Tía, no sabes lo duro que es ver a alguien hecho un roble, de esos que nunca derraman una lágrima, desmoronarse de pura tristeza. Justo eso es lo que le pasó a Pablo, el protagonista de esta historia tan emotiva y tan nuestra. Imagínate un hombre con tatuajes, siempre vestido de negro, barba larga tipo hipster de Malasaña… Toda esa fachada se vino abajo el día que tuvo que despedirse de su perra Lola, con la que llevaba catorce años compartiendo su vida.
Solo de pensarlo se me encoge el corazón, porque claro, Lola era mucho más que una mascota, era como una hija, su compañera de paseos por El Retiro, de aventuras por la sierra Ponte en su lugar: después de tanto tiempo juntos, enfrentarse a la pérdida es insoportable para cualquiera.
En el vídeo que subió su hermana Carmen al grupo de la familia, se ve a Pablo al lado de Lola, una pit bull blanquita con una mirada triste, tumbada sobre una camilla en la clínica veterinaria de Lavapiés. Esos minutos antes del adiós definitivo, cuando ya sólo podías hacerle ese último favor: dejar que se vaya en paz. Lola ya sufría demasiado y tomar esa decisión fue un acto de puro amor.
Aparece el veterinario preparando la cánula, justo antes de administrarle la inyección para que pudiera descansar sin más dolor. Y Pablo, completamente roto, apoyando la cabeza sobre Lola, acariciándole el lomo, susurrándole palabras bonitas para que no tuviese miedo, llorando como nunca antes le había visto. Hay un momento que de verdad se te clava en el alma: Pablo mirándola fijamente a los ojos, besándola y repitiéndole que la quiere y que nunca la olvidará. Podía ver claramente que no estaba preparado para soltarla.
Sé que esto de la eutanasia animal es controversial y que cada uno lo vive a su manera, pero cuando tu colega peluda ya no tiene más fuerzas, a veces lo único que puedes hacer es dejarla ir con ese último acto de compasión. Como dice siempre mi abuela Lucía: Mejor sufrir nosotros un rato, que verles a ellos sufrir para siempre. Y ahí estaba Pablo, suplicando por unos minutitos más junto a Lola… Según cuenta Carmen, el vídeo lleva ya más de 395.000 reproducciones y un montón de mensajes bonitos de gente de toda España dando ánimos y compartiendo su dolor.
Y es que no todo el mundo entiende el hueco tan inmenso que puede llenar un animal de compañía en nuestras vidas. Se convierten en familia de verdad; y claro, cuando le pasa algo, el dolor es igual que si fuese un ser querido.
Pero ¿sabes qué? Aunque al principio la pena parece que te va a ahogar, siempre te queda el consuelo de todo lo bueno vivido juntos. Hay que acordarse de los paseos, los juegos y las siestas al sol, agradecer todos esos años de cariño y plantearse, cuando llegue el momento, darle hogar a otro perrete o gatete que lo necesite. Que adoptar siempre es la mejor opción, y así la vida sigue llena de nuevos recuerdos y nuevas patitas correteando por casa aunque nunca se olvide a quien estuvo antes.




