El amor no se exhibe
Ana salió de la casa con un cubo lleno de pienso para los cerdos y, con ceño fruncido, pasó junto a su marido, Genaro, que llevaba ya tres días liado con el pozo. Se le había antojado adornarlo con tallas de madera, para que quedara bonito, como si no hubiese otras cosas que hacer. Mientras, la mujer hacía las faenas de la casa y daba de comer a los animales, y él allí, con el formón en la mano, cubierto de serrín, sonriéndole como un chiquillo. Pero ¿qué clase de esposo le había tocado en suerte? Jamás decía una palabra cariñosa, ni tampoco daba un golpe en la mesa, tan solo trabajaba en silencio, y de vez en cuando se acercaba, le miraba a los ojos y pasaba la mano por su trenza rubia y gruesa. Y esa era toda la dulzura que le demostraba. Ella deseaba oír rayito de sol, paloma mía
Le daba vueltas a su destino de mujer, y casi tropezó con el viejo Chato. Genaro, en un salto, fue a sostenerla y miró severamente al perro:
¿Pero qué haces metiéndote bajo sus pies? Vas a acabar haciendo daño a la dueña.
Chato bajó la cabeza, avergonzado, y se fue despacio hacia su caseta. Ana se asombró, una vez más, de cómo los animales entendían a su esposo. Un día se lo preguntó y él sólo le dijo:
Los quiero; ellos me devuelven lo mismo.
Ana también soñaba con que la llevasen en brazos, le susurrasen palabras tiernas al oído y le dejaran flores frescas cada mañana sobre la almohada Pero Genaro no era dado a las muestras de afecto, y Ana empezaba a dudar si su esposo la quería de verdad.
Que Dios te ayude, vecina curioseó desde la valla Basilio. Genaro, ¿sigues con tus tonterías? ¿Y para quién son esos adornos?
Para que mis hijos crezcan siendo buenas personas, rodeados de belleza.
Primero tendrás que tener hijos rió su vecino, guiñándole un ojo a Ana.
Genaro miró con tristeza a su esposa, y Ana, avergonzada, se apresuró a entrar a la casa. No andaba ella con ganas de tener niños, era joven, guapa, quería disfrutar un poco de la vida, sin contar que su marido no tenía ni fuerza ni gracia. ¡Y qué guapo era el vecino! Alto, ancho de hombros Genaro no estaba mal, pero Basilio era un verdadero galán. Cuando le veía cerca del portal, le hablaba tan bonito, igual que una lluvia de junio murmurando: Rociíto, sol de mi vida Y el corazón le temblaba dentro, las piernas se le aflojaban, pero Ana huía de él, sin dejarse engañar. Al casarse prometió serle fiel a su esposo, sus padres vivieron toda la vida juntos con amor, y le enseñaron a cuidar de su familia.
Pero, entonces, ¿por qué tenía tanta necesidad de asomarse a la ventana y encontrarse con los ojos de Basilio?
A la mañana siguiente, Ana sacó la vaca al prado y se cruzó en la puerta con Basilio:
Anita, palomita blanca, ¿por qué te esquivas? ¿Acaso me tienes miedo? No me canso de mirar tu hermosura, me dejas sin aliento.
Ven mañana al amanecer. Cuando tu Genaro se marche de pesca, ven conmigo. Yo sí sabré darte el cariño que mereces; contigo serás la más feliz.
Ana se sonrojó entera, las mejillas en llamas, el corazón desbocado, pero no dijo palabra, simplemente siguió su camino deprisa.
Te estaré esperando le dijo él detrás.
Ana pensó en él todo el día. Anhelaba amor y ternura, Basilio la atraía mucho, y la miraba con ojos ardientes; sin embargo, no podía decidirse. Aún faltaba para el amanecer siguiente; quizás
Esa misma tarde, Genaro encendió la estufa para calentar la sauna. Invitó incluso al vecino a disfrutarla. Basilio aceptó encantado; así se ahorraba la leña en casa. Allí estaban, dándose buenos azotes con ramas de abedul y refunfuñando de placer. Cuando salieron fuera a refrescarse, Ana ya les había puesto una jarrita de orujo y algo de picar, y, al acordarse de los pepinillos en salmuera que guardaba en la bodega, bajó a buscarlos. Cuando iba a entrar con los pepinillos, escuchó las voces que llegaban por la puerta entreabierta y decidió quedarse, a escondidas, escuchando.
¿Por qué eres tan indeciso, Genaro? decía Basilio en voz baja. Vente conmigo, te vas a arrepentir si no lo pruebas. Allí las viudas te llenan de caricias, ¡y qué mozas! Es una fiesta para los ojos. Nada que ver con tu Ana, que parece una ratoncita gris
No, amigo se oyó la voz tranquila pero firme de Genaro, no necesito ninguna belleza, ni quiero pensar en eso. Mi mujer no es ninguna ratita; es la más hermosa que haya pisado nuestra tierra. No hay flor ni fruto que se le iguale. Cuando la miro, ni el sol veo, solo sus ojos, su cuerpo delicado El amor me rebosa como río en primavera, pero qué pena, no sé decir palabras tiernas, no sé mostrarle cuánto la amo; y ella se enfada conmigo por eso, lo siento. Sé que tengo la culpa, tengo miedo de perderla, no sabría vivir ni un solo día sin ella, no podría ni respirar.
Ana quedó parada, el corazón como un tambor y una lágrima rodó por su mejilla. Luego alzó la cabeza, entró al vestuario y dijo con voz alta:
Vete, Basilio Ve a entretener a esas viudas, que nosotros tenemos asuntos más importantes. Que todavía no hay nadie en casa quien contemple las maravillas que Genaro talla. Perdón, mi amor, por los pensamientos tontos, por no darme cuenta antes; tenía la felicidad entre las manos y no supe verla. Vamos, que ya hemos perdido demasiado tiempo
Aquella mañana, al alba, Genaro no fue a pescar.







