Aquel hombre disfrutaba de un raro día libre y dormía plácidamente, cuando una mañana el timbre de la puerta resonó inesperadamente. ¿Quién podría venir tan pronto? Al abrir, se encontró frente a una anciana desconocida, visiblemente asustada.
¿A quién busca usted? preguntó él, todavía adormilado.
Hijo, ¿no reconoces a tu madre?
¿Mamá?… entra… tú… consiguió balbucear, completamente incrédulo.
Jamás olvidó el día en que le arrebataron a su madre. Esperó años aquel milagro de que apareciera en el hospicio donde creció y le llevara a casa. Con el tiempo, el dolor se fue disipando. Aquel muchacho estudió en el colegio del barrio, cursó en la Universidad Complutense de Madrid y montó su propio negocio en la capital. Cuando le preguntaban por sus padres, él respondía simplemente que fallecieron. Aprendió a valerse por sí mismo, desarrollando una confianza y autosuficiencia que nada dejaba sospechar que venía del orfanato. Hoy, su éxito y solvencia le permitían vivir con holgura en la ciudad.
La mujer apenas recordaba cuándo perdió la tutela de su hijo. En su juventud, la bebida era el pan de cada día, y en aquellos años de taberna y desenfreno la memoria le flaqueaba por completo. Pasó un tiempo en Alcalá-Meco, pensando entre barrotes en aquel hijo lejano. Nunca sintió verdadero amor por él, tan solo una punzada de lástima le atravesaba en ocasiones.
Al llegar su segundo hijo, la maternidad la transformó. Por ese pequeño habría dado la vida, sin pensar jamás en el mayor; toda su voluntad se destinó al menor, procurando que nada le faltara y que fuese feliz sin medida.
El hijo pequeño, sin embargo, siguió la senda de su madre. Pasó por centros de menores y a los quince recibió su primera condena suspendida. No tardó en reincidir, hasta acabar entre rejas. Desde entonces, su madre nunca cejó en intentar rescatarlo del presidio, pues conocía el tormento de la cárcel. Al enterarse del éxito del hijo mayor, no dudó en buscarlo.
Ahora estaba sentada en su salón, desbordando lágrimas y queriendo acariciar a su hijo. Le relató cómo durante años lo había buscado, cómo cada noche rogaba a Dios en la iglesia de San Ginés por su salud y con la esperanza de reunirse una vez más. Él, aunque la escuchaba, sentía en lo más hondo una voz que le pedía mantenerse distante. A pesar de la desconfianza, le alquiló un piso en Vallecas, le entregó euros y prometió que podría contar con su ayuda, sin dejar de observarla con cautela, dudando de cuál sería su verdadera intención.
En vísperas de las Navidades, el hombre acudió al asilo de la calle Toledo, donde se había criado. Solía llevar allí juguetes y alimentos. Se le acercó doña Luisa, una antigua cuidadora.
Tu madre preguntó por tu dirección.
Gracias por ayudarla respondió él con formalidad.
Pero ten cuidado, quiere salvar al hijo pequeño. Solo quiere dinero y nada más, ¡no te fíes! Jamás te ha querido, ni te querrá.
¿Tengo un hermano?
Sí, pregúntale tú mismo.
Un nudo le apretó la garganta, costándole respirar. Por segunda vez temía el engaño de su madre, pero dominó sus emociones y acudió a ella para saber la verdad. La mujer, presionada, no deseaba confesarle la existencia del menor, temiendo que no le ayudaría.
Días después, el hombre fue atacado brutalmente. Tras capturar a los agresores, confesaron ante la policía nacional que la madre los había pagado para asesinarlo. Quería la herencia, buscando garantizar una vida cómoda para el hijo menor.
En el tribunal de la Plaza de Castilla, ella lloró y suplicó al hijo mayor su perdón, mostrando arrepentimiento. Pero él, firme, tenía claro su futuro.
Ya he vivido antes sin madre, y viviré ahora también así… musitó entre lágrimas, despidiéndose de aquel pasado con determinación.







