Tu mujer está completamente desmadrada. Explícale cómo debe comportarse le sermonea su suegra a Jaime.
Carlita, mañana celebro la inauguración de mi piso nuevo. He invitado a un montón de gente y sabes que aún no hay nada montado. ¿Me echarás una mano, verdad?
Por supuesto, doña Inés responde Carla, aunque tenía otros planes para el fin de semana.
Y así empieza todo. Canapés para treinta personas. Ensaladilla César. Bandeja de embutidos. Composición de frutas. Decoración del salón. Colocación de muebles.
Imaginad: viernes por la tarde, en vez de una cena romántica con su marido, toca peregrinación al Mercadona. El sábado, a las seis de la mañana, preparando comida en una casa ajena.
Jaime, por lo menos ayúdame a poner las sillas le ruega Carla a su marido.
Si tú sabes mejor que yo cómo queda bonito responde él, sin levantar la vista del móvil mientras hojea el diario.
A las tres, el piso de doña Inés ha quedado irreconocible. En el salón, un bufé de lujo, todo decorado con esmero, flores perfectamente colocadas. Carla observa el resultado y siente agotamiento.
Los primeros invitados llegan puntuales a las cuatro: compañeras de trabajo de doña Inés, vecinos de su antiguo barrio, amigas. Todos abrazan a la anfitriona, alaban el piso, traen regalos de bienvenida.
Carla está en la cocina, cortando más limón.
¿Y la nuera dónde está? pregunta una invitada.
Ahí en la cocina, trajinando responde doña Inés con total indiferencia. ¡Carla! ¡Saluda!
Carla sale. Sonríe. Saluda con cortesía.
¡Qué nuera tan atenta tienes! exclama encantada una mujer elegante. Se nota que tiene buena mano.
Sí, la he educado bien presume doña Inés, satisfecha. Ahora tengo un apoyo infalible.
Pero ahora viene lo mejor. Para Carla no hay silla.
Uy, Carlita, total tú no vas a tener tiempo de sentarte comenta la suegra con tono disculpador. Mejor estate pendiente de la comida y trae platos.
Carla asiente. ¿Qué otra opción tiene?
Así que se queda en un rincón, como una camarera. Sirve aperitivos, rellena copas de cava, recoge servilletas usadas. En la mesa, animadas charlas, brindis, risas.
¿Te acuerdas, Inés, de cuando estábamos en tu antiguo trabajo? empieza una de las compañeras.
Carla escucha en silencio recuerdos ajenos de una vida en la que ella no encaja.
Carla, refresca la fruta por favor le pide doña Inés.
Carla va a la cocina. Lava uvas. Las prepara en una fuente.
¡Qué cosa más bonita! celebran las invitadas. Doña Inés, tiene usted una auténtica artista ayudando.
Jaime tiene buen ojo, buscándose una esposa tan apañada añade la dama del traje Seguro que la cena nunca falta y todo impecable en casa.
Ríen todos. Jaime sonríe con orgullo. ¿Orgulloso de qué? ¿De tener asistenta gratis?
Pero no acaba ahí.
La conversación en la mesa se suelta. Los invitados se relajan, el ambiente se informaliza, el volumen sube.
Inesita, cuéntanos cuando Jaime volvía locas a todas en la facultad pregunta risueña una de las amigas de siempre.
Pero qué cosas responde coquetamente doña Inés mientras disfruta ser el centro de atención. Era un conquistador. Con veinte años ya era un galán.
Ríen todos. Jaime se ruboriza, aunque es obvio que sabe disfrutar de los halagos maternos.
Carla sigue limpiando copas sin que nadie repare en su presencia. Es invisible, como parte del mobiliario. Util, pero ignorada.
En la universidad las chicas hacían cola por él sigue doña Inés presumiendo. ¡Hasta el decano decía que sería un Don Juan! Y acertó: antes de Carla, tuvo mil romances.
Basta, mamá intenta parar Jaime sin ganas.
¿Qué tiene de malo? doña Inés se ríe Carla entiende que no fue la primera. ¡Hay que aprender de la vida antes de formar familia!
La dama elegante asiente:
Así es. Eso hasta viene bien. Te aseguras de que el esposo es experimentado.
¡Exactamente! apunta la suegra Y Carla no es celosa. Es tranquila.
Todos miran a Carla, esperando reacción, confirmación de que es la “tranquila”.
Carla asiente. No tiene otra.
¿Y cómo os conocisteis tú y Jaime? pregunta la vecina.
Carla va a responder pero su suegra se adelanta:
En el banco. Él recién ascendido a jefe de proyectos, ella como asesora. Se veía clara la seriedad y responsabilidad de la chica.
Responsable. Como si fuese una referencia de trabajo.
Le dije a mi hijo: fíjate en esa chica. No es voluble, es casera. Para formar familia.
Imaginad que hablan de ti como si fueses un producto: para familia.
¡Y acertó! exclama la mujer del traje. Se nota la maña. ¡Ha organizado toda la inauguración, ha servido a todos!
¡Ya lo creo! reafirma doña Inés. Desde el principio supe que podía confiarle una familia. No como las egoístas de ahora que solo piensan en ellas mismas.
Lo peor: Jaime calla. No interviene. No dice Mamá, ya basta, solo escucha cómo su mujer es analizada como yegua de catálogo.
¿Y para cuándo los niños? surge el inevitable tema Inesita, tendrás ganas de ser abuela.
La suegra suspira, teatral:
¡Muchísimas! Pero éstos lo posponen, que si trabajo, que si mil cosas. ¡Y el tiempo pasa!
Carla está roja de vergüenza. El tema le duele. Lleva dos años intentando quedarse embarazada, consulta médicos, toma vitaminas. Todo está bien, pero cada mes es una decepción amarga.
Bueno, eso es cosa suya comenta discreta la vecina.
Sí, claro concede la suegra Pero ya les he insinuado varias veces: ¡Ya toca! Que los años pasan, quiero nietos.
Carla aprieta los labios. ¿Insinuar? Interrogar cada semana: ¿Noticias buenas? Cuando Carla solo puede encogerse y pedir perdón.
Quizás aún no están preparados sugiere una invitada.
¿Qué preparación ni qué? se burla doña Inés En nuestra época ya teníamos hijos y aquí no pasa nada. Ahora con tantas historias ¡El instinto maternal no se quita!
Carla se retira hacia la ventana.
¡Carlita! la llama la suegra Ven aquí, que hablamos de cosas importantes.
Carla se acerca. Se pone junto al sillón de Jaime.
Mirad qué esposa dócil tiene Jaime prosigue la suegra Si le pides, lo hace. No como esas de hoy, que solo saben protestar.
¿Y qué derechos tiene la esposa? comenta filosófica la del traje Lo principal es que el marido esté feliz y la familia vaya bien.
¡Eso mismo! apoya otra invitada La felicidad de la mujer está en la familia, en los hijos.
Carla escucha cómo su pecho se va tensando cada vez más. Hablan sobre ella, pero no con ella.
Inesita, ¿recuerdas la primera novia seria de Jaime? ¿No era Sonia? pregunta una.
Uy, ¡no me lo recuerdes! ríe doña Inés Era maja, pero de mucho carácter. Menos mal que lo dejaron.
¿Por qué? curiosea el grupo.
La suegra hace una pausa dramática:
Tenía un genio insoportable. Siempre tenía que dar su opinión, llevaba la contraria. ¡No era una esposa, era un castigo! A mi hijo le advertí: “Piensa bien, ¿quieres una pendenciera en tu casa?”
Jaime se incomoda y calla.
¡Y bien hecho! aprueba la señora Las madres sabemos qué chica conviene al hijo. Si no, sufriría toda la vida.
Carla, trae más hielo, por favor le pide doña Inés.
Carla obedece y se va a la cocina. Saca el hielo y se queda mirando los cubitos.
Y de repente lo comprende: ella no participa en la fiesta. Es personal de servicio.
Carla permanece en la cocina con el cubo de hielo en la mano, mirando por la ventana. Afuera cae la noche. En los balcones vecinos las luces encendidas: la gente vive su vida.
Del salón llega el bullicio. Alguien canta karaoke. Todos siguen el ritmo.
¡Carlita! grita la suegra ¿Y el hielo? Haz el café porfa.
Automáticamente Carla enciende la cafetera, recoge el cubo y sale al salón.
¡Aquí viene nuestra curranta! celebra la señora del traje Carlita, ¿por qué tan seria? ¡Diviértete!
Está cansada se excusa la suegra Ha estado todo el día de pie. Pero nada, hay que saber de todo en la vida de mujer. Es lo que toca.
¡Exacto! apoya la vecina El hombre para ganar dinero, la mujer para cuidar la casa.
¿Y yo acaso no trabajo? pregunta Carla bajito.
Todos se giran. El salón queda en silencio.
¿Perdona? pregunta la suegra, extrañada.
Pregunto si acaso yo no trabajo repite Carla, esta vez alto.
Jaime frunce el ceño:
Carla, ¿a qué viene esto?
Porque la tía Gloria dijo que el hombre gana dinero y descansa. ¿Y yo? ¿No trabajo?
Las invitadas se miran, sorprendidas por el giro.
Bueno, claro que trabajas intenta suavizar la mujer del traje Pero son cosas distintas.
¿Diferentes por qué?
Bueno duda ella Tú eres asesora. Pero Jaime es jefe de proyectos. Él tiene más responsabilidad.
Ya. Así que mi trabajo no cuenta. Y las tareas de casa también son mías. Resulta que trabajo en la oficina y en casa. Y Jaime solo en la oficina. Pero el que descansa es él.
Incómodo silencio.
Carla, ¿qué dices? pregunta Jaime, algo irritado.
Que llevo dos días preparando esta inauguración. Comprando comida, cocinando, decorando. Hoy llevo desde temprano sin parar de trabajar. Y ni un sitio para sentarme.
Fue sin querer intenta justificar doña Inés Se nos fue la cuenta con las sillas.
Se les fue corrobora Carla No pensaron en mí. Porque aquí soy la criada.
¡Carla! la corta Jaime, molesto ¡Cálmate!
¿Cálmate por qué? ¿Por decir la verdad?
Ven acá, mujer interviene un invitado Son los nervios.
¡Deja de hacer el ridículo! la regaña la suegra ¡No armes escándalo delante de la gente!
¿Y delante de la gente sí se puede hablar de mi vida privada? ¿Decir que no tengo hijos? ¿Contar la vida amorosa de Jaime?
La suegra se queda lívida.
No lo hice con mala intención.
Hablaste de Sonia, de lo bueno que es tener ahora una esposa sumisa. Todos aprobasteis: qué suerte que ahora Jaime tiene una mujer que nunca protesta.
Carla mira a cada uno.
¿Sabéis qué? ¡Sonia tenía razón! No hay que dejarse convertir en asistenta gratis.
¿Qué dices? Jaime se levanta, alterado ¿Qué asistenta?
¿Sabéis qué deseaba hoy? sigue Carla en voz baja Oír Os presento a mi esposa. Trabaja en el banco. Es lista y tiene talento. En vez de eso, era: Qué casera. Qué dócil. Para formar familia.
Carla, vamos empieza Jaime.
¡¿Vamos, qué?! le corta Carla Tú callabas. Cuando tu madre decía que era sumisa, tú callabas. Cuando tía Gloria hablaba de los derechos de la esposa, tú callabas. Cuando todos cotilleaban sobre mi vida, tú callabas.
Le tiembla la voz. Las lágrimas, tantas veces contenidas esa tarde, por fin salen.
¡Estoy harta de ser la cómoda!
Carla se seca los ojos.
Disculpad si estropeé la fiesta. Pero no puedo seguir haciendo de nuera perfecta.
Y se dirige a la puerta.
¡Carla, espera! grita Jaime ¿Adónde vas?
Al balcón. A tomar aire responde sinceramente, sin detenerse. Seguid disfrutando. Pero ya sin la sirvienta.
La puerta del balcón se cierra. Dentro quedan murmullos y música. Fuera, bajo el cielo estrellado, Carla puede ser ella misma.
Puede llorar.
Carla se queda en el balcón más de una hora. Llora de rabia, de vergüenza, de alivio. Luego se limpia la cara y contempla las luces de la ciudad.
Del piso llegan voces apagadas. Los invitados se han ido sólo se oyen dos: Jaime y su madre.
No lo entiendo, ¡menuda ha formado! se indigna doña Inés ¡Delante de los invitados!
Mamá, igual no le falta razón rebate Jaime, inseguro.
¿Razón de qué? ¿De gritarle a los mayores? ¿De arruinar la fiesta?
Carla escucha.
Estuvo de trabajo todo el día.
¿Y qué? Yo en mi día también trabajé duro. ¡Y no me quejé! La familia es esfuerzo, Jaime. La mujer debe saber cuál es su sitio.
Carla sonríe triste. Ni después de esto, su suegra comprende nada.
Pero aún así
¡Nada de pero! Habla con ella. Explícale cómo debe comportarse. Que se le ha ido de las manos.
Carla entra. Jaime y su madre están rodeados de platos sucios en el salón.
Una charla seria, buena idea dice Carla tranquila.
Ambos se sobresaltan.
Carlita empieza la suegra con tono conciliador No queríamos herirte. No era por mal.
Lo sé asiente Carla Solo que no estáis acostumbrados a que diga nada.
Carla, hablemos en casa le pide Jaime.
Lo que empezó aquí, aquí se acaba.
Carla se sienta en uno de los sillones donde estaban los invitados.
Jaime, mañana me voy con mis padres. Una semana. Lo tengo que pensar.
¿Pensar qué? se alarma Jaime.
Si quiero seguir en una familia donde no se me valora.
No exageres trata de minimizar él.
No exagero. Es una decisión: o cambian las cosas o cambio yo de vida.
La suegra resopla:
Ya ves los jóvenes: enseguida amenazas.
Jaime, si te importa este matrimonio, reflexiona. No sobre cómo “ponerme en mi sitio”, sino sobre por qué tu esposa ha llorado en el balcón mientras tu madre recibía felicitaciones.
Una semana después, Jaime visita a sus suegros. Está nervioso en la cocina, girando el anillo.
Carla, vuelve por favor. Voy a cambiar.
Carla lo observa largo rato.
Bien. Intentémoslo.
Jamás volvió a llorar en fiestas familiares.
Porque aprendió a defender su derecho al respeto.







