Un día llegó a casa y empezó a gritar: “Estoy harto de los gritos de los niños y de tus cosas de la casa”

Llevo muchos años casado. Conocí a mi esposa, Rocío, en la Universidad Complutense de Madrid. No conocí a nadie más, la elegí a ella y a su lado me quedé. Fui de esos que parecen un fósil, fiel a una sola persona y jamás con un ojo en otro sitio.

Nos casamos en tercero de carrera, aún ingenuos y verdes. No sé si nuestro amor era fuerte de verdad, pero supongo que sí, porque hemos compartido techo durante muchos años. Todos nuestros compañeros nos ponían de ejemplo, aunque no éramos la única pareja de la clase. ¿Por qué será? Quizá porque ante cualquier tempestad, nosotros seguíamos juntos, superando dificultades y enfados.

Durante el cuarto año nos convertimos en padres. No abandonamos la universidad; varios profesores comprendieron nuestra situación, y tampoco aprovechamos para pedir favores de más. A puro tesón y voluntad acabamos la carrera, conseguimos los diplomas y celebramos todo aquello. Mi mujer siempre recibió mi ayuda, cada tarea del hogar era compartida, como buen equipo que éramos.

Nunca me planteé tener otra esposa. Rocío era mi ideal, mi compañera de vida. Éramos el complemento perfecto el uno del otro y las discusiones apenas existían. En una familia tan equilibrada y alegre solo podían criarse hijos felices, así que dos años después decidimos tener una hija: Inés, para completar nuestro pequeño cuadro familiar.

¿Y por qué no? Tenía a mi lado una mujer entregada, un hijo sano e independiente Una niña era lo que faltaba para tener la estampa perfecta.

Pensaba que era el hombre más afortunado del mundo. Mi esposa me quería, siempre estaba a mi lado, ayudando. Aunque tuviera turnos complicados volvía a casa, jugaba con los niños y así ella podía cuidar de sí misma también. Todo era tan normal que jamás sospeché lo que iba a venir. De repente, fui notando cierta distancia en Rocío.

Empezó a quedarse más tiempo en el trabajo y discutía a la mínima. Siempre de mal humor. Una vez, cuando le pregunté ¿Cómo estás?, me soltó aquello de que mi obligación era hacer cocido, limpiar mocos a los niños y, por la noche, tener contento a mi marido.

Con semejante actitud, las ganas se me fueron tanto de entrar al dormitorio como de acercarme a la cocina. Pensé que ella reflexionaría y mejoraría, pero la cosa fue a peor. Con el tiempo, se refugió en el vino y empezó a desaparecer por las noches. Volvía un tirano en vez de la madre que conocí.

Un día llegó a casa gritando, diciendo:

Estoy harto del ruido de los críos y de verte siempre en chándal. Nunca he estado orgulloso de ti, no te arreglas ni te pintas. No quiero salir contigo porque no me das buena imagen. Solo te interesas por el dinero y nadie pregunta lo que yo quiero.

Llamé a mi suegra, pero saltó a defender a su hija y me pidió, por favor, que no me divorciara. Hice mis maletas y me fui con los niños a un piso de alquiler en Carabanchel. Un amigo me ayudó a conseguir plaza en la guardería para Inés, busqué un segundo empleo y, aunque es complicado, vamos saliendo adelante. Por lo menos, nadie levanta la mano contra nosotros.

Ya en el juzgado me enteré de que mi esposa sufría problemas psicológicos serios, algo que su familia me ocultó. Se esforzaron en emparejarnos porque yo era tranquilo y moldeable, lo que consideraban justo para su hija. La habían llevado a tratarse a Alemania, pero el tratamiento no sirvió. Empezó con pastillas para salvar las apariencias. Claro que la compadezco, pero no puedo vivir bajo el mismo techo con una persona inestable. Lo que más me angustia es que esa enfermedad no se traslade a los niños.

Hoy pienso que es mejor estar solo que mal acompañado. El bienestar de mis hijos y el mío es lo primero. Aprendí que la verdad y la paz no tienen precio, ni siquiera en euros.

Rate article
MagistrUm
Un día llegó a casa y empezó a gritar: “Estoy harto de los gritos de los niños y de tus cosas de la casa”