Un banco para dos Ya se había derretido la nieve, pero la tierra en el parque seguía oscura y húmeda, y en los senderos quedaban finas líneas de arena. Nadezhda Semiónovna avanzaba despacio, sujetando la bolsa con la compra y mirando al suelo. Hacía mucho que había adquirido la costumbre de fijarse en cada bache, en cada piedra. No por ser especialmente precavida de carácter, sino porque, desde que se rompió el brazo tres años atrás, el miedo a caer se le había instalado en el pecho y no tenía prisa en marcharse. Vivía sola en un piso bajo de dos habitaciones, donde antaño apenas cabían las voces, los olores de la comida y el portazo de las puertas. Ahora reinaba la calma. La televisión murmuraba de fondo, pero ella a menudo se sorprendía sin escuchar, solo observando el rótulo que cruzaba la pantalla. Su hijo la llamaba por videollamada los domingos, de forma apresurada, entre tarea y tarea, pero siempre llamaba. El nieto se asomaba a la cámara, le saludaba, le enseñaba algún juguete. Ella se alegraba, pero cada vez que colgaba sentía cómo la habitación volvía a llenarse de aire quieto. Tenía su rutina. Por la mañana, gimnasia, pastillas, gachas. Luego, un paseo corto hasta el parque para “activar la circulación”, como decía la doctora del ambulatorio. Al mediodía, cocinar, las noticias, a veces un crucigrama. Por la tarde, una serie y un poco de punto. Nada especial en ese itinerario, pero, como le gustaba repetirle a la vecina del rellano, eso la mantenía en forma. Hoy el viento era áspero pero seco. Nadezhda Semiónovna llegó hasta su banco al borde del parque infantil y se sentó en el extremo con cuidado. Dejó la bolsa a su lado y comprobó que la cremallera estuviera bien cerrada. Junto a ella jugaban dos pequeños en monos de colores chillones; las madres charlaban sin mirar a los paseantes. Ella se sentaría un rato y luego volvería a casa, así lo había decidido. Por el otro lado del parque avanzaba lentamente Esteban Pérez. Él también estaba acostumbrado a contar los pasos. Hasta el quiosco de prensa, setenta y tres. Hasta el ambulatorio, ciento veinte. Hasta esta parada, noventa y cinco. Era más fácil contar que pensar en que ya a nadie le esperaba en casa. En su día fue mecánico en una fábrica, viajaba a menudo por trabajo, discutía con los jefes, reía y bromeaba con los compañeros en los descansos. Ahora la fábrica había cerrado mucho tiempo atrás y veía cada vez menos a los amigos del trabajo. Unos se habían ido con sus hijos, otros ya estaban en el cementerio. El hijo vivía en otra ciudad, venía una vez al año, tres días y siempre con prisa. La hija vivía en el barrio de al lado, pero tenía sus propias preocupaciones, dos niños, hipoteca. Él no se sentía ofendido—eso se decía—, pero a veces, por la noche, cuando todo fuera era oscuro y los radiadores siseaban, notaba cómo aguzaba el oído, esperando si acaso chirriaba el cerrojo de la entrada. Había salido ese día a por pan y de paso iría a la farmacia. Por si acaso, compraría otra caja de pastillas para la tensión. La doctora avisaba que no era cosa de esperar a que diera un susto. Avanzaba con la lista escrita con letra grande en el bolsillo. Los dedos le temblaban un poco cuando la sacaba para comprobar que no se olvidaba nada. Al acercarse a la parada vio que el autobús acababa de irse. La gente empezaba a dispersarse. En el banco se sentaba una mujer, con abrigo gris claro y gorro azul de lana. Su bolsa estaba a su lado. Miraba al parque, no a la carretera. Se detuvo, incómodo. De pie sentía el dolor en la cadera. El banco quedaba a medias libre, pero siempre le daba reparo sentarse junto a una mujer desconocida; después de todo, quién sabe lo que podían pensar. Sin embargo, el viento le calaba los huesos y al final decidió arriesgarse. —¿Puedo sentarme? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia adelante. La mujer giró la cabeza. Tenía unos ojos claros con pequeñas arrugas en las comisuras. —Por supuesto, siéntese —contestó, desplazando la bolsa un poco. Él se sentó, apoyando las manos con cuidado en el borde del banco. Guardaron silencio. Pasó un coche dejando una estela de olor a escape. —Los autobuses ahora hacen lo que quieren —comentó él, rompiendo el silencio—. Basta mirar a otro lado y ya no están. —Ya, —asintió ella—. Ayer estuve media hora esperando. Menos mal que no llovía. La observó con atención. No le sonaba su cara, pero en este barrio ya hay gente nueva, con los edificios que han levantado. —¿Vive usted por aquí cerca? —preguntó con cautela. —Allí enfrente, —respondió ella, señalando un bloque de cinco plantas—. El primer portal, junto al supermercado. ¿Y usted? —Detrás del parque, en esa torre grande —le indicó—. También a un paso. Volvieron a guardar silencio. Nadezhda Semiónovna pensaba que las conversaciones en las paradas eran de lo más habitual: un par de frases, se monta uno y se olvida. Pero el hombre parecía cansado, algo descolocado, aunque procuraba mantener la compostura. —¿A la consulta? —preguntó ella, asintiendo hacia su bolsa con el logo de la farmacia. —Sí, he pasado a por medicamento —alzó él la bolsa—. Ya sabe, la tensión. ¿Y usted? —A por cuatro cosas, —respondió ella—. Y para caminar un poco, que si te quedas todo el día en casa te agarrotas. Dicho esto, de pronto notó un pinchazo dolorido en el pecho. La palabra “casa” sonó demasiado vacía. El autobús apareció a la vuelta. Los demás se arrimaron al bordillo. El hombre se irguió, vaciló un momento. —Por cierto, soy Esteban —dijo, como tomando una decisión—. Esteban Pérez. —Nadezhda Semiónovna, —respondió ella levantándose también—. Encantada. Subieron al autobús y el gentío los llevó en direcciones opuestas. Ella se agarró a una barra, notó los baches. En un momento cruzó la mirada con él a través de las cabezas. Él asintió con un gesto, y ella se lo devolvió. A los pocos días volvieron a coincidir—esta vez en el parque. Nadezhda Semiónovna estaba sentada en su banco y reconoció la figura cuando se acercaba. Esteban Pérez andaba apoyado en un bastón. Antes no llevaba, pero debió decidir tomar precauciones. —¡Hombre, la vecina de la parada! —sonrió al llegar—. ¿Me deja sitio? —Claro, —dijo ella, y no pudo evitar alegrarse. Se sentó, dejó el bastón apoyado entre él y el borde del banco. —Qué bien se está aquí, —comentó mirando a su alrededor—. Árboles, niños jugando. No como en casa, con las paredes encima. —¿Vive solo? —se atrevió ella a preguntar, ahora sí. —Solo, —asintió—. Mi mujer murió hace siete años. Los hijos, cada uno en su sitio. ¿Y usted? —También sola —respondió—. Mi marido murió hace tiempo. El hijo, con su familia, en otra ciudad. Me llaman, claro, pero… Se encogió de hombros. Él comprendió el gesto. —Las llamadas están bien —dijo él—. Pero cuando te acuestas y el teléfono calla… Estas palabras insospechadamente la reconfortaron. Continuaron charlando de tiempo, de precios, de que otra vez habían cambiado al médico de cabecera. Al despedirse, ambos eligieron al día siguiente salir a pasear a la misma hora, sin saber por qué. Y así empezaron sus encuentros habituales. Al principio en la parada o el parque, luego junto al supermercado, incluso a la entrada del centro de salud. Nadezhda Semiónovna se dio cuenta de que iba ajustando su rutina para coincidir con Esteban Pérez. Ni siquiera se lo admitía a sí misma: a veces sólo adelantaba un poco la comida o, al contrario, se daba más tiempo. Iban juntos hasta la consulta, comentaban los análisis que les mandaban, maldecían la cola digital que Nadezhda Semiónovna nunca lograba comprender. —Eso lo tiene que gestionar a través de la plataforma digital, —decía la joven encargada tras el mostrador—. Hay que pedir cita por Internet. —¿Qué internet ni qué niño muerto? —rezongaba ella, saliendo al pasillo—. Yo tengo móvil de los de teclas, y ya da gracias. Esteban Pérez escuchaba y asentía. —Déjeme que le ayude —ofreció un día—. Yo tengo una tablet vieja que me regalaron los chicos. Ahí se puede pedir cita. Ya nos buscaremos la vida juntos. Al principio ella desechó la idea, pero al final accedió. Sentados en el banco del ambulatorio, él buscaba en la pantalla con el dedo guiñando los ojos, a veces daba al botón equivocado y murmuraba por lo bajo. Ella reía, y su risa sonaba fácil, sin impostura. —¿Ve? Aquí puede elegir médico y hora. Solo tiene que acordarse del password. —Eso me lo apunto yo —respondió ella con seguridad—. Tengo una libretita. En otra ocasión, ella le ayudó con los recibos de la luz y el agua. Esteban Pérez traía todos los papeles del buzón, los apilaba y suspiraba. —Antes era fácil —decía—. Ibas a la caja, pagabas y listo. Ahora si no es el código, el código de barras, el terminal… ni un chef lo entiende. —Vamos por partes, —le decía ella—. Este es de la luz, este del agua. No se lía y ya está. Pasaban la tarde tomando té y bollerías que él traía, mirando cómo los niños jugaban en el patio. A ella le gustaba ver cómo Esteban Pérez ordenaba los papeles con método, le preguntaba, discrepaba a veces. —No quiero que usted pague por mí —soltó un día, al ofrecerle ella pasarle el importe en el cajero porque él no atinaba—. Ya me apaño solo. —No pago por usted —corrigió ella—. Usted me da el dinero, yo solo ayudo. No sea crío. Él se sintió incómodo, pero acabó aceptando. Por dentro le bulló una sensación rara—gratitud mezclada con incomodidad. No le gustaba sentir que debía nada a nadie, ni lo más mínimo. A veces discutían. No a gritos, pero sí dolidos. Un día, yendo del supermercado, hablaron de los hijos. —Mi hijo me dice: “Papá, vende el piso y vente a vivir con nosotros. ¿Para qué quedarte allí solo?” ¿Y qué voy a hacer, vivir en su salón? Si ya están apretados. Y aquí tengo mis cosas. —Mi chico también me insiste —suspiró Nadezhda Semiónovna—. Dice que me vaya, que me da una habitación. Su casa es grande. Pero yo no termino de decidirme. Aquí está la tumba de mi marido, mis amigas. Aunque a veces pienso… quizá debí hacerlo. —No diga eso —saltó él—. Allí no eres de nadie. Vuelven del trabajo reventados, los críos con los deberes, las extraescolares. Y tú, en una esquina. De esas historias conozco muchas. —¿Y aquí, a quién le hago falta? —dijo ella tranquilamente. Guardó silencio. Aquello de “aquí” le dolió. Le pareció que era una indirecta también para él. Notó cómo una rabia muda le subía por dentro. —Bueno, perdone —masculló—. Yo pensaba que éramos ya casi… No terminó la frase. La palabra “amigos” pareció atascársele. A su edad, sonaba demasiado fuerte. —No era por usted —aclaró ella suave, notando cómo se había afligido—. Lo decía en general. Si me hubiera ido, aquí se habría acabado todo. Da miedo. Él asintió. El resto del camino guardaron silencio tenso. Se despidieron secos en el portal y él, de noche, dio vueltas sin poder dormir, atormentado por el remordimiento de haberlo estropeado todo. Pasaron varios días sin verse. El tiempo empeoró, cayó una nieve húmeda. Nadezhda Semiónovna seguía saliendo a andar aunque fuera poco, pero a Esteban Pérez no lo veía. Intentaba tranquilizarse pensando que tendría cosas que hacer, o quizá estaba pachucho, pero la inquietud seguía ahí. Al cuarto día, al volver del supermercado, encontró en el buzón una nota. Ponía, en letra grande: “Para Nadezhda Semiónovna. Estoy en el hospital. Esteban P.” Ni dirección ni número de habitación. Solo eso. Las manos le temblaban. Entró en casa, posó la bolsa en el taburete, se sentó y se quedó mirando la nota. Mil preguntas zumbaban en su cabeza. ¿Qué le habría pasado? ¿Un infarto, un ictus? ¿Quién le habría ayudado? ¿Por qué nadie la llamaba? Recordó que una vez mencionó la planta de cardiología del hospital del barrio. Buscó en la agenda el número de información, llamó, esperó, la pasaron de operador en operador. Al fin le dieron el número de habitación y le permitieron ir en horario de visitas. No le gustaban los hospitales, ese olor a medicamentos y lejía le daba escalofríos. Pero al día siguiente, en cuanto abrieron las visitas, ya estaba ante la puerta. Llevaba fruta y galletas. Dudó si no habría exagerado. ¿Y si no podía tomar azúcar? La habitación era de tres. Un hombre mayor junto a la ventana, un chico joven con el brazo inmovilizado cerca de la puerta. Esteban Pérez, en la cama del medio. Leyendo el periódico, tumbado con la almohada doblada. Al verla, primero se desconcertó, luego su rostro se iluminó con alivio. —Nadezhda Semiónovna —dijo, dejando el periódico—. ¿Cómo me ha encontrado? —Tirando del hilo —respondió ella, dejando la bolsa en la mesilla—. ¿Qué ha pasado? —El corazón —suspiró él—. Me dio la noche mala y la ambulancia me trajo. Tengo que estar aquí unos días. Le miró bien. Tenía la cara más pálida, ojeras. Pero los ojos, con su chispa habitual. —¿Y los hijos, lo saben? —preguntó. —La hija estuvo aquí ya —contestó—. Me trajo sopa. Al hijo no le he dicho nada. ¿Para qué inquietarlo? Dijo esto tranquilo, pero se notaba tenso. Luego, tras una pausa, añadió: —Por cierto, mi hija preguntó por usted. Me dijo: “¿Quién es esa señora de la nota?” Yo le dije que es la vecina que me ayuda con recados. Nadezhda Semiónovna sintió un pequeño pinchazo por dentro. “Vecina que ayuda con recados” sonaba reseco, casi extraño. Se sentó en la silla. —En realidad, soy vecina y le ayudo con recados —dijo, procurando tener la voz tranquila. Él la miró y comprendió que se le había escapado una torpeza. Le dio vergüenza. —No quería decirlo así —se apresuró a aclarar—. Es que ella pregunta…, y ve, si le digo que eres amiga, se pone nerviosa: “Papá, que ya no tienes dieciocho años”. Se creen que estamos locos. —No tenemos dieciocho, desde luego —sonrió ella—. Pero seguimos siendo personas. Él asintió. Silencio. El vecino de la ventana fingió dormir, dándose la vuelta. —Yo, tumbado aquí de noche, me di cuenta de que no me asusta tanto la muerte —dijo él en voz baja—. Me asusta que me lleven así y nadie se entere. Te pasas el día mirando el techo y no tienes a quién llamar. Los hijos, lejos, con sus cosas. Y entonces me acordé de usted. Se me pasó el susto. Pensé, al menos alguién sabrá dónde estoy. Nadezhda Semiónovna notó un nudo en la garganta. Desvió la vista al alféizar, donde había un vaso de plástico con una flor mustia. —Yo también tengo miedo —contestó—. Pero siempre hago como que no. Delante del hijo, de las vecinas. Y por la noche, sola, empiezo a contar las pastillas que me quedan. ¿No le parece ridículo? —Nada ridículo —dijo él con gravedad—. Yo hago lo mismo. Se miraron y sonrieron, por fin. En esa sonrisa había un acuerdo y un alivio. En ese momento entró una mujer de mediana edad con la bolsa de la compra. Se parecía bastante a Esteban Pérez: los ojos, el mentón. —Papá —dijo, posando la bolsa—. Te he traído sopa. ¿Quién es ella? Miró a Nadezhda Semiónovna, valorando pero sin brusquedad. —Nadezhda Semiónovna —contestó él—. Mi… buena vecina. Me ayuda con recados, con las citas, los papeles. —Gracias por ayudar —dijo cordial la hija—. Es cabezón, todo lo quiere hacer él solo. —Encantanda —respondió Nadezhda Semiónovna—. Solo damos un paseo juntos de vez en cuando. La hija asintió, aunque en su mirada quedaba cierta perplejidad. Empezó a ordenar la comida, a preocuparse por el padre. Nadezhda Semiónovna se sintió de más y pronto se despidió. —Volveré —anunció en la puerta. —Venga cuando quiera —contestó él—. Si no es molestia. —No lo es —y salió al pasillo. En casa pensó mucho en lo que había oído. “Buena vecina” sonaba sencillo, quizá fuera lo mejor. A su edad, no hacían falta palabras rimbombantes. Lo importante era que se acordó de ella cuando estuvo angustiado. Esteban Pérez estuvo ingresado dos semanas. Nadezhda Semiónovna fue cada dos días, llevaba fruta, calcetines limpios, periódicos. A veces se quedaban callados oyendo las camillas por el corredor. A veces recordaban su juventud, contándose historias de sus tiempos: de la fábrica, del colegio, de las huertas ya vendidas. La hija de él terminó acostumbrándose a verla. Un día le dijo al acompañarla al ascensor: —Gracias. Trabajo y a veces no llego a venir. Es bueno que papá tenga con quién hablar. Pero no se lo cargue todo, por favor. Si pasa algo en serio, avíseme. —No pienso cargarme todo —respondió con calma—. Usted tiene su vida, yo la mía. Pero si puedo ayudar, aquí estoy. Le dieron el alta a Esteban a finales de abril. El médico insistió en que paseara más, se alterara menos, tomara la medicación. La hija le acompañó a casa, le ayudó con las bolsas. Al día siguiente, con su bastón, fue directo al parque. Nadezhda Semiónovna ya ocupaba su banco. Al verle, se levantó. —¿Cómo está? —le escrutó el rostro. —Vivo —bromeó él—. Que no es poco. Se sentaron juntos. Un momento callaron, escuchando los rumores del barrio. Al fin dijo: —En el hospital me he dado cuenta de algo. No quiero serle una carga. Me hace ilusión que viniera, pero me da apuro a la vez. No me gustaría que abandonara sus cosas por mí. —¿Qué cosas voy a tener yo? —suspiró ella—. Ir a la compra, al médico, ver la tele. No lo exagere. —Aun así —insistió él—. No quiero que sienta que tiene la obligación de cuidarme. Que soy adulto, no un niño. Ella le miró de frente. —¿Y cree que yo quiero ser carga de nadie? —le devolvió la pregunta—. También lo temo. Por eso hago todo sola. Pero sabe, he aprendido que se puede estar encerrados en casa, temiendo estorbar. O se puede llegar a un acuerdo. Nada de promesas imposibles, solo… estar cuando toca, lo que se pueda. Él meditó sus palabras. —¿Cómo sería eso? —Por ejemplo —enumeró—, no me llame de noche si le entra conversación. No soy el ambulatorio. Pero si tiene que ir al médico y le da cosa solo, me avisa. Si hay recibos que liar, venga. Si se le olvida comprar, no me llame, vaya usted solo. No soy recadera. Él sonrió. —Duro. —Honesto, —corrigió ella—. Y lo mismo para mí. Si me encuentro mal, le llamo. Pero no espero que lo deje todo. Usted tiene hijos, nietos. Yo lo entiendo. Y usted entienda que yo tengo a un hijo también pendiente. Él asintió. Aquello era liberador. No había que ser héroes ni mártires. —Trato hecho —dijo—. Nos ayudamos, sin jugar a enfermero y paciente. —Eso mismo —rió ella. Desde entonces la amistad fue más tranquila, sin sobresaltos. Seguían viéndose en el parque, yendo juntos al médico, a veces merendando. Pero cada uno ya sabía dónde estaba el límite. El día que a Nadezhda Semiónovna se le rompió el grifo pidió ayuda: —¿Puede usted mirarlo? Me da miedo que se inunde todo. —Echar un vistazo, sí —dijo él—. Pero si es grave, llamamos al fontanero. Ya no estoy para rastrear tuberías. Fue, comprobó, ayudó a llamar al profesional. Mientras esperaban, hablaban del pasado, de cuando él arreglaba cualquier máquina y ahora ya no. Ella pensó que envejecer también era admitir cuando ya no se puede solo. A veces iban juntos al mercado. Allí todo era gritos y vendedores. Esteban Pérez regateaba por las patatas, Nadezhda escogía el pollo. De vuelta, maldecían los precios pero sabían que aquel paseo les llenaba el día. Los hijos reaccionaron a su manera. El de Nadezhda preguntó un día: —Mamá, nombras mucho a un tal Esteban Pérez. ¿Quién es? —Un vecino. Vamos juntos a pasear, me ayuda con la tablet, yo con los recibos. —Cuídate, —advirtió el hijo—. No le fíes dinero ni papeles. Que hoy en día hay de todo. Ella sonrió. —No soy una niña —dijo—. Ya me las arreglo. La hija de Esteban también preguntaba: —Papá, tampoco abuses de la vecina. Ella no es tu enfermera. Y vete tú a saber, igual tiene sus propios planes. —Tenemos un acuerdo —respondía él—. No nos explotamos. —¿Qué acuerdo ni qué acuerdo? —Uno de jubilados —bromeaba él. El verano llegó sin avisar. Las hojas brotaron en el parque, los bancos se llenaban. Madres jóvenes, chavales con cascos, otros pensionistas. Pero Nadezhda Semiónovna y Esteban Pérez tenían su banco, casi propio. Se sentaban en los mismos sitios, como si así mantuvieran el mundo en orden. Una tarde de sol, viendo jugar a los niños, Esteban Pérez apoyó el bastón junto al banco. —¿Sabe una cosa? —dijo sin dejar de mirar—. Antes pensaba que la vejez era el final. Se acababa el trabajo, los amigos, el amor, el interés. Solo quedaban las pastillas y la tele. Ahora sé que algo puede empezar también. No como de joven, pero a su manera. —¿Lo dice por nosotros? —sonrió ella. —También por nosotros, —asintió—. No sé cómo llamarlo, amistad, compañerismo, socios de colas. Pero con usted… me siento tranquilo. No da tanto miedo. Ella miró sus manos, con venas marcadas y arrugas. Después las suyas; se parecían. —Yo igual —confesó—. Antes, por las noches, pensaba: si mañana no me despierto, ¿quién se dará cuenta? Ahora sé que alguien, por lo menos, se extrañará si no bajo al parque. Él rió bajito. —No solo me extrañaré, —dijo—. Levanto el portal entero. —Eso está bien —contestó ella. Se quedaron un rato más. Al irse, caminaron despacio, cada uno por su lado del sendero. Al cruce, se detuvieron. —¿Mañana al ambulatorio? —preguntó él. —Sí —asintió ella—. Me toca análisis. ¿Me acompaña? —Hasta la puerta, sí —respondió—. Más allá no, que a mí me sacan la sangre de hablar tanto. Ella rió. —Hecho. Se despidieron y subieron a sus respectivos portales. Nadezhda Semiónovna entró en su piso silencioso. Dejó la bolsa, fue a la cocina, puso agua a hervir. Mientras el agua se calentaba, se asomó al patio. Abajo, Esteban Pérez forcejeaba con la llave. Levantó la mirada, como notando su presencia, y la saludó con la mano. Ella le correspondió. La tetera silbó. Ella fue a la cocina, se sirvió el té, cortó un trozo de pan. Se sentó; enfrente, en la silla, su chal de punto, sobre el que apoyó la mano. En ese instante sintió que aquel silencio tenía algo nuevo, no tan sordo. En algún sitio cercano, al otro lado del patio, tras los muros de algún piso, había alguien que mañana iría con ella al médico, esperaría juntos en el pasillo, protestaría de los médicos y se interesaría por cómo se sentía. El pensamiento de que la vejez no se iba a esfumar, seguía ahí. Dolían los huesos, las pastillas seguían el horario, los precios subían. Pero ahora había un pequeño apoyo. Ni milagros ni grandes promesas. Solo otro banco en la vida, donde sentarse a descansar juntos un rato, respirar y seguir adelante—cada uno a su ritmo, pero al lado.

Banco para dos

A finales de marzo, la lluvia había limpiado las aceras y en la pequeña plaza los parterres seguían oscuros y húmedos, mientras los servicios municipales dejaban rastros de arena en las esquinas. Dolores García caminaba despacio, sujetando con fuerza la bolsa de la compra, atenta a cada grieta y bache del camino. Había aprendido a mirar al suelo tras aquella fractura en el brazo, tres años atrás. Desde entonces, el temor a una nueva caída se alojaba en su pecho. No era especialmente temerosa de por sí, pero desde aquel episodio, caminar implicaba otra tensión.

Vivía sola en una de aquellas viviendas bajas de la zona de Chamberí, dos habitaciones donde hacía tiempo retumbaban voces, risas, el chisporroteo de la sartén y el portazo de la puerta. Ahora sólo quedaba el runrún del televisor, que Dolores veía más como luz de fondo que como compañía real. Su hijo la llamaba los domingos por videollamada, deprisa y corriendo entre obligaciones. Su nieta saludaba moviendo la mano y enseñándole algún muñeco. Dolores se alegraba, pero tras colgar, sentía de nuevo ese aire quieto y espeso de la casa.

Se aferraba a su rutina: por la mañana hacía unos estiramientos, tomaba la medicación, preparaba avena. Luego, caminaba hasta la plaza para que la sangre circule, según le recomendó la médica de cabecera y volvía a casa. Cocinaba algo, ponía las noticias, intentaba resolver un crucigrama. Por la tarde, veía un culebrón o tejía. No era nada del otro mundo, pero esa disciplina la mantenía activa, como le explicó un día a Carmen, la vecina del tercero.

Hoy el aire era frío y el viento tiraba de los árboles. Dolores se sentó despacio en su banco, junto al parque infantil. Dejó la bolsa a su lado, comprobando que la cremallera estaba cerrada. Vio a dos niñas de mono rosa y azul jugar, mientras sus madres charlaban sin apenas vigilar. Dolores pensó que se quedaría un rato, solo para despejarse, y luego regresaría.

En el otro extremo de la plaza apareció Julián Fernández. También contaba sus pasos, como un acto reflejo: setenta hasta la papelería, noventa y cinco hasta la consulta médica. Así evitaba pensar que, en casa, ya nadie lo esperaba.

Había sido electricista en la antigua Telefónica, recorriendo media España en tren, discutiendo con encargados, riendo a carcajadas con los compañeros. El trabajo era vida y conversación. Ahora el trabajo desapareció, igual que la mayoría de sus amigos: unos al pueblo de sus hijos, otros al cementerio. Su hijo vivía en Valencia y venía una vez al año, atropellado por las prisas. Su hija seguía en Madrid, pero absorbida entre los niños y el hipoteca. Julián no se sentía dolido, o eso le repetía a sí mismo. Sin embargo, por las noches, tendía el oído atentos, esperando quizás el chasquido del cerrojo.

Salió hoy a por pan y de paso, a comprar pastillas para la tensión. Siempre era mejor tener de sobra, le insistía la médica. Caminaba revisando la lista de la compra, escrita por él mismo con letra bien grande, los dedos algo temblorosos al sacar el papel.

Al llegar a la parada del autobús, vio marcharse justo el que debía coger. Se detuvo. De pie, le dolía la cintura. Había sitio en el banco: sólo ocupaba un extremo aquella señora de abrigo gris claro y gorro azul de punto que no miraba la carretera sino el parque.

Titubeó. Desde siempre le había dado apuro sentarse junto a una mujer desconocida. Pero este viento le calaba los huesos, así que se decidió.

¿Le importa si me siento? dijo, inclinándose.

La mujer le miró. Ojos claros, con arruguitas radiando de las comisuras.

Por supuesto, siéntese asintió, desplazando su bolsa.

El se acomodó, apoyando las manos en los extremos del banco. Hubo un silencio, interrumpido apenas por el paso acelerado de un coche.

Últimamente, los autobuses pasan como les da la gana dijo Julián, rompiendo el hielo. Te despistas un segundo y ya se ha ido.

Sí ayer esperé casi media hora. Al menos no llovía respondió ella.

Él la miró mejor. No le sonaba la cara, pero en ese barrio había mucha gente joven, muchas nuevas familias en los edificios.

¿Vive por aquí cerca? preguntó con cautela.

Allí, en aquellos bloques bajos, junto al Eroski de la esquina señaló ella. Portal uno. ¿Y usted?

Al otro lado de la plaza, en el edificio grande de ladrillo visto contestó. No está lejos.

Silencio otra vez. Dolores pensó que aquellas conversaciones de parada de autobús eran lo normal: intercambio breve de frases, luego olvido. Pero el hombre parecía algo vencido, como si últimamente le costara enderezar el cuerpo.

¿Ha ido al centro de salud? preguntó mirando su bolsa con el logotipo de la farmacia.

Sí, a por otra caja de pastillas. La tensión levantó la bolsa. ¿Y usted?

Sólo a la compra. Hay que dar un paseo o se le queda a una el cuerpo entumecido.

Dolores sintió, de pronto, que la palabra casa sonaba extraña, un hueco que no lograba tapar.

El autobús asomó al fondo de la avenida, reuniendo a los viajeros junto a la acera. Julián se puso de pie, vacilando.

Por cierto, soy Julián dijo al fin. Fernández.

Dolores García respondió, levantándose a su vez. Encantada.

Subieron al autobús, entre el ajetreo de pasajeros. Dolores se agarró con fuerza y, un instante después, encontró la mirada de Julián entre el gentío: ambos asintieron sin palabras.

A los pocos días volvieron a coincidir, esta vez sentados en la plaza. Dolores ya esperaba, tejiendo, cuando reconoció a Julián, que se acercaba apoyado en un bastón. No recordaba haberle visto con bastón: se lo habría comprado tras la última caída, pensó ella.

¡Vaya, la vecina de la parada! saludó él. ¿Me deja acompañarle?

Claro respondió Dolores, sincera esta vez.

Se sentó a su lado, el bastón apoyado en el borde.

Se está bien aquí. Da gusto ver a los niños, los árboles aún sin hojas. En casa las paredes se te echan encima.

¿Vive usted solo? preguntó Dolores, sintiendo innecesario disfrazar la pregunta.

Solo asintió él. Mi mujer murió hace siete años. Los hijos van a lo suyo. ¿Y usted?

Igual. El mío vive en Burgos con su familia, me llama, pero ya sabe.

Ambos se encogieron de hombros, comprendidos.

Las llamadas no están mal dijo él. Pero por la noche, cuando el móvil no suena, la casa parece más vacía.

Dolores sintió una calidez en esas palabras. Hablaron del tiempo, de los precios del supermercado, de que en el ambulatorio habían cambiado al médico de cabecera. Se despidieron, aunque, sin haberlo acordado, al día siguiente eligieron la misma hora para pasear. Y así empezaron a encontrarse, primero en la plaza y la parada, luego cerca del súper, después en la puerta del centro de salud.

Dolores se sorprendía a sí misma cambiando el horario del desayuno o de la compra para intentar cruzarse con Julián. No lo confesaba ni mentalmente: simplemente se retrasaba un poco o se adelantaba.

Iban juntos al ambulatorio comentando resultados de análisis, quejándose de la cita online, sistema que Dolores no entendía.

Hay que pedirla en la web del portal de salud repetía la administrativa del mostrador. Es muy fácil.

Fácil para usted, hija. Mi móvil es de los de antes y con suerte no se me apaga refunfuñaba Dolores saliendo al pasillo, mientras Julián disimulaba una risita.

Si quiere le ayudo le ofreció él. Tengo una tablet vieja de mis hijos donde hice la cuenta.

Al principio ella se resistió, pero aceptó. Sentados en el banco de la entrada, Julián trataba de buscar la sección adecuada, se equivocaba, murmullaba por lo bajo (me cago en la leche, otra vez aquí). Dolores reía, su risa ligera después de mucho tiempo.

Mira, aquí puedes elegir médico y hora. Sólo hay que recordar el usuario y contraseña.

Eso lo apunto en la libreta, que para eso la tengo.

Otras veces, Dolores lo ayudaba a desentrañar las facturas de la luz y el agua. Julián extendía el montón sobre la mesa.

Antes era bajar a la Caixa y pagar suspiraba. Ahora son todo códigos y máquinas.

A ver, vamos por partes: esta es la electricidad, esta el agua No es tan complicado.

Tomaban juntos café y rosquillas. Dolores sacaba su membrillo casero, él traía una bolsa de picos. Desde la ventana, veía a los niños jugando. Pensaba en lo bueno que era ese gesto de Julián, su manera paciente de ordenar los recibos.

No hace falta que me pague usted las facturas le dijo él una vez, cuando ella se ofreció a usar el cajero. Ya me aclaro yo.

Yo sólo ayudo, los euros los pone usted insistió Dolores. Él, avergonzado, aceptaba. No le gustaba deber favores, ni siquiera los pequeños.

En ocasiones discutían. No a gritos, pero sí con algún aspaviento. Una vez, volviendo del súper, hablaron de los hijos.

El mío me dice: Papá, vende el piso y vente con nosotros a Valencia. ¿Qué haces ahí solo? Pero a ver, ¿me voy a dormir en un sofá? Allí no hay sitioexplicaba Julián. Y aquí tengo todo lo mío.

El mío me insiste, vente, tienes habitación propia. Lo pienso, pero aquí tengo mi vida, la tumba de mi marido, mis amigas. No sé si tendría valor para dejarlo todo.

Allí uno sobra protestó Julián. Ellos llegan cansados, los críos llenan la casa, y tú ni estorbas ni ayudas. Es así, lo he visto.

¿Y aquí, en Madrid, para quién soy útil? le contestó Dolores.

Se calló. Creyó sentir aludido, se le subía un ramalazo de enfado.

Perdona, pensaba que que ya éramos

No acabó la frase. La palabra amigos le sonaba grandilocuente a su edad.

No lo decía por ti matizó ella. Sólo, a veces, me asusta pensar en desaparecer de aquí y que nadie lo note.

Él se encogió, y ese día volvieron en silencio. Julián la despidió con frialdad y esa noche, insomne, le pesó la discusión.

Durante varios días no se vieron. El tiempo empeoró y llovió con fuerza. Dolores salía igualmente, pero no encontraba a Julián. No quería preocuparse, pero la inquietud le ardía dentro.

Al cuarto día, al volver del mercado, vio un papel doblado en su buzón: Para Dolores García. Estoy ingresado. Julián F. No ponía más.

Las manos le temblaban. Se sentó en la cocina contemplando la nota. ¿Un infarto? ¿Quién lo habría ayudado? ¿Por qué no avisó nadie?

Recordó que Julián le había hablado una vez de la planta de cardiología del Hospital Clínico. Buscó el teléfono en su libreta y llamó a centralita. Tras varias transferencias, una voz cansada le dio el número de habitación y el horario de visitas.

Dolores nunca soportó el olor a desinfectante de los hospitales. Sin embargo, ese mismo día, en cuanto abrieron puertas, ya estaba frente al control de enfermería. Llevaba una bolsita de manzanas y unas galletas. Dudaba si serían apropiadas: ni sabía si podía tomar dulces.

Había tres hombres en la habitación. Julián estaba en la cama del centro, inclinado con un periódico. Al verla, clavó en ella los ojos, y de pronto se relajaron las facciones.

Dolores ¿cómo ha dado conmigo?

Tirando del hilo, como Penélope dejó la bolsa en la mesilla. ¿Qué ha pasado?

El corazón, qué remedio. Una noche mala, llamé a la hija y ella al SAMUR. Unos días aquí, y listo.

Lo examinó: estaba más pálido, pero mantenía ese brillo en los ojos.

¿Sus hijos lo saben?

Mi hija ya ha venido. Mi hijo aún no le dije nada contestó con un deje de tristeza. Prefiero no preocuparle.

Tras un rato en que hablaron de tonterías, Julián, más bajo, confesó:

Mi hija preguntó quién era la señora de la nota. Le dije que era una vecina que me ayuda con los papeles.

Eso le dolió a Dolores: vecina que ayuda con los papeles le sonaba ingrato. Se sentó, desanimada.

Bueno, en realidad soy vecina. Y le ayudo con los papeles.

Julián captó la incomodidad.

No quise decir nada raro, sólo ya sabes, si digo amiga se piensa otra cosa.

No somos veinteañeros, pero tampoco piedras replicó ella con media sonrisa.

Él asintió. El hombre de la cama de al lado fingía dormir.

Estuve pensando, Dolores. No temo morirme. Lo que me da miedo es que pase algo y no sepa nadie, que nadie me busque. Si no fuera por usted, habría estado inquieto. Es como sentir que alguien sabrá.

Dolores sintió un nudo en la garganta. Miró por la ventana, intentando no dejar notar su emoción.

Yo también pienso a veces ¿quién llamará si no aparezco? Le sacaría hierro contándolo a mi hijo, a la vecina, pero Cuando me quedo sin pastillas, echo cuentas, aunque sé que es absurdo.

No, no lo es replicó él. Yo también cuento pastillas. Y luego me río solo.

Ambos se miraron y, por primera vez, sonrieron con complicidad.

Entró una mujer de mediana edad, parecido a Julián, misma barbilla.

Papá, te traigo caldo. ¿Y esta señora?

Es Dolores García, una amiga que me echa una mano dijo Julián, sereno. Nos ayudamos.

Encantada, gracias por cuidar de él añadió ella. Es muy cabezota, quiere hacerse todo solo.

No es nada, a veces paseamos juntos contestó Dolores sonriendo.

La hija, no obstante, parecía recelosa. Se quedó colocando la comida y conversando con su padre, mientras Dolores se sintió de más y se despidió.

Volveré un día de estos.

Hágalo, si no le supone esfuerzo.

El que haga falta dijo Dolores antes de salir.

En casa, pensó largo rato en la conversación. Buena amiga sonaba sencillo quizás era lo necesario. Lo importante era que, en un momento difícil, Julián pensó en ella.

Estuvo ingresado quince días. Dolores iba día sí, día no, con zumos o prensa. A veces se limitaban a estar sentados, escuchando el trajín del hospital; otras veces, evocaban historias: las fiestas del barrio, veranos en Benidorm, partidas de mus.

La hija fue aceptando sus visitas. Un día, la acompañó hasta el ascensor y le agradeció:

Yo trabajo y no siempre puedo venir. Me alegro de que papá tenga con quién hablar, pero por favor no se cargue usted sola con esto. Si pasa algo grave, llámeme.

No se preocupe, sólo hago lo que puedo respondió Dolores. Cada uno tiene su vida.

Dieron el alta a Julián a finales de abril. El médico fue rotundo: pasear más, hacer caso al tratamiento, nada de disgustos. Su hija lo llevó en coche a casa. Al día siguiente, bastón en mano, se encaminó a la plaza.

Dolores ya estaba sentada en el banco. Se levantó al verlo.

¿Cómo está?

En pie, que ya es mucho.

Sentados allí, mirando el ir y venir del barrio, él le dijo:

Estos días pensé mucho. No quiero ser una carga para usted. No querría haberle cambiado sus planes por mi culpa.

¿Qué planes tengo yo? ¿Mercadona, médicos y novelas? No exagere.

Aun así insistió, no quiero que se sienta obligada. Soy un hombre adulto, no un crío.

Dolores le miró fijamente.

¿Cree que a mí me gusta ser una carga para alguien? Por eso hago todo sola, igual que usted. Pero una aprende algo con los años: puedes aislarte para no molestar, o puedes pactar. Solos, al final, tampoco vivimos mejor.

¿Pactar cómo? preguntó, desconcertado.

Así: usted no me llama de madrugada por si le apetece conversar. Pero si le da miedo ir solo al centro de salud, me llama. Si necesita repasar recibos, venga a casa. Ir al súper, váyase usted solo. No soy recadera.

Julián sonrió.

Eso suena a contrato.

Sinceridad, más bien. Y si algún día lo paso mal, puede llamarme. Pero no le exigiré nada, sé que tiene familia, igual que yo.

En esas palabras, Julián intuyó descanso. No hacía falta ponerse melodramático.

De acuerdo, trato hecho. Nos apoyamos, pero sin dramatismos.

Eso es.

La amistad se hizo sencilla. Paseaban, esperaban juntos a la consulta, tomaban café. Cada uno marcó su territorio, sus horarios, sus límites propios.

Cuando a Dolores se le rompió el grifo de la cocina, llamó a Julián.

¿Puede mirar esto? Tem o que se líe todo.

Lo miro, pero si es grave, llamamos al fontanero. Yo ya no estoy para acrobacias.

Él comprobó la fuga, verificó la avería y llamó al técnico mientras conversaban sobre cómo antaño arreglaba cualquier cable y ahora ya no le seguían las manos igual.

A veces iban al mercado juntos. Uno discutía el precio de las patatas, otro miraba el pollo. Luego volvían refunfuñando sobre el kilo de naranja, conscientes de que el verdadero motivo de la excursión era andar y charlar.

Las familias estaban atentas.

Mamá, mencionas mucho a Julián le preguntó su hijo por teléfono. ¿Quién es?

Un vecino, nos acompañamos, me ayuda con la tablet.

Bueno, desconfía, no le des ni un euro, que hay mucho listo ahora.

Dolores soltó una carcajada.

Sé cuidarme, hijo. Y cuido mis euros.

La hija de Julián también le preguntaba:

Papá, no sobrecargues a esa señora, no es tu cuidadora. Que cada uno lleve lo suyo.

Tenemos un acuerdo zanjaba él. No nos explotamos.

Vaya con el acuerdo.

El verano llegó casi sin avisar. En la plaza, los bancos rebosaban de niños, jubilados y adolescentes. Pero ellos tenían el suyo, siempre el mismo, como si así pusieran en orden el mundo.

Una tarde, mirando cómo los niños jugaban a la pelota y el aire olía a césped y polvo, Julián dijo:

Me he dado cuenta de algo, Dolores: creía que la vejez era final de todo: trabajo, amigos, risas. Que sólo quedaba el tajo de la farmacia y la tele. Pero ahora pienso que aún puede empezar algo. Distinto, claro.

¿Se refiere a esto nuestro? bromeó ella, con media sonrisa.

A esto también. No sé cómo llamarlo. Amistad, complicidad, compañeros de sala de espera. Pero, con usted, tengo menos miedo.

Dolores miró sus manos, hinchadas y surcadas de venas, iguales a las suyas.

A mí también me pasa. Antes, si no aparecía en la plaza, ¿quién iba a echarlo de menos? Ahora sé que por lo menos usted se preguntaría dónde estoy.

Él rió.

No me lo preguntaría, aviso a todo el portal.

Pues ya está dijo ella, satisfecha.

Un rato después se levantaron y caminaron juntos, cada quien por su acera, hasta el cruce.

¿Mañana tiene consulta? preguntó Julián.

Me toca análisis. ¿Me acompaña?

Por supuesto. Hasta la puerta de extracciones, eso sí, que si no le quito yo toda la sangre con tanta charla.

Hecho.

Se despidieron. Dolores subió despacio, abrió la puerta y, ya en casa, dejó la bolsa, puso agua a hervir y fue a mirar por la ventana.

Julián se peleaba con la cerradura. Alzó la mirada y la vio en el cristal: le saludó con la mano. Ella le respondió.

El hervidor silbó. Dolores sirvió el té, cortó un trocito de hogaza y se sentó en la mesa. Su chal de lana aguardaba en la silla de enfrente. Puso la mano sobre la prenda, percibiendo que aquel silencio ya no era tan denso: más bien, era un silencio habitado. En algún lugar cercano, al otro lado del patio, había alguien que al día siguiente la esperaría en la consulta. Sabía, con la serenidad que da la edad, que la vejez era exactamente eso: asumir lo que viene, vivirlo con dignidad. Pero en ese banco compartido había encontrado una pequeña tregua: no un milagro, pero sí ese respiro compartido en el que volver a coger fuerzas y, después, seguir caminando. Cada uno a su ritmo, pero juntos.

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MagistrUm
Un banco para dos Ya se había derretido la nieve, pero la tierra en el parque seguía oscura y húmeda, y en los senderos quedaban finas líneas de arena. Nadezhda Semiónovna avanzaba despacio, sujetando la bolsa con la compra y mirando al suelo. Hacía mucho que había adquirido la costumbre de fijarse en cada bache, en cada piedra. No por ser especialmente precavida de carácter, sino porque, desde que se rompió el brazo tres años atrás, el miedo a caer se le había instalado en el pecho y no tenía prisa en marcharse. Vivía sola en un piso bajo de dos habitaciones, donde antaño apenas cabían las voces, los olores de la comida y el portazo de las puertas. Ahora reinaba la calma. La televisión murmuraba de fondo, pero ella a menudo se sorprendía sin escuchar, solo observando el rótulo que cruzaba la pantalla. Su hijo la llamaba por videollamada los domingos, de forma apresurada, entre tarea y tarea, pero siempre llamaba. El nieto se asomaba a la cámara, le saludaba, le enseñaba algún juguete. Ella se alegraba, pero cada vez que colgaba sentía cómo la habitación volvía a llenarse de aire quieto. Tenía su rutina. Por la mañana, gimnasia, pastillas, gachas. Luego, un paseo corto hasta el parque para “activar la circulación”, como decía la doctora del ambulatorio. Al mediodía, cocinar, las noticias, a veces un crucigrama. Por la tarde, una serie y un poco de punto. Nada especial en ese itinerario, pero, como le gustaba repetirle a la vecina del rellano, eso la mantenía en forma. Hoy el viento era áspero pero seco. Nadezhda Semiónovna llegó hasta su banco al borde del parque infantil y se sentó en el extremo con cuidado. Dejó la bolsa a su lado y comprobó que la cremallera estuviera bien cerrada. Junto a ella jugaban dos pequeños en monos de colores chillones; las madres charlaban sin mirar a los paseantes. Ella se sentaría un rato y luego volvería a casa, así lo había decidido. Por el otro lado del parque avanzaba lentamente Esteban Pérez. Él también estaba acostumbrado a contar los pasos. Hasta el quiosco de prensa, setenta y tres. Hasta el ambulatorio, ciento veinte. Hasta esta parada, noventa y cinco. Era más fácil contar que pensar en que ya a nadie le esperaba en casa. En su día fue mecánico en una fábrica, viajaba a menudo por trabajo, discutía con los jefes, reía y bromeaba con los compañeros en los descansos. Ahora la fábrica había cerrado mucho tiempo atrás y veía cada vez menos a los amigos del trabajo. Unos se habían ido con sus hijos, otros ya estaban en el cementerio. El hijo vivía en otra ciudad, venía una vez al año, tres días y siempre con prisa. La hija vivía en el barrio de al lado, pero tenía sus propias preocupaciones, dos niños, hipoteca. Él no se sentía ofendido—eso se decía—, pero a veces, por la noche, cuando todo fuera era oscuro y los radiadores siseaban, notaba cómo aguzaba el oído, esperando si acaso chirriaba el cerrojo de la entrada. Había salido ese día a por pan y de paso iría a la farmacia. Por si acaso, compraría otra caja de pastillas para la tensión. La doctora avisaba que no era cosa de esperar a que diera un susto. Avanzaba con la lista escrita con letra grande en el bolsillo. Los dedos le temblaban un poco cuando la sacaba para comprobar que no se olvidaba nada. Al acercarse a la parada vio que el autobús acababa de irse. La gente empezaba a dispersarse. En el banco se sentaba una mujer, con abrigo gris claro y gorro azul de lana. Su bolsa estaba a su lado. Miraba al parque, no a la carretera. Se detuvo, incómodo. De pie sentía el dolor en la cadera. El banco quedaba a medias libre, pero siempre le daba reparo sentarse junto a una mujer desconocida; después de todo, quién sabe lo que podían pensar. Sin embargo, el viento le calaba los huesos y al final decidió arriesgarse. —¿Puedo sentarme? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia adelante. La mujer giró la cabeza. Tenía unos ojos claros con pequeñas arrugas en las comisuras. —Por supuesto, siéntese —contestó, desplazando la bolsa un poco. Él se sentó, apoyando las manos con cuidado en el borde del banco. Guardaron silencio. Pasó un coche dejando una estela de olor a escape. —Los autobuses ahora hacen lo que quieren —comentó él, rompiendo el silencio—. Basta mirar a otro lado y ya no están. —Ya, —asintió ella—. Ayer estuve media hora esperando. Menos mal que no llovía. La observó con atención. No le sonaba su cara, pero en este barrio ya hay gente nueva, con los edificios que han levantado. —¿Vive usted por aquí cerca? —preguntó con cautela. —Allí enfrente, —respondió ella, señalando un bloque de cinco plantas—. El primer portal, junto al supermercado. ¿Y usted? —Detrás del parque, en esa torre grande —le indicó—. También a un paso. Volvieron a guardar silencio. Nadezhda Semiónovna pensaba que las conversaciones en las paradas eran de lo más habitual: un par de frases, se monta uno y se olvida. Pero el hombre parecía cansado, algo descolocado, aunque procuraba mantener la compostura. —¿A la consulta? —preguntó ella, asintiendo hacia su bolsa con el logo de la farmacia. —Sí, he pasado a por medicamento —alzó él la bolsa—. Ya sabe, la tensión. ¿Y usted? —A por cuatro cosas, —respondió ella—. Y para caminar un poco, que si te quedas todo el día en casa te agarrotas. Dicho esto, de pronto notó un pinchazo dolorido en el pecho. La palabra “casa” sonó demasiado vacía. El autobús apareció a la vuelta. Los demás se arrimaron al bordillo. El hombre se irguió, vaciló un momento. —Por cierto, soy Esteban —dijo, como tomando una decisión—. Esteban Pérez. —Nadezhda Semiónovna, —respondió ella levantándose también—. Encantada. Subieron al autobús y el gentío los llevó en direcciones opuestas. Ella se agarró a una barra, notó los baches. En un momento cruzó la mirada con él a través de las cabezas. Él asintió con un gesto, y ella se lo devolvió. A los pocos días volvieron a coincidir—esta vez en el parque. Nadezhda Semiónovna estaba sentada en su banco y reconoció la figura cuando se acercaba. Esteban Pérez andaba apoyado en un bastón. Antes no llevaba, pero debió decidir tomar precauciones. —¡Hombre, la vecina de la parada! —sonrió al llegar—. ¿Me deja sitio? —Claro, —dijo ella, y no pudo evitar alegrarse. Se sentó, dejó el bastón apoyado entre él y el borde del banco. —Qué bien se está aquí, —comentó mirando a su alrededor—. Árboles, niños jugando. No como en casa, con las paredes encima. —¿Vive solo? —se atrevió ella a preguntar, ahora sí. —Solo, —asintió—. Mi mujer murió hace siete años. Los hijos, cada uno en su sitio. ¿Y usted? —También sola —respondió—. Mi marido murió hace tiempo. El hijo, con su familia, en otra ciudad. Me llaman, claro, pero… Se encogió de hombros. Él comprendió el gesto. —Las llamadas están bien —dijo él—. Pero cuando te acuestas y el teléfono calla… Estas palabras insospechadamente la reconfortaron. Continuaron charlando de tiempo, de precios, de que otra vez habían cambiado al médico de cabecera. Al despedirse, ambos eligieron al día siguiente salir a pasear a la misma hora, sin saber por qué. Y así empezaron sus encuentros habituales. Al principio en la parada o el parque, luego junto al supermercado, incluso a la entrada del centro de salud. Nadezhda Semiónovna se dio cuenta de que iba ajustando su rutina para coincidir con Esteban Pérez. Ni siquiera se lo admitía a sí misma: a veces sólo adelantaba un poco la comida o, al contrario, se daba más tiempo. Iban juntos hasta la consulta, comentaban los análisis que les mandaban, maldecían la cola digital que Nadezhda Semiónovna nunca lograba comprender. —Eso lo tiene que gestionar a través de la plataforma digital, —decía la joven encargada tras el mostrador—. Hay que pedir cita por Internet. —¿Qué internet ni qué niño muerto? —rezongaba ella, saliendo al pasillo—. Yo tengo móvil de los de teclas, y ya da gracias. Esteban Pérez escuchaba y asentía. —Déjeme que le ayude —ofreció un día—. Yo tengo una tablet vieja que me regalaron los chicos. Ahí se puede pedir cita. Ya nos buscaremos la vida juntos. Al principio ella desechó la idea, pero al final accedió. Sentados en el banco del ambulatorio, él buscaba en la pantalla con el dedo guiñando los ojos, a veces daba al botón equivocado y murmuraba por lo bajo. Ella reía, y su risa sonaba fácil, sin impostura. —¿Ve? Aquí puede elegir médico y hora. Solo tiene que acordarse del password. —Eso me lo apunto yo —respondió ella con seguridad—. Tengo una libretita. En otra ocasión, ella le ayudó con los recibos de la luz y el agua. Esteban Pérez traía todos los papeles del buzón, los apilaba y suspiraba. —Antes era fácil —decía—. Ibas a la caja, pagabas y listo. Ahora si no es el código, el código de barras, el terminal… ni un chef lo entiende. —Vamos por partes, —le decía ella—. Este es de la luz, este del agua. No se lía y ya está. Pasaban la tarde tomando té y bollerías que él traía, mirando cómo los niños jugaban en el patio. A ella le gustaba ver cómo Esteban Pérez ordenaba los papeles con método, le preguntaba, discrepaba a veces. —No quiero que usted pague por mí —soltó un día, al ofrecerle ella pasarle el importe en el cajero porque él no atinaba—. Ya me apaño solo. —No pago por usted —corrigió ella—. Usted me da el dinero, yo solo ayudo. No sea crío. Él se sintió incómodo, pero acabó aceptando. Por dentro le bulló una sensación rara—gratitud mezclada con incomodidad. No le gustaba sentir que debía nada a nadie, ni lo más mínimo. A veces discutían. No a gritos, pero sí dolidos. Un día, yendo del supermercado, hablaron de los hijos. —Mi hijo me dice: “Papá, vende el piso y vente a vivir con nosotros. ¿Para qué quedarte allí solo?” ¿Y qué voy a hacer, vivir en su salón? Si ya están apretados. Y aquí tengo mis cosas. —Mi chico también me insiste —suspiró Nadezhda Semiónovna—. Dice que me vaya, que me da una habitación. Su casa es grande. Pero yo no termino de decidirme. Aquí está la tumba de mi marido, mis amigas. Aunque a veces pienso… quizá debí hacerlo. —No diga eso —saltó él—. Allí no eres de nadie. Vuelven del trabajo reventados, los críos con los deberes, las extraescolares. Y tú, en una esquina. De esas historias conozco muchas. —¿Y aquí, a quién le hago falta? —dijo ella tranquilamente. Guardó silencio. Aquello de “aquí” le dolió. Le pareció que era una indirecta también para él. Notó cómo una rabia muda le subía por dentro. —Bueno, perdone —masculló—. Yo pensaba que éramos ya casi… No terminó la frase. La palabra “amigos” pareció atascársele. A su edad, sonaba demasiado fuerte. —No era por usted —aclaró ella suave, notando cómo se había afligido—. Lo decía en general. Si me hubiera ido, aquí se habría acabado todo. Da miedo. Él asintió. El resto del camino guardaron silencio tenso. Se despidieron secos en el portal y él, de noche, dio vueltas sin poder dormir, atormentado por el remordimiento de haberlo estropeado todo. Pasaron varios días sin verse. El tiempo empeoró, cayó una nieve húmeda. Nadezhda Semiónovna seguía saliendo a andar aunque fuera poco, pero a Esteban Pérez no lo veía. Intentaba tranquilizarse pensando que tendría cosas que hacer, o quizá estaba pachucho, pero la inquietud seguía ahí. Al cuarto día, al volver del supermercado, encontró en el buzón una nota. Ponía, en letra grande: “Para Nadezhda Semiónovna. Estoy en el hospital. Esteban P.” Ni dirección ni número de habitación. Solo eso. Las manos le temblaban. Entró en casa, posó la bolsa en el taburete, se sentó y se quedó mirando la nota. Mil preguntas zumbaban en su cabeza. ¿Qué le habría pasado? ¿Un infarto, un ictus? ¿Quién le habría ayudado? ¿Por qué nadie la llamaba? Recordó que una vez mencionó la planta de cardiología del hospital del barrio. Buscó en la agenda el número de información, llamó, esperó, la pasaron de operador en operador. Al fin le dieron el número de habitación y le permitieron ir en horario de visitas. No le gustaban los hospitales, ese olor a medicamentos y lejía le daba escalofríos. Pero al día siguiente, en cuanto abrieron las visitas, ya estaba ante la puerta. Llevaba fruta y galletas. Dudó si no habría exagerado. ¿Y si no podía tomar azúcar? La habitación era de tres. Un hombre mayor junto a la ventana, un chico joven con el brazo inmovilizado cerca de la puerta. Esteban Pérez, en la cama del medio. Leyendo el periódico, tumbado con la almohada doblada. Al verla, primero se desconcertó, luego su rostro se iluminó con alivio. —Nadezhda Semiónovna —dijo, dejando el periódico—. ¿Cómo me ha encontrado? —Tirando del hilo —respondió ella, dejando la bolsa en la mesilla—. ¿Qué ha pasado? —El corazón —suspiró él—. Me dio la noche mala y la ambulancia me trajo. Tengo que estar aquí unos días. Le miró bien. Tenía la cara más pálida, ojeras. Pero los ojos, con su chispa habitual. —¿Y los hijos, lo saben? —preguntó. —La hija estuvo aquí ya —contestó—. Me trajo sopa. Al hijo no le he dicho nada. ¿Para qué inquietarlo? Dijo esto tranquilo, pero se notaba tenso. Luego, tras una pausa, añadió: —Por cierto, mi hija preguntó por usted. Me dijo: “¿Quién es esa señora de la nota?” Yo le dije que es la vecina que me ayuda con recados. Nadezhda Semiónovna sintió un pequeño pinchazo por dentro. “Vecina que ayuda con recados” sonaba reseco, casi extraño. Se sentó en la silla. —En realidad, soy vecina y le ayudo con recados —dijo, procurando tener la voz tranquila. Él la miró y comprendió que se le había escapado una torpeza. Le dio vergüenza. —No quería decirlo así —se apresuró a aclarar—. Es que ella pregunta…, y ve, si le digo que eres amiga, se pone nerviosa: “Papá, que ya no tienes dieciocho años”. Se creen que estamos locos. —No tenemos dieciocho, desde luego —sonrió ella—. Pero seguimos siendo personas. Él asintió. Silencio. El vecino de la ventana fingió dormir, dándose la vuelta. —Yo, tumbado aquí de noche, me di cuenta de que no me asusta tanto la muerte —dijo él en voz baja—. Me asusta que me lleven así y nadie se entere. Te pasas el día mirando el techo y no tienes a quién llamar. Los hijos, lejos, con sus cosas. Y entonces me acordé de usted. Se me pasó el susto. Pensé, al menos alguién sabrá dónde estoy. Nadezhda Semiónovna notó un nudo en la garganta. Desvió la vista al alféizar, donde había un vaso de plástico con una flor mustia. —Yo también tengo miedo —contestó—. Pero siempre hago como que no. Delante del hijo, de las vecinas. Y por la noche, sola, empiezo a contar las pastillas que me quedan. ¿No le parece ridículo? —Nada ridículo —dijo él con gravedad—. Yo hago lo mismo. Se miraron y sonrieron, por fin. En esa sonrisa había un acuerdo y un alivio. En ese momento entró una mujer de mediana edad con la bolsa de la compra. Se parecía bastante a Esteban Pérez: los ojos, el mentón. —Papá —dijo, posando la bolsa—. Te he traído sopa. ¿Quién es ella? Miró a Nadezhda Semiónovna, valorando pero sin brusquedad. —Nadezhda Semiónovna —contestó él—. Mi… buena vecina. Me ayuda con recados, con las citas, los papeles. —Gracias por ayudar —dijo cordial la hija—. Es cabezón, todo lo quiere hacer él solo. —Encantanda —respondió Nadezhda Semiónovna—. Solo damos un paseo juntos de vez en cuando. La hija asintió, aunque en su mirada quedaba cierta perplejidad. Empezó a ordenar la comida, a preocuparse por el padre. Nadezhda Semiónovna se sintió de más y pronto se despidió. —Volveré —anunció en la puerta. —Venga cuando quiera —contestó él—. Si no es molestia. —No lo es —y salió al pasillo. En casa pensó mucho en lo que había oído. “Buena vecina” sonaba sencillo, quizá fuera lo mejor. A su edad, no hacían falta palabras rimbombantes. Lo importante era que se acordó de ella cuando estuvo angustiado. Esteban Pérez estuvo ingresado dos semanas. Nadezhda Semiónovna fue cada dos días, llevaba fruta, calcetines limpios, periódicos. A veces se quedaban callados oyendo las camillas por el corredor. A veces recordaban su juventud, contándose historias de sus tiempos: de la fábrica, del colegio, de las huertas ya vendidas. La hija de él terminó acostumbrándose a verla. Un día le dijo al acompañarla al ascensor: —Gracias. Trabajo y a veces no llego a venir. Es bueno que papá tenga con quién hablar. Pero no se lo cargue todo, por favor. Si pasa algo en serio, avíseme. —No pienso cargarme todo —respondió con calma—. Usted tiene su vida, yo la mía. Pero si puedo ayudar, aquí estoy. Le dieron el alta a Esteban a finales de abril. El médico insistió en que paseara más, se alterara menos, tomara la medicación. La hija le acompañó a casa, le ayudó con las bolsas. Al día siguiente, con su bastón, fue directo al parque. Nadezhda Semiónovna ya ocupaba su banco. Al verle, se levantó. —¿Cómo está? —le escrutó el rostro. —Vivo —bromeó él—. Que no es poco. Se sentaron juntos. Un momento callaron, escuchando los rumores del barrio. Al fin dijo: —En el hospital me he dado cuenta de algo. No quiero serle una carga. Me hace ilusión que viniera, pero me da apuro a la vez. No me gustaría que abandonara sus cosas por mí. —¿Qué cosas voy a tener yo? —suspiró ella—. Ir a la compra, al médico, ver la tele. No lo exagere. —Aun así —insistió él—. No quiero que sienta que tiene la obligación de cuidarme. Que soy adulto, no un niño. Ella le miró de frente. —¿Y cree que yo quiero ser carga de nadie? —le devolvió la pregunta—. También lo temo. Por eso hago todo sola. Pero sabe, he aprendido que se puede estar encerrados en casa, temiendo estorbar. O se puede llegar a un acuerdo. Nada de promesas imposibles, solo… estar cuando toca, lo que se pueda. Él meditó sus palabras. —¿Cómo sería eso? —Por ejemplo —enumeró—, no me llame de noche si le entra conversación. No soy el ambulatorio. Pero si tiene que ir al médico y le da cosa solo, me avisa. Si hay recibos que liar, venga. Si se le olvida comprar, no me llame, vaya usted solo. No soy recadera. Él sonrió. —Duro. —Honesto, —corrigió ella—. Y lo mismo para mí. Si me encuentro mal, le llamo. Pero no espero que lo deje todo. Usted tiene hijos, nietos. Yo lo entiendo. Y usted entienda que yo tengo a un hijo también pendiente. Él asintió. Aquello era liberador. No había que ser héroes ni mártires. —Trato hecho —dijo—. Nos ayudamos, sin jugar a enfermero y paciente. —Eso mismo —rió ella. Desde entonces la amistad fue más tranquila, sin sobresaltos. Seguían viéndose en el parque, yendo juntos al médico, a veces merendando. Pero cada uno ya sabía dónde estaba el límite. El día que a Nadezhda Semiónovna se le rompió el grifo pidió ayuda: —¿Puede usted mirarlo? Me da miedo que se inunde todo. —Echar un vistazo, sí —dijo él—. Pero si es grave, llamamos al fontanero. Ya no estoy para rastrear tuberías. Fue, comprobó, ayudó a llamar al profesional. Mientras esperaban, hablaban del pasado, de cuando él arreglaba cualquier máquina y ahora ya no. Ella pensó que envejecer también era admitir cuando ya no se puede solo. A veces iban juntos al mercado. Allí todo era gritos y vendedores. Esteban Pérez regateaba por las patatas, Nadezhda escogía el pollo. De vuelta, maldecían los precios pero sabían que aquel paseo les llenaba el día. Los hijos reaccionaron a su manera. El de Nadezhda preguntó un día: —Mamá, nombras mucho a un tal Esteban Pérez. ¿Quién es? —Un vecino. Vamos juntos a pasear, me ayuda con la tablet, yo con los recibos. —Cuídate, —advirtió el hijo—. No le fíes dinero ni papeles. Que hoy en día hay de todo. Ella sonrió. —No soy una niña —dijo—. Ya me las arreglo. La hija de Esteban también preguntaba: —Papá, tampoco abuses de la vecina. Ella no es tu enfermera. Y vete tú a saber, igual tiene sus propios planes. —Tenemos un acuerdo —respondía él—. No nos explotamos. —¿Qué acuerdo ni qué acuerdo? —Uno de jubilados —bromeaba él. El verano llegó sin avisar. Las hojas brotaron en el parque, los bancos se llenaban. Madres jóvenes, chavales con cascos, otros pensionistas. Pero Nadezhda Semiónovna y Esteban Pérez tenían su banco, casi propio. Se sentaban en los mismos sitios, como si así mantuvieran el mundo en orden. Una tarde de sol, viendo jugar a los niños, Esteban Pérez apoyó el bastón junto al banco. —¿Sabe una cosa? —dijo sin dejar de mirar—. Antes pensaba que la vejez era el final. Se acababa el trabajo, los amigos, el amor, el interés. Solo quedaban las pastillas y la tele. Ahora sé que algo puede empezar también. No como de joven, pero a su manera. —¿Lo dice por nosotros? —sonrió ella. —También por nosotros, —asintió—. No sé cómo llamarlo, amistad, compañerismo, socios de colas. Pero con usted… me siento tranquilo. No da tanto miedo. Ella miró sus manos, con venas marcadas y arrugas. Después las suyas; se parecían. —Yo igual —confesó—. Antes, por las noches, pensaba: si mañana no me despierto, ¿quién se dará cuenta? Ahora sé que alguien, por lo menos, se extrañará si no bajo al parque. Él rió bajito. —No solo me extrañaré, —dijo—. Levanto el portal entero. —Eso está bien —contestó ella. Se quedaron un rato más. Al irse, caminaron despacio, cada uno por su lado del sendero. Al cruce, se detuvieron. —¿Mañana al ambulatorio? —preguntó él. —Sí —asintió ella—. Me toca análisis. ¿Me acompaña? —Hasta la puerta, sí —respondió—. Más allá no, que a mí me sacan la sangre de hablar tanto. Ella rió. —Hecho. Se despidieron y subieron a sus respectivos portales. Nadezhda Semiónovna entró en su piso silencioso. Dejó la bolsa, fue a la cocina, puso agua a hervir. Mientras el agua se calentaba, se asomó al patio. Abajo, Esteban Pérez forcejeaba con la llave. Levantó la mirada, como notando su presencia, y la saludó con la mano. Ella le correspondió. La tetera silbó. Ella fue a la cocina, se sirvió el té, cortó un trozo de pan. Se sentó; enfrente, en la silla, su chal de punto, sobre el que apoyó la mano. En ese instante sintió que aquel silencio tenía algo nuevo, no tan sordo. En algún sitio cercano, al otro lado del patio, tras los muros de algún piso, había alguien que mañana iría con ella al médico, esperaría juntos en el pasillo, protestaría de los médicos y se interesaría por cómo se sentía. El pensamiento de que la vejez no se iba a esfumar, seguía ahí. Dolían los huesos, las pastillas seguían el horario, los precios subían. Pero ahora había un pequeño apoyo. Ni milagros ni grandes promesas. Solo otro banco en la vida, donde sentarse a descansar juntos un rato, respirar y seguir adelante—cada uno a su ritmo, pero al lado.