Mi hija se casó con un alemán. Viví con ellos dos años enteros, cuidando de mi nieto y llevando la casa como si fuera la mía, aunque solo faltaba la plaza de terraza.
Ellos trabajaban juntos en la misma empresa, menudo tándem y llegaban cada tarde a casa, cansados como si descargaran camiones en vez de apretar teclas. Yo, ingenua de mí, pensaba que me quedaría con ellos para siempre, pero ya sabes lo que dicen: el hombre propone y el yerno dispone. Un buen día, el marido de mi hija, con esa seriedad germánica, se me acercó y me dijo que ya no hacían falta mis servicios, que podía irme de vuelta. Y anda que tardé: al mes ya estaba en mi piso de toda la vida, en Madrid.
Pero, ¡oh sorpresa! Aquí tampoco me esperaban con los brazos abiertos. Durante mi estancia con mi hija, mi hijo aprovechó para divorciarse, dejar el piso de su ex ycómo novenirse al mío.
No solo eso, sino que se trajo a su segunda mujer, embarazada hasta las cejas. Lo gracioso es que ni se le pasó por la cabeza pedirme permiso. Debe de pensar que la casa es un buffet libre.
¿Qué hago ahora? ¿Le digo a mi hijo que se largue con la mujer preñada? No, eso no lo haría ni mi peor suegra. Pero vivir tres pronto cuatro en un piso de una sola habitación es una canción de Rocío Jurado, pero versión tragicómica. Para colmo, ni mi hijo ni yo tenemos un euro para alquilar otra casa. Si el alquiler en Madrid baja, será cuando la leche cueste lo mismo que el agua.
Llamé a mi hija para explicarle el percal, pensé que entendería la situación y me devolvería la llamada. Sigo esperando. Qué pena. Cada uno, a lo suyo, como si fuéramos de distintos planetas
Lo del comportamiento de mi hijo, la verdad, lo entiendo; no esperaba que me volviera a casa. Ahora duermo en el sofá de la cocina, que ni en sueños es un sofá cama. Paso el día por ahí: hago la compra, me acerco por mi antiguo trabajo a cotillear con las amigas, busco algún rato para un poco de humanidad. Hablo con mi hijo como si nada pasara, aunque su mujer ni me mira; se le ve en la cara que no le hace ninguna gracia compartir techo conmigo.
Jamás pensé que, con sesenta años a mis espaldas, sería la extra en mi propia casa y que otra gobernaría el salón y la nevera. Mi hijo solo piensa en su mujer embarazada que también es humano, pero lo de la casa prefiere ignorarlo, como si poniendo la cabeza bajo el ala se resolvieran los líos.
Ahora ando buscando trabajo de media jornada, a ver si saco para irme aunque sea a una residencia de monjas. Los padres de mi nuera viven en un pueblo de La Mancha. ¿Le digo a mi nuera que se vaya para allá y así me libro? Pero claro, ¿a qué se iba a dedicar mi hijo allí? ¿Coger uvas? Lo dudo.
No lo tengo nada claro. Estoy como Madrid en agosto: ni frío, ni calor, ni sé qué hacer con mi vida…





