Diario de Lucía, 14 de octubre
Hoy ha sido un día que difícilmente olvidaré. Las lluvias torrenciales han azotado la zona de Doñana durante la madrugada, y el Guadalquivir se salió de su cauce, inundando parte del parque. Esta mañana, al comenzar mi turno como agente forestal, recibimos una alerta muy inusual: un lince ibérico había sido arrastrado por la corriente y luchaba por mantenerse a flote.
Yo, junto con mis compañeros Alejandro y Ramón, corrimos hacia el lugar. El agua fría y el barro dificultaban cada paso, pero el pensamiento de ese pobre animal me empujó a seguir. Cuando por fin lo alcanzamos, el lince apenas podía nadar, exhausto y aterrado. Con sumo cuidado, conseguimos sacarlo del agua entre los tres.
Todavía temblorosos por la adrenalina, lo llevamos a una clínica provisional que improvisamos junto a la estación de guardas. Allí, el veterinario, la doctora Inés, le administró un leve sedante. Cuando comprobamos que estaba fuera de peligro inmediato y ya estabilizado, organizamos su traslado a una zona segura del parque, lejos del río y de toda amenaza humana.
Me vino a la cabeza que, en su estado de debilidad actual, el lince no habría sobrevivido mucho tiempo en libertad; probablemente habría caído presa de algún zorro o incluso de los perros asilvestrados que hoy andan sueltos. Por eso, aunque siempre preferimos dejar a los animales libres, su única oportunidad de sobrevivir era nuestra intervención.
Mientras lo observaba desaparecer entre los arbustos, me sentí muy agradecida por poder formar parte de algo así. A veces, la naturaleza y su fuerza nos enfrentan a situaciones límite, pero también nos regalan momentos en los que podemos hacer la diferencia y darle esperanza a una vida más que, de otro modo, se hubiera perdido.




