Mira, te voy a contar lo que me pasó con un chico, Diego. Estuvimos saliendo unos seis meses, y ya sabes cómo es al principio: te parecen monísimos hasta sus despistes, ves el futuro de color de rosa, y piensas que has tenido suerte. Diego era el típico chico que te presenta tu prima y te cae de maravilla: listo, bien situado, muy leído y siempre conjuntado. Pasábamos los fines de semana en cafeterías con encanto, paseando por El Retiro, hablando de pelis y creyendo que compartíamos hasta la forma de pelar una naranja.
Pero claro, a los pocos meses las costuras empezaron a saltar. Yo veía la relación como un tándem, y él… pues él lo veía como la oportunidad de tener las comodidades de su madre pero sin renunciar a su independencia.
La conversación sobre irnos a vivir juntos surgió durante una cena normal y corriente. Estaba sirviendo té y de repente suelta: Mira, nos estamos matando yendo de una casa a otra, y es una tontería pagar dos alquileres. ¿Por qué no alquilamos un buen piso de dos habitaciones en el centro y nos mudamos juntos?
Yo sonreí, porque ya me apetecía dar ese paso. Pero claro, lo que dijo después hizo que me parara en seco y le mirara con otros ojos.
Eso sí, tenemos que dejar las cosas claras desde el principio, siguió, como si firmáramos una hipoteca. Somos gente moderna; cada uno con su dinero. El alquiler, la luz, la comida todo a medias, 50/50.
Yo, la verdad, pensé que justo, justo, pues bien. Pero me acordé de preguntar: ¿Y las tareas de la casa cómo las repartimos? , esperando ese mismo a medias.
Se rió un poco, y luego, con una sonrisa inocente, dice: Ahí la naturaleza ya ha hablado. Tú eres mujer, y eso del hogar va en los genes. O sea, cocinar, limpiar, lavar la ropa… eso es tuyo. Yo ayudo si me apetece: igual saco la basura o cuelgo un cuadro si hace falta, pero el resto es tu terreno. Además, ¿no te hace ilusión ser la dueña de tu casa?
Me quedé congelada, dándole vueltas a lo que acababa de escuchar.
Pensé: ¿Para qué necesitas una asistenta si tienes novia para todo?
No quise montar un drama, así que decidí hablarle en su idioma.
Diego, te entiendo perfectamente, le dije calmada. Quieres que el dinero esté separado, y eso bien. Quieres que todo esté limpio, la cena hecha, las camisas planchadas pero yo trabajo tantas horas como tú. Ni tengo tiempo ni ganas de ser la chacha cuando llegue a casa.
Vi que se ponía tenso, pero le dejé terminar.
Así que propongo una cosa le dije : si los gastos van a medias, hagámoslo bien. Contratamos una asistenta que venga un par de veces por semana, limpie, planche, cocine para varios días… y lo pagamos a pachas. Así todos contentos y nadie termina agotado. El toque hogareño ya lo pongo yo: unas velas, cortinas bonitas, esas cosas.
Según lo iba diciendo, veía cómo le cambiaba la cara: primero perplejo, luego mosqueado y al final… distante. Imaginaba su calculadora mental sumando y restando, y sospecho que la cifra no le gustó nada.
¿Meter una extraña en casa? dijo torciendo el gesto. Eso es un gasto más. De verdad, ¿tan difícil es hacerle la cena al hombre que quieres? Eso es cariño, no un trabajo.
Claro, cuando tocar pagar por el cariño, se convierte en labor del hogar. Cocina, sí, pero cocinar sin cobrar es amor. Pero comprar comida, dividir facturas eso sí es justo y moderno.
Diego intenté explicarle, bajando la voz si cocino después de estar en la oficina ocho horas, mientras tú te relajas con la Play o ves el fútbol, no es cuidar, es ser tu empleada. Si el dinero va a la mitad, el trabajo también. O repartimos tareas de verdad o pagamos a otra persona. No pienso trabajar el doble para vivir contigo.
Se quedó callado. Terminamos de comer en silencio y me soltó un seco tengo que pensarlo.
Al día siguiente, ni buenos días. Por la tarde, un WhatsApp soso: que tenía lío en la oficina. Y a los tres días… desaparecido. Ni mensajes, ni llamadas.
Me enteré por amigos comunes de que iba diciendo que era una interesada, que sólo pensaba en el dinero y que no tenía ni idea de llevar una casa, que no estaba hecha para ser mujer de familia.
Al principio me dolió. Medio año de relación, proyectos, sueños Pero luego sentí alivio.
Su ausencia fue una respuesta de oro. No buscaba una compañera, buscaba una ama de casa con la que no tenía que pagar nada extra.
Diego se esfumó, y bien que hizo. Yo, por mi parte, me busqué una asistenta solo para mí. Llego a casa y todo limpísimo, me hago un té tranquilamente y te prometo que no hay mayor felicidad que no tener que cargar con quien no sabe valorarte.




