Conducía por las avenidas ondulantes de Madrid con mi hijo, regresando del centro comercial. A mi lado venía una mujer con una niña que tenía prácticamente la misma edad que mi hijo.
El autobús estaba abarrotado de personas. Noté a un joven escuchando música con auriculares y le pedí educadamente si podía cedernos el asiento. Se levantó al instante, y así mi hijo y yo ocupamos su lugar. Como agradecimiento, mi hijo le entregó un caramelo de limón envuelto en papel brillante. El joven se sonrojó y esbozó una sonrisa tímida.
De repente, el ambiente se volvió más extraño. Observé cómo la otra madre intentaba replicar mi gesto, pero de una forma surrealista. Empezó a tirar del hombro de un hombre mayor que parecía medio dormido y conducía con la mirada perdida. El hombre, en su duermevela, no reaccionaba; así que la madre pasó a gritar como si el autobús fuera una cueva. El hombre se retiró las enormes auriculares y empezó a protestar, sin entender nada de lo que sucedía.
¿No ve usted que voy con una niña pequeña? ¡Déjenos sentarnos! gritó tan fuerte que incluso su hija comenzó a llorar del susto, un llanto agudo que rebotaba por todo el autobús.
¡Y yo no quiero levantarme! respondió el hombre, ya claramente molesto.
La escena era tan surrealista como un cuadro de Dalí. Entendí perfectamente al hombre. No le debía nada a aquella madre, y mucho menos después de ese trato humillante y altisonante. Intenté interceder y sugerí que la niña podía sentarse junto a mi hijo. Pero no, para ella lo más importante parecía ser armar un escándalo digno de una zarzuela madrileña.
Siempre me he comportado de otra manera: si necesito ayuda, la pido con calma. Si alguien cede su asiento a mi hijo en el bus, le agradezco calurosamente; si no lo hacen, lo comprendo, pues cada uno decide. Y, sinceramente, en todos estos años, nunca me han dicho que no.
Quizá sea porque nunca grito ni vocifero a desconocidos por la Gran Vía o en autobuses perdidos entre sueños y realidades. Y así, la lógica se retorcía una vez más, como si el autobús no fuera más que otro episodio de un sueño madrileño.




