Un acaudalado empresario frena su coche en la nieve. Lo que llevaba el niño harapiento le dejó petrificado…

**19 de Diciembre, Madrid**
El coche del empresario Adolfo Méndez se detuvo en medio de la nevada. Lo que llevaba aquel niño harapiento lo dejó helado
La nieve caía con fuerza, cubriendo el parque del Retiro como un manto espeso. Los árboles, inmóviles, guardaban silencio. Los columpios se balanceaban levemente con el viento gélido, pero no había niños jugando. El lugar parecía abandonado, sumido en el frío. Entre los copos, apareció un niño pequeño. No tendría más de siete años. Llevaba una chaqueta gastada y unos zapatos rotos, empapados por la nieve. Pero el frío no lo detenía. Entre sus brazos, con cuidado, llevaba tres bebés envueltos en mantas raídas.
Su rostro estaba enrojecido por el aire helado. Los brazos le ardían de cansancio, pero seguía adelante, apretando a los bebés contra su pecho para darles algo de calor. “Bienvenidos a ‘Charla con Pepe’un saludo especial hoy para Martina, que nos sigue desde Málaga. Gracias por ser parte de esta gran familia. Si quieres que te saludemos, dale al ‘me gusta’, suscríbete y dinos de dónde nos ves en los comentarios.” Los trillizos eran diminutos, sus caritas pálidas, los labios amoratados. Uno de ellos emitió un quejido débil. El niño inclinó la cabeza y murmuró: “Tranquilos, estoy aquí. No os abandonaré.”
A su alrededor, el mundo movía a toda prisa: coches pasando, gente corriendo hacia sus casas. Pero nadie lo veía. Nadie notaba al niño ni a las tres vidas que cargaba. La nieve se hacía más densa, el frío más cruel. Las piernas del niño temblaban, pero no se detenía. Había hecho una promesa. Aunque al resto no le importase, él los protegería.
Sin embargo, su cuerpecito no aguantó más. Las rodillas cedieron, y lentamente, cayó sobre la nieve, sin soltar a los bebés. Cerró los ojos. Todo se volvió blanco, silencioso.
Allí, en el parque, bajo la nieve que seguía cayendo, cuatro almas pequeñas esperaban. Que alguien las viera.
El niño abrió los ojos poco a poco. El frío le mordía la piel, los copos se posaban en sus pestañas, pero no los apartaba. Solo pensaba en los trillizos. Intentó levantarse de nuevo, aunque las piernas le flaqueaban. Los brazos, entumecidos, se aferraban a los bebés con fuerza. No los soltaría.
Paso a paso, avanzó. El suelo estaba hielo puro. Si caía, los niños podrían lastimarse. No podía permitirlo. El viento cortaba como cuchillos a través de su ropa fina. Cada movimiento era una agonía. Los pies, empapados; las manos, casi sin sentir. El corazón le martilleaba en el pecho, pero inclinó la cabeza y susurró: “Aguanten, por favor”
Los bebés respondieron con gemidos débiles, pero seguían con vida.
**Reflexión:** A veces, el mundo pasa de largo ante el sufrimiento ajeno. Pero un acto de valentía, por pequeño que sea, puede cambiar todo. Incluso en el frío más cruel, hay calor en quien no se rinde.

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Un acaudalado empresario frena su coche en la nieve. Lo que llevaba el niño harapiento le dejó petrificado…