No le quieres, y nosotros estábamos bien juntos, ¿por qué no intentamos empezar de nuevo, vale?
Nos divorciamos hace tres años y todo fue bastante civilizado, sin dramas ni escándalos. Como dijimos en ese comunicado surrealista de prensa familiar nuestras personalidades no encajaban. Nuestra hija, por supuesto, al principio pensó que era todo una pelea de esas, que papá se había ido pero sólo por unos días.
Los fines de semana se lo pasaban en grande juntos. Cuando volvían por la noche, cenábamos los tres, después Roberto se marchaba y Lucía tardaba eternidades en despedirse, abrazada a la ventana, cuidando de que el padre llegase bien al coche…
Hace una semana, mi hija cumplió seis años. En este último año ella y Roberto apenas se han visto. Las razones eran dos. Roberto conoció a otra mujer y ya no podía pasar cada sábado con Lucía; yo, por mi parte, conocí a un hombre. A Pablo lo conocí en una excursión al Parque Natural de Doñana. Lucía se había quedado atrás, yo me detuve con ella, Pablo también andaba a su ritmo y, sin darse cuenta, se despegó del grupo. Al final alcanzamos al guía, nos pusimos de charla, nos intercambiamos móviles, y cada oveja a su corral.
Pablo, en comparación con Roberto, habla menos que un poste, pero resulta de esos que inspiran confianza. Lo que promete, lo cumple. No se le ha olvidado nunca nada, jamás llegó tarde. Si Pablo decía algo, podías estar tranquila. Con Roberto, todo lo contrario: la emoción de la incertidumbre, los pequeños desastres y esa falta de compromiso por su parte que nos llevó a separarnos…
Tanto Roberto como Pablo iban a venir al cumpleaños de Lucía. Yo estaba más nerviosa que una monja en Carnaval, temiendo que no se llevaran bien y que la escena fuera digna de Almodóvar. Lucía, por supuesto, esperaba a su padre, aunque tenía buena relación con Pablo.
Todos los invitados llegaron más puntuales que un reloj suizo; sólo mi ex apareció tarde. Lucía me rogó que esperáramos antes de partir la tarta, así que me tocó improvisar una sucesión de anécdotas familiares y cotilleos para matar el tiempo.
¡Por fin llegó su padre! Montado con una caja gigante de regalo y, para mí, un ramo de flores tan grande que parecía la ofrenda floral del Pilar. Me pilló un poco fuera de juego. Pablo se presentó de manera discreta, pero Roberto, como si no hubieran pasado tres años desde el divorcio, tomó el papel de anfitrión en la casa: sentaba a los invitados, dirigía el descorche, repartía servilletas. Vamos, como en los viejos tiempos.
Lucía no se despegaba de su padre ni un segundo, y Pablo, viendo el percal, se sintió claramente como pez fuera del agua, aunque yo intentaba hacerle caso. Pero tras un rato, Pablo se disculpó con una excusa laboral y se marchó a casa con cara de examen de matemáticas.
Cuando se fue, Roberto se relajó aún más, hizo gala de familiaridad ycuando fuimos a la cocina a por el postrele pedí que se comportara un poquito. Y ahí, mi ex soltó la bomba:
No le quieres, y nosotros estábamos bien juntos, ¿quieres que lo intente otra vez?
Me quedé un poco patidifusa, para qué negarlo, pero luego
No, cariño, no quiero. Lo nuestro no funciona y la única razón por la que sigues viniendo es por Lucía. Me alegro de que te ocupes de ella y que ella te espere siempre, pero yo no te espero a ti, y menos desde que te liabas con otra.
Eso fue sólo por el cuerpo, no por el alma, que con ella no me veo toda la vida
Pues precisamente por eso deberías intentar buscar a alguien con quien sí te veas en serio, y no sólo pasar el rato…
Los invitados empezaron a marcharse. Roberto salió el último, me echó una mano con los cacharros, acostó a Lucía y aún no perdía la esperanza de que le pidiera quedarse. Al ver que no caía esa breva, no quiso estropear la noche: me dio las gracias, me plantó un beso en la mejilla y se fue.
Nada más cerrar la puerta, llamé a Pablo y le pregunté si mañana podíamos ir juntos de picnic. Pablo se puso más contento que un niño con zapatos nuevos, me dijo que lo dejaba todo y vendría a buscarnos a mí y a Lucía a las nueve en punto.
A las nueve, clavadas, sonó el timbre y Lucía gritó: ¡Yaay! ¡Cumpleaños segunda parte! Los tres pasamos un día estupendo en el campo. Al volver, le pregunté a mi hija:
Lucía, ¿te importaría que Pablo viviera con nosotras?
La niña me miró seria y respondió:
Tú siempre le esperas, así por lo menos le verás cada díaLucía se quedó pensativa, con el trozo de bocadillo en la mano, mirando a Pablo que trataba de enseñarle a lanzar piedras planas al río. Al final, sonrió como lo hacen los niños cuando eligen un camino sin miedo, y dijo muy seria:
Pero hay que dejarle sitio en el armario y enseñarle a bailar chotis en los cumpleaños.
Me eché a reír, y Pablo, fingiendo solemnidad, respondió:
Lo del chotis es negociable, pero lo del armario, trato hecho.
Nos abrazamos los tres, y por primera vez en años sentí esa paz rara y luminosa, como si todos los pedazos de mi vida por fin encajaran donde tocaba. Lucía se enredó entre nosotros, Pablo le despeinó el flequillo y, al fondo, el río siguió su curso, llevándose las viejas preguntas y trayendo nuevas respuestas.
Nunca supimos si el chotis salió perfecto, pero el domingo terminó con los tres bailando como locos en el salón, y Lucía gritando:
¡Ahora sí que somos familia de verdad!
Y por fin, lo éramos.







