Un año más juntos… Últimamente, don Arcadio no salía solo a la calle. No desde aquel día en que fue a la consulta y olvidó dónde vivía y hasta cómo se llamaba. Caminó en dirección contraria y estuvo dando vueltas por el barrio hasta que su mirada se detuvo en un edificio muy conocido: era la fábrica de relojes donde don Arcadio trabajó casi cincuenta años. Sabía que conocía aquel edificio, pero no lograba recordar por qué ni quién era él mismo, hasta que alguien le dio una palmada en el hombro. —¡Iváñez! ¡Don Arcadio, hombre, cuánto tiempo! Justo el otro día hablábamos de usted, del gran maestro y mentor que fue. ¿No me reconoce? Soy Yura Akulov, ¡el mismo al que usted convirtió en persona! De repente, algo hizo clic en la mente de don Arcadio y la cabeza dejó de estar vacía: lo recordó todo. Bendito sea Dios… Yura se alegró mucho, abrazó a su viejo mentor: —¿Ya me reconoce? Es que me afeité el bigote, por eso no me parezco. ¿Por qué no viene a casa a saludar a los chicos? —Mejor otro día, Yura, estoy cansado —confesó don Arcadio. —Tengo el coche aquí, le acerco a casa, aún me sé la dirección —celebró Yura. Lo llevó a casa y desde entonces Natalia, su mujer, no volvía a dejarlo salir solo, aunque la memoria le funcionaba bien de nuevo. Salían juntos al parque, a la consulta, al supermercado, siempre de la mano. Un día, Arcadio cayó enfermo, con fiebre y fuerte tos. Su mujer fue sola a la farmacia y al supermercado aunque tampoco se sentía bien. Compró medicamentos y alimentos, no muchos; pero se sintió débil, con dificultad para respirar, y la bolsa parecía pesar como nunca. Natalia se detuvo para recobrar el aliento y siguió hacia casa. A los pocos pasos, volvió a detenerse, colocó la pesada bolsa sobre la nieve recién caída y… suavemente, se sentó en el sendero hacia la puerta de casa. El último pensamiento que cruzó por su mente fue — ¿para qué compré tanto de golpe?, ¡qué poca cabeza tengo ya! Por suerte, los vecinos salieron del portal, la vieron en la nieve, corrieron y llamaron a las urgencias… Natalia fue llevada en ambulancia; los vecinos tomaron su bolsa y llamaron a la puerta. —Su marido Arcadio debe estar en casa, está malito, no le he visto en días —dijo doña Nina, la vecina—. Dormirá, que Natalia decía que también está flojito… Bueno, luego paso. Don Arcadio escuchó el timbre pero la tos y la fiebre le dejaron sin fuerzas, casi se desmaya… La tos cesó, cayó en una especie de sueño, ¿dónde está Natalia, por qué tarda tanto? Siguió tumbado, pero de pronto oyó unos pasos suaves. Natalia vino, su mujer, qué alegría verla. —Arcadio, dame la mano, agárrate, levanta, levanta —le pidió Natalia. Y él se levantó, sujetándose a su mano extrañamente fría y débil. —Ahora abre la puerta, rápido —le dijo ella bajito. —¿Para qué? —se extrañó Arcadio, pero la abrió. Entraron enseguida la vecina Nina y Yura. —¡Iváñez, que te llamábamos y nada! —¿Dónde está Natalia? ¡Acaba de estar aquí! —preguntó Arcadio pálido como la pared, buscando a su mujer. —Pero si está en la UCI en el hospital —respondió atónita la vecina Nina. —Creo que delira —dedujo Yura, y justo a tiempo agarró a su viejo amigo antes de que cayera desmayado… Llamaron a la ambulancia, era un desmayo por la fiebre… Dos semanas después, dieron de alta a Natalia. Yura la llevó en coche a casa, él y la vecina ayudaron a Arcadio durante esos días, y ya se recuperaba. Lo importante: seguían juntos. Por fin solos, no pudieron contener las lágrimas. —Menos mal que existe buena gente en el mundo, Arcadio, Nina es una buena mujer; ¿te acuerdas de cuando sus hijos venían tras el cole y les dábamos la comida y ayudábamos con los deberes? —Sí, no todo el mundo es agradecido, pero ella no ha perdido el corazón, y eso vale mucho —asintió Arcadio. —Y Yura, era un chaval cuando te conoció, tú fuiste su maestro. Los jóvenes olvidan a los mayores, pero él, mira, siempre vuelve. —Dentro de unos días es Nochevieja, Arcadio, ¡qué suerte que seguimos juntos! —dijo Natalia abrazando a su marido. —Dime, Natalia, ¿cómo es posible que vinieras del hospital para ayudarme a abrir la puerta? Sin ti habría muerto… —se atrevió por fin a preguntar Arcadio. Temía que su mujer pensase que había perdido la cabeza, pero Natalia lo miró sorprendida: —¿De verdad fue así? Me dijeron que tuve muerte clínica, y mientras tanto, como dormida, fui a verte… Recuerdo que me vi en la UCI y después salí y fui a casa… —¡Qué cosas nos pasan de mayores! Y aún así, te quiero como antes, o quizá más —Arcadio le tomó las manos y se quedaron largo rato mirándose en silencio. Como si temieran volver a separarse… Esa Nochevieja fue especial: Yura apareció con regalos y la vecina Nina vino a tomar té con ellos y dulces. La llegada del Año Nuevo Natalia y Arcadio la celebraron juntos. —He pedido un deseo: si logramos recibir el año juntos, será nuestro, este año, y aún viviremos —dijo Natalia. Rieron juntos, felices por la esperanza. Un año más de vida juntos, es mucho, es pura felicidad.

Un año entero juntos…

Últimamente Arcadio Jiménez no salía solo a la calle.
Desde aquel día que fue a la consulta del médico y se le olvidó dónde vivía, y hasta cómo se llamaba, ya no ha salido sin compañía.
En lugar de volver a casa, terminó dando vueltas por el barrio hasta que una fábrica le llamó la atención. Resultó ser la fábrica de relojes donde Arcadio había trabajado casi cincuenta años.
Se quedó mirando el edificio, con la sensación de que lo conocía bien, aunque ni por asomo recordaba por qué, ni quién demonios era él.
Hasta que de repente, alguien le dio una palmadita en el hombro:
¡Jiménez! ¡Tío Arcadio! ¿Qué haces aquí, echabas de menos esto? El otro día te recordábamos, vaya maestro eras. ¿No me reconoces? ¡Soy Jorge Alcázar! ¡Tú fuiste el que me enseñó todo!
En la cabeza de Arcadio algo hizo clic, como el engranaje de un reloj, y por fin se despejó la niebla del olvido. Gracias a Dios…
Jorge se alegró tanto que abrazó al viejo maestro.
¿Ya me recuerdas? Me afeité el bigote, por eso ya no te sueno. ¿Por qué no pasas a saludar? Los colegas estarán encantados.
Mejor otro día, Jorge, estoy agotado confesó Arcadio.
Mira, tengo el coche aquí, te llevo, que aún me sé tu dirección dijo Jorge, encantado.
Le llevó a casa, y desde aquel día Isabel Romero, la esposa de Arcadio, no volvió a dejarle salir solo, aunque la memoria le había vuelto.
A partir de entonces, solo salían juntos: al parque, al centro de salud, y al supermercado.
Pero un día Arcadio cayó enfermo: fiebre, tos, un malestar notable. Isabel, aunque tampoco estaba muy bien, salió sola a la farmacia y al súper.
Compró lo justo: medicinas y algo de comida. Sin embargo aquel día la flojera le atacó y apenas podía respirar. Le pareció que la bolsa de la compra pesaba como cinco garrafas de aceite de oliva. Paró, se recuperó del susto y siguió con su bolsa, arrastrándola camino a casa.
Pero a pocos pasos tuvo que parar otra vez. Dejó la bolsa sobre la acera, en pleno frío, y… acabó sentándose suavemente sobre el suelo helado del paseo.
Y antes de perder el conocimiento, su último pensamiento fue: ¿En qué estaba pensando al comprar tanto? ¡Si ya no tengo cabeza para estas cosas!
Por suerte, unos vecinos salían del portal, la vieron tirada en el suelo, corrieron y llamaron a una ambulancia.
Se la llevaron de inmediato, y los vecinos recogieron la compra y las medicinas, volvieron a su piso y empezaron a llamar a la puerta.
El marido de Isabel, Arcadio, seguro que está en casa, igual se ha puesto malo. Hace días que no lo veo… dijo Nina Pérez, la vecina. Seguro que está durmiendo; Isabel dijo que últimamente él tampoco anda muy fino. Ay, la edad, qué desgracia Bueno, luego vengo otra vez.
Arcadio sí escuchaba el timbre, pero la tos y el mareo por la fiebre apenas le dejaban moverse. Trató de levantarse, pero casi se cae redondo.
Al final, entre sueños y desvaríos, pensaba: ¿Dónde estará Isabel? ¿Por qué tarda tanto?
Estaba medio dormido cuando escuchó unos pasos suaves, y de repente, allí estaba su mujer, su Isabel, ¡qué alivio que al fin volviera!
Arcadio, dame la mano, apóyate en mí y levántate le animó ella con una voz que sonaba fría y lejana.
Se levantó agarrado a su mano, que le pareció extrañamente fría y débil.
Ahora abre la puerta, venga, ábrela pronto susurró Isabel.
¿Para qué? preguntó él, pero abrió, porque ella lo pedía.
Y en ese instante entraron la vecina Nina y Jorge, su amigo de la fábrica.
¡Jiménez! ¿Pero cómo no abres? Llevamos un buen rato llamando y golpeando.
¿Y Isabel? Si estaba aquí ahora mismo… preguntó Arcadio, pálido, sin entender dónde se había ido su mujer.
Pero si está en la UCI, en el hospital se sorprendió Nina.
Creo que está delirando susurró Jorge, justo a tiempo de agarrar a Arcadio antes de que se desmayara de fiebre.
Llamaron a una ambulancia y, efectivamente, sólo era un desmayo por la fiebre alta.
Dos semanas después dieron el alta a Isabel. Jorge la llevó a casa en el coche, y la vecina Nina estuvo ayudando a Arcadio mientras tanto, hasta que ambos empezaron a recuperarse.
Lo importante: todavía seguían juntos.
Cuando por fin Arcadio y su mujer se quedaron solos en casa, apenas podían contener las lágrimas.
Menos mal que aún hay buena gente en este mundo, Arcadio. Nina es una gran mujer, ¿te acuerdas cuando sus hijos venían a casa después del cole? Les dábamos la comida, los ayudábamos con los deberes, y luego ella venía del trabajo y se los llevaba.
Claro que sí, no todos recuerdan los favores, pero ella sigue teniendo un corazón generoso. Da gusto.
Y Jorge cuando era un chaval, yo fui su mentor, le eché una mano cuando nadie le ayudaba. Los jóvenes suelen olvidar a los viejos, pero mira, él no me ha dejado tirado.
En unos días es Nochevieja, Arcadio, qué alegría volver a estar juntos susurró Isabel, apoyada en su marido.
Isabel, dime la verdad: ¿cómo es posible que vinieras a verme desde el hospital y me obligaras a abrir la puerta a nuestros salvadores? Sin ti, me habría muerto aquí mismo se atrevió al fin a preguntar Arcadio.
Temía que Isabel pensara otra vez que estaba perdiendo la cabeza, pero ella le miró asombrada:
¿De verdad ocurrió? Me dijeron que tuve muerte clínica y en ese momento, como en un sueño, fui a verte. Recuerdo verme en la UCI, salir del hospital y aparecer en casa
Vaya cosas nos pasan de viejos. Pero ¿sabes qué? Te sigo queriendo como siempre, o más aún le dijo Arcadio, cogiendo sus manos con cariño. Y así estuvieron sentados largo rato, mirándose sin decir nada, como si temieran que la vida pudiera volver a separarlos.
Por la tarde, justo antes de Nochevieja, Jorge apareció con una caja llena de pastas y empanadas que le había preparado su mujer.
Luego vino la vecina Nina y compartieron té y dulces. El ánimo se llenó de calor y de esa alegría sencilla.
La Nochevieja la celebraron Arcadio y Isabel, solos, juntos, como dos niños traviesos.
He pedido un deseo: que si damos la bienvenida juntos a este año nuevo, entonces será nuestro. Y así viviremos un año más le dijo Isabel a su marido.
Y ambos empezaron a reír, contagiados de esa felicidad.
Un año más juntos ¡Eso es muchísimo! Eso es el verdadero tesoro.

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MagistrUm
Un año más juntos… Últimamente, don Arcadio no salía solo a la calle. No desde aquel día en que fue a la consulta y olvidó dónde vivía y hasta cómo se llamaba. Caminó en dirección contraria y estuvo dando vueltas por el barrio hasta que su mirada se detuvo en un edificio muy conocido: era la fábrica de relojes donde don Arcadio trabajó casi cincuenta años. Sabía que conocía aquel edificio, pero no lograba recordar por qué ni quién era él mismo, hasta que alguien le dio una palmada en el hombro. —¡Iváñez! ¡Don Arcadio, hombre, cuánto tiempo! Justo el otro día hablábamos de usted, del gran maestro y mentor que fue. ¿No me reconoce? Soy Yura Akulov, ¡el mismo al que usted convirtió en persona! De repente, algo hizo clic en la mente de don Arcadio y la cabeza dejó de estar vacía: lo recordó todo. Bendito sea Dios… Yura se alegró mucho, abrazó a su viejo mentor: —¿Ya me reconoce? Es que me afeité el bigote, por eso no me parezco. ¿Por qué no viene a casa a saludar a los chicos? —Mejor otro día, Yura, estoy cansado —confesó don Arcadio. —Tengo el coche aquí, le acerco a casa, aún me sé la dirección —celebró Yura. Lo llevó a casa y desde entonces Natalia, su mujer, no volvía a dejarlo salir solo, aunque la memoria le funcionaba bien de nuevo. Salían juntos al parque, a la consulta, al supermercado, siempre de la mano. Un día, Arcadio cayó enfermo, con fiebre y fuerte tos. Su mujer fue sola a la farmacia y al supermercado aunque tampoco se sentía bien. Compró medicamentos y alimentos, no muchos; pero se sintió débil, con dificultad para respirar, y la bolsa parecía pesar como nunca. Natalia se detuvo para recobrar el aliento y siguió hacia casa. A los pocos pasos, volvió a detenerse, colocó la pesada bolsa sobre la nieve recién caída y… suavemente, se sentó en el sendero hacia la puerta de casa. El último pensamiento que cruzó por su mente fue — ¿para qué compré tanto de golpe?, ¡qué poca cabeza tengo ya! Por suerte, los vecinos salieron del portal, la vieron en la nieve, corrieron y llamaron a las urgencias… Natalia fue llevada en ambulancia; los vecinos tomaron su bolsa y llamaron a la puerta. —Su marido Arcadio debe estar en casa, está malito, no le he visto en días —dijo doña Nina, la vecina—. Dormirá, que Natalia decía que también está flojito… Bueno, luego paso. Don Arcadio escuchó el timbre pero la tos y la fiebre le dejaron sin fuerzas, casi se desmaya… La tos cesó, cayó en una especie de sueño, ¿dónde está Natalia, por qué tarda tanto? Siguió tumbado, pero de pronto oyó unos pasos suaves. Natalia vino, su mujer, qué alegría verla. —Arcadio, dame la mano, agárrate, levanta, levanta —le pidió Natalia. Y él se levantó, sujetándose a su mano extrañamente fría y débil. —Ahora abre la puerta, rápido —le dijo ella bajito. —¿Para qué? —se extrañó Arcadio, pero la abrió. Entraron enseguida la vecina Nina y Yura. —¡Iváñez, que te llamábamos y nada! —¿Dónde está Natalia? ¡Acaba de estar aquí! —preguntó Arcadio pálido como la pared, buscando a su mujer. —Pero si está en la UCI en el hospital —respondió atónita la vecina Nina. —Creo que delira —dedujo Yura, y justo a tiempo agarró a su viejo amigo antes de que cayera desmayado… Llamaron a la ambulancia, era un desmayo por la fiebre… Dos semanas después, dieron de alta a Natalia. Yura la llevó en coche a casa, él y la vecina ayudaron a Arcadio durante esos días, y ya se recuperaba. Lo importante: seguían juntos. Por fin solos, no pudieron contener las lágrimas. —Menos mal que existe buena gente en el mundo, Arcadio, Nina es una buena mujer; ¿te acuerdas de cuando sus hijos venían tras el cole y les dábamos la comida y ayudábamos con los deberes? —Sí, no todo el mundo es agradecido, pero ella no ha perdido el corazón, y eso vale mucho —asintió Arcadio. —Y Yura, era un chaval cuando te conoció, tú fuiste su maestro. Los jóvenes olvidan a los mayores, pero él, mira, siempre vuelve. —Dentro de unos días es Nochevieja, Arcadio, ¡qué suerte que seguimos juntos! —dijo Natalia abrazando a su marido. —Dime, Natalia, ¿cómo es posible que vinieras del hospital para ayudarme a abrir la puerta? Sin ti habría muerto… —se atrevió por fin a preguntar Arcadio. Temía que su mujer pensase que había perdido la cabeza, pero Natalia lo miró sorprendida: —¿De verdad fue así? Me dijeron que tuve muerte clínica, y mientras tanto, como dormida, fui a verte… Recuerdo que me vi en la UCI y después salí y fui a casa… —¡Qué cosas nos pasan de mayores! Y aún así, te quiero como antes, o quizá más —Arcadio le tomó las manos y se quedaron largo rato mirándose en silencio. Como si temieran volver a separarse… Esa Nochevieja fue especial: Yura apareció con regalos y la vecina Nina vino a tomar té con ellos y dulces. La llegada del Año Nuevo Natalia y Arcadio la celebraron juntos. —He pedido un deseo: si logramos recibir el año juntos, será nuestro, este año, y aún viviremos —dijo Natalia. Rieron juntos, felices por la esperanza. Un año más de vida juntos, es mucho, es pura felicidad.