**Corazón lleno de gatos: un encuentro que lo cambió todo**
Lucía rara vez visitaba el pueblo de su infancia a orillas del Duero, a una hora de Salamanca. Desde que terminó el instituto, se había marchado a la ciudad, y sus viajes al lugar que la vio crecer podían contarse con los dedos de una mano. La vida siempre le daba excusas para no volver. Las últimas veces había estado allí para el funeral de sus padres y el cumpleaños de su hermana pequeña, Carmen, quien se había quedado en la casa familiar. Las llamadas con su hermana despertaban en Lucía una nostalgia por la juventud, por aquellos días sin preocupaciones. Este verano decidió que era el momento: los hijos y nietos se habían dispersado, y a ella, una jubilada solitaria, le apetecía respirar el aire de su infancia, caminar descalza sobre la hierba fresca y vivir entre aquellas paredes que tanto recordaba, aunque fuera por poco tiempo.
Carmen llevaba años invitándola a pasar unos días, a desconectar. El verano había sido bueno para las cerezas, y pronto llegarían las setas —¡habría que preparar conservas para el invierno! Tendría con qué agasajar a las visitas y disfrutar ella misma, reviviendo los tiempos pasados. Las casas del pueblo seguían sólidas, la calle llena de viviendas de ladrillo de dos plantas, herencia de cuando la cooperativa agrícola prosperaba. El presidente, un hombre llegado del frente y considerado un héroe, había convertido el pueblo en un ejemplo: construyó un cine, un ambulatorio, una escuela —la mejor de la comarca. Aún lo recordaban con cariño.
Lucía caminaba despacio por la calle. En una mano llevaba una maleta antigua; sobre el hombro, un chal para cubrirse. Los vecinos la saludaban, y ella respondía, aunque no reconocía sus caras. Tampoco parecían recordarla, pero en los pueblos era costumbre no dejar pasar a un desconocido sin un saludo.
—¡Lucía! ¿Eres tú? —se oyó una voz frente al ultramarinos.
Lucía dejó la maleta en el suelo y observó a la mujer.
—¡Pilar! ¡Martínez! —Sonrió al reconocer a su amiga de la infancia.
—¡Mira qué casualidad! Te reconocí desde el otro lado de la calle —se apresuró a decir Pilar, hablando rápido—. ¿Vas a quedarte mucho?
—Depende —respondió Lucía con evasión, encogiéndose de hombros.
—¡Ay, tenemos tantas cosas que contarte! ¡Pasa por casa cuando puedas! —Pilar brillaba de entusiasmo.
—¡Contigo nunca hay descanso! —se rio Lucía, contagiándose de su energía.
Del ultramarinos salió un hombre mayor con una bolsa pequeña. Al pasar, les hizo un leve gesto de cortesía. Lucía respondió con una sonrisa. «Camisa limpia, pero arrugada, barba y bigote canosos, bien cuidados —observó—. Se nota que la soledad es algo reciente para él».
—¿Quién es? —preguntó a Pilar cuando el hombre se alejó.
—Ese es Julián, el antiguo veterinario —explicó su amiga, moviendo la mano—. Un buen hombre, pero desde que se jubiló parece que le bailan las ideas. Su mujer lo dejó, se fue a la ciudad. Y él vive con los gatos, gasta toda su pensión en ellos. Recoge a los callejeros, los enfermos, los heridos. Los cura, ¡hasta les hace operaciones, dicen!
Una semana después, Lucía se encontró con Julián en el mismo ultramarinos. Iba a comprar harina para hacer pasteles, pero el saco de cinco kilos le resultó más pesado de lo esperado. Lo dejó en un banco para descansar.
—¿Necesita ayuda? —dijo una voz suave. Julián estaba a su lado—. Vamos en la misma dirección. Lléveme esta bolsa con pañales, y yo me encargo del saco.
—¿Pañales? —Lucía se sorprendió—. ¿Para qué los necesita?
—No son para mí —respondió él, algo turbado—. Es para Bigotín, mi gato. Tiene la columna dañada, no puede caminar, solo gatear. Imagínese lo humillante que es para él, un animal orgulloso, estar sucio. Por eso…
—¡Vaya historia! —exclamó Lucía—. ¿Y tiene muchos así?
—¿Con problemas de espalda? Solo Bigotín. Hay otros dos con tres patas, uno sin ojo, otro sin cola. ¡No se ría! La cola para un gato es como un brazo, es equilibrio y elegancia.
—¿Ellos mismos se lo han contado? —sonrió Lucía, sin poder evitarlo.
Julián frunció el ceño, interpretando su risa como burla.
—Perdóneme, Julián —se disculpó ella rápidamente—. Habla de sus sentimientos con tanta seguridad, como si conversara con ellos. Por cierto, llámeme Lucía.
—Sí, Lucía, ¡no imagina todo lo que pueden decir! —se animó él—. Sus caras lo expresan todo: alegría, resentimiento, cariño…
—¿Por qué gatos? Usted era veterinario, trabajaba con todos los animales. ¿No hay otros más listos, más útiles?
—No —respondió él con firmeza, negando con la cabeza—. Los gatos son más humanos que las personas.
—¿Puedo visitar a sus mascotas? —preguntó Lucía, sonriendo.
—Será un honor —contestó él, llevándose una mano al pecho.
Esa misma tarde, Lucía llevó un tarro de mermelada de cereza recién hecha para Julián. Carmen le entregó una bolsa con empanadillas calientes:
—¡A Julián le encantan mis empanadillas, dice que no ha probado nada igual!
—¿Viene por aquí a menudo? —preguntó Lucía, extrañada.
—¡Es como de la familia! Vacunar a una vaca, curar a un lechón… nunca dice que no. ¡Un alma buena! Aunque se rían de sus gatos, todos lo respetan.
La casa de Julián estaba al final de la calle. Sólida, pero el huerto estaba invadido por maleza, señal de que a su dueño no le importaba. Sin embargo, el patio estaba en orden: cobertizos firmes, gallinas cacareando, leña apilada para dos inviernos. Un coche cubierto de polvo sugería que Julián apenas lo usaba.
En el porche se calentaban varios gatos—¿tres, cuatro? Uno, al ver a Lucía, se escabulló dentro; los demás la observaron con cautela. Ella se detuvo, pero la puerta se abrió y Julián salió, sonriente:
—¡Pensé que no vendría! Pero Manchita llegó corriendo, ¡diciendo que teníamos visita! —Un gato atigrado apareció entre sus pies—. Pase, tomaremos un café.
Julián disfrutó de las empanadillas, alabó la mermelada y ofreció a Lucía pastas y caramelos. Mientras tomaban el café, una docena de gatos los observaban desde estantes junto a las paredes. Para sorpresa de Lucía, no había olores desagradables, ni crías.
—Los esterilizo —explicó Julián—. Así no marcan territorio, y no se preocupan por tener descendencia. La gente del pueblo también trae a los suyos. Y para sus necesidades salen, incluso en invierno. Abro la puerta y salen disparados, en cinco minutos vuelven. Solo Bigotín… —Levantó a un gato gris con pañales. Bigotín miró a Lucía con ojos confiados.
Ella lo tomó en brazos, y el gato se acurrucó contra ella.
—¿Están todos? —preguntó.
—Manchita la cazadora aún no ha vuelto —respondió Julián, echando un vistazo.
—¿Hace mucho que tiene tantos? —Lucía no se dioLucía no pudo dormir esa noche, revolviéndose en la cama mientras recordaba a Julián, su voz tranquila, su sonrisa amable, y aquellos gatos que parecían entender más de la vida que cualquiera.







