Un lobo apareció en el patio y no podía comer. La mujer miró atentamente su cuello y exclamó: «¿Pero quién te ha hecho esto?»

El lobo venía al corral y no lograba comer. Una mujer se fijó bien en su cuello y exclamó: «¿Quién te ha hecho esto, criatura?»

En una aldea perdida entre los pinares de Segovia, pegada al borde de la sierra, aparece de improviso un lobo solitario. Joven y fornido, muy salvaje en aspecto, pero con una extraña inclinación hacia la gente y los perros del pueblo, en vez de perderse por el monte. No merodea de noche ni se lleva gallinas, ni enseña los dientes. Simplemente llega, se sienta en una esquina y observa durante horas, casi con mirada humana, como si suplicara ser comprendido.

Le fascina especialmente Lisi, una perra mestiza de pelaje áspero que vive en la casa de Inés. En el pueblo hacen bromas y han apodado a la chica la novia del lobo, pero ella no se ríe; siente esa inquietud especial que aparece cuando hay algo más de fondo. Una mañana, saliendo al patio a por agua, ve al lobo hecho un ovillo junto a la caseta de Lisi. Sus ojos, llenos de angustia, le encogen el corazón: no hay rastro de fiereza, sólo desesperanza.

¿Qué le habrá ocurrido a ese lobo singular y por qué siempre regresa a su corral?

Al principio, el pueblo comenta el asunto entre temores. Pronto pierden el miedo: la bestia no lastima ganado, ni increpa a nadie, sólo merodea los límites del caserío buscando la compañía canina. Evita a los machos, pero se acerca, con tímida insistencia, a las hembras. Así acaba recalando en la casa de Inés.

Lisi nunca se muestra hostil: le mueve el rabo y le recibe alegremente. El lobo, en cambio, lanza miradas largas a la perra y luego a la ventana, esperando, quizás, un visto bueno. Inés, que alimenta el cachondeo general, intuye que aquí hay algo más que rareza animal.

Uno de esos días, el lobo no huye ni cuando Inés hace ruido con los cubos. Ella ve en el cuello del animal una marca oscura: parece un cinturón o un collar. La idea le incomoda. ¿Un lobo portando collar? En unos días desaparece, pero la inquietud permanece.

Por la tarde, Inés saca un poco de carne al huerto. Entonces todo queda claro. El lobo se limita a lamer los trozos, intentando masticar en vano: apenas puede abrir la boca. El temor se disipa: un depredador incapaz de comer no puede suponer peligro.

Con paciencia, Inés empieza a cortar la carne cada vez más pequeña, ayudándole a comer. Se acerca poco a poco, le habla despacio, como a un niño asustado. Un día logra tocarle la cabeza.

Bajo la mano nota un collar viejo de cuero, hundido bajo la piel, marca de crueldad humana vuelta nudo mortal. Armándose de valor, saca su navaja, localiza la hebilla y corta el cuero. El lobo da un respingo, sale corriendo y se interna en la sierra.

A la mañana siguiente, Inés lleva el collar a la tienda del pueblo. Los hombres lo reconocen: hace años se fugó un lobo joven de una finca de caza cercana. El mismo. Discutían y contaban chascarrillos, pero a Inés sólo le importa una cosa: al fin podrá respirar libre.

Y regresa. Ya come sin dificultad, cada día más fuerte. Una tarde, después de hartarse, se acerca despacio y apoya la cabeza sobre las rodillas de la chica.

Lo más sorprendente llega después. Lisi da a luz: cuatro lobeznos y un cachorro negro. El pueblo entero se queda boquiabierto: el lobo no ha perdido el tiempo.

Él viene a visitar a su prole, les trae algo de alimento, los huele con cuidado, ocasionalmente los limpia. Inés les observa desde la ventana, consciente: él es ahora padre, y su corral, parte de la manada.

Cierto día aparece un hombre rudo: el dueño de la finca de caza. Reclama el lobo, ofrece comprar a los cachorros y, al ser rechazado, empieza a amenazar. Entonces ocurre algo que el pueblo recordará siempre.

El lobo salta la valla como un rayo, derriba al intruso y se interpone entre él y la mujer con los cachorros. El hombre huye espantado, e Inés comprende al instante: es el mismo animal que, años atrás, logró escapar de los hombres.

Los cachorros, ya crecidos, un día siguen a su padre hacia la montaña. Años después, los cazadores cuentan historias de extraños lobos negros en aquellos montes. Inés sonríe: son los nietos de Lisi.

El viejo lobo vuelve aún de vez en cuando. Pero, como dice Inés, esa es ya otra historia.

A veces la confianza brota donde menos se espera, entre humanos y seres salvajes. Inés no se acobardó al mostrar compasión, y el lobo le devolvió la confianza a su modo: con protección y lealtad.

Así encontró el lobo su manada, e Inés la historia que demuestra que la bondad siempre vuelve.

¿Vosotros qué pensáis? ¿Son capaces los lobos de recordar la bondad y devolverla a su manera?

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Un lobo apareció en el patio y no podía comer. La mujer miró atentamente su cuello y exclamó: «¿Pero quién te ha hecho esto?»