¡Madre mía, qué maravilla, Otilia! ¡De verdad que eres una maga!
Los tulipanes de mil colores embriagaban la vista. Catalina sabía bien el esfuerzo que le había costado a Otilia convertir aquel patio árido y gris en un vergel. Había perdido la cuenta de las horas y los años que su vecina dedicó a plantar, a limpiar y a transformar lo que antes era un espacio sin alma. Incluso el parque infantil, hacia donde ahora se dirigían Catalina y su hija Jimena, era mérito de Otilia. ¡Vaya si sabía crear belleza! El cambio del barrio era asombroso: limpio, amplio, soleado. Y las flores, ah, eso era otro tema. Cada brote lo había plantado Otilia con sus propias manos. Catalina llevaba ya casi quince años en el edificio, desde que sus padres vinieron de Salamanca a Madrid, y jamás había visto a ningún vecino sembrar ni un geranio. Sólo Otilia. Y desde no hace tanto, desde que enviudó.
Qué difícil es quedarse sola a cierta edad. Su hijo vive en Sevilla, casado y con su propia vida, su propia familia, y entre Otilia y la nuera la relación nunca cuajó. Allí, la otra señora ya tenía a su madre cerca ayuda no faltaba. Y Otilia, por simpática que sea, era una extraña, una presencia amable pero ajena.
Nunca se había quejado a Catalina. Pero ella, sólo con verla, adivinaba la tristeza de su vecina. Vivir sola es duro…
Catalina lo sabía bien, tras aquel divorcio tan cansino del primer marido. Por no aguantar un desliz. Y eso que sólo habría tenido que hacer la vista gorda, mirar para otro lado. Pero cuando la amante, justo, resultó ser Sonsoles, con la que compartió pupitre durante ocho años y mil confidencias, cerrar los ojos era imposible.
Le quitó las llaves de casa al exmarido y se dedicó a “sufrir”. Durante una semana lloró todo lo que quiso. Incluso pidió días libres en la consulta, para poder llorar tranquila.
Ni siquiera pudo terminar su duelo. Aún abrazada al bote de helado, hinchada y mosqueada, alguien aporreó la puerta ni hubo tiempo de temerle a nada. Cuando alguien golpea así, sólo puede significar una cosa: algo grave.
Catalina se puso los vaqueros y fue a abrir.
Ver a Otilia entonces daba miedo. Siempre la tuvo por una mujer serena, hasta elegante, que paseaba por el patio saludando a los niños y preguntando con cariño por cada vecino. ¿Cómo sigue Clara del estómago? ¿Duerme bien Gonzalito? ¿Va bien de leche la pequeña Marta? Siempre con esa voz de médico de familia, atenta y abierta a todos. Otilia, era la pediatra del barrio, la verdadera y única.
Pero aquella mujer que apareció ante Catalina no era la Otilia de siempre. Irreconocible, deshecha por el dolor. Nada más verla, le preguntó, con voz dura y seca:
¿Qué te ha pasado, Catalina? ¿Por qué vienes empapada en lágrimas? ¿Te duele algo?
Entonces Catalina volvió de golpe al presente, consciente de que la pena de Otilia era mucho mayor que la suya. Sí, se puede perder a un marido y saber que vive y es feliz en otra parte. Eso duele. Pero más duele perderlo para siempre.
El esposo de Otilia falleció sin esperar la ambulancia. Primero, no quiso llamar ya estaba acostumbrado a sus achaques, confiando en que las pastillas le aliviarían. Pero esta vez fue demasiado tarde. Cuando por fin bajó Otilia de hacer la compra en el mercado, ya no pudo hacer nada. Allí lo halló, en el rellano de la escalera, esperando su regreso.
Ese día, Catalina sólo pudo seguirla. Llamó a emergencias, se puso la chaqueta y salió corriendo tras ella.
Volvió a casa por la tarde. Tiró el helado derretido a la basura, lo limpió todo y se sentó en la cocina, girando la taza de té fría entre los dedos, pensando.
Al día siguiente reunió sus papeles y pidió el divorcio. Sintió con una claridad abrumadora que la vida no se podía postergar. Puedes sufrir o no, pero nada cambia hasta que no decides avanzar. La vida, por muy tópico que suene, es un camino de ida. Y ni un minuto es recuperable. ¿Para qué desperdiciarlo en resentimientos y rabia? ¿No es mejor quitarse el polvo de los pies y continuar adelante?
Poco a poco, Catalina salió del oscuro agujero al que el dolor la había arrojado. Con trabajo, con paciencia, pero lo hizo. Nuevo empleo, nuevo amor. No fue sencillo, pero ahora Dimas y Jimena son su alegría y la vida brilla en colores nuevos.
Pero la vida de Otilia no recobró el brillo. Sí, sobrevivió a la pérdida, se acostumbró a la soledad, pero la alegría y el bullicio que antes la rodeaban ya no estaban. Quedaba sólo el eco, un alma congelada, una sonrisa forzada que apenas alcanzaba unos pocos.
Año tras año, Otilia salió cada vez menos. Al jubilarse, se aisló en su antigua casita de campo hasta que tuvo que vender ese refugio para ayudar a su hijo con la entrada del piso. ¿Cómo negarse? Único hijo; demasiadas razones.
Tras la venta, Catalina decidió que había que hacer algo. No podía abandonar a quien tantas veces corría a tocar la frente de un niño con fiebre o a dar consuelo a una madre asustada. Sus padres le habían enseñado otra cosa:
No mires para otro lado, Catalina. Ayuda en lo que puedas; cuando te toque a ti, otros tampoco te dejarán sola. Tal vez no puedan solucionarte la vida, pero una palabra o una mano puede salvar un día. Y hay días en que eso es todo lo que hace falta.
Catalina escuchaba siempre a sus padres. Aún ahora, con ellos viviendo cerca de su hermana menor en Valencia, hablaba por teléfono a diario y se sentía arropada. Saber que eres querida, que hay alguien deseando escucharte, es fundamental.
Pero las palabras ya no bastaban para Otilia. Catalina lo veía: Otilia se consumía. Salía poco, un fantasma entre la gente. Vivía porque no quedaba otra, pero apenas aguardaba nada del futuro.
Catalina se dio cuenta de que los diálogos no servían. Había que actuar. Hacer algo que desviara su pensamiento, que le diera motivo para continuar.
La idea le vino, cómo no, de improviso, mientras Dimas la sorprendía con un ramo enorme de tulipanes, justo antes de nacer Jimena. Gritó: ¡Eureka!. Dimas pensó que había perdido la cabeza, cosas de embarazadas, pero Catalina, entre risas, le explicó su plan. Al día siguiente, aporreó la puerta de Otilia, dando golpecitos con la punta del pie al cajón repleto de bulbos de tulipán comprados esa misma mañana. Dimas, discretamente, se escapó al oír girar la cerradura.
¡Déjame a mí!
La estrategia funcionó.
Catalina fingió que se había visto obligada a comprar los bulbos a una ancianita que se los ofreció en la esquina, pero no tenía ni idea de jardinería ni fuerzas para hacerlo sola y menos con la tripa tan abultada.
Me acordé de lo bonitos que eran vuestros tulipanes en la casa de campo. ¿Te acuerdas las veces que llevaste ramos a mi madre? ¡Ayúdame, Otilia! ¡Nuestro patio está triste y sólo tú sabes darle vida!
Otilia revisó los bulbos, alzó el dedo, y por primera vez en mucho tiempo dejó entrever una tímida sonrisa.
Habrá flores. Pero los tulipanes duran poco. Habrá que planear qué plantar para que el patio esté bonito más tiempo.
Así comenzó la transformación del patio en un oasis. Nadie tenía verdadera ilusión por trabajar la tierra, pero todos colaboraron para comprar semillas y plantas. Catalina organizó los primeros pedidos. Cuando nació Jimena, Otilia asumió el control de todo.
Pero el jardín no fue suficiente para Otilia. Utilizó sus contactos y logró que instalaran un parque infantil y bancos nuevos. El barrio renació.
Incluso los vecinos más escépticos se contagiaron. En la siguiente limpieza de primavera, instalaron una valla blanca alrededor de los parterres; Otilia casi lloró de la emoción.
Pasaba los días plantando, pintando, regando. Catalina paseaba a Jimena por el parque, agradeciendo mentalmente aquel ramo de tulipanes que lo cambió todo.
Luego, Jimena empezó a dar sus primeros pasos, y Catalina deseaba mostrarle los tulipanes ya florecidos de Otilia.
¡Allí estaban! ¡Por fin!
Catalina se quedó parada ante el parterre, embobada, y soltó la mano de su hija un instante. La pequeña se escapó enseguida.
¡Jimena!
Corrió tras su hija, que ya estaba a punto de pisar la acera. Otilia dejó el pincel, con el que pintaba la verja, y se echó a reír.
¡Atrápala, Catalina! No te quejes, que decías que te faltaba ejercicio.
¡Ni que lo diga! Catalina atrapó a su hija, que chilló divertida mientras la madre le plantaba un beso.
¿Te has fijado que corre siempre de puntillas?
Sí. Hasta en casa, cuando va descalza. ¿Es malo?
Mejor que la vea un neurólogo, por si acaso.
¿Conoces a alguien?
Pensaré. Pásate luego y miro a ver si encuentro algún contacto. La mayoría ahora están ya jubilados, cuidando nietos. Los jóvenes, casi no conozco. Haré uso de la radio.
¿Qué radio?
¡La radio macuto, hija! Llamo a las de mi quinta, seguro que alguna tiene un buen nombre.
Gracias.
De nada. ¿Y cómo os va?
Bien. Dimas trabaja mucho, apenas le veo.
Eso es bueno. Mejor que esté siempre ocupado, que tumbado en el sofá.
Claro, tienes razón. Pero a veces me frustro. Dimas es un marido estupendo, pero yo a veces salto sin razón.
Pues dile lo que necesites sin enfadarte. Ejércita un poco de picardía. Dile que le echas de menos, no que es un mal padre. Yo así logré medio siglo en paz con mi marido. Sólo discutí con él una vez, ¡y fue por culpa de nuestro perro!
¿Perro?
El niño quería uno, yo no. Pero al final, lo acepté. La perra me obligaba a andar dos horas diarias y adelgacé un montón. Al final me hacía más caso a mí, hasta me despertaba ella misma por las mañanas.
¡Qué espabilada!
Salió a mí. Otilia apartó el bote de pintura de Jimena. Si lo toca, tu madre no la limpia en la vida.
Catalina se despidió y llevó a Jimena al parque. Columpios, arena, el mismo ritual de todos los días.
Y, de pronto, la escena que la dejó sin palabras.
Otilia ya se había ido a casa. Y en el parterre estaba un crío, algo mayor que Jimena, arrancando y pisoteando tulipanes. La madre miraba sonriente, apoyada en la valla.
¿Qué pasa aquí? susurró Catalina.
¿Qué ocurre? respondió la madre, con ojos azulísimos.
¿Por qué su hijo está destrozando las flores?
¿Y por qué no? ¿Quién puede prohibirle a mi hijo que explore el mundo? ¿Usted?
¿De verdad cree que eso es aprender? Catalina se esforzaba en no gritar.
No podía asustar a su hija.
Por supuesto. Aprender es conocer el mundo tal cual es. Las flores existen para cogerlas.
¡Alguien las ha cuidado, las ha plantado!
Qué tonterías… ¿De verdad se altera tanto por unos tulipanes? Tranquila, que brotarán más.
A Catalina le saltaron los nervios, pero el llanto de Jimena la frenó.
Iré a buscar a la policía municipal dijo Catalina, alzando a su hija y buscando el móvil.
¡Ay, qué drama! Llame a quien quiera. ¿Qué me va a hacer?
La mujer alzó a su hijo, que pataleaba.
¡Ahora va a estar llorando media hora por su culpa!
Me da igual Catalina susurró, pero la oyeron otras vecinas que asomaron a ver. ¡Váyase de aquí!
Cuando la vándala desapareció, se oyó la voz entrecortada de Otilia tras Catalina:
¿Qué ha pasado, Catalina? ¿Por qué? Yo
Otilia, con una regadera en una mano y en la otra un bollito para Jimena, se quedó parada en la escalera. Catalina quiso explicarle, pero Otilia solo negó, dejó la regadera y se encerró en el portal, como aplastada bajo un peso inabarcable.
Catalina intentó seguirla, pero Jimena reclamó su atención. Tras acostarla, fue a casa de Otilia. Golpeó la puerta, sin respuesta.
Buscó el teléfono del hijo de Otilia.
Gracias por avisar. Ya hablo yo con ella.
Catalina temblaba a la espera de la llamada de vuelta.
Mamá está bien. Sólo quiere estar sola. Me ha dicho que no me preocupe. ¿Ha pasado algo?
Catalina, tras explicarlo, prometió vigilarla.
No se preocupe por mi mujer, lo arreglaremos.
¿De verdad cree que es mejor venir?
Déjeme pensar primero. Si no hay solución, la llamo yo.
Aquella tarde, Catalina dejó a Jimena con Dimas y fue llamando puerta por puerta. Casi nadie quedó indiferente.
Al siguiente día, al atardecer, el patio se llenó de vecinos. Hombres descargaban cajas del coche, y todos, incluso los reticentes, se sumaron. Catalina había visto el miedo en los ojos de su hija ante el niño vandálico, y sintió que debía hacer algo para no dejar que el temor se adueñara de ella.
Por eso, abría caja tras caja de bulbos y plantas mientras los presentes la ayudaban. Cuando Dimas recogió a una Jimena dormida de su carrito, ella apenas tuvo tiempo para un beso apresurado y un gracias.
El sábado, tras saludar en el patio, Catalina subió a buscar a Otilia.
¡Otilia, por favor, abre! Sé que estás, necesito que bajes
La puerta se abrió y Catalina casi gritó al ver su expresión.
¿Qué pasa, Catalina? ¿Jimena está enferma?
No. Gracias a Dios está perfectamente. Pero ahora le necesito yo por favor, venga conmigo.
Sin más palabras, Catalina casi la arrastró al portal.
¿Mucho tarda? No me encuentro bien…
El sol deslumbró a Otilia al salir. Pero apenas podía creer lo que veía: parterres y parterres, una alfombra de tulipanes y nuevas macetas, llenando el patio de color y olor.
¿Pero qué es esto…? ¿Cómo…?
Venga, siéntese Catalina ayudó a Otilia a la banca más cercana. Perdónanos por no poder salvar tus plantas. Fue todo tan rápido… Pero algo hemos entendido. Todos los vecinos, tus pacientes, los niños que alguna vez mimaste, y hasta los padres de aquellos, ahora con hijos propios; aquí estamos porque te necesitamos. Hemos presentado denuncia, pero lo importante es que hay más flores y por fin por fin todos queremos que sigas siendo nuestra jardinera. Prometemos ayudarte. Que el patio siga siendo bonito para todos, grandes y pequeños. ¡Aquí te necesitamos, Otilia! ¡Hasta cactus mataríamos si no es por ti!
Ay, Catalina, gracias Otilia se limpió las lágrimas y se levantó.
La anciana triste desapareció por completo.
A ver, ¿qué habéis sembrado aquí? ¡Enseñadme!
Y al fin, el patio volvió a brillar.






