Llevo casada más tiempo del que me atrevo a confesar, y conocí a mi marido en la universidad, allá por los tiempos en que aún se iba a clase con carpeta y boli. No conocí a más pretendientes, ni me lancé a coquetear por la facultad. Yo era de esas dinosaurias fieles a un solo hombre, más chapada a la antigua que una sobremesa de domingo con familiares.
Nos casamos en tercero de carrera. Jóvenes, inexpertos y creyendo que el amor era suficiente para pagar el alquiler. No sé si nuestro amor fue gran cosa, pero algo debía de tener, porque seguimos bajo el mismo techo durante años. Los compañeros de clase nos miraban como ejemplo, aunque no éramos la única pareja de la promoción. ¿Por qué sería? Supongo que porque siempre íbamos a la par, sorteando marrones y movidas.
En cuarto dimos el campanazo y nos convertimos en padres. Ni hablar de dejar los estudios; algunos profes hasta se apiadaban de nuestra situación y nos facilitaban la vida. Aguantando el tipo, con más voluntad que recursos, terminamos la universidad y nos sacamos el título. Y hasta lo celebramos con tortilla, jamón y, por supuesto, brindis de rigor. Mi marido siempre me echó una mano; aquello era cooperación internacional, partido igualado hasta lavando los platos.
No concebía otro marido. Era mi media naranja, mi ideal, el alma gemela del manual. Encajábamos bien y apenas discutíamos. Vamos, que hasta los niños salían sonrientes en las fotos familiares. Dos años después, viendo el panorama, nos animamos a por la niña. Porque vamos a ver, ¿por qué no? Ya tenía un marido apañado, un hijo sano y que se calzaba solo… así que la hija venía a completar el cuadro.
Aparentemente, yo era la mujer más feliz de España. Mi marido me quería, siempre arrimaba el hombro. Incluso trabajando de noche, llegaba a casa y se liaba a jugar con los niños para que yo pudiera, por fin, darme una ducha tranquila o perder el tiempo en Instagram. Vamos, que nada hacía prever el temporal que se acercaba. Pero, de repente, noté que mi marido se había helado. Y no precisamente por la calefacción del barrio.
Volvía tarde del trabajo y se le metió en la cabeza que todo lo que hacía yo le molestaba. Cada vez estaba más tenso, más refunfuñón. Una vez, al preguntarle ¿Qué tal?, me soltó que lo mío era cocinar cocido, limpiar mocos a los críos y, por las noches, satisfacerle. Con semejante discurso del rey, se me quitaron las ganas de entrar en el dormitorio y casi hasta de pisar la cocina. Creía que se le pasaría, pero la cosa fue a peor. Empezó a abusar del vino, a desaparecer por las noches. El padre modelo se transformó en tirano casero de manual.
Una tarde llegó a casa gritando:
Estoy harto de niños gritando y de que vayas todo el día en chándal viejo. Nunca he estado orgulloso de ti, nunca te arreglas ni te pintas para mí. No quiero salir contigo, das mala imagen. Sólo te importa el dinero, y a nadie le importa qué quiero yo.
Llamé a mi suegra, pero ella salió defendiendo a su hijo como si fuera el mismísimo Santo Domingo de la Calzada. Me pedía, por favor, que no me divorciase. Total, que recogí mis trastos, a los críos y nos fuimos a un piso de alquiler. Una amiga me echó un cable para que la niña entrara en la guardería, y yo busqué un segundo empleo. Apuradas, pero salimos adelante. Al menos, ahora nadie nos pegaba berridos ni tiraba cosas.
En el juicio me enteré de la película entera: mi marido sufría un trastorno mental, y sus padres lo habían ocultado a conciencia. Fomentaron la relación, porque yo era la nuera tranquila y dócil que habían soñado para su hijo. Hasta llegó a tratarse en Alemania, pero no hubo suerte; luego, con pastillas, llevaba una vida medio normal. Claro que me da pena; no soy de piedra, pero tampoco quiero vivir bajo el mismo techo con una bomba de relojería. Mi prioridad ahora es que a los niños no les llegue la herencia y eso sí, prefiero pasarme la vida vestida de chándal, pero sin dramas en casa.






