¡Tú pagas la factura, porque eres quien más gasta!

Cristina se casó justo al cumplir los veinte, en una tarde teñida por tonos rojizos que parecían derretirse en las tejas viejas del barrio de Chamberí, en Madrid. Su marido, Luis, era algo mayor, pero la diferencia de edad nunca supuso una sombra para ella; al contrario, sentía que lo respaldaba como la muralla inexpugnable de Ávila. Últimamente, sin embargo, había algo viscoso en el aire, como si los recuerdos de su boda se difuminaran entre los espejos y los muebles que crujían al anochecer. De pronto, se preguntaba en sueños por qué había buscado cobijo en ese matrimonio.

Vivimos en un piso de dos habitaciones que pertenece a Luis. El gana bien, siempre viaje de aquí para allá, llevando papeles y trajes arrugados en maletas que parecen más grandes que nuestras discusiones. Yo, en cambio, tengo mi propio pequeño negocio vendiendo cerámicas artesanas por internet, al mismo tiempo que estudio por la UNED en largas noches de insomnio. Y por supuesto, nadie soñó siquiera con revocarme mis tareas de siempre: mantener la casa pulcra, la nevera llena de croquetas caseras y la ropa oliendo a jabón Lagarto.

Luis paga los recibos agua, luz, gas y yo nunca digo ni pío. ¿Para qué? Últimamente, sin embargo, empezó a refunfuñar, diciendo que derrochaba demasiada agua y electricidad. Al principio, sus palabras se perdían como ceniza en el balcón, pero poco a poco, esa gota constante empezó a agujerearme la paciencia.

A partir de ahora, tú pagas la luz y el agua. Yo siempre estoy trabajando, muchas veces ni estoy en casa por esos viajes de negocios. Si gastas, pagas, así de sencillo soltó un día con voz de corrala. Yo abono el resto de recibos, pero esos dos, para ti. Y si no pagas, no hay agua ni luz. Así es la vida.

¡Vaya familia que nos ha salido! ¿Alguna vez te planteaste por qué gasto tanta luz y agua? ¡Quizá es porque cocino, porque limpio, porque pongo la lavadora, porque paso horas haciendo trabajos en el ordenador! ¿Y todavía te quejas? ¿Quieres que ahorre hasta el último litro, que viva en la penumbra y friegue los platos con lágrimas? ¿Se te ha ido la cabeza? contesté, sintiéndome como un personaje absurdo de Buñuel.

Si no quieres pagar, no lo hagas. Pero yo tampoco pienso hacerlo. Me mudaré con mis padres a Alcorcón y allí no contaré los lavabos ni los kilovatios. Ya espabilarás tú, cocinando, lavando, y ahorrando. ¿Te gustan las camisas limpias? Pregúntale a la lavadora cuánta luz y agua necesita para obrar el milagro.

Tras esta pequeña tempestad, Luis no volvió a abrir la boca para quejarse.

¿Habrá hecho Cristina lo correcto o ha sido sólo un giro más de este sueño raro y deslavazado que llamamos matrimonio?

Rate article
MagistrUm
¡Tú pagas la factura, porque eres quien más gasta!