Mi hija se casó con un alemán. Viví con ellos durante dos años, cuidando de mi nieto y llevando la casa.
Mi hija y su marido trabajaban en la misma empresa y regresaban por la noche. Yo pensaba que me quedaría con ellos para siempre, pero al final mis esperanzas fueron en vano. Un día, el marido de mi hija me dijo que ya no necesitaban mi ayuda, y me pidió que dejara el piso. Al cabo de un mes, ya estaba de regreso en casa. Pero, como resultó, tampoco allí era bienvenida. Mientras yo vivía con mi hija, mi hijo se había separado de su primera mujer, había dejado su piso y se había instalado en el mío.
Allí trajo a su segunda esposa, quien ya estaba embarazada. Nunca se le pasó por la cabeza consultarme si estaba de acuerdo.
¿Qué podía hacer yo? ¿Echar a mi hijo y a su mujer embarazada? ¿No? Pero ¿cómo subsistir los tres, y dentro de poco los cuatro, en un piso de una sola habitación? Por cierto, ni mi hijo ni yo tenemos dinero para alquilar otro lugar. Llamé a mi hija para explicarle la situación. Esperaba que comprendiera y me llamara de vuelta, pero nunca lo hizo. Qué pena. Nada puedo hacer, tienen otro modo de ver la vida…
La actitud de mi hijo la llego a comprender. No pensaba que yo fuera a volver. Ahora me toca dormir en el sofá de la cocina. Paso el día fuera de casa, hago la compra, visito mi antiguo trabajo, converso con amigas. Con mi hijo hablo normalmente, sin discusiones, pero mi nuera ni me dirige la palabra. Se nota que le incomoda que yo esté en el piso.
Jamás habría imaginado que, con sesenta años, sería prescindible, y que en mi propia casa mandaría otra. Mi hijo sólo piensa en su mujer embarazada, y del problema de vivienda ni se ocupa.
Busco trabajo a media jornada. Los padres de mi nuera viven en un pueblo. ¿Debería decirle a mi nuera que se vaya a vivir con sus padres? Pero, ¿encontraría mi hijo trabajo allí? Lo dudo mucho. No sé qué hacer…





