Un joven conductor de autobús enseñó a todos los pasajeros una lección de vida. Lo que hizo es sencillamente digno de admiración

Esta noche he soñado con una escena extraña: un conductor de autobús de 25 años, de nombre Alonso Martínez, en algún lugar entre la plaza del Sol y las callejuelas de Salamanca, se detenía en una parada bajo un cielo violeta y roto.
Subió una anciana, con un bastón de madera de olivo, unos ochenta años, quizá se llamaba Maricarmen. Sus mejillas eran surcos y su cabello parecía de algodón escurrido. Yo, invisible entre los pasajeros, vi cómo sacaba un pañuelo de encaje claramente con euros dentro, contaba la cantidad justa y, con una voz temblorosa, le pedía al conductor que la dejara en la parada próxima, justo en la esquina con una panadería que huele a magdalenas y nubes quemadas.
Alonso frenó suave, como flotando sobre charcos de mercurio, y la señora tan sólo dijo:
Gracias, hijo mío.
Pero él se negó a tomar el dinero. Con aire de funámbulo, abrió su cartera de cuero y anunció que regresaría en tres minutos. Bajó corriendo, perdiéndose entre casas con azulejos y naranjos imposibles, y entró en el colmado de la esquina. Compró cuatro leches frescas, nata montada, una barra de pan crujiente, espaguetis y un trozo de lomo. Volvió y lo entregó todo en las manos arrugadas de Maricarmen, que se ruborizó, exclamando:
No hace falta, mi pensión me da para el pan y otras cosas sencillas.
Pero Alonso insistió, casi coreando como en una zarzuela:
Si no lo acepta, lo tiro todo.
Las lágrimas corrían por el rostro de Maricarmen como si fueran lluvia sobre la Gran Vía. Se despidió dándole las gracias y deseándole suerte y salud, y el autobús arrancó como si rodara en un sueño.
En ese momento, una mujer, quizá llamada Clara, de unos cuarenta y tantos, levantó la voz desde el fondo:
¿De verdad valía la pena gastar su dinero y hacernos llegar tarde sólo por un par de palabras de agradecimiento?
Alonso giró la cabeza, abrió las puertas y, como un torero elegante, la invitó a bajar:
Por culpa de gente como usted, los mayores creen que los jóvenes somos todos maleducados, porque sólo sabéis enseñar hipocresía y codicia a vuestros hijos.
Clara descendió, más roja que un tomate de la huerta de Murcia. El resto del pasaje aplaudió en silencio. O quizá sólo aplaudí yo, suspendido en el aire del sueño, deseando que hubiera más personas como Alonso.

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Un joven conductor de autobús enseñó a todos los pasajeros una lección de vida. Lo que hizo es sencillamente digno de admiración