Hueco
– Te has convertido en un hueco, Marisol. ¿Lo entiendes? Un hueco. Un sitio.
Lo dijo con una voz monótona, casi como si leyese la lista de la compra. Estaba de pie, de espaldas a ella, mirando por la ventana al patio interior. Abajo alguien paseaba un perro, un pequeño teckel canela, que tiraba alegre del dueño hacia un charco.
Marisol Martín sentada en el sofá, con una taza de té entre las manos. El té llevaba frío veinte minutos, pero seguía sujetando la taza, sin saber dónde meter las manos.
¿A qué te refieres? preguntó, muy bajo, casi sin voz.
A eso. Javier por fin se giró. Su cara era aburrida, casi cansada, como quien debe explicar algo evidente. Te miro y no veo nada. Vacío. Grisura. Caminas, cocinas, duermes. Eres como un mueble, Marisol. Un buen mueble, sí, pero mueble.
Dejó la taza sobre la mesita. La porcelana tintineó apenas sobre la madera.
Diez años dijo ella.
¿Qué diez años?
Llevamos diez años juntos.
¿Y qué? Se encogió de hombros, cruzó la sala y se sentó en el sillón enfrente. Diez años son suficientes para saber: seguir así no tiene sentido. Ya no quiero vivir de esta manera. Quiero… Hizo pausa, buscando la palabra. Quiero sentir algo. Y tú no me haces sentir. No me inspiras. Es como si no estuvieras, aunque estés aquí sentada.
Marisol sintió cómo algo dentro, algún pequeño y obstinado hilo, comenzaba a doblarse despacio.
¿Y a dónde voy a ir, Javi?
Eso ya es cosa tuya. Cruzó la pierna, indiferente. El piso, sabes de sobra, está a nombre de mi madre. Así que legalmente aquí eres nadie. No te voy a echar corriendo, pero… ¿con una semana tienes suficiente? Seguro encuentras algo.
Una semana repitió ella, automático.
Perfecto. Cogió el móvil de la mesa y empezó a mirar cosas. Se notaba que para él la conversación había terminado.
Marisol se levantó, fue al dormitorio, cerró la puerta. Se tumbó encima de la colcha, mirando el techo. El techo era blanco, salvo en una esquina, donde había una mancha pequeña que pensaba pintar desde hacía dos años. Nunca lo hizo.
Por la pared llegaba el sonido bajo del televisor. Javier ya tenía en qué ocuparse.
No lloró. Solo miraba el techo blanco con la mancha. Tenía el pecho extremadamente quieto, igual que una casa justo después de que han roto un cristal.
***
La semana se alargó en un tiempo denso, turbio. Javier apenas se pasaba por casa; llegaba tarde, se marchaba temprano. No hablaban. Marisol hacía la maleta, humillada al comprobar lo sencillo que era: casi no tenía cosas propias en aquel piso. Un par de vestidos, el abrigo, una caja de fotos antiguas, revistas de costura que no abría desde hacía años.
Dejó las revistas al principio.
Luego las recogió otra vez.
Llamó a su tía segunda por parte de madre, la tía Rosario, a la que no veía desde el funeral de su madre hacía siete años. Rosario escuchó en silencio. Luego de un rato, dijo:
Vente. Hay una habitación, pequeña pero hay. Te quedas hasta que te apañes.
Rosario vivía en el barrio de Fuencarral, en la periferia de Madrid, donde el autobús pasaba una vez por hora y el ultramarinos Ahorra era el único en tres manzanas. A Marisol nunca le gustó ese barrio: bloques viejos, portales desconchados, álamos cubriéndolo todo de pelusa cada primavera.
Llegó con dos bolsas y una maleta el viernes por la tarde.
Ay hija, ¡cómo has adelgazado! dijo Rosario al abrirle. Bajita, robusta, con la cara surcada de arrugas; olía a Eme y algo casero, a guiso. Anda, pasa. ¿Has comido?
No, tía Rosario.
Tienes que comer zanjó. Ven a la cocina.
La habitación era pequeña, con un sofá cama, un armario viejo y una ventana a un patio ciego. El papel pintado desvaído, que alguna vez fue azul. En el alféizar, tres macetas con geranios, rojos y muy vivos.
Marisol dejó las bolsas y se sentó. Los muelles del sofá gimieron levemente.
¿Te pongo un té? gritó Rosario desde la cocina.
Sí, por favor contestó.
Fue justo ahí, en esa habitación con geranios y paredes desteñidas, donde por fin lloró.
***
Siguió una temporada larga y mala.
De esas en que no apetece levantarse por las mañanas y no sabes para qué. Se despertaba temprano, escuchando a Rosario trastear en la cocina; los frenos de los pocos coches en la calle. Se aseaba, salía y tomaba té mirando la pared de enfrente desde la ventana.
Rosario era sabia. No preguntaba, no aconsejaba, no decía ya pasará ni encontrarás otro mejor. Le daba de comer potaje, le dejaba ver lo que quisiera en la tele y algunas noches sacaba una baraja y decía:
¿Jugamos a la brisca?
Y jugaban, sin apenas hablar.
Marisol tenía algo de dinero, pero no mucho. Sacó todo lo que tenía de su cuenta: alrededor de 250 euros. Lo suficiente para un mes o poco más, sin lujos. No los tuvo.
En los últimos años trabajaba de contable en una pequeña constructora, y no perdió ese empleo: tres días a la semana iba en metro al centro, revisaba balances, y cobraba sus 170 euros semanales. De ese sueldo pagaba a Rosario la habitación (aunque ella no quiso cobrarle hasta que Marisol le dejó el sobre en la mesa de la cocina y desapareció un rato).
Las noches eran lo peor. Se sentaba en la habitación y su mente recorría el mismo bucle: diez años. No era poco. Diez años de desayunos, cenas, enfermedades, fiestas, veranos en Gandía, broncas y reconciliaciones. Él miraba y solo veía vacío. Tal vez realmente se apagó algo en ella y no se dio cuenta. O en él. O en los dos.
A veces se ponía a mirar sus viejos mensajes, la conversación con Javier. Subía arriba, a las fotos de hace años: en Cádiz, ambos sonriendo. Ni recordaba por qué reían entonces.
En esas noches se acostaba pronto y se tapaba la cabeza.
Una vez, Rosario miró por la puerta:
¿Marisol, ya duermes?
No.
Se nota pausa. ¿Tienes hambre?
No.
Pues descansa entonces otra pausa. Yo también eché al mío, sabes. Hace años, cuando tú ni habías nacido. Creí morirme de pena. Pero no me morí.
Cerró suavemente la puerta.
Marisol pensaba: casi cincuenta años tienes, Marisol. Empieza otra vez. Como si fuera fácil.
***
La máquina la encontró a comienzos del segundo mes.
Rosario le pidió vaciar el altillo del vestíbulo: quince años sin tocarlo, allí habitaba todo un archivo de trastos. Marisol aceptó para tener las manos ocupadas.
Sacó revistas Hola de los setenta, un paraguas roto, cajas de botones, frascos vacíos, postales antiguas. Luego, al fondo, tocó algo pesado envuelto en una sábana vieja.
Era una máquina de coser. Negra, con detalles dorados algo saltados pero aún bonitos. En la placa decía Alborada, con letras entrelazadas.
¡Tía Rosario! llamó Marisol.
La tía apareció, con el trapo de cocina al hombro:
¡Hombre, la Alborada! dijo casi alegre. Era de mi tía Mercedes. Ni me acordaba. No sé si funcionará.
¿Puedo probarla?
Rosario la miró con atención especial.
¿Sabes coser?
Hace mucho, sí.
Pues claro. Cógela.
Marisol se llevó la máquina al cuarto, la puso en la mesa, limpió el polvo, deshizo los restos de hilo de hace mil años. En la caja del altillo aparecieron bobinas, agujas, cinta métrica, unas tijeras medio oxidadas.
Encontró también el engrase. El aceite estaba seco, así que fue a la ferretería y compró lubricante. Engrasó los engranajes, limpió la cremallera de avance, giró la manivela hasta que rodase suave.
Pasó la tarde entera trasteando. Entendió la lanzadera, enhebró, hizo las pruebas.
Puso un retal de viejo algodón, bajó el pedal.
La máquina obedeció, cosiendo una línea exacta, el típico traqueteo metálico. Marisol sintió algo extraño: como ese cosquilleo doloroso cuando se reactiva una mano dormida.
Detuvo la máquina y miró la costura. Perfecta. Casi perfecta.
En algún rincón de la memoria, algo despertó.
***
Ella tenía dieciocho años y cosía. Siempre cosía. Con lo que caía en las manos: hacía faldas de los vestidos viejos de su madre, blusas de retales baratos. Enfrente del instituto trabajaba doña Feli, modista de dedos pinchados, y Marisol iba a mirar cómo cortaba, hilvanaba, remataba. Doña Feli enseñaba con gusto; veía que la niña observaba de verdad.
Después vino la universidad, luego Javier, la boda, la vida doméstica que caía de golpe. La máquina nueva que compró con el primer sueldo, se la quedó para sí hasta que, al irse a vivir con Javier, él le dijo que eso ocupaba espacio. La vendió sin mucho pelear: estaba enamorada y pensaba que lo demás era secundario.
Y pasaron los años, y apenas volvió a coser. Salvo alguna vez, al ver un vestido bonito en un escaparate y pensar: ojalá lo pudiera hacer yo. Pero no lo hacía.
Ahora, sentada en esa pequeña habitación con la Alborada, escuchaba el ronroneo de la aguja.
Al día siguiente fue al mercado. No a un centro comercial, sino al mercadillo de toda la vida, donde las telas cuelgan en rollos, y se puede comprar media vara de lino o de algodón por cuatro perras.
Recorrió los puestos, tocando las telas: linón, crepé, popelín. Se detuvo en un corte de viscosa azul grisáceo, mate, sencillo.
¿Cuánto hay de esto? preguntó.
Cuatro metros y medio.
Me lo llevo.
La dependienta cortó, envolvió.
¿Va a coser usted misma?
Un vestido respondió Marisol.
Y le sorprendió que sonara tan segura.
***
Cortó la tela en el suelo: extendía, fijaba la plantilla que diseñó a ojo, usando un viejo patrón de la tía. Un corte recto, con cinturón, cuello mao y manga francesa. Nada llamativo, pero buena forma.
Rosario asomaba, miraba sin decir gran cosa. Solo una vez le dejó una taza al lado:
Has escogido un buen color dijo.
Cortar la tela le daba miedo el primer segundo. Encontró tijeras afiladas de repuesto, puso las hojas sobre la línea y, al primer corte, el miedo se fue.
Tardó tres días en hacer el vestido.
Por no hacerlo deprisa. Por saborear el proceso: después de la contabilidad, sentada en la Alborada, iba poco a poco. Primeras costuras, poner la cremallera, rematar el cuello, pelear con las mangas; nada se acomodaba a la primera.
Cuando surgía un problema, se detenía, pensaba, a veces descosía y rehacía. La máquina ronroneaba discreta. En esas horas no pensaba en Javier: solo en la tela, el hilo, el truco de girar bien una esquina.
Por fin, la última puntada. Planchó las costuras, colgó el vestido en una percha.
Buen vestido.
Sencillo, azul grisáceo, líneas suaves, nada extravagante, por eso bonito. El cinturón destacaba la cintura, el cuello cubría justo lo elegante.
Se lo probó.
Frente al único espejo grande, muy antiguo, del piso de Rosario. El marco estaba algo mohíno, pero el reflejo era sincero.
Miró su imagen un buen rato.
Del espejo la miraba una mujer. No nadie, no hueco, no mueble. Solo una mujer de cincuenta años, pelo oscuro recogido en moño, espalda recta y en la mirada algo apenas encendido.
El vestido quedaba muy bien. Muy bien.
¡Marisol! gritó Rosario desde la cocina. Ven, cuéntame qué tal.
Marisol entró en la cocina con el vestido puesto.
Rosario se giró, la miró y asintió:
Eso sí que es otra cosa.
Volvió a su guiso. Pero Marisol vio la sonrisa.
Se sentó en su cuarto, pasó la mano por la pierna. El tejido estaba suave y fresco. El vestido no apretaba, ni tiraba.
Por dentro, el pequeño hilo que se torció aquella noche, comenzaba a enderezarse.
***
Salió con el vestido un sábado.
Solo para dar una vuelta. Rosario la mandó a por medicinas, Marisol cogió el recado, el vestido azul y una chaqueta clara encontrada entre sus cosas.
En la calle hacía ya olor a otoño, aire seco. Los álamos se doraban.
Caminaba y notaba que lo hacía de otra manera. No como antes, apurada, mirando al suelo. Veía: un gato sentado en el alféizar del bajo, una abuela tejiendo en un banco, un niño tirando de su madre hacia un charco.
La farmacia estaba a unos pasos. Al lado, una cafetería La Esquina, nueva para ella. En la puerta letrero: pan recién hecho y café.
Entró. Pidió capuchino y croissant, porque sí.
La cafetería tenía cinco mesas. En una, una mujer de unos sesenta años, vestida con gusto, cortito el pelo canoso y grandes pendientes. Leía en el móvil. Tenía ese aire de quien se conoce y se cuida en la vida.
Marisol se sentó en la mesa de al lado, junto a la ventana.
Luego de unos minutos, mientras bebía café, pensaba en nada especial. Se sentía bien. Sin más, bien.
Perdone.
Se volvió. Era la mujer canosa.
No quiero importunarla dijo. Pero su vestido es precioso. ¿Dónde lo ha comprado?
Marisol titubeó.
Lo he hecho yo.
La mujer sonrió, curiosa:
¿Es modista?
No. Solo que… sé coser. Antes sabía y ahora otra vez.
Ese corte… La mujer miró con ojo entendido. Parece sencillo, pero está ejecutado con mucha pericia. Se nota en cómo cae la tela. Sé algo de esto, trabajé años en una boutique.
Gracias dijo Marisol, sin saber qué más añadir.
Margarita Salinas se presentó. Llámeme Margarita.
Marisol.
Marisol, le haré una propuesta y, si le parece rara, dígame solo que no. Margarita cogió su taza. Dentro de tres semanas cumplo sesenta y cinco. Quiero verme bien en la fiesta, y no encuentro nada que me guste. Todo es o para muy mayor, o muy joven. Un vestido como el suyo es justo lo que busco. ¿Podría hacérmelo usted?
Marisol la miró. Margarita esperaba tranquila, nada invasiva.
Algo se movió dentro de Marisol.
Sí dijo.
***
Margarita vino a los dos días. Trajo la tela que había elegido: crepé granate, de buen gramaje y leve brillo.
Marisol tomó medidas en la mesa, anotó en su cuaderno. Luego, tomando té en la cocina, fue esbozando modelos hasta que Margarita eligió: un vestido de línea evasé, manga francesa, escote en pico discreto.
Este decidió. Es justo lo que imaginaba.
De acuerdo. En dos semanas está.
¿Cuánto le debo?
Marisol dudó. Nunca pensó en cobrar por ello.
No sé admitió.
Déjeme que le diga lo que cobrarían en una boutique. Y le dijo. Fue lo que Marisol ganaba en dos semanas de contabilidad.
Marisol lo meditó.
Hecho.
Cuando Margarita se marchó, Rosario salió de la cocina.
Buena tarifa dijo.
Sí.
Sigue cosiendo, Marisol. Eres buena.
Marisol la miró.
Tía Rosario, ¿por qué me diste casa? Si apenas nos conocíamos.
Ella pensó un momento.
Porque eres hija de Carmen. Carmen me ayudó mucho de joven. Los favores se devuelven.
Volvió a la cocina.
Marisol fue a la ventana. En la pared de enfrente, alguien había pintado unas flores azules enormes que nunca antes había visto.
***
El vestido de Margarita fue toda una experiencia. No para sí, sino para otra persona. Sentía el peso, quería hacerlo perfecto.
Cortó con tiento, temiendo arruinar el crepé granate; pero luego fue avanzando con seguridad.
Tardó cinco días en hacerlo. Costuras limpias, cremallera invisible, dobladillo impecable.
Cuando Margarita se lo probó, la cara lo dijo todo.
Dios mío se miraba en el espejo. Dios mío.
Giraba, tocaba la tela. Se veía otra.
Es usted. Solo que en buen vestido dijo Marisol.
No. Es… distinto. Cuando una prenda va hecha para ti, se nota. No me apetece encorvarme.
Solo hubo que ajustar un lateral y Margarita aprovechó para decirle que su amiga Victoria también buscaba modista, y una nuera suya se casaba y necesitaba vestido para boda. ¿Lo haría?
Claro respondió Marisol.
Margarita asintió, como si eso esperaba.
***
Los siguientes dos meses fueron una locura dulce.
Victoria pidió un traje; luego, una amiga pidió falda y blusa; después, la hija de una vecina encargó un vestido de fiesta. Marisol lo hizo, ella subió la foto a Instagram con una mención apasionada y de ahí llegaron más pedidos.
La pieza de Rosario se quedó pequeña. Telas por todas partes: sofá, ventana, silla. La Alborada cosiendo cada tarde y algún domingo también.
Rosario no se quejó nunca. Al final, una mañana, entrando y viendo todo el suelo cubierto de telas, murmuró:
Te hace falta un sitio más grande.
Ya lo sé.
Aquí no puede ser.
Lo sé.
Ya lo había pensado. Con lo ahorrado, podía alquilar un local por el centro. Miró varios. Los primeros no servían, eran oscuros, otro olía a humedad. El tercero era perfecto: segundo piso de un antiguo edificio de comerciantes restaurado. Mucha luz, techos altos, suelo de madera. Pero caro.
Hizo cuentas. Si pagaba el alquiler, máquinas nuevas y algo de material, se quedaba a cero y debía pedir un pequeño préstamo.
Llamó a Margarita. Sin saber bien por qué.
Margarita, ¿puedo consultarte algo?
Claro.
Le contó. Margarita escuchó y luego contestó:
Coge el local. Yo te dejo el dinero, sin intereses, y me lo devuelves cuando puedas.
No puedo aceptarlo…
Marisol le cortó, me has hecho el mejor vestido de mi vida. Déjame devolverte el favor. No es caridad. Nos ayudamos entre personas, es lo normal.
Marisol calló.
Además, tengo cuatro amigas más esperando turno. Me interesa que tengas buen taller.
***
Abrió el taller a principios de diciembre.
Se llevó la Alborada, ya más símbolo sentimental que herramienta real. La nueva máquina profesional iba más rápido, pero la otra quedó en un rinconcito junto a la ventana.
El taller era luminoso. Mesa de corte, dos puestos de costura, estante con telas y fornituras, gran espejo. Colgó algunos bocetos propios en la pared. Rosario fue a ver el espacio y dijo simplemente:
Muy bien.
Tía Rosario Marisol le dio la mano. Quiero pagarte lo de la habitación.
Sacó un sobre. Rosario abrió la boca.
No hace falta…
Hace falta. Ten, está calculado.
Yo no fui contando…
Pues yo sí. Cógelo.
Rosario cogió el sobre. Se quedó parada y dijo:
Me compraré una nevera, que la vieja hace más ruido que el metro.
Las neveras buenas, tía.
Fueron a por una, Rosario palpó las puertas y preguntó de todo; eligió la plateada, grande.
Es buena dijo, con tanta satisfacción silenciosa que Marisol supo que hacía lo correcto.
***
Navidad trajo trabajo extra. Todo el mundo quería trajes para cenas, faldas para Nochevieja, blusas arregladas. Marisol trabajó muchísimo, a veces hasta las nueve, su tercera taza de té, escuchando el zumbido de la máquina.
En enero aflojó. Contrató a una ayudante, Alicia, joven y hábil, buena con remates aunque aún aprendía a cortar. Marisol la iba formando y eso también le sorprendió, disfrutar explicando y ver que la otra aprendía.
Dejó la contabilidad en la constructora. Habló con jefes, la intentaron retener hasta abril. Se quedó hasta entonces.
En marzo llamó una desconocida: quería clases de costura porque le habló de ella Margarita.
Nunca he dado clases dijo Marisol.
Pero usted sabe y le sale bien.
Venga, probamos.
Así empezó el primer taller. Luego otro, más gente. Fue diferente, no solo coser, sino transmitir. Encajaba.
En primavera, Marisol alquiló piso propio cerca del taller: una habitación, tercer piso, cocina luminosa, paredes blancas, por fin sin ninguna mancha. Decoró, colgó cortinas que cosió ella.
La primera noche, sola, tomó té en la cocina mirando el parque con abedules desde la ventana.
Era su casa. Pequeña, nueva para ella, pero suya.
***
El encuentro con Javier ocurrió a finales de mayo.
Marisol volvía a casa andando por el parque, tarde templada, olor de lilas, la bolsa llena de muestras de tejidos.
Le vio venir de frente, cambiadísimo. Más delgado, el traje algo holgado, andaba sin la seguridad de antes.
Él también la vio y se detuvo.
Marisol siguió, pero al pasar junto a él, dijo:
Marisol.
Se paró.
Hola, Javi.
Él la miraba, en su expresión había algo desconocido, como de alguien perdido.
Estás muy bien.
Gracias.
Silencio. Él con las manos en los bolsillos.
¿Vas a casa?
Sí.
¿Vives por aquí?
Aquí cerca.
Pasó una señora con carrito.
Marisol, yo… empezó, pero no siguió enseguida. ¿Podemos hablar, solo un rato?
Marisol miró atentamente. Su cara estaba cansada, pero de ese cansancio de los que llevan tiempo sin suerte.
Vamos a ese banco.
Se sentaron. Javier miraba sus manos entrelazadas.
No sé ni por dónde empezar.
Por el principio, sin rodeos respondió Marisol, sin hostilidad.
Se fue. Pausa. La otra. Por quien… bueno, que ya no está. Hace medio año se fue. Dijo que era aburrido y sin ambición. La risa fue amarga. ¿Ves la ironía?
Lo veo.
Vivo con mi madre. El trabajo mal, la empresa cerró. Todo… Levantó la cabeza. Todo se fue cayendo. A veces pienso en lo que hice mal, en la gran equivocación. Muy grande, Marisol.
Ella escuchaba.
Contigo fui un necio. Estabas siempre, lo hacías todo, eras buena. Y yo… Calló. Buscaba no sé qué. No veía lo que tenía. Te llamé hueco. Hizo un gesto de dolor. Sé que no se puede perdonar, pero quiero que sepas que lo pienso. Muchas veces.
Ella miraba los abedules del parque. Olía a carne asada de algún balcón.
Javi dijo, no tienes culpa de dejar de querer. Eso pasa.
Él callaba.
De lo que sí eres responsable, es de cómo lo dijiste. Hueco, mueble, fuera. Fue cruel. No porque seas malo, sino simplemente cruel. Y lo recordé mucho tiempo.
Lo sé susurró.
Pero también me hiciste un favor.
La miró.
Me empujaste. Decía tranquila, sin rencor. Me dio miedo, Javi. Salí con dos bolsas y 250 euros, sin idea de qué hacer. Viví con Rosario como una refugiada, llorando cada noche, fue muy duro.
Marisol…
Espera. No busco herir, solo quiero contarte la verdad. Allí encontré la máquina de coser, recordé que sabía hacerlo y que me gustaba. Y nunca lo hice porque la vida, porque tú decías que ocupaba espacio, porque mil razones. Empecé otra vez. Primero para mí, luego para otros. Ahora tengo mi propio taller en el centro, Javi. Desde hace seis meses. Y trabajo para mucha gente, y me gusta lo que hago.
Él la miraba con una expresión extraña.
Si no me hubieras echado, seguiría igual. Haciendo cocidos, sin saber nada de mí. Todo salió así.
¿Y… no me guardas rencor?
Marisol se lo pensó.
No. Eso es distinto de querer volver. Volver no quiero. No por rencor, es que ahora estoy en mi vida. En la mía. Creo que por fin.
Él desvió la mirada.
Podríamos…
No, Javi dijo con suavidad pero certeza. No.
El silencio se dilató, sin peso.
¿Y Rosario? preguntó él.
Bien. Le compré nevera nueva. La veo cada domingo, jugamos a la brisca.
Javier sonrió leve. De verdad.
Siempre fuiste buena persona, Marisol.
Y tú tampoco eres malo dijo. Solo que no encajábamos. Ya hacía tiempo.
Se levantó, recogió la bolsa con telas.
¿Te vas?
Sí. Mañana a las ocho viene una clienta, solo puede a esa hora.
Bueno. Él se levantó también. Me alegro de que todo te vaya bien.
Igualmente.
Lo dijo de corazón. Ni resentimiento ni victoria: solo verdad. Quería de veras que saliese adelante. Porque ya no había lugar para enfados, ni ganas de vengar.
Siguió camino por el parque hasta casa. Sentía su mirada tras ella unos metros, luego nada. Probablemente se fue por otra calle.
Un abedul arrojaba la sombra fina en la acera. Marisol caminaba por esa sombra, el hombro algo cargado de tejidos y catálogos. Mañana a las ocho llegaba doña Carmen, exprofesora, ilusionada con tener una falda no pomposa, sino seria, para ir tanto al teatro como al médico.
Marisol pensaba en el corte, en cómo lograr que quedase bien en su figura menuda pero ancha de caderas. Falda recta exige truco, había que jugar con la línea para equilibrar.
Pensaba en eso y, a la vez, se daba cuenta: olía más fuerte la lila por la tarde. Un niño cruzó silbando en patinete. De una ventana baja salía olor a tortilla: era un aroma de hogar.
***
Esa noche, en el taller, no cosería: se había prometido a sí misma apagar la máquina después de las siete. Fue sólo a buscar el cuaderno de medidas, dejado en la mesa de corte. Junto a él, Alborada, negra, tranquila.
Marisol pasó los dedos por el metal.
Gracias dijo en voz alta.
Era algo cómico hablarle a una máquina. Pero, ¿a quién dar gracias por ese giro vital: a Rosario, a Margarita, a Alicia, la aprendiz? Quizá a todas. Quizá a esa cadena de casualidades que comenzó con una puñalada de injusticia y llevó a una habitación bonita, con techo alto.
Cogió el cuaderno, apagó la luz, cerró el taller. Bajó la escalera de madera.
Madrid seguía con su vida de tarde. Gente cruzando, niños riendo, coches. Un viernes de mayo como cualquier otro.
De paso a casa entró en la tienda Buen Pan, compró una barra rústica y un tarro de miel, de una señora mayor y amable.
Buenas tardes dijo Marisol.
Buenas, devolvió la señora. Miel buena éste año, de primavera. Pruebe mañana en desayuno, ya verá.
Gracias, lo haré.
Salió a la calle. En la bolsa: pan, miel, cuaderno, catálogos; y sobre los hombros llevaba el vestido que cosió la semana anterior: lino crudo con cinturón y mangas anchas. Buen vestido. Gustoso de llevar.
Caminó a casa, diez minutos. Pensando en la falda de doña Carmen, en que debía encargar hilos nuevos, en cómo Alicia casi está lista para cortar patrones.
Luego, sencillamente, dejó de pensar en el trabajo y sólo caminó.
El cielo ya medio rosa sobre los tejados; vencejos atravesaban el aire. Algún sitio, la vida seguía, con su complicación y misterio.
La prensa llamaría a esto felicidad tras el divorcio, como si existiera una felicidad especial. Marisol no lo veía así. Solo pensaba: aquí voy de camino a mi hogar. Mañana toca madrugar. Trabajar en lo que sé y me gusta, ver a Rosario los domingos, atender clientas satisfechas, tener la Alborada cerca de la ventana, ver este cielo con pájaros.
Eso era suficiente.
No de cuento. No tampoco miserable. Suficiente. Quizá eso era lo que se busca cuando se habla de segunda juventud, o de empezar de nuevo, o de ganar confianza a cualquier edad. No de un día para otro. Solo: un vestido, otro, luego el taller, después un piso, luego una tarde de pan y miel en la bolsa.
Llamó a Rosario.
¿Tía Rosario, estás en casa?
¿Dónde voy a estar? Viendo la tele. ¿Por?
Nada, solo eso.
Pequeña pausa.
¿Vienes el domingo?
Sí ¿Te hago empanada?
De manzana, si puedes dijo Rosario. De manzana me gusta.
Perfecto.
Marisol guardó el móvil. Subió a su tercero, abrió la puerta.
Olía a lino: la tarde anterior cortó patrón en la cocina, llovía y apetecía quedarse. Recogió los recortes, pero el aroma seguía. Buen olor.
Puso el agua a hervir, cortó pan, abrió la miel. Era clara, dorada, traslúcida.
Fuera, alguna golondrina todavía cruzaba el aire, aunque ya anochecía.
Marisol untó miel en el pan, probó. La vendedora tenía razón: muy buena miel.
***
El día amaneció límpido.
A las ocho llegó doña Carmen, puntual. Bajita, enérgica, con un moño blanco y mirada directa bajo las gafas.
Marisol Martín, dijo desde el umbral. Le traigo una foto de la falda que quiero, pero no tan ancha.
Sacó la imagen impresa.
Marisol la inspeccionó. Una buena falda, sobria. Era un reto para su tipo de cuerpo.
Siéntese. Le explico lo que vamos a hacer.
Doña Carmen se acomodó, manos sobre las rodillas.
Mire usted… miraba el taller, años he soñado con una falda así. En tiendas no hay. La vecina me habló de usted; dice que con su vestido volvió a sentirse mujer. Rió suavemente. Buen elogio, creo.
El mejor coincidió Marisol.
Abrió el cuaderno, tomó la cinta métrica.
Colóquese aquí, por favor.
Doña Carmen se irguió. Se miró en el gran espejo.
Ya ve dijo, llevo cuatro años jubilada. Pensaba que para qué arreglarse una ya. Pero luego pensé: ¿y por qué no? Me quedan años aún. No quiero ir hecha un cuadro.
Eso es afirmó Marisol.
Marcaba las medidas, planeaba el corte. Al taller entraba el sol a raudales por la ventana, cayendo en cuadros sobre la tarima. En la esquina, la Alborada. Alicia llegaría a las diez. A las once, otra clienta…





