvo mal pensado.
Ambos se sentaron en un banco junto al portal donde, esa tarde, dejaron a cuatro gatitos que habían hallado en el sótano.
En la plaza abundaba la gente, pero esa noche nadie los echó; al contrario, recibían saludos y buenos deseos. Y ellos agradecían el gesto.
De pronto, la puerta se abrió de golpe, y salió Pedro, mirando a todos lados. Al verlos, les hizo una señal y se acercó corriendo.
¿Qué hará ahora? ¿Se arrepintió? se extrañó Severiano, reconociendo al hombre al que había dado el último gatito.
¿Es ese? Vaya
¡Feliz Año Nuevo, buena gente! dijo Pedro con una sonrisa, mientras les tendía una bolsa enorme. Es nuestro pequeño banquete de agradecimiento.
Gracias, la verdad es que no lo esperábamos respondieron Eusebio y Severiano.
Y esto, de mi parte Pedro sacó una botella de sidra, para que no falte el brindis.
¡Mira, Severiano, este año sí que celebramos como las personas! Hay milagros de verdad dijo Eusebio encantado, frotándose las manos.
Pedro se iba ya, pero se volvió y les preguntó:
¿Y dónde vais a cenar, si se puede saber?
Pues en el sótano, ahí cerca. Está caliente y seco, y tenemos cartones.
¿Sabéis qué? Venid conmigo.
A los cinco minutos, los tres entraban en el garaje. Pedro abrió la puerta e invitó a sus huéspedes a pasar.
Poneos cómodos. Hay un sofá cama, calefactor, mesa y vajilla. Aquí estaréis mucho mejor. Yo saco el coche al patio.
No hace falta, cabemos de sobra fueron a objetar ellos.
Pero Pedro negó con la cabeza.
Mejor fuera. No le pasará nada. Y vosotros no os paséis con la bebida, ¿eh?
Descuida, es solo un brindis aseguró Severiano.
Perfecto. Os creo. Mañana vengo y me contáis vuestras historias. Quizá pueda ayudaros con algún arreglo.
Jamás lo hubiéramos imaginado susurró Eusebio.
Ni yo afirmó Severiano.
Así fue aquella noche. Verdaderamente mágica, auténticamente maravillosa.

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MagistrUm
Un milagro en Nochevieja: ¿Cómo pudiste olvidarlo, Petri? – Acláramelo, que te lo recordé mil veces esta mañana y hasta te mandé un mensaje – reprochaba Ana a su marido, quien entraba en la cocina encogiéndose de hombros y con cara de culpable. —¡Ni siquiera revisaste el móvil! —Tenía prisa por el dichoso coche… —No te olvidaste de comprar la batería nueva, pero sí el regalo para nuestra hija bajo el árbol… La tensión crece en la familia, y la ilusión de Masha por su regalo de los Reyes Magos parece tambalearse… Pero, cuando peor parece todo, una inesperada visita en la puerta transforma la noche: un vagabundo y un pequeño gato blanco llegan para dar un giro mágico y auténticamente español a la Nochevieja. Porque en España, donde los milagros también ocurren entre cuencos de ensaladilla, uvas y corazones abiertos, a veces el mejor regalo no lleva lazo, pero sí felicidad para todos.