Un gato se topa por casualidad con un móvil cálido y perfumado a humano… y lo activa sin querer: mientras Rita lamenta haber perdido su flamante smartphone y llama a su propio número, al otro lado solo escucha maullidos desconcertantes. Cuando sigue el peculiar rastro de llamadas en plena noche madrileña, se encuentra con el verdadero “culpable”: un gato atigrado y desamparado, embelesado por el calor y olor de su teléfono perdido. Así, Rita recupera móvil y gana un amigo peludo en una noche sorprendente marcada por maullidos, sorpresas y un toque de valeriana.

El gato se encuentra por casualidad con un móvil

El gato descubre por casualidad un móvil tirado en la acera de la calle Mayor de Toledo. El objeto huele intensamente a humano y, para su sorpresa, está caliente como una estufa. Sin pensarlo, se acurruca encima, lo abraza con sus patas y, al rozarlo con una garra, la pantalla del smartphone se ilumina de inmediato.

Celia apenas ha tenido tiempo para disfrutar de su teléfono nuevo. Desde el primer momento salió defectuoso: se calentaba a la mínima. Para colmo, hoy se le ha extraviado antes siquiera de personalizar el fondo de pantalla. Una pena El móvil era magnífico, con pantalla grande y batería potente; justo esa batería que ahora la ha dejado tirada. Tampoco puede reclamar nada, ya que el móvil ha desaparecido. No hay rastro.

Resignada, Celia se llama tonta a sí misma y rescata del cajón su viejo Nokia de teclas. Marca su propio número. Tono de llamada, pero nadie descuelga.

En un arrebato, se prepara una infusión con valeriana, se tumba en la cama y repasa los lugares por los que ha pasado hoy. Tal vez, si recorre de nuevo su camino, el móvil aparezca. De repente, nota una vibración bajo la almohada: hay una llamada entrante. Reconoce su propio número, ese que podría marcar con los ojos cerrados.

¡Diga! responde, esperanzada.

Del otro lado solo escucha susurros, pequeños jadeos Y, tras un instante de silencio:

Miauuu

Celia cuelga atónita. Se estarán riendo de mí, piensa, irritada consigo misma por no haber puesto ni siquiera un patrón de bloqueo. Ahora alguien se divierte toqueteando su móvil nuevo. No le da tiempo a lamentarse porque vuelve a sonar.

Los mismos ruidos, las mismas respiraciones Y otra vez, un maullido de respuesta a su voz.

¡Dejad de llamarme! explota.

Pero las llamadas insisten, una tras otra. Al final, ya harta y resignada, se viste, coge el abrigo y sale a la calle. El móvil parece estar cerca, suena desde algún rincón de la plaza. Tal vez si recorre el mismo trayecto, lo encuentre. Comienza a caminar, llamando de vez en cuando a su número, persiguiendo el sonido cada vez más conocido del tono de llamada.

Mientras tanto, el gato, pegadito al móvil calentito, observa asombrado cómo la cosa cobra vida y habla sola. La olfatea y escucha voces; así que, educado, responde de la mejor manera que sabe: maullando. El móvil se calla al instante. El gato da otro golpecito y la voz vuelve a sonar. El teléfono está cada vez más caliente, como si fuera un radiador portátil. El gato lo empuja de nuevo, satisfecho por el cálido refugio.

De pronto, suena una melodía conocida y el móvil vibra con fuerza. El gato, asustado, lo golpea con la garra, pero la canción no se detiene. En medio de la pelea con ese objeto ruidoso, no nota que ya no está solo bajo el árbol.

Todo el enfado de Celia se disipa al ver al verdadero delincuente: un precioso gato atigrado, pelirrojo, que golpea su móvil con las patas, intentando en vano silenciarlo. Pero al verla, el animal corre hacia ella, como si la reconociera. Empieza a frotarse contra sus manos, ronroneando y buscándole la mirada. Celia se queda quieta, sorprendida por la ternura repentina del gato.

El gato se le restriega por las mejillas como si le diera besos. Está helado, piensa Celia, normal que busque el calor de un móvil ardiendo. Con el teléfono en el bolsillo y el minino entre los brazos, Celia regresa a casa, preguntándose si el flechazo sí existe. Es imposible no encariñarse con este bicho tan cariñoso. Después de tanto ronroneo, no podría dejarlo allí, solo, junto al parque.

Y el gato, loco de felicidad, se revuelca en sus brazos, ronroneando y frotándose la cabecita contra sus labios y su barbilla, aunque Celia intenta esquivar sus muestras de afectoaunque, en el fondo, le hacen sonreír. Quién diría que un gato callejero pudiera ser tan tierno

La explicación, en realidad, es bien sencilla.

El gato estaba embriagado por el olor de la valeriana que, hacía apenas una hora, Celia se había preparado para tranquilizarse.

Rate article
MagistrUm
Un gato se topa por casualidad con un móvil cálido y perfumado a humano… y lo activa sin querer: mientras Rita lamenta haber perdido su flamante smartphone y llama a su propio número, al otro lado solo escucha maullidos desconcertantes. Cuando sigue el peculiar rastro de llamadas en plena noche madrileña, se encuentra con el verdadero “culpable”: un gato atigrado y desamparado, embelesado por el calor y olor de su teléfono perdido. Así, Rita recupera móvil y gana un amigo peludo en una noche sorprendente marcada por maullidos, sorpresas y un toque de valeriana.