Diario de Daniela Martínez, Madrid.
Nunca pensé que mi vida cambiaría por culpa de un simple gato callejero. Escribir esto todavía me estremece, porque lo que sucedió fue tan improbable, tan inexplicable, que parte de mí aún lo vive como un sueño del que no quiero despertar.
Todo comenzó una madrugada de abril en la Clínica La Zarzuela. Mi padre, Germán Martínez, llevaba tres meses en coma tras sufrir un ictus devastador. Los médicos, todos en un tono tan profesional como frío, ya no nos daban esperanza alguna. Mi madre y mi tío Alfonso no paraban de hablar de la empresa familiar, de los hoteles, de la cuenta en el Santander, de los inmuebles en Chamberí y Salamanca, de todo lo que mi padre había levantado durante cincuenta años de esfuerzo.
Aquella noche, una enfermera, la señorita Teresa, entró en la habitación 327 y gritó tan fuerte que la oí desde el pasillo. Sobre la cama, junto a la cabeza de mi padre, se encontraba un gato atigrado de pelaje gris y blanco, delgado, con cicatrices en la oreja. Parecía un superviviente de las calles de Lavapiés. No sé cómo entró, quizás por la ventana entreabierta que siempre dejaban mal cerrada para airear la habitación. Teresa intentó sacarlo, pero el gato se agarró a la colcha con fuerza. En ese instante, llegó el doctor Álvaro Jiménez, reputado neurólogo del hospital, apenas mayor que yo, y pidió calma.
Mira la cara de don Germán susurró.
Me acerqué, nerviosa, y lo vi: una única lágrima rodaba por la mejilla de mi padre. Nunca había visto algo así. El doctor sacó su linterna, comprobó las pupilas. Nada, ninguna reacción, pero la lágrima era tan real como la desesperanza que sentía cada vez que entraba a esa habitación aséptica que olía a lejía.
Teresa me llamó a casa a las once y media de la noche. En ese momento, miré el móvil sin querer contestar. Había saturado mi cabeza de series absurdas y paseos inertes por el Retiro y los centros comerciales. Pero algo me urgió a coger la llamada.
Señorita Martínez, tiene que venir. Ha sucedido algo con su padre. No es lo que usted piensa, pero es urgente.
Recuerdo la prisa en ponerme una chaqueta, bajar corriendo las escaleras no esperé al ascensor y tomar el coche dejando incluso la luz del salón encendida. El trayecto por la Castellana hasta el hospital parecía interminable. Los semáforos, el tráfico de Madrid a esas horas, los recuerdos de la última vez que vi a mi padre consciente. Algo dentro de mí no quería aceptar la posibilidad de que no volvería a mirarme a los ojos.
Cuando llegué, la puerta de la habitación estaba entreabierta. Dentro, todo era silencio, salvo por el ronroneo vibrante de ese gato, que no cesaba ni por un segundo. El rostro de mi padre tan severo, tan hermético toda la vida parecía distinto, sereno incluso. El doctor me explicó, casi avergonzado, que aquel animal había provocado alguna reacción.
Lloró cuando el gato apareció me repitió.
Imposible contesté. Pero era verdad. Y el animal no se movía de su lado. Ya entonces había algo inquietantemente familiar en su mirada.
Fue al día siguiente cuando decidí hablar con la persona que más conocía a mi padre después de mi madre: doña Rosalía, su secretaria durante veinte años. Nos citamos en una cafetería típica de Madrid, con su barra de zinc y su café fuerte. Doña Rosalía, siempre puntual, siempre impecable y con el moño perfectamente recogido, no tardó en identificar al visitante. Ella lo había visto cientos de veces en el garaje de la empresa: Tu padre siempre le llevaba sobras de su bocadillo, me contó, decía que los gatos entienden mejor los secretos porque no pueden traicionarte.
Me removió el estómago hallar un lado tan vulnerable de mi padre del que yo nunca supe. Me di cuenta, con un pinchazo de culpabilidad suave y constante, de cuán lejos nos habíamos distanciado por orgullo y silencio.
Los días siguientes se repitió la extrañeza: el gato regresaba cada mañana, deslizándose por la ventana abierta de la habitación. Las enfermeras ya habían dejado de intentar echarlo: hasta habían puesto una cajita de cartón con un viejo jersey como cama, unas bandejas con agua y restos de jamón de York. Si no fuera tan surrealista, hubiera parecido normal.
Las situaciones familiares, como siempre en mi vida, se enredaron más. Mi madre y mi tío Alfonso discutían a voces cuando creían que yo no los escuchaba. Tenemos que tomar decisiones, decían. No podemos esperar más. Intentaron convencer al doctor para que retirase al gato. Esto es antihigiénico, rugía mi tío. Pero el doctor Álvaro, cada vez más intrigado, defendía que la presencia de aquel animal estaba, de algún modo extraño, haciendo bien a mi padre.
Pasé noches enteras junto a la cama de mi padre, viendo cómo el gato al que comenzamos a llamar Suerte se acomodaba junto a él. Suerte ronroneaba con tal intensidad que parecía un tren bajo la sábana blanca. Yo le hablaba a mi padre, le contaba lo que iba averiguando, cómo el gato era mucho más que una anécdota. Que era la prueba viviente de que había un rincón en él que solo se abría ante quien no podía contestar.
Fui hablando con otros empleados. Don Manuel, el portero antiguo de la sede de la Gran Vía, me contó cómo mi padre le había pagado el tratamiento a su hija cuando se quedó sorda tras una meningitis; la señora Emilia, de contabilidad, recordaba que Germán tenía una caja secreta con dinero para ayudar a empleados necesitados. Descubrí tantas historias que jamás había imaginado.
En casa, una tarde tensa, le pregunté a mi madre por qué mi padre nunca compartía nada de esto con nosotras. Tu padre sólo se sentía seguro cuando nadie esperaba nada de él, dijo secamente. No quise seguir preguntando.
Llegó una tormenta, de esas primaverales que arrasan el cielo de Madrid. Esa noche, Suerte se agitó. Maullaba fuerte, caminaba nervioso de un lado a otro. De pronto, saltó por la ventana y terminó perdido en las aceras mojadas por la lluvia. Yo salí corriendo, bajo el agua, gritando por él en las calles vacías. No lo encontré. Regresé empapada, agotada, sin consuelo ni esperanza.
Sin Suerte, mi padre empezó a empeorar. Los valores de las máquinas descendieron, la respiración se volvió lenta, sus dedos estaban helados. El doctor me miraba impotente: Parece como si hubiera perdido su ancla, algo que lo mantenía aquí, me confesó.
Salí entonces a buscar yo misma a Suerte. Caminé por barrios donde nunca entraba una chica con mis apellidos, preguntando a porteros y camareros, agachándome a mirar bajo coches estacionados y cubos de basura. Fue en un rincón oscuro de Lavapiés donde lo encontré, tirado junto a una bolsa de basura, mojado, con una pata rota. Una anciana que barría la acera lo había intentado cuidar. Era doña Asunción, antiguamente empleada en nuestra familia, a la que teníamos perdida la pista.
Emocionada, la abracé. Juntas llevamos al gato a la clínica veterinaria de la calle Príncipe de Vergara. El veterinario, un hombre paciente y amable, calculó el coste: unos ochocientos euros por la operación, medicación y cuidados necesarios. Sin dudarlo un segundo, saqué la tarjeta y pagué. Ese animal significaba ya demasiado en mi vida.
Cuando Suerte estuvo estable, lo llevamos de vuelta al hospital. Tardó en recuperarse. El doctor Álvaro nos dejó pasar, con su aval, y apenas pusimos la caja con Suerte en la habitación, el gato saltó a la cama, clavo sus ojos dorados en los de mi padre y empezó a ronronear.
Fue entonces cuando los dedos de mi padre se movieron. Primero mínimamente, después en temblores claros. Llamamos a los médicos: se acercaron asombrados. Estoy viendo un milagro, susurró el doctor.
Mi padre fue recuperándose muy despacio. Aprendió a hablar de nuevo, a sentarse, a caminar asistido. Mientras, yo seguía investigando. Descubrí que mi padre llevaba años donando parte de sus beneficios a organizaciones solidarias, pagaba becas, financiaba refugios de animales, todo en secreto. Guardaba el miedo, el pudor de parecer vulnerable.
Fue en ese proceso cuando descubrí también los manejos turbios de mi tío Alfonso. Había desviado fondos, creado empresas pantalla. Reuní todas las pruebas y, con ayuda del abogado de la familia, don Luis, esperamos a que mi padre pudiera volver a enfrentarse a su hermano.
El reencuentro fue frío. Mi padre, en silla de ruedas, miró a Alfonso y le confesó todo, le pidió cuentas. Y al final, le ofreció perdón a cambio de la devolución de lo robado y la retirada voluntaria de la empresa. Lloraron ambos. Yo también lloré, sintiendo que la vergüenza, la soberbia y los celos habían hecho más daño a la familia que cualquier accidente.
Mi padre decidió, entonces, cumplir su verdadero anhelo. La mitad de su fortuna fue destinada a fundaciones: hospitales, comedores sociales, protectoras de animales. Fundó, junto al doctor Álvaro, un centro especial de terapia con animales en Madrid. Suerte era la estrella: niños y ancianos mejoraban visiblemente después de estar con él.
Nosotros, como familia, cambiamos. Mamá y yo volvimos a hablar de verdad. Asunción regresó a nuestra vida, esta vez como amiga. Alfonso se marchó a un pueblo de Castilla-La Mancha a montar una pequeña librería. De vez en cuando nos escribía cartas en las que parecía más feliz que nunca.
La empresa siguió en pie, pero convertida en un espacio donde la gente importaba más que las cifras de cuentas de resultados. Programas de conciliación, ayudas, nuevas becas: lo que antes era pura fachada, ahora era verdad.
El día que Suerte murió, ya muy mayor, fue una de las tardes más tristes de mi vida. Mi padre y yo lo enterramos juntos en el jardín de la casa familiar en El Escorial, bajo un limonero. Pusimos una placa sencilla: Suerte, el que nos salvó a todos.
Años después, sigo acudiendo cada semana al centro de terapia, viendo cómo los gatos, perros y hasta conejos cambian las vidas de quienes más lo necesitan. Mi padre pasea cada mañana por El Retiro, alimentando a los gatos callejeros y conversando con quienes quieran oírle.
Su historia ya se ha hecho famosa, ha salido en reportajes de El País, en programas de la radio regional, pero él sigue diciendo lo mismo: que todo empezó gracias a un gato que le enseñó a recordar quién era. Y a mí, me enseñó que el amor no tiene precio, ni prisa, ni compite. Solo está ahí, como Suerte, dispuesto a cambiarlo todo sin pedir nada a cambio.
Así, en mi diario guardo la certeza de que las segundas oportunidades existen. Que los milagros pueden tener forma de pelaje y ojos felinos, y que nunca es tarde para descubrir de nuevo a los que más queremos.







