Te cuento lo que pasó esta mañana, que fue un show digno de una película. Nos juntamos todos en la notaría, familiares tanto cercanos como esos que sólo ves en bodas y funerales. Todos estábamos allí, con la esperanza de que el abuelo Adam hubiera dejado algo interesante, unos cuantos euros para cada uno. El notario, por supuesto, llegó tarde, y el ambiente estaba que cortabas el aire.
La hija mayor de Adam, Carmen, estaba súper nerviosa, diciendo: ¿Cuánto más vamos a esperar? Yo solo quiero saber si mi padre ha dejado algo, así me voy de aquí. Y entonces Miguel, medio indignado, saltó: Tía Carmen, deberías ser un poco más discreta. Lo que toca ahora es llorar, no hablar de dinero. Que papá está muerto, caray. Carmen le miró con cara de pocos amigos: Deja de llamarme tía, ¿quieres? Soy joven aún, llámame por mi nombre. Miguel, que es muy directo, no se cortó: No importa cuántos potingues te pongas ni cuánta crema antiarrugas uses, la edad no perdona. En fin, la tensión se podía sentir.
Por fin entra el notario, que más parecía un actor de teatro que un funcionario, nos mira uno a uno y abre una carpeta de papeles en la mesa. ¿Están listos para que les lea el testamento? Todos asentimos, cada uno con sus propias ansias. El notario, con una sonrisa que no sabías si era de burla o de misterio, empieza a leer. Os he dejado una herencia, pero para conseguirla primero tenéis que encontrarla. De pequeño viví en el pueblo con mis padres. No teníamos mucho, pero éramos felices juntos. En la casa vieja hay una caja fuerte, y ahí está todo el dinero; pero para abrirla hay que encontrar la llave. El notario os dará un mapa y vigilará que cumpláis con las reglas. ¡Suerte, queridos míos!
Hubo un momento de silencio, nadie se creía que el abuelo Adam nos estuviese haciendo esto incluso después de morir. Carmen fue la primera en romper la calma: Mi marido y yo nos vamos al pueblo ahora mismo, ¿quién viene? La otra hija, Lucía, le dijo a Miguel: Nosotros pasamos de esto. Papá siempre nos hacía bromas, seguro que hay truco y el dinero no nos interesa. Así que Carmen, su marido y otros familiares se lanzaron al pueblo.
Te juro que fue un espectáculo: resolviendo pistas como en una gincana, pasando por el corral de las vacas, buscando mensajes entre el heno, arrastrándose por el barro. Los del pueblo dejaron todo para mirar cómo nos pringábamos. El vestido de Carmen, que venía muy fina, acabó hecho trizas, todo su glamour desaparecido. Después de una odisea, encontraron la llave y abrieron la caja fuerte.
Y ahí, sorpresa total: solo había una nota y montones de caramelos. La nota decía: El dinero se donó a una ONG, y vosotros os quedáis con lo que os merecéis. Gracias por alegrar a mi gente del pueblo. Imagínate nuestras caras, fue para enmarcarlo. El abuelo, hasta después de muerto, seguía con su sentido del humor.






