Un descubrimiento escalofriante en la olla de la suegra

Un descubrimiento espeluznante en la cazuela de la suegra
La suegra echó un vistazo a la olla y lanzó un grito de horror

Isabel se despertó al amanecer y, como cada día, se dirigió a la cocina de su casa en las afueras de Sevilla. Para su sorpresa, su nuera ya revolvía algo frente a los fogones.

Buenos días sonrió Rocío sin apartar los ojos de la cazuela.

Buenos días refunfuñó Isabel arrugando la nariz. ¿Qué estás preparando?

Una sopa de ajo contestó la joven. A Javier le encanta.

¿Sopa de ajo? La suegra olfateó con recelo. ¿Huele así normalmente?

¿Y cómo debería oler? Rocío encogió los hombros, tapó la olla y salió de la cocina.

Isabel, sin perder un segundo, se abalanzó hacia la cocina, levantó la tapa y miró dentro. Lo que vio le arrancó un grito de terror.

¿Qué mezcla es esta? murmuró retrocediendo como si fuera veneno.

Rocío regresó con los platos y, al notar la reacción de su suegra, respondió con calma:

Sopa de ajo, Isabel. Las verduras son de nuestra huerta, recién cosechadas. Cocinar con lo que uno cultiva es una celebración.

¿Celebración? la suegra soltó una risa seca. ¡Esa huerta es una condena! Perder el tiempo cavando la tierra cuando puedes comprarlo todo en el supermercado No os entiendo.

A mí me gusta dijo Rocío sirviendo la sopa. El aroma del ajo, el pan y el pimentón invadió la cocina. La tierra da vida si sabes trabajarla.

¿Vida? Isabel puso los ojos en blanco. Eso es para gente sin otra cosa que hacer. La gente normal Se interrumpió al ver que Rocío seguía sonriendo, ajena a sus indirectas. ¿Para quién has hecho tanto?

Para nosotros respondió la nuera. Para varios días. Javier siempre repite.

Isabel retrocedió exageradamente, como si el olor le diera náuseas.

¡Yo no voy a comer eso! declaró con firmeza. Solo el aroma me revuelve el estómago. ¿Qué le has echado?

Rocío suspiró, evitando mirarla. Por el rabillo del ojo, vio a Javier entrar en silencio y observar la escena.

Isabel no entendía qué le había pasado a su hijo. Hace apenas dos años, Javier era un joven urbanita prometedor en el mundo de las finanzas. Iban juntos al teatro, hablaban de restaurantes nuevos, soñaban con su futuro. Y ahora, esta vida en el campo, esta huerta, esta Rocío tan sencilla Solo su nombre le producía escalofríos de irritación.

Javier siempre había sido un buen partido: alto, inteligente, encantador. ¡Cuántas chicas de buena familia suspiraban por él! ¿Por qué eligió a esta muchacha de pueblo y a esta casita perdida? Isabel esperaba que se cansara y volviera a la ciudad. Pero los meses pasaban, y Javier se hundía cada vez más en esa “idilio rural”.

Decidió actuar. La invitación de Rocío era la oportunidad perfecta. La suegra tenía un plan: recordarle a su hijo quién era realmente y sacarlo de ese campo antes de que fuera tarde.

Javier abrazó a su mujer y se volvió hacia su madre:

Mamá, prueba la sopa. ¡Rocío la hace de maravilla!

Javier, sabes que tu padre y yo nunca comimos esas sopas de campesinos replicó Isabel. De pequeño, ponías mala cara ante el ajo. Decías que era comida de viejos.

Rocío sonrió al imaginar a Javier de niño, rechazando el plato. Pero ahora era un hombre, y sus gustos habían cambiado.

Mamá, los tiempos cambian contestó él riendo. La sopa de Rocío es una obra maestra. Pruébala.

¿Obra maestra? La suegra casi se ahogó de indignación. ¿Llamas obra maestra a una olla de ajo? Las verdaderas obras están en el teatro, en los museos, ¡no en este puchero!

Rate article
MagistrUm
Un descubrimiento escalofriante en la olla de la suegra