Un marido más valioso que mil reproches amargos: Así puse fin a mi matrimonio con Igor, tras años de…

MI MARIDO MÁS CARO QUE LAS PENAS

¡Javier, esta ha sido la gota que ha colmado el vaso! ¡Se acabó, nos divorciamos! Y ni se te ocurra arrodillarte de nuevo como te gusta, porque esta vez no cuela le lancé el ultimátum mientras cerraba de un portazo nuestro matrimonio.

Javier, evidentemente, no se lo tomó en serio. Mi marido estaba convencido de que todo acabaría igual que siempre: rodilla al suelo, penitencia pública, un anillo nuevo y aquí paz y después gloria. Así había pasado más de una vez. Pero esta vez yo tenía claro que cortaba con las ataduras de Cupido. Mi mano, hasta el dedo meñique, estaba empapelada de anillos, y la vida la vida no estaba. Javier se entregaba a la botella con la pasión de un poeta maldito.

Y pensar que todo empezó de forma tan peliculera

Mi primer marido, Aurelio, desapareció sin dejar rastro. Plena década de los noventa. Aquello era una jungla y vivir era casi deporte de riesgo. Aurelio tenía más genio que santo, todo hay que decirlo. Le gustaba meterse en líos más grandes que él; ojos de águila, pero alas de mosquito, que decimos por aquí. Si algo se le torcía, tenías bronca seguro: vamos, que era de los que montaban una sardana en medio de un incendio. Yo estoy convencida de que a Aurelio le dieron pasaporte en algún jaleo de los suyos. Nunca supe nada de él. Me quedé con dos hijas: Clara, cinco añitos, y Belén, dos. Pasaron cinco años desde su misteriosa desaparición.

De verdad pensé que me volvería loca. Quería a Aurelio como una idiota, con todo y su prontos. Éramos como el pan con tomate: inseparables y a mordiscos. Me dije que la vida se había acabado, que me tocaría criar a las niñas. Fin de la historia para mí. Pero claro

No lo tuve fácil en aquellos años duros. Trabajaba en una fábrica y el sueldo se pagaba en planchas. Sí, sí, planchas para la ropa, que tocaba revender en el mercadillo para llevar algo de comida a casa. Los domingos era mi ruta. En pleno enero, con la nariz a punto de perderse de congelación mientras trataba de colocar un par de planchas, se me acercó un hombre.

¿Tiene frío, señorita? preguntó el desconocido con esa timidez madrileña.

¿Tanto se me nota? intenté bromear mientras me castañeaban los dientes. Pero su cercanía me dio calorcito por dentro, oye.

Perdone, he dicho una tontería. ¿Le apetece un cafetito para entrar en calor? Ayudo a llevarle las planchas, si quiere.

Vamos, que si no me muero ahora mismo medio tartamudeé.

Nada de cafetería, al final. Me lo llevé hacia mi portal, le pedí que esperara en la entrada y, de paso, vigilara la bolsa de las planchas. Tenía que recoger a las peques de la guardería. Fui corriendo tan rápido como me permitían mis piernas entumecidas por el frío. Pero en el alma ya no hacía ni pizca de frío. Volviendo con las niñas, vi a Javier que así se llamaba el hombre esperando y fumando, paseando de un pie a otro. Pensé: Le invito a un té, y que salga el sol por Antequera.

Javier me ayudó a subir el trasto aquel hasta el sexto piso. El ascensor, por supuesto, de vacaciones. Cuando llegué con las niñas apenas al tercero, ya Javier estaba de bajada.

¡Espere, caballero! No le dejo irse sin un té bien caliente le dije, sujetándole el abrigo con mis manos heladas.

Bueno, no quiero molestar decía él, mirando de reojo a las niñas.

¡Molestar nada! Coja a las chicas de las manos y yo voy adelantando para poner la tetera le contesté sin cortarme.

No quería dejar escapar a ese hombre. Ya sentía que era de la familia. Entre sorbo y sorbo, Javier me ofreció trabajo de ayudanta en su ferretería, con un sueldo que era el sueño húmedo de cualquier obrero de fábrica (vamos, más que un año planeando planchas).

Por supuesto, asentí como una beata en misa. Y, sinceramente, ganas me dieron de besarle hasta los nudillos por el favor.

Javier venía de otro matrimonio, en plenos trámites. Tenía un hijo con la primera mujer.

Y, claro, la pelota empezó a rodar…

Al poco nos casamos. Javier adoptó a mis niñas, y la vida era una verbena. Compramos un piso de cuatro habitaciones, lo amueblamos con cosas caras y todo tipo de cachivaches modernos. Hasta chalé nos hicimos. Cada verano, destino: la playa. Vamos, vida de abanico y copa de helado.

Siete años duró el cuento de hadas. Supongo que al verse instalado en la abundancia, Javier empezó a mirar de cerca la botella. Al principio ni caso: el hombre curraba a destajo, algún desahogo tenía que buscar. Pero cuando empezó a plantar un botellín tras otro en el trabajo, me mosqueé. Las charlas no servían para nada.

Debo decir que tengo yo un punto de aventurera tremendo. Para despistar a mi Javier de tanta jarra, decidí quedarme embarazada. Tenía ya treinta y nueve castañas. Mis amigas, al enterarse de mi movida, ni sorprendidas.

¡Ole ahí, Aurora! Igual nos animamos nosotras a ser mamis a los cuarenta se reían ellas.

Y yo, como siempre:

Si te libras de tener un hijo, igual un día lo lamentas y te comes los codos de la pena. Pero si lo tienes, aunque no lo esperes, no te arrepientes jamás.

Nos nacieron gemelas. Ahora teníamos cuatro hijas en casa. Javier no dejó la bebida, qué va. Yo aguanté y aguanté, y un día me dio por mirar al campo, poner un huerto, tener animalillos. Así, los niños fuertes y el marido, ocupado y lejos del alcohol.

Vendimos piso y chalé, compramos una casita en un pueblo de la Sierra de Madrid. Montamos un bar que era la envidia de la comarca. Javier se volvió un forofo de la caza: escopeta, botas, chaleco y un sinfín de trastos. El monte estaba de bichos hasta arriba, la diversión asegurada.

Todo iba de maravilla hasta que Javier liaba alguna con el vino. Vete tú a saber qué se metió esa noche, pero se puso como el toro de Osborne. Rompió platos, sillas, la vajilla de la boda, y acabó buscando la escopeta para disparar… ¡al techo! No sabíamos si salir corriendo o ponernos a rezar.

Salí pitando con las niñas, nos fuimos a casa de los vecinos. Eso fue un horror.

Al día siguiente, el silencio era apocalíptico. Volvimos de puntillas a casa. Aquello era un poema. Una pena que las crías vieran tal estropicio: todo patas arriba, no quedaba ni una silla sana, ni una taza para el colacao, ni un colchón decente. Javier dormía tirado en el suelo, como un saco.

Recogí lo que quedaba de vida y, en procesión, me fui con las niñas a casa de mi madre, que vivía en el mismo pueblo. Mi madre, la pobre, lamentándose:

Ay, hija, Aurora, ¿qué hago yo ahora con esta pandilla de mujercitas? ¡Vuelve con tu marido! Mira que en la familia se ve de todo. Después de la tormenta siempre viene la harina buena.

Mamá tenía el principio clásico: dientes en la boca pero marido en casa y guapo, que eso luce.

A los pocos días, Javier se nos aparece. Fue cuando le puse punto final y se lo dejé clarito. Encima él no recordaba nada de su numerito flamenco. Ni medio caso a mis relatos. A mí ya me daba igual. Rompí toda atadura. Quemé naves y puentes.

No tenía ni idea de cómo seguir. Pero prefería pasar hambre y seguir viva, que acabar mal parada por las tonterías de Javier.

Tuvimos que vender el bar por cuatro duros. Yo, con las niñas, cogimos los trastos y nos mudamos a un pueblito de al lado, a una casita de pitiminí. Las mayores pronto se buscaron un curro y, gracias a Dios, acabaron casándose.

Las gemelas iban por quinto de Primaria. Todas adoraban a Javier, a pesar de todo, e iban hablando con él. Así yo estaba, sin querer, al tanto de sus andanzas. Por las niñas, el ex-marido me mandaba pucheros y súplicas para que volviera. Las niñas también insistían, mamá, se ha arrepentido, lo ha pedido mil veces; piensa en ti, que ya no tienes veinticinco. Pero yo, como una roca. Yo quería paz. Sin sustos ni guerras.

Pasaron un par de años.

Y empecé a echar de menos a Javier. La soledad me mordía. Todos los anillos que me había regalado mi ex, acabaron en el Monte de Piedad de la plaza Mayor. No pude rescatarlos. Una pena. Empecé a recordar lo de antes, a sopesarlo. En casa hubo amor. La verdad: Javier quería a las niñas y a mí nos cuidaba, sabía pedir perdón. Familia de manual, vaya. Cada loco con su tema, que nadie se meta.

Al final, las mayores solo llaman, ya no vienen. Normal, la juventud pide pista y no se acuerda de la madre. Y, dentro de poco, las gemelas echarán a volar, como gansos del Manzanares. Así que urdí un plan: que las gemelas le pregunten a Javier si se le ha pegado alguna tía nueva. Las chicas sacan la información: Papá está trabajando y viviendo en otra ciudad, ni ve una copa, no está con nadie, os ha dejado dirección por si acaso.

Así que, cinco años después Volvemos juntos.

Siempre lo digo: lo mío es la aventura.

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MagistrUm
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