Un año más juntos
Últimamente Arcadio Jiménez ya no salía solo a la calle. No lo hacía desde aquel día en que fue a la consulta médica y, de pronto, olvidó dónde vivía y cómo se llamaba. Caminó en dirección equivocada, dando vueltas sin rumbo por el barrio, hasta que sus ojos se toparon con un edificio intensamente conocido. Resultó ser la antigua fábrica de relojes donde Arcadio había trabajado casi cincuenta años.
Se quedó mirando el edificio y sabía, sin duda, que lo conocía bien. Pero por qué lo conocía, y aún menos quién era él mismo, todo se le escapaba, hasta que alguien le tocó el hombro por detrás, sigilosamente.
¡Jiménez! ¡Tío Arcadio, qué haces por aquí, tenías nostalgia? Justamente ayer hablábamos de ti, de nuestro maestro y mentor. Arcadio, ¿no me reconoces? ¡Si soy yo, Julián Torres! ¡Tú me hiciste persona!
En la cabeza de Arcadio algo hizo clic, la niebla se disipó y todo lo recordó. Gracias a Dios…
Julián se alegró tanto que abrazó a su viejo mentor.
¿Ves? Es que me he afeitado el bigote, por eso no me reconoces enseguida. ¿Por qué no subes un rato? Los chicos estarán encantados.
Será otro día, Julián, estoy bastante cansado confesó Arcadio Jiménez.
Tengo el coche aquí, déjame llevarte, me acuerdo de tu dirección insistió su exalumno con energía.
Julián le llevó hasta casa, y desde entonces Matilde Lozano, su mujer, no volvió a dejarlo salir solo, aunque la memoria le funcionaba bien.
Siempre salían juntos, ya fuera al parque, al ambulatorio o a la tienda. Pero una tarde Arcadio cayó enfermo, con fiebre y una tos que le sacudía entero. Matilde, aunque tampoco se sentía muy bien, corrió sola a la farmacia y al colmado.
Compró medicinas y algo de comida, no demasiado, pero una extraña debilidad se apoderó de ella. Con la bolsa a cuestas, sudaba, jadeaba, el peso era absurdo e irreal. Matilde se detuvo, recobró el aliento y siguió tirando de la enorme bolsa. Avanzó unos pasos más y volvió a parar. Depositó la bolsa sobre la nieve fresca, y de repente, se dejó caer suavemente sobre el sendero que llevaba a casa.
Su último pensamiento fue: “¿Por qué he comprado tanto de golpe? ¡Ya no me queda cabeza!”
Por suerte, unos vecinos salían del portal justo entonces, vieron a la anciana en la nieve, acudieron corriendo y llamaron a la ambulancia.
Matilde Lozano fue llevada de emergencia, mientras los vecinos recogían la bolsa y llamaron varias veces a su puerta.
Su marido Arcadio debe estar en casa, tal vez enfermo, hace días que no lo veo murmuró Nieves Morales. Estará dormido Matilde decía que últimamente tampoco él se encontraba bien, ay, qué dura es la vejez Bueno, volveré luego.
Arcadio escuchaba el timbre. Pero la tos le ahogaba, y aunque intentaba levantarse, la debilidad y la fiebre le hacían tambalearse. Estuvo a punto de caer…
Su tos se disipó, y Arcadio se sumió en un sueño extraño, más real que la vigilia. ¿Dónde estaría Matilde? ¿Por qué tardaba tanto?
En esa penumbra dormida, oyó pasos suaves, y vio a su esposa entrar, su Matilde, cómo agradecía verla de vuelta.
Arcadio, dame la mano. Apóyate, vamos, arriba le instaba Matilde. Y él se incorporó, aferrándose a su mano, curiosamente fría y débil.
Ahora abre la puerta, rápido susurró Matilde.
¿Por qué? se extrañó Arcadio, pero obedeció, y justo entonces entraron la vecina Nieves Morales y Julián, su joven compañero.
¡Jiménez! ¡Cómo que no abres, hemos estado llamando y golpeando!
¿Y Matilde? ¿Dónde está? Si acaba de estar aquí musitó Arcadio, los labios pálidos de angustia, incapaz de comprender su repentina ausencia.
¡Pero si está en la UCI del hospital! exclamó Nieves-
Mejor llamamos ya a urgencias advirtió Julián, alcanzándole justo a tiempo cuando Arcadio se desplomaba
La ambulancia se lo llevó: había sufrido un desmayo por la fiebre.
Dos semanas después dieron el alta a Matilde Lozano. Julián la llevó, mientras ella y Nieves ayudaban a Arcadio en casa, hasta que poco a poco fue mejorando.
Lo fundamental: seguían juntos, todavía.
Cuando al fin quedaron solos, ambos casi no podían contener las lágrimas.
Menos mal que aún hay buena gente, Arcadio. ¿Recuerdas cómo los niños de Nieves venían tras el colegio? Les dábamos la comida, les ayudábamos con los deberes, y luego Nieves venía por ellos.
Ya, no todo el mundo aprecia el bien, pero ella tiene un corazón generoso, y eso alegra convino Arcadio.
Y Julián, ¿te acuerdas? Siempre joven, tú le orientaste, le ayudaste a empezar. Muchos olvidan a los mayores, pero él no me ha dejado.
Dentro de unos días es Nochevieja, Arcadio, qué alegría seguir juntos Matilde se acurrucó junto a él.
Matilde, dime de verdad: ¿cómo fue que viniste a casa desde el hospital y me ayudaste a abrir a nuestros salvadores? Sin ti no hubiese salido adelante
Temía que dudase de su lucidez. Pero Matilde lo miró extrañada:
¿De veras pasó? Me dijeron que tuve una muerte clínica, y yo, como en sueños, viajé hasta ti. Lo recuerdo: me vi en la UCI, salí del hospital, fui directa a ti…
Qué cosas nos suceden en los años, y aún así te quiero como nunca, más que antes quizás Arcadio tomó sus manos, y se quedaron largo rato mirándose, en profundo silencio. Como si temieran que cualquier cosa volviera a separarlos
Esa Nochevieja, justo antes de las campanadas, Julián pasó a traer dulces, su mujer había preparado empanadas. Luego entró Nieves; tomaron juntos té y pasteles, y sintieron el alma reconfortada y cálida.
La última noche del año Arcadio Jiménez y Matilde Lozano la vivieron solos, juntos.
¿Sabes? He pedido que si celebramos este año nuevo unidos, el año será nuestro. Y seguiremos viviendo. susurró Matilde.
Ambos rieron, por esa idea, tan esperanzadora.
Un año entero, juntos, es tanto, es la felicidadY justo cuando el reloj marcaba la medianoche, Arcadio y Matilde se miraron a los ojos, ese breve instante en que el tiempo parece detenerse. Afuera, el eco lejano de los brindis y los fuegos artificiales se mezclaba con la nieve que caía doce campanadas sobre el tejado.
Arcadio extendió la mano, buscando la de Matilde, y sus dedos, temblorosos pero firmes, se enlazaron como si nunca pudieran separarse.
Feliz año, mi amor susurró él, y Matilde se inclinó para rozar su mejilla con suya, dejando allí una promesa infinita.
Feliz año, Arcadio.
En ese momento no pensaron en enfermedades, ni en hospitales, ni siquiera en la incertidumbre que traería el futuro. Solo estaban ellos, dos corazones que persistían juntos, sabiendo que cada día compartido era un regalo.
Las luces del vecindario titilaban en los cristales, y un brillo especial se reflejaba en sus miradas cansadas pero llenas de esperanza.
Para Arcadio y Matilde, aquel año nuevo era más que una fecha: era la victoria de la ternura y la compañía, la certeza de que, mientras pudieran tomarse de la mano y reír, siempre tendrían un hogar y siempre serían nosotros.
Afuera seguía cayendo la nieve, cubriendo los viejos caminos del barrio, pero por dentro todo era cálido. Y cuando por fin se apagaron las luces, en la penumbra del cuarto, Arcadio susurró:
Un año más juntos, Matilde. Y todos los que vengan, mientras el corazón recuerde cómo amarte.
Matilde sonrió, cerró los ojos y, con la serenidad de los que saben que nunca están solos, se dejó mecer por el silencio dichoso.
Así, mientras afuera el mundo recibía otro año, ellos vivieron el suyo, confiando en que, hasta el último momento, seguirían acompañándose, tomados de la mano, en ese pequeño milagro cotidiano que era su amor.






