Un día, mi padre me llamó a su despacho: quería que hablásemos de algo importante, al menos eso fue lo que me dijo. Debo reconocer que aquello me puso un poco nervioso. En el salón me esperaba una mujer.
Mi familia siempre ha girado en torno a mi padre, quien me crió, me cuidó y me apoyó sin descanso. Al nacer yo, mi madre nos abandonó y mi padre eligió no volver a casarse, seguramente por miedo a sufrir otra vez. La vida no fue fácil para él y, al ver eso, yo siempre quise madurar antes de tiempo, para poder ayudarle en todo lo que necesitara como cabeza de familia.
La situación económica en casa no era precisamente buena, así que empecé a trabajar a los 15 años. Escribía artículos para la prensa local de Valladolid, y tras tres años conseguí un empleo mejor. Pasó un tiempo y finalmente encontré un puesto en una oficina que me permitió ser independiente y mantener tanto a mi padre como a mí. Un día, mi padre me pidió que hablásemos de algo importante, como ya he dicho. Me sentí un poco inquieto. En el salón me esperaba una mujer que, según mi padre, era mi madre.
Nada más verme, rompió a llorar, me pidió perdón y quiso abrazarme, pero yo no fui capaz de corresponderle. Con cuidado me zafé de sus brazos y me marché de la estancia sin decir palabra, dejándolos a ambos solos. Decidí dejar que mi padre gestionara la situación como creyese conveniente. No puedo perdonar a quien nos abandonó tan fríamente a mi padre y a mí, y ni siquiera se molestó en felicitarme el cumpleaños después de tantos años.







