UN ENCUENTRO EN NOCHEVIEJA
A Lucía no le apetecía nada volver a casa. El día de trabajo del treinta y uno de diciembre había sido breve, y todas sus compañeras habían salido corriendo hacia sus hijos, sus maridos y la ensaladilla rusa. Radiantes, sonrientes, nerviosas, acarreando enormes bolsas de mandarinas y una botella de cavaregalo de Don Ignacio, el jefe.
Pero a Lucía en casa no la esperaba nadie. Ni siquiera tenía para quién preparar la ensaladilla. Echó un vistazo a la montaña de mandarinas que despuntaba alegremente dentro de la bolsa transparente sobre su mesa y suspiró.
Definitivamente, no quería volver. Se zambulló en el informe que aún le quedaba por cerrar. Al rato, asomó Don Ignacio, resoplando, con su bufanda roja y el abrigo de piel abiertoel único hombre en la oficina, además de jefe y casi figura paterna.
¡Hombre, Lucía! ¿Qué haces tú aquí sola? exclamó acelerado. ¡Olvidé el regalo para mi mujer, imagínate!
Desapareció en su despacho y regresó a los cinco minutos, mirándola con extrañeza.
Pero Lucía, ¿por qué sigues aquí? ¿No vas a casa?
Es que en casa estaré igual de sola, Don Ignacio
Él, que ya se disponía a salir disparado hacia su familia, se quedó parado, como si le hubieran dado un golpe. Caminó despacio hacia el escritorio de Lucía y se sentó a su lado, mirándola con una seriedad que rara vez aparecía en él.
Eso no puede ser, mujer. ¡Es Nochevieja! Vamos, anímate. Estas cosas, con esa cara, vas a seguir sola mucho tiempo ¡Una mujer siempre debe sonreír! Venga, venga empezó a reptar entre los papeles de Lucía, despejándole el escritorio y apilando documentos con torpeza. Anda que les dejo irse y mira tú.
No se preocupe, Don Ignacio. Enseguida me voy. Vaya usted, que le estarán esperando. Yo recojo y cierro.
¿De verdad? dudó él, vigilante.
Por supuesto.
Entonces ¡Feliz Año!
Lucía suspiró de nuevo. Sí, era una tontería seguir en la oficina sola. Tocaba marcharse.
«¿Y si pido una pizza?», pensó de repente. «¿Seguirán abiertas las pizzerías en Nochevieja?»
Nadie respondió al primer intento. En el siguiente número, una chica le deseó felices fiestas pero le avisó que ya cerraban a las seis; eran las seis y cinco. Marcó un último número, resignada. Para su sorpresa, le aceptaron el pedido. Sonrió débilmente, recogió sus cosas, se puso el abrigo, cogió su bolsa de mandarinas y el cava, y salió del edificio.
El aire frío de Madrid en pleno diciembre le golpeó las mejillas, vivificante. La nieve crujía bajo sus botas, las farolas lanzaban haces de luz y por todos lados parpadeaban luces de colores. El gentío se apresuraba con sus bolsas y regalos, aún quedaban tiendas abiertas donde los rezagados luchaban por los últimos detalles. Algo chispeante la fue llenando poco a poco: ¡aquello sí parecía fiesta!
«Pero bueno, ¿y yo aquí lamentándome?» se reprendió Lucía, y con decisión atravesó las puertas abiertas del supermercado.
No tardó en volver a casa y descargar las compras en la cocina.
«Espero que la patata hierva a tiempo», murmuró.
Colgó la nueva guirnalda en la ventana, enchufándola con teatralidad. Una alegre serpiente de luces recorrió el marco saltando entre colores. Lucía bailó unos segundos, los brazos en alto.
¡A festejar, que por mí no quede!sonrió.
Patatas para la ensaladilla enfriándose en el balcón, y sobre la mesa iban apareciendo canapés de salmón, embutidos cortados finos sobre hojas de lechuga, daditos de queso, piña troceada y, por supuesto, las mandarinas de Don Ignacio.
Media hora después tenía la ensaladilla lista, los muslos de pollo chisporroteando en la sartén. Arrastró la mesita a la alfombra frente al sofá, la cubrió con un mantel de encaje y fue distribuyendo los platos. Puso una copa y un vaso de zumo junto a cubiertos impecables, y se apartó un paso para observar el conjunto, como quien aguarda invitados.
A las once y media fue a abrir el cava, cuando sonó el telefonillo.
¿Una pizza para Lucía? dijo una voz masculina con energía.
«¡Dios, la pizza!»
¡Claro! Suba, por favor respondió, pulsando el botón.
Son veinte euros, pero comenzó Lucía al abrir.
Nada, hoy va de regalo le interrumpió el joven repartidor, sonrisa franca en el rostro.
¡No puede ser! ¿No se lo descontarán después?
Seguro que no, le aseguro. Lléveselo, es nuestra forma de compensar lo tarde que es.
Al entregarle la caja, notó que aún tenía la botella de cava en las manos.
Aguante un segundo, sujete el cava, por favor, que dejo esto en la cocina.
Tampoco parece usted un repartidor típico comentó Lucía a su regreso.
Porque no lo soy rió él. Soy el dueño. A mis empleados les dejé ir temprano noche en familia, ya sabe. Pero vi que su pedido se había quedado colgado. Y como a mí no me espera nadie salvo la pizza, claro. Me retrasé en el camino, eso sí.
¡Quedan diez minutos! exclamó Lucía. ¡Abra ese cava! ¡Hay que brindar por el año que se va!
Encantado ¿tiene copas?
Mientras Lucía buscaba, se oyó el estallido del descorche.
¡Por el año que se va!
¡Por el año que se va!
Chocaron suavemente las copas y apuraron el burbujeante líquido.
Ay, madre, lo que hemos hecho
¿Qué pasa? él se preocupó.
¡Está conduciendo y ha tomado alcohol!
Cierto respondió riendo.
¿Y cómo volverá?
No volveré.
Y pedir un taxi es imposible ahora
Imposible repitió, divertido.
¿Sabe qué le digo? Quítese los zapatos y pase, ¡que si no nos pilla el año nuevo en la puerta!
Vaya, qué acogedor tiene usted el piso.
Sirva, sirva rápido, ¡que ya ha terminado el discurso del presidente!
¡Feliz año, Lucía! Yo soy Álvaro.
Feliz año, Álvaro. Pruebe la ensaladilla, hecha por mí. Solo tengo un tenedor Bueno, cómasela del bol, es lo mismo.
Lucía hablaba sin parar, contagiada de la alegría del momento. Álvaro le caía bien; era fácil y natural estar con él.
¡Mucho mejor del bol! Por cierto, ¿le queda algo de pan? Tengo un hambre
¡Claro que sí!
Al volver, Álvaro tenía un muslo de pollo en cada mano.
Perdone, no me he podido resistir ¡Riquísimo! Lucía, esto se le da bien.
Gracias, Álvaro. Pensé que acabaría tirando mucha comida. Para una sola, es demasiado.
¿Sola? ¡Déjeme ayudarla!
¡Pues ayude!
Lucía reparó entonces en que también había hambre. Compartieron la ensaladilla, brindaron con cava, vieron las campanadas en la tele y charlaron de la vida y sus pequeñeces, felices y animados.
Parece que hemos acabado el cava
Tengo más en el coche. Voy por él.
No, le acompaño ¡Qué noche más limpia!
En la calle, entre fuegos artificiales y gente abrazándose, Álvaro se volvió a Lucía.
Oye, Lucía ¿te casas conmigo? No ahora, claro. Dentro de un año, tiempo para que me conozcas bien.
Espero que esté bromeando
Ni lo sueñes.
Bueno prometo pensarlo.
¿Seguimos celebrando?
Lucía asintió entusiasmada. Álvaro sacó la bolsa del coche y juntos, riendo, volvieron a casa para continuar la fiesta.
¡Esta noche no se acaba!




