Un hombre disfrutaba de un día libre y dormía plácidamente, pero de repente sonó el timbre de casa: ¿Quién podía venir tan temprano? Al abrir la puerta, vio a una anciana desconocida y asustada. —¿A quién busca usted?— preguntó él. —¿Hijo, no reconoces a tu madre?— Contestó la mujer. Él dudó, pero finalmente la dejó entrar, recordando el doloroso día en que le arrebataron a su madre y fue enviado al orfanato. Había aprendido a vivir por sí mismo, nunca hablaba de sus padres, decía que estaban muertos. Ella tampoco recordaba bien cuándo le retiraron la custodia, entre el alcohol y la prisión nunca sintió verdadero cariño por su hijo mayor. Sólo cuando nació el segundo hijo despertó su instinto materno, volviéndose feroz protectora de ese niño, mientras el mayor era olvidado. El hermano pequeño siguió sus pasos, acabando en reformatorios y en la cárcel. Al saber que el hijo mayor era exitoso, la madre lo buscó, lloró en su casa, suplicó ayuda para resguardar al hermano menor, aunque solo le importaba el dinero. Tras alquilarle un piso y ayudarla, el hombre procuró mantenerse alerta. Una cuidadora del orfanato le advirtió: “Tu madre sólo quiere salvar al menor, no confíes en ella, nunca te ha amado”. El hombre, conmocionado al saber que tenía hermano, lo confrontó, y poco después fue atacado brutalmente. La policía descubrió que la madre había contratado a los agresores para quedarse su herencia y asegurarle una vida cómoda al hijo menor. Ante el juez, la madre pidió perdón pero él, entre lágrimas, concluyó: “Ya viví sin madre antes, ¡y seguiré viviendo sin ella!”

Recuerdo bien aquel día en Madrid, hace ya tantos años. Era un día festivo, uno de esos raros en los que podía disfrutar del sosiego de mi propia casa, de la tranquilidad que dan los muros conocidos y el murmullo lejano de la ciudad. Dormía profundamente cuando, de repente, el timbre de la puerta me arrancó de los sueños.

Pensé: ¿Quién vendrá tan temprano? Cuando abrí la puerta, me encontré con una mujer mayor, desconocida y visiblemente nerviosa.

Buenas, señora le dije, ¿a quién busca?

¿De verdad no reconoces a tu madre, hijo?

¿Mamá…? Pero… entra, por favor balbuceé, sintiendo cómo me temblaban las manos.

La memoria me arrastró de golpe. Aún tengo clavado en el pecho el día en que me arrebataron a mi madre. Después esperé años y años, en aquel orfanato de Salamanca, soñando que vendría a buscarme, que sería de nuevo niño en su casa. Pero al final el dolor se fue apaciguando. Me gradué en la Universidad Complutense, trabajé duro y abrí mi propio negocio en el centro de Madrid. Cuando me preguntaban por mis padres, solía decir que habían fallecido. Aprendí a sobrevivir solo, sin esperar nada de nadie. Me volví seguro, autosuficiente y con una posición económica cómoda: nadie sospecharía jamás que crecí en una institución de acogida.

Ella misma, mi madre, nunca recordaba bien cuándo le quitaron la custodia. En su juventud bebía mucho y el vino oscuro de la noche le borró la razón. Incluso pasó una temporada en la cárcel, donde, fue entonces que pensó en mí. Nunca sintió amor por mí, sólo una pena difusa.

Pero al venirle al mundo su segundo hijo, Gustavo, por fin sintió lo que era ser madre. Era capaz de todo por ese pequeño. No pensaba en mí, en el hijo mayor; sólo vivía para el más joven, le entregaba la vida si hacía falta, ansiando que no conociera la infelicidad.

Gustavo, el menor, siguió los pasos de su madre. Pronto acabó en hogares de acogida, y a los quince años ya tenía su primer expediente judicial, una condena bajo libertad vigilada. Poco después vendrían más problemas y la prisión. Mi madre, sabiendo de primera mano lo que es estar tras los barrotes, luchaba por salvarle. Al enterarse que yo había prosperado, empezó a buscarme desesperadamente.

La veo ahora en mi salón, llorando, intentando acariciarme, contándome cómo me había buscado, rezando cada noche a Dios en las iglesias viejas del barrio de Lavapiés. Dice que nunca perdió la esperanza de reencontrarse conmigo. Yo quería creerle, pero sentía en mis entrañas una punzada de desconfianza. A pesar de todo, le alquilé un piso en Chamberí, le entregué unos cuantos euros y le dije que podía contar con mi ayuda. Pero decidí también vigilarla, intuyendo que tal vez no venía con las mejores intenciones.

Aquella Navidad regresé al orfanato donde pasé mi infancia. Era costumbre llevar allí juguetes y comida. Se me acercó la directora, Doña Teresa, una mujer entrada en años.

Tu madre ha estado buscando tu dirección me dijo.

Gracias por decírmelo, Teresa. ¿La ayudaste?

Sí, pero debes tener cuidado. Ella sólo piensa en salvar al hijo pequeño. Quiere dinero, no tu cariño. Jamás te amó, ni lo hará nunca.

¿Tengo un hermano?

Así es. Pregúntale tú mismo.

Me ahogaba el corazón, como un nudo en la garganta. No podía aceptar que mi madre volviera a traicionarme. Sin embargo, dominé el dolor y fui a preguntarle directamente. La presión la desbordó, y dudó mucho antes de admitirlo. No quería contarme nada sobre Gustavo, temía que me negara a ayudarle.

Unos días después, al salir del trabajo, fui atacado en la Gran Vía. Me golpearon con violencia. Al detener a los agresores, confesaron a la policía que mi propia madre les había contratado. Quiso matarme para quedarse con mi herencia y asegurarle a Gustavo una vida cómoda y libre de problemas.

En el juicio se mostró arrepentida; me pidió perdón entre sollozos. Pero mi decisión ya estaba tomada.

He sobrevivido sin madre antes, y lo haré ahora murmuré en voz baja, mientras las lágrimas caían sin remedio.

Así, con el peso de la traición y la fuerza de la madurez, aprendí que no siempre la sangre une, que el corazón busca su propia familia en la vida. Y sigo adelante, recordando aquel invierno en Madrid, cuando entendí de verdad lo que significa ser hijo y ser hombre.

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MagistrUm
Un hombre disfrutaba de un día libre y dormía plácidamente, pero de repente sonó el timbre de casa: ¿Quién podía venir tan temprano? Al abrir la puerta, vio a una anciana desconocida y asustada. —¿A quién busca usted?— preguntó él. —¿Hijo, no reconoces a tu madre?— Contestó la mujer. Él dudó, pero finalmente la dejó entrar, recordando el doloroso día en que le arrebataron a su madre y fue enviado al orfanato. Había aprendido a vivir por sí mismo, nunca hablaba de sus padres, decía que estaban muertos. Ella tampoco recordaba bien cuándo le retiraron la custodia, entre el alcohol y la prisión nunca sintió verdadero cariño por su hijo mayor. Sólo cuando nació el segundo hijo despertó su instinto materno, volviéndose feroz protectora de ese niño, mientras el mayor era olvidado. El hermano pequeño siguió sus pasos, acabando en reformatorios y en la cárcel. Al saber que el hijo mayor era exitoso, la madre lo buscó, lloró en su casa, suplicó ayuda para resguardar al hermano menor, aunque solo le importaba el dinero. Tras alquilarle un piso y ayudarla, el hombre procuró mantenerse alerta. Una cuidadora del orfanato le advirtió: “Tu madre sólo quiere salvar al menor, no confíes en ella, nunca te ha amado”. El hombre, conmocionado al saber que tenía hermano, lo confrontó, y poco después fue atacado brutalmente. La policía descubrió que la madre había contratado a los agresores para quedarse su herencia y asegurarle una vida cómoda al hijo menor. Ante el juez, la madre pidió perdón pero él, entre lágrimas, concluyó: “Ya viví sin madre antes, ¡y seguiré viviendo sin ella!”