Un armario desbordado, montones de ropa sin planchar, sopa agria abandonada en el frigorífico: así es nuestro hogar. Una tarde, me armé de valor para hablar con mi esposa sobre todo esto, intentando que no se lo tomara mal, pero de alguna manera también acabé recibiendo reproches.
Me enamoré de Lucía en el mismo instante en que la vi. Supe que era para mí en cuanto nuestros ojos se cruzaron. Su belleza y su gracia eran fascinantes, y sentía que tenía una suerte inmensa de compartir mi vida con una mujer tan inteligente, atractiva y siempre pulcra. No dudé ni un momento en pedirle matrimonio.
Poco después de empezar a convivir en Madrid, Lucía me dejó claro que las tareas domésticas no eran algo que disfrutase. Ella prefería centrarse en su carrera profesional y, desde el principio, me propuso repartir las labores del hogar de forma equitativa. No vi ningún problema; de hecho, me pareció justo y sensato en aquel momento, sin imaginarme lo complicado que se volvería todo después.
Durante un tiempo, mantuvimos ese reparto, y Lucía aseguraba que podía con todo, tanto en casa como en el trabajo. Yo confié en su palabra y no quise discutirle su punto de vista.
Seis meses después, empecé a notar que las cosas no iban como esperábamos. La vida laboral de Lucía no resultó como ella soñaba: solo conseguía trabajos a media jornada en empresas poco conocidas, con un salario inestable y horarios caóticos. Además, todo el dinero lo gastaba en sus propios caprichos. Mientras tanto, yo trabajaba sin descanso, de sol a sol. A pesar de ello, Lucía no dudó en recordarme aquel acuerdo sobre las tareas y, a menudo, hacía la vista gorda con sus propias obligaciones.
Al principio cumplía con su parte, pero poco a poco dejó de esforzarse. La casa se volvió cada vez más caótica, los montones de ropa crecen sin remedio, y, para mi sorpresa, empezó a echarme la culpa, diciendo que debería ayudar más. Aquella actitud me dolía mucho. Se me hacía insoportable encontrar el equilibrio entre todo el trabajo y el cuidado del hogar, cuando desde el inicio lo habíamos dejado claro con un reparto equitativo.
Pensé que, cuando naciera nuestra hija, la situación cambiaría y Lucía se volcaría en el cuidado del bebé y de la casa durante su baja por maternidad. Pero, al contrario, las cosas fueron aún a peor. A veces, llego a pensar que mi vida sería más sencilla sin mi esposa. Además, las discusiones constantes se han convertido en el pan de cada día en nuestra casa.
Por mucho que intento ponerme en su lugar, intentando comprender su punto de vista, no puedo evitar sentir que mis necesidades quedan siempre en segundo plano. Trabajo en la oficina, en casa y además me ocupo de las tareas del hogar. Solo anhelo tener un poco de descanso.
Me pregunto a menudo en qué ocupa sus días Lucía durante la baja maternal, qué le impide preparar una cena o recoger un poco el salón. Nuestra hija apenas tiene dos meses y duerme la mayor parte del tiempo. Pienso que, en su situación, yo al menos podría lidiar con algunas tareas de casa. También me da miedo pensar cómo nos las apañaríamos si tuviésemos otro hijo. Yo siempre he creído en la igualdad y en ayudarnos el uno al otro, pero parece que a Lucía le cuesta mucho entenderlo.
No quiero que nuestra familia se rompa, porque adoro a mi hija más que a nada, pero siento que mi paciencia está llegando a su límite. No sé cómo seguir adelante en esta situación. ¿Tú, de parte de quién estarías en esta historia?







