Banco para dos
A finales de marzo, la lluvia había limpiado las aceras y en la pequeña plaza los parterres seguían oscuros y húmedos, mientras los servicios municipales dejaban rastros de arena en las esquinas. Dolores García caminaba despacio, sujetando con fuerza la bolsa de la compra, atenta a cada grieta y bache del camino. Había aprendido a mirar al suelo tras aquella fractura en el brazo, tres años atrás. Desde entonces, el temor a una nueva caída se alojaba en su pecho. No era especialmente temerosa de por sí, pero desde aquel episodio, caminar implicaba otra tensión.
Vivía sola en una de aquellas viviendas bajas de la zona de Chamberí, dos habitaciones donde hacía tiempo retumbaban voces, risas, el chisporroteo de la sartén y el portazo de la puerta. Ahora sólo quedaba el runrún del televisor, que Dolores veía más como luz de fondo que como compañía real. Su hijo la llamaba los domingos por videollamada, deprisa y corriendo entre obligaciones. Su nieta saludaba moviendo la mano y enseñándole algún muñeco. Dolores se alegraba, pero tras colgar, sentía de nuevo ese aire quieto y espeso de la casa.
Se aferraba a su rutina: por la mañana hacía unos estiramientos, tomaba la medicación, preparaba avena. Luego, caminaba hasta la plaza para que la sangre circule, según le recomendó la médica de cabecera y volvía a casa. Cocinaba algo, ponía las noticias, intentaba resolver un crucigrama. Por la tarde, veía un culebrón o tejía. No era nada del otro mundo, pero esa disciplina la mantenía activa, como le explicó un día a Carmen, la vecina del tercero.
Hoy el aire era frío y el viento tiraba de los árboles. Dolores se sentó despacio en su banco, junto al parque infantil. Dejó la bolsa a su lado, comprobando que la cremallera estaba cerrada. Vio a dos niñas de mono rosa y azul jugar, mientras sus madres charlaban sin apenas vigilar. Dolores pensó que se quedaría un rato, solo para despejarse, y luego regresaría.
En el otro extremo de la plaza apareció Julián Fernández. También contaba sus pasos, como un acto reflejo: setenta hasta la papelería, noventa y cinco hasta la consulta médica. Así evitaba pensar que, en casa, ya nadie lo esperaba.
Había sido electricista en la antigua Telefónica, recorriendo media España en tren, discutiendo con encargados, riendo a carcajadas con los compañeros. El trabajo era vida y conversación. Ahora el trabajo desapareció, igual que la mayoría de sus amigos: unos al pueblo de sus hijos, otros al cementerio. Su hijo vivía en Valencia y venía una vez al año, atropellado por las prisas. Su hija seguía en Madrid, pero absorbida entre los niños y el hipoteca. Julián no se sentía dolido, o eso le repetía a sí mismo. Sin embargo, por las noches, tendía el oído atentos, esperando quizás el chasquido del cerrojo.
Salió hoy a por pan y de paso, a comprar pastillas para la tensión. Siempre era mejor tener de sobra, le insistía la médica. Caminaba revisando la lista de la compra, escrita por él mismo con letra bien grande, los dedos algo temblorosos al sacar el papel.
Al llegar a la parada del autobús, vio marcharse justo el que debía coger. Se detuvo. De pie, le dolía la cintura. Había sitio en el banco: sólo ocupaba un extremo aquella señora de abrigo gris claro y gorro azul de punto que no miraba la carretera sino el parque.
Titubeó. Desde siempre le había dado apuro sentarse junto a una mujer desconocida. Pero este viento le calaba los huesos, así que se decidió.
¿Le importa si me siento? dijo, inclinándose.
La mujer le miró. Ojos claros, con arruguitas radiando de las comisuras.
Por supuesto, siéntese asintió, desplazando su bolsa.
El se acomodó, apoyando las manos en los extremos del banco. Hubo un silencio, interrumpido apenas por el paso acelerado de un coche.
Últimamente, los autobuses pasan como les da la gana dijo Julián, rompiendo el hielo. Te despistas un segundo y ya se ha ido.
Sí ayer esperé casi media hora. Al menos no llovía respondió ella.
Él la miró mejor. No le sonaba la cara, pero en ese barrio había mucha gente joven, muchas nuevas familias en los edificios.
¿Vive por aquí cerca? preguntó con cautela.
Allí, en aquellos bloques bajos, junto al Eroski de la esquina señaló ella. Portal uno. ¿Y usted?
Al otro lado de la plaza, en el edificio grande de ladrillo visto contestó. No está lejos.
Silencio otra vez. Dolores pensó que aquellas conversaciones de parada de autobús eran lo normal: intercambio breve de frases, luego olvido. Pero el hombre parecía algo vencido, como si últimamente le costara enderezar el cuerpo.
¿Ha ido al centro de salud? preguntó mirando su bolsa con el logotipo de la farmacia.
Sí, a por otra caja de pastillas. La tensión levantó la bolsa. ¿Y usted?
Sólo a la compra. Hay que dar un paseo o se le queda a una el cuerpo entumecido.
Dolores sintió, de pronto, que la palabra casa sonaba extraña, un hueco que no lograba tapar.
El autobús asomó al fondo de la avenida, reuniendo a los viajeros junto a la acera. Julián se puso de pie, vacilando.
Por cierto, soy Julián dijo al fin. Fernández.
Dolores García respondió, levantándose a su vez. Encantada.
Subieron al autobús, entre el ajetreo de pasajeros. Dolores se agarró con fuerza y, un instante después, encontró la mirada de Julián entre el gentío: ambos asintieron sin palabras.
A los pocos días volvieron a coincidir, esta vez sentados en la plaza. Dolores ya esperaba, tejiendo, cuando reconoció a Julián, que se acercaba apoyado en un bastón. No recordaba haberle visto con bastón: se lo habría comprado tras la última caída, pensó ella.
¡Vaya, la vecina de la parada! saludó él. ¿Me deja acompañarle?
Claro respondió Dolores, sincera esta vez.
Se sentó a su lado, el bastón apoyado en el borde.
Se está bien aquí. Da gusto ver a los niños, los árboles aún sin hojas. En casa las paredes se te echan encima.
¿Vive usted solo? preguntó Dolores, sintiendo innecesario disfrazar la pregunta.
Solo asintió él. Mi mujer murió hace siete años. Los hijos van a lo suyo. ¿Y usted?
Igual. El mío vive en Burgos con su familia, me llama, pero ya sabe.
Ambos se encogieron de hombros, comprendidos.
Las llamadas no están mal dijo él. Pero por la noche, cuando el móvil no suena, la casa parece más vacía.
Dolores sintió una calidez en esas palabras. Hablaron del tiempo, de los precios del supermercado, de que en el ambulatorio habían cambiado al médico de cabecera. Se despidieron, aunque, sin haberlo acordado, al día siguiente eligieron la misma hora para pasear. Y así empezaron a encontrarse, primero en la plaza y la parada, luego cerca del súper, después en la puerta del centro de salud.
Dolores se sorprendía a sí misma cambiando el horario del desayuno o de la compra para intentar cruzarse con Julián. No lo confesaba ni mentalmente: simplemente se retrasaba un poco o se adelantaba.
Iban juntos al ambulatorio comentando resultados de análisis, quejándose de la cita online, sistema que Dolores no entendía.
Hay que pedirla en la web del portal de salud repetía la administrativa del mostrador. Es muy fácil.
Fácil para usted, hija. Mi móvil es de los de antes y con suerte no se me apaga refunfuñaba Dolores saliendo al pasillo, mientras Julián disimulaba una risita.
Si quiere le ayudo le ofreció él. Tengo una tablet vieja de mis hijos donde hice la cuenta.
Al principio ella se resistió, pero aceptó. Sentados en el banco de la entrada, Julián trataba de buscar la sección adecuada, se equivocaba, murmullaba por lo bajo (me cago en la leche, otra vez aquí). Dolores reía, su risa ligera después de mucho tiempo.
Mira, aquí puedes elegir médico y hora. Sólo hay que recordar el usuario y contraseña.
Eso lo apunto en la libreta, que para eso la tengo.
Otras veces, Dolores lo ayudaba a desentrañar las facturas de la luz y el agua. Julián extendía el montón sobre la mesa.
Antes era bajar a la Caixa y pagar suspiraba. Ahora son todo códigos y máquinas.
A ver, vamos por partes: esta es la electricidad, esta el agua No es tan complicado.
Tomaban juntos café y rosquillas. Dolores sacaba su membrillo casero, él traía una bolsa de picos. Desde la ventana, veía a los niños jugando. Pensaba en lo bueno que era ese gesto de Julián, su manera paciente de ordenar los recibos.
No hace falta que me pague usted las facturas le dijo él una vez, cuando ella se ofreció a usar el cajero. Ya me aclaro yo.
Yo sólo ayudo, los euros los pone usted insistió Dolores. Él, avergonzado, aceptaba. No le gustaba deber favores, ni siquiera los pequeños.
En ocasiones discutían. No a gritos, pero sí con algún aspaviento. Una vez, volviendo del súper, hablaron de los hijos.
El mío me dice: Papá, vende el piso y vente con nosotros a Valencia. ¿Qué haces ahí solo? Pero a ver, ¿me voy a dormir en un sofá? Allí no hay sitioexplicaba Julián. Y aquí tengo todo lo mío.
El mío me insiste, vente, tienes habitación propia. Lo pienso, pero aquí tengo mi vida, la tumba de mi marido, mis amigas. No sé si tendría valor para dejarlo todo.
Allí uno sobra protestó Julián. Ellos llegan cansados, los críos llenan la casa, y tú ni estorbas ni ayudas. Es así, lo he visto.
¿Y aquí, en Madrid, para quién soy útil? le contestó Dolores.
Se calló. Creyó sentir aludido, se le subía un ramalazo de enfado.
Perdona, pensaba que que ya éramos
No acabó la frase. La palabra amigos le sonaba grandilocuente a su edad.
No lo decía por ti matizó ella. Sólo, a veces, me asusta pensar en desaparecer de aquí y que nadie lo note.
Él se encogió, y ese día volvieron en silencio. Julián la despidió con frialdad y esa noche, insomne, le pesó la discusión.
Durante varios días no se vieron. El tiempo empeoró y llovió con fuerza. Dolores salía igualmente, pero no encontraba a Julián. No quería preocuparse, pero la inquietud le ardía dentro.
Al cuarto día, al volver del mercado, vio un papel doblado en su buzón: Para Dolores García. Estoy ingresado. Julián F. No ponía más.
Las manos le temblaban. Se sentó en la cocina contemplando la nota. ¿Un infarto? ¿Quién lo habría ayudado? ¿Por qué no avisó nadie?
Recordó que Julián le había hablado una vez de la planta de cardiología del Hospital Clínico. Buscó el teléfono en su libreta y llamó a centralita. Tras varias transferencias, una voz cansada le dio el número de habitación y el horario de visitas.
Dolores nunca soportó el olor a desinfectante de los hospitales. Sin embargo, ese mismo día, en cuanto abrieron puertas, ya estaba frente al control de enfermería. Llevaba una bolsita de manzanas y unas galletas. Dudaba si serían apropiadas: ni sabía si podía tomar dulces.
Había tres hombres en la habitación. Julián estaba en la cama del centro, inclinado con un periódico. Al verla, clavó en ella los ojos, y de pronto se relajaron las facciones.
Dolores ¿cómo ha dado conmigo?
Tirando del hilo, como Penélope dejó la bolsa en la mesilla. ¿Qué ha pasado?
El corazón, qué remedio. Una noche mala, llamé a la hija y ella al SAMUR. Unos días aquí, y listo.
Lo examinó: estaba más pálido, pero mantenía ese brillo en los ojos.
¿Sus hijos lo saben?
Mi hija ya ha venido. Mi hijo aún no le dije nada contestó con un deje de tristeza. Prefiero no preocuparle.
Tras un rato en que hablaron de tonterías, Julián, más bajo, confesó:
Mi hija preguntó quién era la señora de la nota. Le dije que era una vecina que me ayuda con los papeles.
Eso le dolió a Dolores: vecina que ayuda con los papeles le sonaba ingrato. Se sentó, desanimada.
Bueno, en realidad soy vecina. Y le ayudo con los papeles.
Julián captó la incomodidad.
No quise decir nada raro, sólo ya sabes, si digo amiga se piensa otra cosa.
No somos veinteañeros, pero tampoco piedras replicó ella con media sonrisa.
Él asintió. El hombre de la cama de al lado fingía dormir.
Estuve pensando, Dolores. No temo morirme. Lo que me da miedo es que pase algo y no sepa nadie, que nadie me busque. Si no fuera por usted, habría estado inquieto. Es como sentir que alguien sabrá.
Dolores sintió un nudo en la garganta. Miró por la ventana, intentando no dejar notar su emoción.
Yo también pienso a veces ¿quién llamará si no aparezco? Le sacaría hierro contándolo a mi hijo, a la vecina, pero Cuando me quedo sin pastillas, echo cuentas, aunque sé que es absurdo.
No, no lo es replicó él. Yo también cuento pastillas. Y luego me río solo.
Ambos se miraron y, por primera vez, sonrieron con complicidad.
Entró una mujer de mediana edad, parecido a Julián, misma barbilla.
Papá, te traigo caldo. ¿Y esta señora?
Es Dolores García, una amiga que me echa una mano dijo Julián, sereno. Nos ayudamos.
Encantada, gracias por cuidar de él añadió ella. Es muy cabezota, quiere hacerse todo solo.
No es nada, a veces paseamos juntos contestó Dolores sonriendo.
La hija, no obstante, parecía recelosa. Se quedó colocando la comida y conversando con su padre, mientras Dolores se sintió de más y se despidió.
Volveré un día de estos.
Hágalo, si no le supone esfuerzo.
El que haga falta dijo Dolores antes de salir.
En casa, pensó largo rato en la conversación. Buena amiga sonaba sencillo quizás era lo necesario. Lo importante era que, en un momento difícil, Julián pensó en ella.
Estuvo ingresado quince días. Dolores iba día sí, día no, con zumos o prensa. A veces se limitaban a estar sentados, escuchando el trajín del hospital; otras veces, evocaban historias: las fiestas del barrio, veranos en Benidorm, partidas de mus.
La hija fue aceptando sus visitas. Un día, la acompañó hasta el ascensor y le agradeció:
Yo trabajo y no siempre puedo venir. Me alegro de que papá tenga con quién hablar, pero por favor no se cargue usted sola con esto. Si pasa algo grave, llámeme.
No se preocupe, sólo hago lo que puedo respondió Dolores. Cada uno tiene su vida.
Dieron el alta a Julián a finales de abril. El médico fue rotundo: pasear más, hacer caso al tratamiento, nada de disgustos. Su hija lo llevó en coche a casa. Al día siguiente, bastón en mano, se encaminó a la plaza.
Dolores ya estaba sentada en el banco. Se levantó al verlo.
¿Cómo está?
En pie, que ya es mucho.
Sentados allí, mirando el ir y venir del barrio, él le dijo:
Estos días pensé mucho. No quiero ser una carga para usted. No querría haberle cambiado sus planes por mi culpa.
¿Qué planes tengo yo? ¿Mercadona, médicos y novelas? No exagere.
Aun así insistió, no quiero que se sienta obligada. Soy un hombre adulto, no un crío.
Dolores le miró fijamente.
¿Cree que a mí me gusta ser una carga para alguien? Por eso hago todo sola, igual que usted. Pero una aprende algo con los años: puedes aislarte para no molestar, o puedes pactar. Solos, al final, tampoco vivimos mejor.
¿Pactar cómo? preguntó, desconcertado.
Así: usted no me llama de madrugada por si le apetece conversar. Pero si le da miedo ir solo al centro de salud, me llama. Si necesita repasar recibos, venga a casa. Ir al súper, váyase usted solo. No soy recadera.
Julián sonrió.
Eso suena a contrato.
Sinceridad, más bien. Y si algún día lo paso mal, puede llamarme. Pero no le exigiré nada, sé que tiene familia, igual que yo.
En esas palabras, Julián intuyó descanso. No hacía falta ponerse melodramático.
De acuerdo, trato hecho. Nos apoyamos, pero sin dramatismos.
Eso es.
La amistad se hizo sencilla. Paseaban, esperaban juntos a la consulta, tomaban café. Cada uno marcó su territorio, sus horarios, sus límites propios.
Cuando a Dolores se le rompió el grifo de la cocina, llamó a Julián.
¿Puede mirar esto? Tem o que se líe todo.
Lo miro, pero si es grave, llamamos al fontanero. Yo ya no estoy para acrobacias.
Él comprobó la fuga, verificó la avería y llamó al técnico mientras conversaban sobre cómo antaño arreglaba cualquier cable y ahora ya no le seguían las manos igual.
A veces iban al mercado juntos. Uno discutía el precio de las patatas, otro miraba el pollo. Luego volvían refunfuñando sobre el kilo de naranja, conscientes de que el verdadero motivo de la excursión era andar y charlar.
Las familias estaban atentas.
Mamá, mencionas mucho a Julián le preguntó su hijo por teléfono. ¿Quién es?
Un vecino, nos acompañamos, me ayuda con la tablet.
Bueno, desconfía, no le des ni un euro, que hay mucho listo ahora.
Dolores soltó una carcajada.
Sé cuidarme, hijo. Y cuido mis euros.
La hija de Julián también le preguntaba:
Papá, no sobrecargues a esa señora, no es tu cuidadora. Que cada uno lleve lo suyo.
Tenemos un acuerdo zanjaba él. No nos explotamos.
Vaya con el acuerdo.
El verano llegó casi sin avisar. En la plaza, los bancos rebosaban de niños, jubilados y adolescentes. Pero ellos tenían el suyo, siempre el mismo, como si así pusieran en orden el mundo.
Una tarde, mirando cómo los niños jugaban a la pelota y el aire olía a césped y polvo, Julián dijo:
Me he dado cuenta de algo, Dolores: creía que la vejez era final de todo: trabajo, amigos, risas. Que sólo quedaba el tajo de la farmacia y la tele. Pero ahora pienso que aún puede empezar algo. Distinto, claro.
¿Se refiere a esto nuestro? bromeó ella, con media sonrisa.
A esto también. No sé cómo llamarlo. Amistad, complicidad, compañeros de sala de espera. Pero, con usted, tengo menos miedo.
Dolores miró sus manos, hinchadas y surcadas de venas, iguales a las suyas.
A mí también me pasa. Antes, si no aparecía en la plaza, ¿quién iba a echarlo de menos? Ahora sé que por lo menos usted se preguntaría dónde estoy.
Él rió.
No me lo preguntaría, aviso a todo el portal.
Pues ya está dijo ella, satisfecha.
Un rato después se levantaron y caminaron juntos, cada quien por su acera, hasta el cruce.
¿Mañana tiene consulta? preguntó Julián.
Me toca análisis. ¿Me acompaña?
Por supuesto. Hasta la puerta de extracciones, eso sí, que si no le quito yo toda la sangre con tanta charla.
Hecho.
Se despidieron. Dolores subió despacio, abrió la puerta y, ya en casa, dejó la bolsa, puso agua a hervir y fue a mirar por la ventana.
Julián se peleaba con la cerradura. Alzó la mirada y la vio en el cristal: le saludó con la mano. Ella le respondió.
El hervidor silbó. Dolores sirvió el té, cortó un trocito de hogaza y se sentó en la mesa. Su chal de lana aguardaba en la silla de enfrente. Puso la mano sobre la prenda, percibiendo que aquel silencio ya no era tan denso: más bien, era un silencio habitado. En algún lugar cercano, al otro lado del patio, había alguien que al día siguiente la esperaría en la consulta. Sabía, con la serenidad que da la edad, que la vejez era exactamente eso: asumir lo que viene, vivirlo con dignidad. Pero en ese banco compartido había encontrado una pequeña tregua: no un milagro, pero sí ese respiro compartido en el que volver a coger fuerzas y, después, seguir caminando. Cada uno a su ritmo, pero juntos.







