Diario de Ignacio, 14 de marzo
Jamás pensé que un simple gato podía darme una lección tan peculiar. Paseando por las callejuelas de Salamanca, un minino callejero, de pelaje anaranjado y mirada traviesa, se encontró por puro azar con un objeto inesperado: un móvil de última generación. El cacharro desprendía ese aroma inconfundible a humano y, todavía templado, debía de haber caído hacía poco. El gato, ni corto ni perezoso, se enrolló alrededor del aparato, lo abrazó con las patitas delanteras y, al tocar con uno de sus zarpazos curiosos la pantalla, el móvil cobró vida con un parpadeo de luz.
Lucía, por su parte, apenas había podido disfrutar su nuevo smartphone. Lo estrenó aquella misma mañana y, desde el primer toque, supo que algo no iba bien: se calentaba con sólo mirar las redes sociales. La batería, potente pero traicionera, terminó dándole el disgusto del mes cuando, tras una visita al Mercado Central, Lucía notó que le faltaba el teléfono en el bolso. Y qué coraje; había ahorrado tantos euros para ese modelo con pantalla generosa y batería infinita, justo lo que le falló. Ahora, con el móvil perdido, ni soñar con reclamar.
Sentada en la cama de su piso compartido, Lucía se agobió. Vaya cabeza la mía murmuró para sí, sintiéndose auténticamente torpe. Recurrió a su viejo móvil de teclas y marcó su propio número. Los tonos sonaban, pero nadie contestaba al otro lado.
Todavía con los nervios a flor de piel, decidió tomar unas gotas de valeriana para calmarse. Se arropó, cerrando los ojos e intentando recordar su recorrido por la ciudad, convencida de que tal vez si repetía el camino, encontraría el móvil. Pero, de repente, algo vibró bajo la almohada. Le estaban llamando. En la pantalla de su vetusto teléfono de teclas apareció su propio número.
¡¿Hola?! exclamó, esperanzada.
Sólo escuchó unos ruidos extraños, como suspiros y crujidos… hasta que una voz inesperada y aguda interrumpió el silencio:
Miau…
Lucía colgó sobresaltada. Bromistas, pensó, molesta por no haber puesto un patrón de bloqueo. Sentía cómo alguien jugaba con su accidente. Un instante después, el teléfono volvió a sonar.
Otra vez los mismos crujidos, los mismos suspiros… y el mismo misterioso maullido como única respuesta a su voz.
¡Dejad de llamarme ya! explotó Lucía.
Pero las llamadas no cesaban. Cansada del juego, se vistió deprisa y salió a la noche salmantina. Seguía marcando su propio número, esperando desenmascarar al graciosillo. Los tonos le llevaron finalmente hasta un parque, donde una melodía familiar su tono de llamada sonaba cada vez más cerca.
El gato, por su parte, se acurrucaba contra ese objeto tibio, intrigado por cómo murmuraba y zumbaba continuamente. Al olerlo, el teléfono parecía querer conversar. El minino, educado, contestó a su manera.
El móvil se quedó en silencio. El gato lo golpeó otra vez. De repente, el aparato soltó el popular tono de Lucía, sobresaltando al felino, que no dudó en zarandearlo con más energía, intentando que el móvil dejara de cantar serenatas.
Cuando Lucía llegó, dispuesta a encarar al culpable, todo su enfado se disolvió de inmediato. Bajo un olmo, frente al banco, se encontró al verdadero bromista: un gato pelirrojo, flaco y azorado, atizando frenético al móvil con las patas. Pero en cuanto el minino la vio, corrió hacia ella como si siempre la hubiese esperado. Ronroneaba, se le subía a los brazos y la llenaba de caricias, como buscando perdón y cariño a partes iguales. Lucía, enternecida, no pudo resistirse a tanta ternura.
El gatico se restregaba contra sus mejillas, buscando su calor, mientras ella notaba lo frío que estaba. No era de extrañar que el animal buscara refugio sobre el móvil candente.
Con el móvil, ahora seguro en el bolsillo, y al pequeño pelirrojo en brazos, Lucía caminó de regreso a casa, cavilando sobre los giros del destino y aquel extraño flechazo entre humano y animal. Después de tal demostración de afecto, no pudo dejarlo de nuevo en la calle.
El gato, feliz como nunca, se enroscaba entre sus brazos, ronroneando y rozando sus labios y barbilla. Lucía lo intentaba esquivar, pero por dentro la embargaba una sonrisa. Dichoso minino callejero, tan cariñoso, pensó.
Al final, la respuesta a todo tampoco era tan complicada: el gato seguía mareado por el intenso olor a valeriana que Lucía se había tomado para calmarse una hora antes.
Hoy he descubierto que a veces el cariño inesperado viene de quien menos imaginas… y que, cuando menos lo buscas, puede que acabes ganando algo incluso mejor que un móvil nuevo.







