Mira, te cuento. Conozco a Diego desde que éramos unos críos. Vivíamos en el mismo edificio en Madrid y, claro, éramos inseparables. Cuando llegamos a la adolescencia, nos juntábamos con el grupo y nos íbamos por la Gran Vía, o simplemente nos sentábamos en un banco del Retiro a hablar de cualquier cosa. Lo de tener novia no era algo que nos tomáramos muy en serio en ese momento. Nos importaba más lo que pensaría la pandilla; no queríamos quedar en ridículo delante de ellos.
Luego pasó que tuve que hacer la mili, y Diego, no sé cómo, logró librarse. Al volver, conseguí trabajo, después me casé. Estuve una década con mi mujer y tuvimos dos hijos. Pero, con el tiempo, nos dimos cuenta de que éramos unos desconocidos el uno para el otro. Las discusiones empezaron a ser el pan de cada día y llegó un momento en el que estaba claro que no tenía sentido seguir juntos. Al final, nos divorciamos.
Un par de años después, estando yo ya más libre que un pájaro, me crucé un día por casualidad con Diego. Te juro que en los doce años que habían pasado no lo habría reconocido ¡menudo cambio! Había cogido bastante peso.
Nos sentamos a tomar un café en una terracita por Malasaña y empezamos a ponernos al día. Resulta que él también se había divorciado, y estaba buscando otra pareja. El tiempo pasó, y al año yo conocí a una mujer maravillosa y acabamos casándonos. Y, serás tú quién lo creas, pero volví a toparme con Diego y él también había rehecho su vida. Pero mira, sinceramente, su mujer no me cayó bien. Era una mujer bastante entrada en carnes.
Le pregunté: ¿Y qué es lo que ves en ella?.
Y Diego me dijo, tan tranquilo, que era una maravilla para las tareas de la casa y que cocinaba de lujo.
Y además, me deja tranquilo. Puedo tomarme mis cañas viendo el fútbol, puedo salir con los colegas al bar cuando me apetece. Es la mujer perfecta. Nunca me pone pegas para nada.
No te voy a engañar, me sorprendió oír aquello. Para mí, la pareja ideal es otra cosa. Claro que se agradece que la otra persona cocine bien y lleve la casa al día, pero lo fundamental es el amor, que nos queramos de verdad.
Hay gente para la que lo importante es la limpieza, o tener buena comida en la mesa. Yo, en cambio, quiero que mi pareja y yo estemos conectados, que pensemos y sintamos parecido, como si fuéramos uno. El respeto y la comprensión lo son todo. Y si encima compartimos aficiones, mejor todavía. Por ejemplo, a mi mujer y a mí nos encanta cocinar juntos, y muchas veces nos ponemos a limpiar el piso escuchando música de Sabina o de Alejandro Sanz.
Al final, esto es como ir en bici juntos: si los dos dais pedales en la misma dirección, la cosa tiene muchas más papeletas de llegar lejos.
¿No crees tú?






