Hoy soy testigo de la acción de un conductor de autobús de 25 años. Así ha sucedido todo.
En la parada sube una señora mayor, de unos ochenta años; observo toda la escena; saca un pañuelo donde claramente guarda dinero; cuenta la cantidad justa y pide al conductor que la deje en la próxima parada, justo enfrente de la tienda. El conductor asiente con normalidad; la señora saca el dinero y le dice:
Gracias, hijo mío.
Pero el conductor no acepta el dinero. Saca su propia cartera y dice que regresa en tres minutos. Sale rápido hacia la tienda y compra cuatro litros de leche, nata, pan, pasta y carne. Llega de nuevo con las bolsas y se las entrega a la señora. Ella rechaza el gesto, diciendo:
No hace falta, mi pensión me llega para el pan y esas cosas.
Pero el chico responde:
Si no lo acepta, lo tiro.
La mujer rompe a llorar, le agradece de corazón y le desea lo mejor en la vida El conductor vuelve al autobús. Entonces, una mujer de unos cuarenta años comenta:
¿De verdad merecía la pena gastar el dinero y hacernos esperar solo por un simple agradecimiento?
El conductor la mira, abre la puerta y la invita a bajar con estas palabras:
Por personas como usted, los mayores piensan que todos los jóvenes somos unos maleducados, porque solo sois capaces de inculcar a vuestros hijos hipocresía y codicia.
La mujer se baja del autobús, más roja que un tomate. ¡Bravo, chaval! Que haya más gente como tú.






