Un buen día, mi padre me llamó a su despacho con ese tono tan solemne que usa cuando quiere aparentar que hace falta discutir algo muy serio. Lo cierto es que me dio un poco de yuyu. Al entrar en el salón, me encontré con una mujer sentada en el sofá como si estuviera esperando una cita con el alcalde.
Mi familia siempre ha girado en torno a mi padre, Fernando, que ha sido mi pilar desde que tengo uso de razón. Él me crió solo, luchando como un jabato y sin perder la sonrisa, porque mi madre, al poco de nacer yo, decidió coger las de Villadiego. Papá nunca quiso volver a casarse. Supongo que temía volver a llevarse un desengaño. La vida no siempre lo ha tratado con delicadeza, y yo siempre he tenido esa prisa por crecer para poder devolverle, aunque fuera un poco, todo lo que ha hecho por mí.
Con nuestra economía siempre haciendo malabares, empecé a trabajar a los 15 años. Primero redactaba artículos para periódicos de barrio, y a los tres años ya me pasaron a una posición un poco más lucida. Pasado algún tiempo y con mucho esfuerzo, conseguí un trabajo de oficinaaunque de esos en los que te aficionas al caféque me permitió mantenerme a mí misma y echar una mano a mi padre.
El otro día, exactamente como ya he dicho al inicio, mi padre me llamó para una charla trascendental (según él). Una vez más, el pálpito de inquietud. Y allí, en el salón, estaba esa señora a la que, según mi padre, debía considerar como «mi madre».
Nada más verme, la mujer se puso a llorar, pidiéndome perdón como si ya viniera con los remordimientos de serie, y se lanzó a abrazarme. Pero yo, sinceramente, no fui capaz de corresponderle. Me aparté con delicadeza, recogí mis cosas y me fui sin mediar palabra, dejando a los mayores con el marrón. Decidí que sería mejor que mi padre manejara el asunto como le pareciera. Yo, por mi parte, no sé si podría llegar a perdonar a alguien que se largó sin mirar atrás y ni una triste felicitación en todos estos años… vamos, ni una postal en San Isidro.







